Bienvenidos al hogar

Bienvenidos al hogar Marcel Rieder, "Songeuse devant la cheminée", 1932

En la literatura inglesa abundan las chimeneas y los fantasmas. Arrellanados en un confortable sillón, junto a un alegre fuego, es grato leer, narrar o escuchar historias de miedo hasta que sentimos que, en contraste con el placentero calor que nos acaricia el rostro, unos dedos helados nos rozan la nuca.

Andrew Geddes, "Portrait of a gentleman", 1839 c.

Samuel S. Carr, "Reading by the fire", 1837

Las chimeneas han sido siempre, como las puertas, lugares privilegiados para recibir decoraciones fabulosas: en ellas vertió sus fantasías, por ejemplo, un artista que no andaba falto de ellas, como Piranesi. No le faltaban precedentes tan ilustres como Borromini y, antes que él, Wendel Dietterlin.

En realidad, la chimenea ya se había convertido en sede de intrincados simbolismos durante el Renacimiento. A su carga simbólica, en la que se halla implícita asimismo la referencia a un determinado estatus social, se suma el potencial experimental con que cuenta en el orden de lo decorativo. La chimenea acoge, sin problema, cualquier extravagancia.

Giovanni Battista Piranesi, "Chimenea, Diverse Maniere d'adornare i Cammini", 1796

Detengámonos por un instante en la contemplación de una de las chimeneas de Dietterlin, ya que los hogares sirven, a fin de cuentas, para recrear la vista, además de para caldear las estancias y confortar los cuerpos.

Los “sueños de la razón”, como los define Luciana Müller Profumo, irrumpen, poderosos, en los diseños del alemán, donde los carnales elementos antropomórficos y zoomórficos se entreveran con la enjuta y quebrada geometría manierista. El sueño se trueca en pesadilla cuando, en uno de sus grabados, parece irrumpir de la chimenea a la que ciega con su corpulencia un elefante enjaezado y coronado por una torre con soldados. Hombres, aves y simios –estos últimos, de mixto e inquietante aspecto, próximos a los que Fuseli recreará en sus Pesadillas, en particular en la de Detroit– se encaraman por el corpachón del animal. Junto a esta composición, las que Piranesi ofrece en sus Diverse maniere di adornare i caminni parecen un prodigio de discreción.

Wendel Dietterlin, "Chimenea, Architecture. De la disposición, de la simetría y de las proporciones de los cinco estilos", 1598

Como harán también otros artistas, Dietterlin y Piranesi, al asomarse al pasado, expanden los confines de la historia de la arquitectura, sitúan la tradición clásica en su lugar –su concreto espacio y tiempo, uno más entre otros- y alcanzan, a través del conocimiento y la transgresión, la libertad creadora.  

El cine recoge la aportación simbólica de estos ornamentos: la chimenea doble, diseñada por Jack Otterson, que figura en el comedor del protagonista de Son of Frankenstein, por ejemplo, se adorna con dos extraordinarios mascarones, herederos de esas figuras que ya en el Renacimiento insertan en la arquitectura al monstruo, a la naturaleza.

Rowland V. Lee, "Son of Frankenstein", 1939

Sin embargo, por bellas que puedan ser algunas de estas obras, lo cierto es que la chimenea no requiere ornamentación alguna para hacer volar la imaginación, puesto que el propio fuego se basta para crear y destruir mundos, ciudades, animales imposibles y quimeras a través de la danza de sus llamas, de las formas caprichosas que adoptan las ascuas y de las sombras fantasmagóricas que, en un interior alumbrado tan solo por el fuego del hogar, proyecta sobre las paredes.

Rouben Mamoulian, "Dr. Jekyll and Mr. Hyde", 1932

El juego de las sombras proyectadas en los muros por el resplandor del fuego es utilizado, por ejemplo, en la película The Old Dark House:

James Whale, "The Old Dark House", 1932

A través de todos esos medios tan cinematográficos, el fuego, en principio amigo, en principio dominado y al servicio del hombre, nos recuerda que también puede ser una terrible amenaza, y que no arde solo en los hogares de los hombres, sino también –y sobre todo- en el infierno. O en su antesala, como son las mansiones del terror que, a menudo, vienen a acabar sus días con un purificador incendio.

