Crítica de "Un dios salvaje" (2011)

Un dios salvaje

Al tiempo que se suceden los títulos de crédito, una cámara fija situada en un parque testimonia la pelea entre dos niños de once años. Uno de ellos pasa de las palabras a los hechos y atiza al otro en la cara con un palo, un golpe inesperado que deja como resultado dos dientes rotos. A los pocos días, los padres de los dos chavales se reunirán para tratar de limar asperezas, aunque las cosas no saldrán según lo previsto.

Esta es la premisa de la que parte el último trabajo de Roman Polanski, trasposición a la gran pantalla de Le dieu du carnage (2006) de la parisina Yasmina Reza, una exitosa obra de teatro que en España fue llevada a los escenarios en 2008, protagonizada por Maribel Verdú, Aitana Sánchez-Gijón, Antonio Molero y Pere Ponce. Un dios salvaje (Carnage, 2011) ha supuesto asimismo el reencuentro entre ambos autores, desde que allá por los ochenta Reza tradujera para Polanski la adaptación teatral de La metamorfosis de Kafka, obra de Steven Berkoff.

Un dios salvaje

Con un notable guion elaborado al alimón por el director y la dramaturga, la película se revela como un complejo y tragicómico retablo de las miserias y las frustraciones burguesas hijas de nuestro tiempo. Con precisión de cirujano, Un dios salvaje hurga en las neurosis del urbanita, haciendo aflorar las contradicciones y los prejuicios más arraigados (como los relativos a clase y sexo) de la progresía que permanecen ocultos tras una capa de hipocresía y corrección política.

Como sucediera en la obra teatral, Polanski encierra a los cuatro protagonistas en un único escenario, si bien traslada la acción del París original a la ciudad de Nueva York. Los padres del niño agresor, Alan (Christoph Waltz) y Nancy Cowan (Kate Winslet), acudirán la casa de Michael (John C. Reilly) y Penelope Longstreet (Jodie Foster), progenitores de la víctima, para resolver el conflicto de la forma más civilizada posible. Hablando se entiende la gente, o al menos eso es lo que se dice.

Un dios salvaje

Entre esas sofocantes cuatro paredes –concebidas como una suerte de pecera en la que Polanski, y por ende el espectador, asiste divertido, casi burlón, a esta suerte de miniexperimento social–, la cortesía y los ánimos conciliadores cederán pronto el paso a la grosería y a los reproches. La pelea infantil que motivó la reunión será el detonante de una batalla verbal, no por ello menos encarnizada, en la que los protagonistas, con las emociones a flor de piel, vomitarán –a veces literalmente– un rosario de cuentas pendientes y heridas abiertas.

"Yo creo en un dios salvaje. El dios cuya ley ha sido imbatible desde el principio de los tiempos", dirá en un determinado momento el personaje de Christoph Waltz. Y es que, una vez despojados de sus caretas, los asistentes dejarán al descubierto su lado más mezquino, cruel e irracional, pero también su fragilidad y patetismo. En definitiva, su humanidad animal, cárnica, enclaustrada –como el Minotauro en el Laberinto, esa imagen tan del gusto de los surrealistas– tras esa construcción, a veces opresiva, llamada "civilización".

Una pequeña pieza que camufla sus cargas de profundidad tras una aparente sencillez, en la que Polanski viene a sacar –una vez más– el monstruo que todos llevamos dentro, en este caso valiéndose del talento de su cuarteto protagonista, verdaderas bestias pardas en escena.

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Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Guy Ferrandis - SBS Productions. Producción de SBS Productions, SPI Poland, Constantin Film Produktion, Versátil Cinema, France 2 Cinema y Zanagar Films. Cortesía de Alta Classics. Reservados todos los derechos.

Lola Clemente Fernández

Experta en arte, cine y literatura, Mª Dolores Clemente colabora como crítica y articulista en diversos medios de comunicación.

Se licenció en Bellas Artes en el año 2000 y se doctoró en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid en 2006 con la tesis El héroe en el género del western. América vista por sí misma, ganando el premio extraordinario de doctorado. Esta obra fue publicada en 2009 con un prólogo de Eduardo Torres-Dulce.

Ejerce como profesora en la Universidad Internacional de La Rioja

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