Crítica: "Escuadrón Suicida" (David Ayer, 2016)

Mi relación sentimental con el Escuadrón Suicida comenzó gracias a Paul Dini y Bruce Timm, creadores de Harley Quinn en la teleserie animada de Batman que comenzó a emitirse en 1992. Diez años después, cuando este personaje se integró en las filas del Escuadrón, me interesé por este peculiar equipo, creado en 1959 y renovado desde sus cimientos por John Ostrander en 1987.

No entraré ahora en los sucesivos avatares de la creación de Ostrander, ni en los variados personajes que la han enriquecido. Para lo que ahora nos importa, el Escuadrón Suicida adquiere una dimensión exclusivamente cinematográfica, y se limita a dos formatos: un par de tráilers, en los que se promete al espectador acción y humor, y el largometraje que ahora comentaré.

En el mundo de los superhéroes, los toques de comedia pueden ser un valor. Y su exceso, una forma de perderlo. Así pues, el equilibrio no es nada fácil. Nos lo recuerda, de manera rotunda y problemática, esta película de David Ayer.

En principio, Escuadrón Suicida permite apreciar la naturaleza insólita y desvergonzada de ese puñado de antihéroes cuyo destino renace entre las figuras menos recomendables del panteón DC. Aquí no hay aura mitológica ni fanfarrias fastuosas. No existe tampoco esa nobleza sobrenatural que nos gusta descubrir entre los paladines del cómic. Esta vez, la dimensión más o menos prodigiosa de los personajes resulta equiparable a su locura y su insolencia.

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¿Es ésta una película para todos los públicos o es un producto para lectores de tebeos? La pregunta tiene tanto interés como la respuesta. Es decir, un interés relativo. Para empezar porque es evidente que Ayer y sus productores parecen tener claro lo que desea su público: un relato coral, sin grandes complicaciones, montado con cierta brusquedad y narrado con ese estilo entre apresurado y epiléptico que últimamente se ha puesto de moda.

Dicho de otro modo: quien espere una fluida cinta de superhéroes, facturada con esa elegancia a la que nos acostumbró Richard Donner, no contará a Escuadrón Suicida entre sus films favoritos. Por el contrario, los fans de esas películas ruidosas y filmadas con shaky cam ‒estoy pensando en Paul Greengrass y Michael Bay‒ quizá salgan satisfechos de la sala.

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Imagino que cuando Warner Bros. encomendó a Ayer este proyecto, lo hizo pensando en el aceptable resultado del thriller Sabotage (2014), protagonizado por Arnold Schwarzenegger. De hecho, hablando de realismo sucio, hay más de un vínculo estético entre Sabotage y Escuadrón Suicida. El problema es que, en este segundo caso, el montaje y el guión son tan destemplados que la precipitación acaba convirtiéndose en su rasgo más reseñable.

Y es una lástima, porque hay aquí intérpretes ganándose el sueldo ‒Will Smith en una aceptable reinvención de Deadshot, Margot Robbie como una Harley Quinn de dibujo animado, Viola Davis en la piel de la inquietante Amanda Waller, y en muy menor medida, Jared Leto, que encara al Joker desde un ángulo menos memorable‒. El problema es que ni la pirotecnia digital, ni cierto cameo procedente de Gotham, ni siquiera una banda sonora atiborrada de viejos éxitos redimen a la película de su principal problema: ese incómodo desequilibrio que va minando, de forma irremediable, cualquier asomo de tensión narrativa.

Al final, uno siente que los personajes más prometedores de la cinta han sido víctimas de ciertas decisiones en la mesa de montaje, y quién sabe si de algunos vaivenes durante la post-producción. Ya me entienden: esas órdenes de última hora que, pensando en el público que acude a pases de prueba, van eliminando el suspense y el encanto de una película que los necesitaba en grandes dosis.

Al final, David Ayer, pese a ser un guionista y realizador solvente, buen conocedor del género policiaco, no consigue abrirse paso en este raro cruce entre Doce del patíbulo y Cazafantasmas, y nos entrega un film oscuro y desangelado, cuyos aciertos se limitan a escenas aisladas.

Sinopsis

Qué bien sienta ser malo… Reúne a un equipo con los más peligrosos y encarcelados Súper Villanos, pon a su disposición el arsenal más poderoso del gobierno, y envíalos a una misión para derrotar a un ente enigmático e invencible. La oficial de inteligencia de EE.UU. Amanda Waller ha creado un grupo secreto que reúne a individuos diversos y despreciables que no tienen nada que perder, y que servirán perfectamente para la misión. Sin embargo, una vez se dan cuenta de que no habían sido escogidos para triunfar, sino por su evidente culpabilidad cuando fracasen de forma inevitable, ¿decidirá el Escuadrón Suicida morir en el intento o será un «sálvense quien pueda»? 

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © DC Entertainment, RatPac-Dune Entertainment, Atlas Entertainment, Warner Bros. Pictures. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista The CULT, un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, The CULT sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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