Crítica: "El Lobo de Wall Street" (2013). Dinero, dinero, dinero

La nueva película de Martin Scorsese nos habla de una era –finales de los ochenta, comienzos de los noventa– en que el darwinismo de Wall Street generó una especie humana, la de los brokers y los traders dispuestos a ir un paso más allá. Estos tiburones, a diferencia de sus compañeros de profesión, habían descubierto una nueva fe, digna de cualquier inmoralidad y de cualquier engaño. Me refiero, por supuesto, al amor irrefrenable por la riqueza.

Aunque George Washington les mirara con reprobación desde su efigie en los billetes de dólar, muchos de estos tipos comprendieron que uno sólo puede verse elevado a los altares financieros cuando a) tiene mucha ambición, b) olvida sus escrúpulos y c) escucha el tintineo de las monedas como si fuera una canción erótica.

El contexto de la crisis financiera y la proverbial ignorancia económica de muchos de nosotros pueden convertir El Lobo de Wall Street en algo que no es, un cuento moral sobre la avaricia.

Viéndola, me imagino que más de un espectador puede decirse: "¿Te das cuenta? Por culpa de estafadores como estos hemos caído tan bajo". A eso se reduce todo: ya sabemos que hace falta justicia poética. Sin embargo, a mi modo de ver, esa interpretación es errónea, o mejor dicho, parcial. Y lo es porque el timo descomunal que se cuenta en la película concluye en 1998, así que, todo lo más, creo que podemos entenderlo como un antecedente de las estafas financieras de Bernard Madoff. En la cinta no tienen espacio las víctimas, no se alude a la crisis, y para colmo, el protagonista se dirige a nosotros en alguna ocasión para dejarnos claro que la química de los bonos y de las acciones es algo que escapa de nuestra comprensión.

En realidad, los personajes de la película encarnan un estereotipo que lleva funcionando desde hace milenios, el del pícaro que vende su alma con tal de satisfacer sus bajos instintos. Por lo demás, no esperen de Scorsese un juicio ético sino todo lo contrario. Puede que más de uno (incluidos, ahora sí, quienes sufrimos el vendaval económico) se sienta identificado con los rufianes que desfilan por el filme. Esa es la magia única del cine. Podemos ponernos cómodamente en la piel de tipos despreciables.

La cinta comienza en 1987. El protagonista, Jordan Belfort (primorosamente encarnado por un excelso Leonardo DiCaprio), se reúne en un caro restaurante con el jefe de la firma financiera para la que ha comenzado a trabajar, Mark Hanna (Matthew McConaughey). Con un encanto digno de un adiestrador de cobras, Hanna regala varios consejos al neófito: para aguantar el ritmo de trabajo sin perder la energía, la cocaína es el mejor remedio, y dado que el sexo ha de figurar en el centro de la vida de cualquier triunfador, también la relación con el dinero ha de ser de naturaleza sexual.

Dicho y hecho. Belfort, a lo largo de la cinta, muestra una adicción al sexo tan poderosa como lo son su dependencia de la coca y su predilección por unos carísimos tranquilizantes, los Quaaludes. El paralelismo entre la bolsita blanca, la cama deshecha y las mieles del triunfo no es casual, y permite que, a nuestro pesar, simpaticemos con un vividor que sueña con bañarse en montañas de monedas, como si fuera una versión cool y depravada del tío Gilito.

Ya que hablamos de sexo, hay otro detalle con el que Belfort aparece caracterizado en la película: es un macho alfa, que se rodea de una tribu de seguidores tan entrañable como digna de poca confianza. A decir verdad, la compañía financiera fundada por Belfort, Stratton Oakmont, no nos seduce tanto por la enormidad de su estafa, sino por su semejanza a una fraternidad universitaria. En determinados momentos, sólo falta John Belushi para que recordemos Desmadre a la americana (1978) y otras comedias de su época.

Esto último me lleva a destacar otro mérito de El lobo de Wall Street, y es que no cae en el dramatismo indignado que empleó Oliver Stone en Wall Street (1987) y en su secuela (2010). Al contrario. Uno se sumerge en la película de Scorsese con una sonrisa y no la pierde en casi ningún momento a lo largo de las casi tres horas de metraje.