Francesc Soler i Rovirosa, "Infierno", boceto escenográfico no realizado para el ballet "Lobokeli", de G. Mazzi, 1882

Pieter Bruegel el Joven, "El rapto de Proserpina", Museo del Prado, Madrid, 1600 c.

La chimenea es, a veces, puerta de acceso a otros mundos que no son solo el de Papa Noel con sus regalos navideños. Aunque este personaje que irrumpe desde el lugar donde arde el fuego, con un atuendo rojo que le hace semejante a una llama, tal vez no ande demasiado lejos de la Befana, los Magos o los muertos. A fin de cuentas, como anuncian los fuegos que acoge y, en muchos casos, las figuras que la decoran, la chimenea es puerta del infierno. A través de ella se puede acceder a pasadizos o a cámaras secretas que ocultan hórridos misterios, como en la novela de Wilkie Collins El hotel encantado, tras cuya enorme chimenea aparecen, en una estancia oculta, los restos de una cabeza.

El fantasma de la Navidad

El cine nos ofrece un amplio repertorio de chimeneas: las hay humildes, de aspecto rústico, como la de la sala del Frankenstein de J. Searle Dawley, en 1910; tan sobrias como la que aparece en el Jekyll de 1932 o tan espléndidas como la que, estilizadamente déco, hemos visto en Son of Frankenstein o aquella, en el gótico castillo de Drácula, ante la cual se deslizan las tres inquietantes damas que son sus compañeras.

Tod Browning, "Drácula", 1931

En el exterior, las chimeneas –cuantas más, mejor– son un adminículo indispensable en todo edificio que pretenda imponer un cierto respeto. Así es, en La casa de las siete chimeneas, de Nathaniel Hawthorne, el hogar de los Pyncheon. Tejados apuntados, chimeneas y torres parecen extender sus brazos hacia la altura, como si osasen desafiar al mismo cielo o, acaso, como simple recordatorio de que existen puentes entre cielo e infierno. A menudo, con etapas intermedias, como es la chimenea que abre sus fauces en nuestras salas.

El fuego está encendido. Poneos cómodos y empezad a soñar.

Delphin Enjolras, "La liseuse", 1910 c.

Copyright © Carmen Pinedo Herrero. Reservados todos los derechos.

Carmen Pinedo Herrero

Doctora en Historia del arte y licenciada en Historia moderna, investigadora y escritora. He impartido clases de Patrimonio cultural, he sido comisaria de exposiciones y he catalogado fondos museísticos, pero el terreno en el que me siento más a gusto es el de la investigación y la escritura. Los temas que más me atraen son los relacionados con los espectáculos precinematográficos, la escenografía teatral, la historia de las mentalidades y las relaciones entre arte, técnica y sociedad.

He publicado artículos en diversas revistas especializadas, capítulos de catálogos de exposiciones y los libros La ventana mágica: la escenografía teatral en Valencia durante la primera mitad del Ochocientos (2001), Cuatro artistas de Meliana. Una generación (2001), La enseñanza de las bellas artes en Valencia y su repercusión social (2003), El viaje de ilusión: un camino hacia el cine. Espectáculos en Valencia durante la primera mitad del siglo XIX (2004) y El profesor que trajo las gallinas a la escuela: Antonio Cortina Farinós (1841-1890) (2007).

Durante los últimos años he realizado investigaciones sobre la industria artesana aplicada a la arquitectura; sobre las noticias relativas a arte y artistas publicadas en la prensa histórica y sobre diversas metodologías aplicadas a la escritura autobiográfica y biográfica.

En la actualidad prosigo con las investigaciones sobre escenografía y espectáculos precinematográficos, preparo una serie de libros sobre fuentes documentales del arte y escribo un libro sobre arquitectura y terror, de próxima publicación en Punto de Vista Editores. 

Sitio Web: carmenpinedoherrero.blogspot.com.es/
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