Vida y milagros de Quentin Tarantino

Para hablar de los 90 es obligatorio citar ejemplos como La Macarena, Sharon Stone, las televisiones privadas, Monica Lewinski, Ray Loriga, el grunge o el bakalao. Simplezas como éstas son las obligadas referencias culturales de una década en la que la imaginación, creatividad y diversión de los tiempos anteriores fueron reemplazadas por una resaca de aburrimiento, puritanismo y lastimosos pseudo-artistas con pretensiones transcendentales.

Llevar ropa de pana, el pelo caído sobre la cara y citar nombres exóticos como Bukowski o Kandinski era lo mejor para triunfar entre los modernos, y así poder ligar con esa universitaria-artista tan atractiva como insulsa, siempre que se tuviera la entereza de aguantar su previo discurso de lo que supuso para ella el suicidio de Kurt Cobain, claro está.

En medio de ese triste panorama, hubo un director de cine que a mediados de los 90 se convirtió en el ídolo de temporada de toda esta caterva de mentecatos. De hecho, se publicaron biografías y libros analizando una trayectoria cinematográfica consistente en dos largometrajes. Incluso llegó a ser considerado el primer director-estrella de rock, siendo portada de publicaciones como Rolling Stone o El País de las Tentaciones. Por fortuna, el talento cinematográfico de Quentin Tarantino estaba y está por encima de todas estas chorradas, sobreviviendo a la hoguera de las vanidades, tanto las ajenas como las propias.

Quentin Jerome Tarantino irrumpió en nuestra dimensión en la localidad de Knoxville (Tennessee) precisamente el año en el que volaron la cabeza a JFK. Poco se sabe de la vida previa a sus películas, salvo lo que él nos ha hecho saber. Casi todos los aficionados conocen su historia de Cenicienta freak, que pasó de ser un cinéfago dependiente de videoclub a dicharachero realizador de deslumbrantes thrillers, sin escuela de cine previa, pero sí con mucho morro, algo de suerte y la venta de unos guiones de impacto como Amor a quemarropa y Asesinos natos.

La primera película que Quentin dirigió se tituló My best friend´s birthday, pero, como suele ocurrir, la inexperiencia y los dioses impidieron que la llegara a acabar. En todo caso, hay personas que vienen a este mundo con un propósito, diseñados para entregarse exclusivamente a una cosa, y en el caso de Tarantino, su ADN viene impreso en celuloide.

¿Vas a ladrar todo el día, perrito, o vas a morder?

Érase una vez, en Los Ángeles. Cuando Larry encontró a Quentin, este último tenía un guión. El guión de una película de atracadores, bastante parecido al de City on fire, de Ringo Lam, pero varios kilómetros por encima de este. Lo que Lawrence Bender leyó era una historia inusualmente narrada, que enseguida decidió producir. Como en todas las historias que nos cuentan otros, nunca conoceremos con certeza las verdaderas causas que llevaron al lanzamiento de la película, pero lo que sí conocemos son las consecuencias: así comenzó la leyenda de Reservoir dogs (1992) y la popular técnica cinematográfica de Quentin Tarantino.

Reservoir Dogs narra el atraco a una joyería por parte de un grupo de profesionales en estos asuntos, reclutados por Joe Cabot (Lawrence Tierney), un gangster de asombroso parecido con La Cosa, de los 4 Fantásticos. Por si surgen problemas, Cabot adjudica unos alias a sus hombres, prohibiéndolos usar sus verdaderos nombres. Así, en el grupo encontramos al muy profesional Señor Blanco (Harvey Keitel), al psicópata Señor Rubio (Michael Madsen), al nervioso Señor Rosa (Steve Buscemi) o al agonizante Señor Naranja (Tim Roth).

Aunque no lo vemos, se nos dice que el atraco resulta una carnicería cuando las alarmas suenan, la policía aparece y el Señor Rubio se dedica a llenar de plomo a los dependientes del establecimiento.

Los supervivientes se reúnen en un almacén, esperando a que llegue su jefe. Allí surgirán las tensiones, ya que todo indica que en el grupo hay un policía infiltrado, que resulta ser Naranja, que por otro lado se desangra por un disparo recibido en las tripas cuando escapaba del atraco. La cosa acaba como el rosario de la aurora cuando todos terminan tiroteándose entre sí, rematando la tarea la policía.

Contada así, la cosa se queda en un thriller no demasiado llamativo, pero Tarantino dota al film de una estructura narrativa no lineal, llena de espectaculares diálogos en los que estos personajes típicos del género hablan de cosas comunes, incluso banales, como el significado de las canciones de Madonna (monólogo interpretado por Tarantino en persona, quien se reserva el papelito del Señor Marrón) o discuten infantilmente sobre la elección de los alias.

La innata capacidad de Tarantino para contar historias le hace juguetear como si nada con la narración, con resultados brillantes para un novato, destacando el momento en el que, en lo que podría ser calificado como flashback si la historia fuera lineal, vemos a Naranja explicándole a su compañero policía cómo les contaba una anécdota falsa a los hampones, estableciendo un juego de cajas chinas que se remata en espectacularidad cuando, dentro de esa historia falsa, oímos a un imaginario policía contar una estúpida anécdota.

