Crítica de "Luces rojas" (2012)

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De repente, ves un vidente o un psíquico, y piensas en los millones de personas que dan por buena su estafa. Eso es lo que se plantean cada día la doctora Margaret Matheson (Sigourney Weaver) y su ayudante Tom Buckley (Cillian Murphy), los protagonistas de Luces rojas (Red Lights), un magnífico thriller sobrenatural en el que Robert De Niro se convierte en la némesis de esos dos cazadores de fraudes.

Da mucha confianza en la sensatez narrativa de la película ver cómo su director sostiene el ritmo, la atmósfera y la tensión desde los primeros planos.

En materia estilística, los dilemas del thriller son particularmente complejos, sobre todo en una época como la nuestra, en la que aberraciones como la shaky cam (esa fea costumbre de agitar la cámara sin ton ni son) han arruinado la calidad de numerosos proyectos.

Por todo ello, es un placer comprobar que Rodrigo no sólo conserva el pulso que demostró en Buried, sino que aprieta el acelerador sin renunciar al clasicismo en la puesta en escena.

Cuando hablé con él a propósito de Buried, Rodrigo me comentó que Hitchcock es su referencia más obvia. Aquí vuelve a ser evidente. Sin embargo, nuestro realizador no es uno de esos cineastas que prefieren citar a algún ilustre colega antes de hacer el esfuerzo de diseñar una secuencia original.

Todo lo contrario. Detrás de la cámara, nos hallamos ante un narrador de gran empuje, que filma más allá de las modas, con una voz propia que ya quisiéramos muchos, y capaz de esa suspensión del tiempo que sólo consiguen los primeros espadas de este oficio.

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Brillante e imaginativa, Luces rojas es una sorpresa: una inteligente película de suspense que no se avergüenza de serlo, y tampoco de ser accesible y excepcionalmente entretenida.

Trata a la audiencia con respeto, confiando en su madurez, y su casting es tan bueno como el de cualquier producción americana de serie A.

El guión escrito por Cortés es un artefacto de alta precisión en el que los juegos de manos y los engaños más sofisticados entran en conflicto con la entrenada racionalidad de los dos científicos protagonistas.

Se nota que el director es un enamorado de la obra de Richard Matheson, y no sólo por el tributo que desliza en el apellido de la doctora Margaret. A decir verdad, hay mucho en Luces rojas que parece herencia del maestro: los sentimientos ambiguos ante lo paranormal, los misterios del pasado que se cobran su tributo en el presente, el sólido trazado de los personajes y ese tipo de giros inesperados que nunca resultan postizos.

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En busca de la verdad

El argumento de Luces rojas nos conduce al mundo que el matemático y ensayista Martin Gardner describe en algunos de sus libros. Me refieron al de los escépticos que investigan a los médiums, videntes y demás profesionales de la percepción extrasensorial.

En un mundo lleno de fraudes y falsos dogmas como el de la parapsicología, Gardner nos recuerda que siempre conviene finalizar cada frase con un "pero" antes de admitir la seducción de estos fenómenos. De hecho, nadie ha podido comprobar que ninguno de esos hechos inexplicables tenga una razón paranormal.

Esta es la certeza que guía a Tom Buckley y la doctora Matheson. De ahí que tanto Matheson como su colaborador estén acostumbrados a barajar ese mazo de 25 naipes que diseñaron el parapsicólogo J. B. Rhine y el doctor Karl Zener para estudiar casos de clarividencia (y cuyos símbolos, oportunamente, ilustraron el teaser de la película).

Sin embargo, Simon Silver (De Niro) acaba siendo un reto más complejo de lo esperado.

¿Qué es Silver? ¿Un auténtico sensitivo con asombrosos poderes? ¿O un mentalista que convierte sus trucos de magia en aparentes milagros? Y sobre todo, ¿qué se esconde tras su reaparición en público?

Ya ven que nos enfrentamos a un laberinto en cuyo centro nos aguarda eso tan esquivo y delicado a lo que llamamos verdad.

Un proyecto internacional

¿Cómo es posible que una película española tenga a De Niro y a Weaver en su elenco? La respuesta es fácil: desde los años treinta, cada vez que Hollywood parece a punto de cerrar por falta de energía creativa, la globalización artística viene en su ayuda. Rodrigo Cortés, como tantos otros europeos, forma parte de esa globalización.

Aclaro que me refiero a Hollywood como una forma de entender el cine desde una clave universal, y no exactamente como el baluarte de la industria estadounidense. Esa distinción, que incomodará a muchos, define un problema que aún está por resolver entre nosotros.

En realidad, no me sorprende esa vocación apátrida con la que ha sido producida la película. Rodrigo es un excelente director. Uno de los más ambiciosos y llenos de talento de cuantos lucen nuestro pasaporte, y sin embargo, su estilo escapa felizmente de los tópicos nacionales. Dicho de otro modo: su cine carece de ese lastre ideológico y costumbrista que, salvo estupendas excepciones, solemos premiar en los Goya.

Preguntarse cuáles serían las posibilidades de nuestra industria con más creadores como el autor de Luces rojas ­–o como De la Iglesia, Fresnadillo, Bayona o Urbizu, es como preguntarse también qué nos llevó al divorcio con el público durante un par de décadas.

En cualquier caso, si alguien sueña con devolver su identidad cosmopolita al cine español, Rodrigo Cortés marca el camino.

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Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © 2012 Warner Bros. Pictures y Nostromo Pictures. Cortesía de Warner Bros. Pictures International Spain. Reservados todos los derechos.

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