El conde de Montecristo y un toro en el túnel bajo el Támesis

El conde de Montecristo y un toro en el túnel bajo el Támesis Túnel bajo el Támesis, ilustración para dispositivo óptico

En realidad, ni el conde de Montecristo ni el toro que aparece en el título de este artículo anduvieron correteando por el túnel bajo el Támesis, pero espero que me permitáis la licencia, ya que, si no por el túnel, por lo menos sí que vagarán por las líneas que siguen.

Hace unos meses me quedé observando un fotograma de la película Montecristo, dirigida por Henri Fescourt en 1929. Pensé, al principio, que el fotograma formaba parte del Montecristo de 1922, dirigido por Emmett J. Flynn, y no hace mucho vi que en una excelente página web lo atribuían a la versión de la obra de Alexandre Dumas rodada en 1934 por Rowland V. Lee. Pues no: ni Flynn ni Lee. Se trata de la versión de Fescourt, con decorados de Boris Bilinsky, efectos especiales a cargo de Nicolas Wilke y Paul Minine y fotografía de Henri Barreyre y Julien Ringel.

Henri Fescourt, "Le comte de Monte-Cristo", 1929

Bilinsky fue un artista ruso, diseñador, cartelista y escenógrafo, que, según escribe Léon Barsacq, introdujo en Francia las nuevas técnicas de decorados construidos y maquetas volumétricas. Son muy conocidos los carteles que diseñó para la presentación en Francia de Metrópolis, de Fritz Lang. Pero no dejéis que me pierda, porque si empiezo a hablar sobre Bilinsky, Wilke y Minine, algo muy tentador, nunca llegaremos al túnel. Ni al toro.

Boris Bilinsky, cartel para "Metrópolis"

Boris Bilinsky, cartel para "Metrópolis"

El caso es que, cuando reflexionaba acerca del mencionado fotograma, mis meditaciones no se centraban en la autoría de la película, sino en la propia imagen. En ella se ve a unos personajes situados ante un largo túnel cubierto por una bóveda de cañón, y en el que la sucesión de arcos marca una perspectiva vertiginosa. En otro fotograma, Jean Angelo, en su papel de Edmond Dantès, prueba su puntería con un blanco situado al fondo de la larga galería.

Henri Fescourt, "Le comte de Monte-Cristo", 1929

Henri Fescourt, "Le comte de Monte-Cristo", 1929

¿A qué me recuerdan estas imágenes?, me preguntaba, hasta que, de repente, me acordé: al túnel bajo el Támesis. Más que al túnel en sí, a cualquiera de las numerosísimas imágenes que, a raíz de su inauguración en 1843, inundaron pañuelos, medallas, vajillas y todo tipo de vistas exhibidas en cosmoramas, neoramas, polioramas y demás dispositivos ópticos.

Medalla conmemorativa de la inauguración del túnel bajo el Támesis, 1843

El túnel bajo el Támesis fue comenzado en 1808 por el ingeniero Richard Trevitkick. Una inundación detuvo las obras, que quedaron abandonadas hasta 1824, cuando Mark Isambard Brunel empezó a excavar un segundo túnel. Se produjo otra interrupción, entre 1825 y 1835, debido a una nueva filtración de agua y a las dificultades económicas derivadas del incidente. Finalmente, el túnel pudo ser inaugurado en 1843.

Anónimo, Construcción del túnel bajo el Támesis, 1830

Inundación en el túnel bajo el Támesis

Durante las ceremonias de inauguración se celebró un banquete en el interior del túnel, que fue plasmado por pintores e ilustradores y difundido a través de publicaciones ilustradas y vistas ópticas.

George Jones, Banquete en el túnel bajo el Támesis

Hasta 1869, cuando el túnel se transformó para que circulase por él el ferrocarril, tuvo un uso peatonal, como se refleja en cuadros y en las numerosas ilustraciones realizadas para diversos dispositivos ópticos.

