En su sueño creció una ciudad

En su sueño creció una ciudad Anne-Louis Girodet, "Sueño de Endimión", detalle, Musée du Louvre, París, 1791

Para construir una ciudad, lo primero que hay que hacer es soñarla.

A lo mejor es eso lo que hizo Caín: se echó a dormir y soñó algo tan incomprensible como una ciudad, la primera ciudad. Soñó también que mataba a su hermano. “He tenido una pesadilla”, dijo, al despertar, sin que Abel, que yacía junto a él, pudiese saber si Caín se refería a la ciudad o al crimen. Abel, en realidad, no estaba en condiciones de saber nada, porque estaba muerto. Cuando Caín se dio cuenta de que la segunda parte de su sueño se había hecho realidad, partió para cumplir la primera: construir ciudades.

William Blake, "Caín y Abel", Tate Gallery, Londres, 1826 c.

Soñar ciudades y poblarlas de arquitecturas también soñadas es una antigua tradición. Borges, que tanto nos hace soñar, nos habla de aquel día del verano de 1797 en que Samuel Taylor Coleridge, vencido por el opio, soñó un poema inspirado en el palacio y la ciudad soñados por Kublai Khan. Xanadú dio su nombre a la mansión que encerraba los sueños y pesadillas de Kane en la película dirigida por Orson Welles en 1941.

Orson Welles, "Ciudadano Kane", 1941

Se sueñan las ciudades surgidas del mundo luminoso y, al tiempo, siniestro, de la utopía: la Sforzinda de Filarete, con su planta estrellada; la Ciudad del Sol, de Campanella; Bensalem, de Bacon; Amauroto, de Moro: la Ville Radieuse de Le Corbusier. Abrazadas a la utopía crecen las arquitecturas visionarias, de una extraña belleza.

Le Corbusier, "Ville Radieuse", 1933

Étienne-Louis Boullée, "Cenotafio de Newton", Bibliothèque nationale de France, París, 1784

Se sueñan también aquellas ciudades que tal vez existieron, pero fueron destruidas u olvidadas. Como en el plano del palacio soñado por Kublai Khan, se despliega ante los ojos de nuestra imaginación un plano salpicado de sueños: Sodoma, Babilonia, Troya, Tenochtitlán y tantos otros nombres míticos centellean por un instante ante nuestros ojos. La literatura, la pintura, la escenografía teatral y la cinematográfica se encargarán de reinventar, con la más desbordante fantasía, estas ciudades contempladas desde la óptica del capricho arquitectónico y teñidas de pintoresquismo.

Edgard Degas, "Semiramide ante la construcción de Babilonia", Musée d’Orsay, París, 1860-62

David W. Griffith, "Intolerancia", 1916

Se sueñan las ciudades que aún no existen y que, probablemente, no llegarán a existir o, por lo menos, no existirán con la integridad y coherencia con que fueron soñadas. Son ciudades que, antes de existir en la realidad, crecen en la pintura, en los decorados teatrales, en las ilustraciones de los tratados arquitectónicos, en la marquetería y los paneles pintados de los muebles, en las utopías filosóficas, en las decoraciones efímeras que, con motivo de la fiesta, recubren la ciudad auténtica con las galas de la ciudad soñada.

Giovanni di Ser Giovanni, Lo Scheggia, "Cassone Adimari", Galleria dell'Accademia, Florencia, 1440 c.

Hay una serie de tablas, conservadas en Urbino, en Baltimore y en Berlín, que nos ofrecen el aspecto de esa ciudad ideal que sueña el Quattrocento. Las atribuciones son tan dudosas como variadas: la tabla de Urbino se atribuye a Piero della Francesca, a Francesco di Giorgio Martini, a Luciano Laurana y a otros pintores; la de Baltimore, a Fra Carnevale.

"La città ideale", Galleria Nazionale delle Marche, Urbino, fines siglo XV

"Prospettiva architettonica", Walters Art Gallery, Baltimore, fines siglo XV

"Ciudad ideal", Gemaldegalerie, Berlín, 1477 c.

No existen esas ciudades: nunca llegaron a existir. Los nuevos edificios crecen insertos en una trama arquitectónica y urbanística anterior: en el caso de la ciudad soñada del Renacimiento, una ciudad medieval que intenta racionalizarse a través del ensanchamiento y la rectificación del trazado de las calles, y en cuyo seno se alzan monumentos emblemáticos, como lo fue –lo sigue siendo- la cúpula del Duomo de Florencia.

