Vincent Price, el señor del terror

La siempre elegante imagen de Vincent Price (1911-1993), con sus cejas arqueadas, su gesto adusto y una voz que modulaba con maestría para poner los pelos de punta, ocupa un puesto de honor en el panteón del cine de terror y fantástico junto con otros grandes como Lon Chaney, Boris KarloffBela Lugosi, Christopher Lee o Peter Cushing.

Oriundo de Saint Louis (Missouri), Vincent Leonard Price sintió pasión por las artes desde su más temprana adolescencia. En 1929 ingresó en la universidad de Yale, donde se graduó en Historia del Arte. En 1934 se trasladó a Londres para cursar estudios de máster en el prestigioso Instituto Courtauld, dedicando su tesis a Alberto Durero. Pronto se interesó por el teatro, debutando como actor en el Gate Theatre londinense en marzo de 1935. Más tarde saltó de las tablas de los escenarios a los platós cinematográficos con la comedia Service de Luxe (Rowland V. Lee, 1938).

Si bien desde fechas tempranas participó en alguna película fantástica como El hombre invisible vuelve (The Invisible Man Returns, Joe May, 1940), en donde encarnó al protagonista –un papel no obstante poco lucido, al estar "invisible" gran parte del tiempo–, su nombre no se ligó al género hasta entrados los años cincuenta. No obstante, a pesar de que durante la primera década de su carrera la mayoría de sus trabajos estuvieron inscritos en el cine histórico, en el policiaco y en el film noir, buena parte de "sus roles comenzaban a acercarse peligrosamente al lado más oscuro del ser humano"¹.

En 1946 protagonizó El castillo de Dragonwyck (Dragonwyck, Joseph L. Mankiewicz), un melodrama de aires góticos en el que compartió cartel con la guapísima Gene Tierney, con la que había coincidido en varias ocasiones, caso de las imprescindibles Laura (Otto Preminger, 1944) y Que el cielo la juzgue (Leave Her to Heaven, John M. Stahl, 1945). Su personaje anticipaba muchas de las características de sus posteriores papeles terroríficos: un galán de porte aristocrático, alto y bien parecido, pero que oculta una mente retorcida y despiadada, así como una peligrosa propensión a la locura.

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Pero el verdadero punto de inflexión de su dilatada trayectoria como villano de excepción fue su actuación estelar en Los crímenes del museo de cera (House of Wax, André de Toth, 1953), un lujoso remake de Los crímenes del museo (Mystery of the Wax Museum, Michael Curtiz, 1933). La película, una producción de primera fila, contó con un brillante technicolor –el original de 1933 fue uno de los primeros filmes de terror en color, pero rodado en un sistema primitivo denominado bicromático o de dos colores– y fue exhibida con el entonces novedoso 3D.

Price deslumbró metiéndose en la piel de un artista tan demente como exquisito que llevaba a cabo una macabra venganza; le acompañaban un asistente sordomudo −interpretado por un entonces desconocido Charles Bronson, que constaba en los créditos con su apellido real, Buchinsky− y las inevitables víctimas femeninas (Phillis Kirk y Carolyn Jones). 

Bryan Foy, el productor de Los crímenes del museo de cera, aprovechó su tirón comercial para lanzar The Mad Magician (John Brahm, 1954), un título menor que contaba (de nuevo) con la presencia del actor y con las tres dimensiones como principales alicientes.

A finales de los cincuenta volvió a sumergirse en el terror en las ya clásicas La mosca (The Fly, Kurt Neumann, 1958), su secuela El regreso de la mosca (Return of the Fly, Edward Bernds, 1959) y House of Haunted Hill (1959). En esta última, una comedia terrorífica del extravagante productor y director William Castle, hizo las veces de maligno anfitrión de una casa encantada.

Ambos repitieron en Escalofrío (The Tingler) (The Tingler, 1959), una psicodélica propuesta en donde Price encarnó a un "científico loco". Castle, siempre amigo de amenizar las proyecciones de sus películas con disparatados golpes de efecto, ideó para Escalofrío un truco delirante: un artefacto que hacía vibrar la butaca en el clímax del filme, asustando a los espectadores.

