Crítica de "Robocop" (2014). Almas de metal

Si creciste en los ochenta, tu reloj mental necesita tiempo para adaptarse a este nuevo Robocop. Durante los primeros minutos de proyección, uno sigue buscando indicios de la cinta original, rodada en 1987 por Paul Verhoeven. Es un impulso nostálgico que nos sentimos apremiados a resolver... hasta que el realizador brasileño José Padilha aprieta el botón Reset, y la película adquiere su propia identidad: la de un sólido technothriller que, más allá de su llamativa pirotecnia, va adquiriendo profundidad e incluso una pátina de inteligencia. Felizmente, Padilha ocupa un área rica en dobles sentidos, donde se conjugan la corrupción institucional, el miedo a la tecnología, la geopolítica, la actividad de los lobbies, ciertos horrores de la experimentación médica, las mentiras periodísticas y la paranoia en torno a la seguridad.

En estos tiempos de balcanización cultural, es de esperar que cualquier lanzamiento global –y este Robocop lo es– contenga las dosis correctas de esto y lo otro, con el propósito de justificar una gran inversión en el mercado mainstream. Que llueva, al menos un par de veces al año, a gusto de todos: he aquí la aspiración de una industria que se alimenta de grandes cifras y que necesita superéxitos para sobrevivir.

"Lo bueno de la gente como yo –le dijo Truman Capote a Martin Amis– es que siempre hemos sabido lo que íbamos a hacer. Hay otros que jamás llegan a averiguarlo."

¿Sabía José Padilha lo que iba a hacer al enfrentarse al remake de uno de los títulos más significativos de los ochenta?

Es una pregunta que me hago sin prejuicios, teniendo en cuenta que las comparaciones son inevitables. Robocop (1987) iba un paso más allá en esa dirección emprendida por novelistas como Bernard Wolfe (Limbo, 1952), Philip K. Dick (Los tres estigmas de Palmer Eldritch, 1964), Martin Caidin (Cyborg, 1972) y Richard Lupoff (Sun's End, 1984).

Siguiendo la línea definida por David Rorvik en As Man Becomes Machine (1971) –la mezcla de humano y máquina entendida como un salto evolutivo–, el guión de Robocop exploraba un territorio cibernético que por entonces ya empezaba a resultarnos familiar.

Nada de lo que había rodado hasta entonces Verhoeven carecía de interés. Después de completar varios dramas al rojo vivo –sus inclasificables Delicias turcas, Eric, oficial de la reina, El cuarto hombre...–, puso en juego su poderío narrativo en ese delirio violento que es Los señores del acero (1985). El resto, ya es historia del cine reciente.

Déjenme caer en cualquier punto de una película de Verhoeven y sabré decirles dónde estoy. Sucede también con su Robocop, un thriller policial que se viste de sátira política, y en el que las metáforas funcionan como una máquina de picar carne. De hecho, había más lecturas sociológicas en esta fábula sardónica y cruel que en la mayor parte del cine social de la época. Y encima era muy divertida.

Lo más extraordinario del viejo Robocop era su turbia energía, así que no me sorprende que este remake –cada generación tiene derecho al suyo– se haya concentrado especialmente en el aspecto cinético de la aventura. En este sentido, el nuevo Robocop es doblemente apropiado para el espectador actual: el personaje parece mirarte a los ojos para decir: "Merece la pena arriesgarse tanto para ser cool, ¿no te parece?". Y luego hace una violenta cabriola, para que el jugador de videojuegos le observe fascinado, frotándose los ojos.

Esos dos factores –la voluntad de atraer al espectador joven y la hiperactividad digital– son el concepto que predomina en el filme, muy bien fotografiado por Lula Carvalho.

Sin embargo, aquí viene la sorpresa, porque el guión de Joshua Zetumer tiene alma. Si a ello le añadimos un reparto muy sólido (Gary Oldman, Michael Keaton, Samuel L. Jackson, Abbie Cornish, Jackie Earle Haley), la imagen empieza a cuadrar mejor.

A diferencia de Peter Weller, que dio vida al cyborg en 1987, Joel Kinnaman enfoca el papel con una sobrecarga emocional que Padilha se encarga de ir equilibrando.

La banda sonora de Pedro Bromfman incluye citas muy oportunas de la fanfarria original, compuesta por el recordado Basil Poledouris. También se conserva la armadura diseñada por Rob Bottin en 1987, aunque luego se sustituye por otra, rediseñada por April Ferry, más próxima a la imaginería del Batman de Christopher Nolan. (Esto último ha indispuesto a los puristas, pero como comprenderán, Robocop tampoco es una obra de Shakespeare, así que la infidelidad no merece tanto desgarro.)

Cuatro intérpretes destacan especialmente. En el papel del propietario de OmniCorp, Keaton brilla como un Steve Jobs con una agenda oculta. Samuel L. Jackson encarna a un magnífico manipulador televisivo. Gary Oldman es un científico con un manual de bioética pendiendo sobre su cabeza. Y Michael K. Williams (Omar Little en The Wire) es el perfecto compañero de patrulla.

Dejo para el final el sinfín de huevos de pascua que contiene el filme: desde la canción "If I Only Had A Brain" de El Mago de Oz (1939) hasta los torturados cuadros de Francis Bacon que penden en el despacho de Keaton. La nueva carne y el Hombre de Hojalata en la misma cinta. Para que luego digan que no es posible inyectar cultura en un producto comercial.

Sinopsis

En Robocop, nos encontramos en el año 2028 y el conglomerado multinacional OmniCorp se encuentra en el centro de la tecnología robótica. En el extranjero, el ejército ha estado usando sus drones desde hace años, pero su uso para el cumplimiento de la ley en territorio americano ha estado prohibido hasta el momento. Sin embargo, ahora OmniCorp quiere cambiar eso trayendo su controvertida tecnología a Norteamérica y lo hará aprovechando una oportunidad de oro.

Cuando Alex Murphy (Joel Kinnaman)- un cariñoso marido, padre y buen policía que lo da todo en su lucha contra el crimen y la corrupción en Detroit- resulta críticamente herido, OmniCorp ve su oportunidad para construir un oficial de policía mitad hombre, mitad robot. La visión de OmniCorp es tener un RoboCop en cada ciudad y conseguir así más millones para sus accionistas. Pero nunca contó con una cosa: que sigue habiendo un hombre dentro de la máquina.

Hombre y máquina se dan la mano en Robocop, una nueva visión dirigida por José Padilha del clásico de culto de los años 80. En el filme, El policía Alex Murphy se convierte en el producto estrella de OmniCorp, la empresa líder de defensa robótica en el mundo. En la ciudad de Detroit, devastada por la delincuencia, OmniCorp identifica la forma de introducir el policía perfecto– un robot que pueda limpiar las calles de la ciudad sin arriesgar las vidas de los policías. El problema es que la idea de que un robot apriete el gatillo pone nervioso a más de uno. Por ello, alcanzan un acuerdo: cuando el agente Murphy sufre una herida mortal, se despierta en el hospital y es más robot que hombre, pero eso sí, es puro policía.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © © 2014 Metro-Goldwyn-Mayer, Columbia Pictures y Strike Entertainment. Cortesía de Sony Pictures Releasing de España. Reservados todos los derechos.

 

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista The CULT, un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, The CULT sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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