El conjunto de este material entremezclado de la arquitectura y de su historia, con su inevitable regusto ecléctico y su imposible idealidad, que heredan todos los compendios arquitectónicos, se manifiesta en obras como El sueño del arquitecto, de Thomas Cole, y El sueño del profesor, de Charles Robert Cockerell.

Thomas Cole, "El sueño del arquitecto", Toledo Museum of Art, Toledo, Ohio, 1840

Cole se representa a sí mismo recostado sobre una colosal columna. Junto a un amplio río se agrupan construcciones de orígenes tan diversos como una catedral gótica, una pirámide egipcia, un acueducto romano, templos griegos, romanos, egipcios, una rotonda corintia, obeliscos… El curso del río y la distribución de los edificios sigue el mismo modelo de caprichos arquitectónicos como el  que vemos en la Perspectiva con el hallazgo de Moisés, de Gutiérrez Cabello. En este cuadro, la imagen que el pintor madrileño nos ofrece de una ciudad egipcia y del río Nilo, reducido a un triste riachuelo, no puede ser menos convincente como realidad, ni más efectiva como capricho arquitectónico. Los lujosos edificios, en los que se reúnen diversos estilos, se apiñan en torno a un eje diagonal marcado por el río, como sucede en la obra de Cole.

Francisco Gutiérrez Cabello, "Perspectiva con el hallazgo de Moisés", Museo de Bellas Artes, Bilbao, 1655

También sueña el profesor, que, por cierto, era arquitecto. Lo era, por lo menos, Charles Robert Cockerell, el autor de esta otra obra en la que se alinean, en primer plano, una serie de monumentos egipcios tras los cuales se asoman templos griegos y se ciñen, apretadamente, las construcciones romanas. Torres góticas y cúpulas renacentistas y barrocas se entreveran hacia los planos posteriores de esta composición frontal rematada, al fondo, por unas enormes, espectrales pirámides.

Charles Robert Cockerell, "El sueño del profesor", Royal Academy of Arts, Londres, 1848

Todo esto no es real: es solo un sueño. Las ciudades están hechas de tiempo: en ellas se entrecruzan las calles y los siglos; se derriban unas casas, se levantan otras y, mientras tanto, se acumulan vidas, edificios, sueños y también, cómo no, pesadillas. Caín, Kublai Khan, Coleridge y tantos otros soñadores quizás aún no han despertado, tal vez su sueño sigue y crece y crece hacia el cielo.

Samuel H. Gottscho, "Midtown Manhattan Skyline", 1930 c.

Copyright © Carmen Pinedo Herrero. Reservados todos los derechos.

 

Carmen Pinedo Herrero

Doctora en Historia del arte y licenciada en Historia moderna, investigadora y escritora. He impartido clases de Patrimonio cultural, he sido comisaria de exposiciones y he catalogado fondos museísticos, pero el terreno en el que me siento más a gusto es el de la investigación y la escritura. Los temas que más me atraen son los relacionados con los espectáculos precinematográficos, la escenografía teatral, la historia de las mentalidades y las relaciones entre arte, técnica y sociedad.

He publicado artículos en diversas revistas especializadas, capítulos de catálogos de exposiciones y los libros La ventana mágica: la escenografía teatral en Valencia durante la primera mitad del Ochocientos (2001), Cuatro artistas de Meliana. Una generación (2001), La enseñanza de las bellas artes en Valencia y su repercusión social (2003), El viaje de ilusión: un camino hacia el cine. Espectáculos en Valencia durante la primera mitad del siglo XIX (2004) y El profesor que trajo las gallinas a la escuela: Antonio Cortina Farinós (1841-1890) (2007).

Durante los últimos años he realizado investigaciones sobre la industria artesana aplicada a la arquitectura; sobre las noticias relativas a arte y artistas publicadas en la prensa histórica y sobre diversas metodologías aplicadas a la escritura autobiográfica y biográfica.

En la actualidad prosigo con las investigaciones sobre escenografía y espectáculos precinematográficos, preparo una serie de libros sobre fuentes documentales del arte y escribo un libro sobre arquitectura y terror, de próxima publicación en Punto de Vista Editores. 

Sitio Web: carmenpinedoherrero.blogspot.com.es/

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