Todos los registros de la comedia afloran en algún punto, desde el enredo vodevilesco hasta el humor grueso, desde la sátira de costumbres hasta el slapstick, todo ello con una pátina de cinismo salvaje y negrísimo que me recuerda enormemente a Dinero (1984), la hilarante novela de Martin Amis. De hecho, el personaje central de ese libro parece describir cómo funciona la psique de Jordan Belfort: "Los semáforos y señales de tráfico me pedían calma, pero ni yo ni nadie les hacía caso. ¡No hay que ceder ni un centímetro, esa es la contraseña! Pelear, buscar, avanzar, ver quién puede más. De modo que el mediodía me encontró con un segundo scotch en la mano, un batín paquistaní enrollado en mi cintura y una semidesnuda azafata sexual montada a horcajadas sobre mis muslos".

Por cierto, Belfort es un personaje real. Todos los episodios fraudulentos de su carrera como agente financiero, su adicción a las drogas, sus hazañas sexuales y su posterior metamorfosis como experto en motivación dieron lugar a dos libros de memorias, The Wolf of Wall Street y Catching the Wolf of Wall Street, e inspiraron una película, El informador (Boiler Room, 2000), de Ben Younger, protagonizada por Giovanni Ribisi, Vin Diesel y Ben Affleck.

Ahora que caigo en ello, supongo que las 1.500 víctimas de sus estafas no deben de sentirse muy halagadas por el tono con el que Scorsese se acerca al personaje. Como ya dije antes, no creo que esta sea una película sobre nuestra crisis, sino la vida de un timador que se anticipó a ella, y que nos ayuda a explicarla por la vía más fácil.

Sin ceder a la corrección política, ese estilo de la cinta es juvenil, frenético y descarado, lo cual demuestra que el realizador se encuentra en plena forma.

Desde luego, las interpretaciones de Jonah Hill, McConaughey, Kyle Chandler o Jean Dujardin son estupendas, y ni uno solo de los secundarios –los realizadores Spike Jonze, Rob Reiner y Jon Favreau, Jon Bernthal, la bondiana Joanna Lumley– pierde la oportunidad de demostrar lo mucho que vale. Pero lo que realmente le enamora a uno de la película es su virtuosismo: el montaje es ligero, fluido, y la mirada de la cámara, implacable, fluye por doquier con una extraordinaria riqueza expresiva.

Marca de la casa: hay algunos travellings complejísimos que le recuerdan a uno lo que es la tridimensionalidad sin necesidad de gafas 3D. Quienes aman el cine de Scorsese ya pueden imaginarse con qué inteligencia están rodados. La misma que el director pone en evidencia a lo largo de toda la cinta.

Sinopsis

El director Martin Scorsese ha tratado el dramático terreno del delito en Estados Unidos desde múltiples ángulos, pero con El lobo de Wall Street se asoma al abismo sumiéndose en el mundo de la variedad delictiva más contemporánea: las altas finanzas. El resultado es un viaje épico al corazón de la embriaguez producida por la codicia, la adrenalina, el sexo, las drogas y la producción constante de dinero fácil.

Basada en un hecho real, El lobo de Wall Street cuenta el inverosímil auge y la continua caída al reino del placer de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio, nominado en tres ocasiones por la Academia de Hollywood), el corredor de bolsa neoyorquino que, junto a sus alegres colegas, amasaron una descomunal fortuna estafando millones de dólares a inversores.

La película sigue la alucinante transformación de Jordan Belfort, desde que era un hombre honrado recién llegado a Wall Street hasta convertirse en un auténtico forajido de las acciones. Después de amasar una enorme fortuna en un tiempo récord, Jordan se la gasta de la forma más absurda en mujeres, tranquilizantes, cocaína, coches, su esposa (una supermodelo) y un deseo ilimitado de poseerlo todo. Mientras su empresa, Stratton Oakmont, alcanza la cima y él se entrega a los placeres más hedonistas, la SEC (Comisión de Títulos y Bolsa) y el FBI se acercan a su imperio de excesos.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © 2013 Appian Way, EMJAG Productions y Red Granite Pictures. Cortesía de Universal Pictures International Spain. Reservados todos los derechos.

 

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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