Price, Corman y Poe

La caída de la casa Usher (House of Usher, 1960) marcó el inicio de su colaboración con el prolífico productor y director Roger Corman y la consolidación definitiva de su imagen como "señor del terror" de serie B. Se trata de una pieza clave en la filmografía de ambos, la primera de un exitoso ciclo dedicado al escritor Edgar Allan Poe y dirigido por Corman, compuesto por títulos como El péndulo de la muerte (The Pit and the Pendulum, 1961) –donde coincidió con una de las grandes damas del fantástico, la inglesa Barbara Steele– o La tumba de Ligeia (The Tomb of Ligeia, 1965).

Aunque incluida dentro de la serie, El palacio de los espíritus (The haunted Palace, 1963) adaptaba en realidad el relato El caso de Charles Dexter Ward de H. P. Lovecraft, tomando de Poe únicamente unos escasos versos, recitados al final.

Vincent Price dio un inigualable toque de distinción a una galería de personajes insanos y perturbados, cuando no refinados sádicos como el conde Próspero de La máscara de la muerte roja (The Masque of the Red Death, 1964).

Otras películas, como Historias de terror (Tales of Terror, 1962) o El cuervo (The Raven, 1963), explotaban sus dotes histriónicas y su innegable vis cómica. A posteriori, la serie se completó con La caja oblonga (The Oblong Box, Gordon Hessler, 1969), con Christopher Lee como compañero de reparto.

Vincent Price, un icono del terror de serie B

Atrapado ya sin remedio en el terror de bajo presupuesto, Price siguió sumando títulos como El último hombre sobre la tierra (The Last Man on Earth, Ubaldo Ragona y Sidney Salkow, 1964) −primera versión fílmica de la novela Soy leyenda de Richard Matheson−, Cry of the Banshee (Gordon Hessler, 1970) o las paródicas La comedia de los terrores (The Comedy of Terrors, Jacques Tourneur, 1963) y Doctor G y su máquina de bikinis (Dr. Goldfoot and the Bikini Machine, Norman Taurog, 1965).

En el seno de Admiral Pictures, intervino en las góticas Diary of a Madman (Reginald Le Borg, 1963) y Un trío de terror (Twice-Told Tales, Sidney Salkow, 1963). La primera versionaba El Horla de Guy de Maupassant mientras que la segunda llevaba a la pantalla tres obras de Nathaniel Hawthorne: los cuentos "Dr. Heidegger's Experiment" y "Rapaccini's Daughter" y la novela La casa de los siete tejados (The House of the Seven Gables).

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De los años setenta destacan el díptico dirigido por Robert Fuest, compuesto por El abominable Dr. Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971) y El retorno del doctor Phibes (Dr. Phibes Rises Again, 1972), así como la comedia granguiñolesca Matar o no matar, este es el problema (Theater of Blood, Douglas Hickox, 1973).

En la década siguiente, una etapa de total decadencia, participó –a veces, solo testimonialmente– en cintas como El club de los monstruos (The Monster Club, Roy Ward Baker, 1981), La casa de las sombras del pasado (House of the Long Shadows, Pete Walker, 1983) o Estamos muertos... ¿o qué? (Dead Heat, Mark Goldblatt, 1988), una casposa comedia de zombis. 

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En numerosas ocasiones, Vincent Price también cedió su inconfundible voz como narrador, como en el mítico videoclip Thriller (John Landis, 1983) de Michael Jackson o en el cortometraje Vincent (1982) de Tim Burton, posiblemente uno de sus fans más acérrimos. Años más tarde, Burton le ofreció el que habría de ser uno de sus últimos trabajos en el cine, el entrañable inventor de Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990).

¹ José Manuel Serrano Cueto, Vincent Price. El terror a cara descubierta, Madrid, T&B, 2004, p. 26.

Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © El castillo de Dragonwyck: 20th Century Fox. Cortesía de Filmax. © Escalofrío (The Tingler): William Castle Productions y Columbia Pictures. Cortesía de Sony. © La máscara de la muerte roja: Alta Vista Productions y American International Pictures. Cortesía de Filmax. Reservados todos los derechos.

Lola Clemente Fernández

Experta en arte, cine y literatura, Mª Dolores Clemente colabora como crítica y articulista en diversos medios de comunicación.

Se licenció en Bellas Artes en el año 2000 y se doctoró en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid en 2006 con la tesis El héroe en el género del western. América vista por sí misma, ganando el premio extraordinario de doctorado. Esta obra fue publicada en 2009 con un prólogo de Eduardo Torres-Dulce.

Ejerce como profesora en la Universidad Internacional de La Rioja

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