Toyohiko Kagawa y las tres dimensiones del bosque

Toyohiko Kagawa y las tres dimensiones del bosque Imagen superior: Nicolas Gent, CC

Si hay un país donde la naturaleza tiene un contenido altamente simbólico, ese es Japón. La cultura del archipiélago, consolidada a partir de una tradición dependiente de los bosques, los ríos y las montañas concede una enorme importancia al medio, y ello es evidente incluso en la actualidad, a poco que se conozca aquella sociedad.

Fue allí donde nació Toyohiko Kagawa (1888-1960), un pacifista y sociólogo empeñado en que su país experimentase una regeneración ética y social de gran envergadura.

Kagawa fue un activista cristiano que abrió escuelas, hospitales y centros de beneficencia.

Mientras seguía los cursos del seminario presbiteriano de Princeton, Toyohiko estudió genética y paleontología. De regreso a su país, analizó en profundidad las causas de la pobreza y la marginación, y ello le condujo a combatir prácticas muy extendidas, como la prostitución forzada y el maltrato a la infancia.

En los años veinte fue arrestado por su actividad sindical ‒ajena a idearios políticos‒, y por la misma época, al tiempo que proseguía su labor misionera, defendió ardorosamente el sufragio femenino.

Kagawa también luchó desesperadamente por evitar la guerra con Estados Unidos. Tras la contienda, participó en la transición hacia la democracia, y asimismo retomó su actividad literaria. Admirado por numerosos compatriotas, llegó a ser candidato en repetidas ocasiones al Premio Nobel de Literatura y al de la Paz.

Sin embargo, más allá de sus interesantes propuestas en el campo del cooperativismo ‒siempre desde una perspectiva cristiana‒, lo que mejor define el espíritu de Kagawa es su reflexión sobre el bosque y sobre la agricultura.

Imagen superior: Toyohiko Kagawa

Mientras estudiaba en Princeton, Kagawa descubrió un libro que le influyó poderosamente, Tree Crops: A Permanent Agriculture, escrito en 1929 por un profesor de geografía de la Universidad de Pensilvania, J. Russell Smith.

Smith (1874-1966) conoció en su juventud las grandes concentraciones de nogales que se extendían en Virginia. Cuando éstas desaparecieron, comprobó que las nuevas técnicas de cultivo, especialmente en los monocultivos de maíz, provocaban una paulatina destrucción del suelo.

En su libro, reflexiona sobre la visión cortoplacista de estos procedimientos, y defiende los métodos agrarios menos agresivos y más rentables a largo plazo. Resumiendo su postura, Smith escribió esta frase que hoy nos puede parecer apocalíptica: "El maíz, asesino de continentes, es uno de los peores enemigos de nuestro porvenir".

Para evitar la erosión y otros males, este autor proponía sustituir el algodón, el maíz o el tabaco por la plantación de nogales y otros frutales, más acordes con las condiciones del suelo americano. En concreto, después de estudiar las cualidades del ecosistema de Virginia, defendió la idoneidad de una explotación donde los nogales estuvieran asociados con la ganadería porcina tradicional.

Kagawa comprendió de inmediato el consejo de Smith. Primero hay que estudiar las condiciones del suelo de una región, analizando su geología y la vida natural que en él prospera. Y en segundo lugar, hay que introducir los cultivos más acordes con la diversidad de ese ecosistema.

El deterioro de los suelos de cultivo japoneses ya era un problema muy serio en los años treinta. Como parte de su labor reformista, Kagawa recomendó a los agricultores una solución que podía entenderse observando la naturaleza del país: un territorio altamente boscoso, con unas condiciones ecológicas muy determinadas.

Siguiendo el modelo de Smith, Kagawa promovió la asociación entre el cultivo de nogales y de otros frutales, y la crianza de cerdos. Ese bosque "comestible" inspiró, además, un concepto agrario que hizo popular a este reformista nipón: las tres dimensiones del agro-sistema.

En opinión de Kagawa, un bosque con árboles frutales cumple tres funciones: 1) protege el suelo de la erosión, amortigua el efecto del viento y preserva el ecosistema, 2) proporciona alimento a los humanos y 3) suministra una alimentación sana, barata y natural a los animales.

Esta idea influyó en muchos compatriotas y asimismo fue defendida por James Sholto Douglas, otro estudioso que analizó el impacto de los bosques en la mejora de las explotaciones agrarias, y que también defendió el cultivo de plantas comestibles poco conocidas, reputadas hasta entonces como malas hierbas. Podemos leer el resultado de este último trabajo en Alternative foods: A world guide to lesser-known edible plants (1978).

Douglas escribió otro libro esencial, Forest Farming: Towards a Solution to Problems of World Hunger and Conservation (1978), en colaboración con un botánico inglés que admiraba profundamente a Kagawa, Robert Hart (1913-2000).

Práctico ante todo, Hart llevó a la práctica la teoría de Kagawa en su granja de Highwood Hill, en Wenlock Edge. Entre las intenciones de Hart figuraba otra igualmente noble: crear un entorno de naturaleza terapéutica para su hermano Lacon, que padecía serios trastornos de aprendizaje.

Para alegría de Hart, ese entorno agroforestal superó sus expectativas. Al no tener tiempo para cuidarlo con las técnicas agrarias convencionales, la naturaleza fue abriéndose paso. Y esa falta de intervención humana propició el crecimiento de numerosas plantas comestibles y medicinales, que enriquecieron aún más la propuesta inspirada por Kagawa.

Los frutos secos y carnosos, la madera, las hierbas con propiedades terapéuticas, los hongos y las verduras son la recompensa que Hart consiguió en su explotación de Wenlock Edge. En términos académicos, esa cosecha le permitió fijar las condiciones idóneas para un medio de estas características en Inglaterra, y por extensión, en el resto de Europa.

En realidad, siguiendo el camino mostrado por Kagawa, aquello era algo tan sencillo ‒o quizá tan difícil‒ como escuchar la voz de la naturaleza y plasmarla en el campo académico de la ingeniería agroforestal.

Copyright © Mario Vega, Asociación conCiencia Cultural. Reservados todos los derechos.

Mario Vega

Tras licenciarse en Bellas Artes (Grabado) por la Universidad Complutense de Madrid, Mario Vega emprendió una búsqueda expresiva que le ha consolidado como un activo creador multidisciplinar. Esa variedad de inquietudes se plasma en esculturas, fotografías, grabados, documentales, videoarte e instalaciones multimedia.

Las referencias a la naturaleza y al paso del tiempo son constantes en su trabajo artístico. Esta obra gráfica y plástica tiene su génesis en una serie de intervenciones efímeras –las sensacciones–, plasmadas en instantes de conexión afectiva con el entorno.

Como educador, cuenta con una experiencia de más de veinte años en diferentes proyectos institucionales, empresariales, de asociacionismo y voluntariado. Esa trayectoria, centrada en el ámbito de la educación ambiental y el estudio y la conservación de la biodiversidad, coincide con su labor en conCiencia Cultural, la entidad de la que es cofundador. 

mariovegarte@yahoo.es

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