Túnel bajo el Támesis, ilustración publicada en "Illustrated London News", 1870

Círculo de George Jones, "Túnel bajo el Támesis", colección particular

Túnel bajo el Támesis, ilustración para dispositivo óptico

La presencia del túnel en los espectáculos ópticos llegó a ser tan habitual como para que, en su novela El alcalde de Casterbridge, Thomas Hardy describiese los orificios del hocico de un toro como semejantes "al túnel del Támesis visto en los mundonuevos de antaño". Se conservan muchas de estas imágenes exhibidas en aquellos mundonuevos, tutilimundi o cosmoramas en las que, dándole un giro a la frase de Hardy, se veía el túnel del Támesis como los orificios del hocico de un toro.

El famoso túnel apareció en muchos dioramas y otros dispositivos ópticos portátiles:

El túnel bajo el Támesis, caja óptica, 1847

El túnel bajo el Támesis, caja óptica

El túnel bajo el Támesis, caja óptica, 1843

En estas imágenes vemos claramente las zonas recortadas en la ilustración y sus efectos de diorama:

Túnel bajo el Támesis, ilustración para diorama

Túnel bajo el Támesis, ilustración para diorama

Túnel bajo el Támesis, ilustración para diorama

Aquí vemos otro ejemplo de transformación:

William Spooner, "El túnel bajo el Támesis el día de la Coronación. Desfile desde Buckingham Palace", 1837

William Spooner, "El túnel bajo el Támesis el día de la Coronación. Desfile desde Buckingham Palace", 1837

Los túneles aparecieron también sobre los escenarios teatrales de la época. Los espectadores sabían bien que, si aparecía un túnel, la obra acabaría con un buen desastre con el que podrían lucirse escenógrafos y maquinistas: una bonita explosión, un incendio, un accidente o el hundimiento de una galería. Túneles y sobresaltos parecían ir de la mano. Aunque, más allá de estas catástrofes escénicas, uno de los túneles más inquietantes que nos ofrece la literatura es el que aparece en el relato de Charles Dickens El guardavías. ¿Cómo podríamos olvidar la advertencia del espectro?: “¡Allí abajo! ¡Cuidado! ¡Cuidado!”.

Lawrence Gordon Clark, "The Signalman", 1976

Copyright © Carmen Pinedo Herrero. Reservados todos los derechos.

Carmen Pinedo Herrero

Doctora en Historia del arte y licenciada en Historia moderna, investigadora y escritora. He impartido clases de Patrimonio cultural, he sido comisaria de exposiciones y he catalogado fondos museísticos, pero el terreno en el que me siento más a gusto es el de la investigación y la escritura. Los temas que más me atraen son los relacionados con los espectáculos precinematográficos, la escenografía teatral, la historia de las mentalidades y las relaciones entre arte, técnica y sociedad.

He publicado artículos en diversas revistas especializadas, capítulos de catálogos de exposiciones y los libros La ventana mágica: la escenografía teatral en Valencia durante la primera mitad del Ochocientos (2001), Cuatro artistas de Meliana. Una generación (2001), La enseñanza de las bellas artes en Valencia y su repercusión social (2003), El viaje de ilusión: un camino hacia el cine. Espectáculos en Valencia durante la primera mitad del siglo XIX (2004) y El profesor que trajo las gallinas a la escuela: Antonio Cortina Farinós (1841-1890) (2007).

Durante los últimos años he realizado investigaciones sobre la industria artesana aplicada a la arquitectura; sobre las noticias relativas a arte y artistas publicadas en la prensa histórica y sobre diversas metodologías aplicadas a la escritura autobiográfica y biográfica.

En la actualidad prosigo con las investigaciones sobre escenografía y espectáculos precinematográficos, preparo una serie de libros sobre fuentes documentales del arte y escribo un libro sobre arquitectura y terror, de próxima publicación en Punto de Vista Editores. 

Sitio Web: carmenpinedoherrero.blogspot.com.es/

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