Juan Manuel Cicuéndez, el dibujante de la historia

Siento enorme simpatía por los historietistas españoles que, entre los años sesenta y los ochenta, cruzaron fronteras y se ganaron el jornal en Francia, Bélgica, Inglaterra y Estados Unidos. Mi afecto se debe no solo a su valentía a la hora de acceder a mercados lejanos, sino también a su talento indiscutible y a su audacia creativa. A esa generación pertenece un artista excepcional, Juan Manuel Cicuéndez, cuya obra merece seguir en la memoria de los aficionados.

Nació Cicuéndez al término de nuestra guerra civil, en 1939, en La Puebla de Almoradiel (Toledo), y nos dejó el 7 de septiembre de 2013.

Sabemos que el artista manchego llegó a Madrid cuando contaba dieciséis años. Como tantos otros ilustradores, abandona sus estudios para emprender una carrera en las bellas artes que, lógicamente, inquieta mucho a los suyos. Está claro que la de dibujante de tebeos no era ‒ni es hoy‒ una ocupación prometedora en el terreno económico.

Un año después, logra que su primera plancha como dibujante aparezca en la revista Clarín, donde colabora con Manuel López Blanco en tebeos como Huracán, El Príncipe de Rodas y Capitán Martín.

Por fortuna, va a lograr su continuidad profesional en la editorial Ferma, de Juan Fernández Mateu. A esta firma barcelonesa le debemos los lectores un sinnúmero de cuentos troquelados, dentro de la serie Animalitos Felices, y asimismo versiones en cómic de películas bien conocidas. Son títulos que los coleccionistas aún buscan con interés, como Grandes Batallas (1964) o Colosos del Oeste (1964), en los que Cicuéndez afina su estilo y se consolida narrativamente.

Su trabajo en Ferma le abre las puertas del cómic británico. Contratado por agencias de ese país, cultiva desde l965 géneros como el bélico. Más o menos por las mismas fechas, otros autores del sur de Europa, como Hugo Pratt, habían seguido la misma senda. De hecho, al igual que Pratt, Cicuéndez también trabaja para la agencia Fleetway, que le encomienda historias de guerra para cabeceras como Eagle y Hotspur.

La poderosa industria del cómic belga también reclama sus servicios, y Cicuéndez pasa a formar parte del formidable grupo de colaboradores de Spirou. Llega el año l968 y estrecha su vínculo con la editorial Dupuis, que le permite asentarse definitivamente en el ámbito francobelga, gracias a creaciones como la exitosa L´histoires de l´oncle Paul (1968-1975) ‒cuya primera entrega apareció en el número 1341 de Spirou ‒, Les trafiquants d´ebene (1972), La épopée sanglante du Far West (1975), Les aventuriers du ciel (1977), Les mercenaires du ciel (1978-1980), Au coeur des grandes catastrophes (1979) e Incroyables aventures d´animaux (1979).

Buena parte de estas creaciones tenía un propósito didáctico, traduciendo al lenguaje del cómic juvenil importantes acontecimientos de la historia. Es la misma filosofía que trasluce en otras dos memorables obras de Cicuéndez, Los Mayas (Piñón, Ed. Magisterio Español, 1975) y La estampida del oro (El Acordeón, Esco, 1976).

La revista belga Tintin cuenta con su arte a partir de 1977, año en que ilustra L’Embrasement du mont Pelé.

Por estas fechas, colabora asimismo en dos revistas españolas de amplia tirada, Blue Jeans (1979) y Mortadelo (1982).

Cuando el mercado de la historieta empieza a contraerse en Europa, el artista se dedica a un quehacer que otros compañeros también tomaron como alternativa: la ilustración de libros. Si usted, lector, pertenece a la generación que empezó a visitar las librerías en los primeros ochenta, es casi seguro que haya disfrutado de alguna de las poderosas imágenes de Cicuéndez.

Tras regresar al western con su nostálgico Tim Taylor (Rodeo, Ed. Lug, 1988), nuestro ilustrador se vuelca en una especialidad en la que carece de competencia: el cómic relacionado con la historia de la aeronáutica. Ejemplos de ello son su Guerra aérea sobre Marruecos Español (1990), En busca de la aventura aérea (1993) y Nuestros pioneros (1998), tres álbumes publicados por el madrileño Museo del Aire.

A la etapa final de su carrera corresponden tres trabajos, Castilla La Mancha, una aventura (1999), editado por encargo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha; su homenaje al fundador de los salesianos, Don Bosco, nuestro amigo (CCS, 2001); y su biografía de otro sacerdote, Leocadio Galán, fundador del Instituto Religioso Esclavos de María y de los Pobres, El chatarrero de Dios (E.D.M.P., 2003).

Concluye la carrera de Cicuéndez con un nuevo trabajo de carácter religioso, inspirado esta vez en el sacerdote sulpiciano francés, fundador de la Congregación de Misioneros Oblatos de María Inmaculada, Eugenio de Mazenod "Corazón de Fuego" (O.M.M.I., 2005).

Artesano de primer nivel, con esa discreción que suelen tener los creadores sin ínfulas autorales, Cicuéndez protagonizó una época admirable de la historia del tebeo europeo. Releer sus viñetas equivale a recuperar, felizmente, el espíritu de aquella época.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

 

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2007, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (TheCult.es), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las artes.

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