Crítica: "Nunca digas su nombre (Bye Bye Man)" (Stacy Title, 2017)

Las leyendas urbanas y las historias de fuego de campamento tienen un rasgo común, y es que todas ellas se presentan como si fueran reales. En este tipo de relatos, la verosimilitud es un detalle esencial, y eso que suelen estar protagonizadas por fantasmas y otras criaturas de ultratumba.

El guión de esta película, escrito por Jonathan Penner, parte de esa premisa, y por ello no es casual que se inspire en el capítulo final de un libro de Robert Damon Schneck, The President's Vampire: Strange-but-True Tales of the United States of America (Anomalist Books, 2005), un compendio de ocho historias terroríficas pero "auténticas",  si es que la autenticidad es un concepto admisible cuando hablamos de casas encantadas y de vampiros.

Nunca digas su nombre (Bye Bye Man) reproduce libremente ese capítulo, "The Bridge to Body Island", en el que Schneck da por válido el mito del llamado Bye Bye Man, una especie de emisario infernal que, según el autor, se manifestó por vez primera en 1990, cuando fue invocado por tres amigos de Wisconsin que se entretenían con una ouija.

Supuestamente, esta entidad siniestra fue, en vida, un pobre albino que malvivió en la Louisiana de los años veinte, y que finalmente se convirtió en un asesino en serie que recorría el país en tren. Convertido en fantasma, Bye Bye Man se hace acompañar por un perro de presa, Gloomsinger, cuya carne está formada con restos de las víctimas de este extraño criminal, convertido ahora en leyenda urbana.

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Aunque Robert Damon Schneck dice ser historiador y se empeña en buscar pruebas de cada alucinación que integra en su libro, el guionista Penner prefiere usar a este Bye Bye Man como un espectro convencional, sometido a todos los clichés del cine de terror de los ochenta.

A decir verdad, sus víctimas en la ficción son jóvenes, pero los sustos que ofrece la película son tan viejos como el propio género. De hecho, cualquier espectador que haya frecuentado este tipo de películas podrá anticipar cada escena y cada secuencia como si ya hubiera visto el film por anticipado.

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Siendo positivos, hay que pensar que cada nueva generación redescubre clichés que para otros ya están más que gastados. Quizá Nunca digas su nombre esté realizada pensando en esos quinceañeros que hoy se asoman por primera vez a los cuentos de fantasmas, y que desconocen por completo una tradición en la que este film ocupará un lugar muy secundario, como tantos otros pasatiempos pasajeros que, hace décadas, saltaban de la pantalla al estante más olvidado del videoclub. En el fondo, la industria del cine también vive de la rutina y de la reiteración. Se trata, además, un sector donde el talento está mal repartido: hay cineastas que lo tienen y otros, como aquí se comprueba, deben conformarse con la imitación.

Por cierto, el paso del tiempo es inexorable, y duele pensar que Carrie-Anne Moss y

Faye Dunaway ‒presentes, muy discretamente, en este film de bajo presupuesto‒ fueron estrellas en otra época.

Sinopsis

La gente comete actos inimaginables. Una y otra vez, intentamos entender qué les lleva a realizar tales atrocidades. Pero la cuestión no es “qué”, si no “quién”. Cuando tres estudiantes universitarios se mudan a una vieja casa fuera del campus, sin querer, liberan a “Bye Bye Man”, un ente sobrenatural que persigue a quien descubre su nombre. Intentarán mantener su existencia en secreto para alejar al resto de una muerte segura.

La película está protagonizada por Douglas Smith (Ouija, Big Love), Lucien Laviscount (Honeytrap, Scream Queens) y Cressida Bonas (Doctor Throne, Tulip Fever) en su debut cinematográfico, junto a Michael Trucco (Battlestar Galactica, Cómo conocí a vuestra madre), y el icono de cine de terror Doug Jones (El laberinto del fauno, Hellboy) en la piel de Bye Bye Man.

Junto a ellos, las estrellas Carrie Anne Moss (Matrix, Memento) y Faye Dunaway (Bonnie y Clyde, Chinatown), Jenna Kanell (Crónicas vampíricas), Erica Tremblay y Cleo King.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Huayi Brothers Pictures, Intrepid Pictures, Los Angeles Media Fund, STX Entertainment. Cortesía de Diamond Films. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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