Tarantino también establece aquí su afición a narrar las películas por medio de episodios, como en una novela, cada uno con su título, en este caso los nombres de los protagonistas.

Pero las excelencias del guión no son lo único destacable, ya que Tarantino se revela como un excelente director de actores, destacando su ojo para el casting de intérpretes, algunos veteranos de la serie B y de la vida como Lawrence Tierney o Eddie Bunker, otros camino de serlo como Michael Madsen o Chris Penn y actores más prestigiosos, como Harvey Keitel o Tim Roth.

Los malhablados personajes que encarnan todos estos intérpretes cargados de testosterona se mueven dentro de unos encuadres de exquisita composición (y precisión), fotografiados con dureza glamourosa por Andrzej Sekula y colocados de una manera original y elocuente gracias al brillante montaje, confirmando el envidiable hecho de que Tarantino es tan buen director como escritor.

De hecho, una de las cosas que hacen grande a este individuo es que no tiene mucho sentido descuartizarle para juzgar sus distintas facetas como director, guionista, seleccionador musical o artista del collage de referencias-plagios (ya en este primer film estos “préstamos” son incontables y eclécticos), sino que todas estas tareas se juntan en una que es la de contar una historia.

Quizá Reservoir dogs no sea la más personal o emotiva de sus películas, pero es un thriller que roza la perfección en su puesta en escena y en el diseño de los personajes y sus trágicas peripecias.

De gran éxito en el mundillo del cine independiente (ganadora de premios en festivales como Sundance, Avignon o Sitges), el film se volvió polémico por la violencia de algunas de sus escenas.

Reservoir dogs, como otros clásicos del cine contundente (La matanza de Texas, Halloween) se recuerda más sangrienta de lo que realmente es. La masacre de la joyería jamás aparece en pantalla, y en la celebérrima escena en la que Michael Madsen tortura al policía Nash (Kirk Baltz) bailando música setentera la cámara “mira a otro lado” cuando la oreja del agente es cortada, cosa bastante curiosa puesto que este es el momento más recordado por su brutalidad por muchos admiradores y detractores de la película.

Sucede que el talento del director potencia la tensión de estos momentos, retomando el espíritu duro y sucio del cine negro de los años setenta y propiciando que cada puñetazo, cada patada y cada disparo retumben en el alma del espectador, habituado a asistir indiferente a los festivos asesinatos en masa de Rambo y compañía. Habría que esperar más de una década para que Tarantino se desmadrara con el gore en Kill Bill, pero el sambenito ya estaba colgado. De hecho, la película tardó años en estrenarse en Reino Unido, tradicionalmente bastante castrador en cuanto a la libertad cinematográfica.

Los aficionados a las salas de versión original y a las revistas especializadas se alborotaron ante un film tan original como plagiador, tan genérico como personal. Se trata, en fin, de contradicciones inherentes en el cine de este director, y que son precisamente las que lo hacen grande.

"Bueno, no empecemos a chuparnos las p..... todavía"

El fenómeno se llamó Pulp fiction, e impactó en los cines del mundo civilizado en 1994 (1995 en España). Una excelente campaña de promoción por parte de los mafiosos hermanos Weinstein, que supuso el lanzamiento definitivo de la por entonces modesta Miramax, beneficiada por la imagen de “artista de culto” que se había forjado Tarantino a partir de Reservoir Dogs y Amor a quemarropa se sumó a la popularización de la banda sonora y la excelente acogida en festivales de cine, Palma de Oro en Cannes incluida. Vamos, que la película generó una curiosidad inusual para lo que suele ser una producción independiente, atrayendo público que no suele arriesgarse con este tipo de películas.

Todo podía haber quedado en un enorme chasco comercial, pero la arriesgada operación de los Weinstein dio en el blanco cuando el entusiasmado público (en especial el juvenil) salía de las salas repitiendo de memoria los diálogos y recomendando la película hasta a sus abuelos.

Tarantino se autopromocionaba, dando rienda suelta a su histrionismo y diarrea verbal tan características (y posiblemente plagiadas de Sam Fuller, uno de sus héroes) mientras los listos de turno comparaban cualquier película en la que apareciera una pistola con el cine de Tarantino, aunque se tratara de alguna de Takeshi Kitano.

Por si alguien ha estado fuera del planeta o en coma en estos últimos diez años, les diremos que Pulp fiction narra una serie de historias cruzadas dentro del mundo del hampa de Los Ángeles. Usando el sistema literario de episodios nos topamos con las desventuras de personajes como una enamorada pareja de atracadores (Amanda Plummer y Tim Roth), dos matones atribulados por los designios divinos (John Travolta y Samuel L. Jackson), un elegante especialista en limpieza post-criminal (Harvey Keitel) o la bella mujer de un mafioso (Uma Thurman), de peligrosas aficiones nasales.

La cinta está llena de brillantes diálogos (y monólogos, como el Ezequiel 25:17 o la historia del reloj de oro contada por Christopher Walken) casi aceptados como himnos por gran parte de los admiradores, quienes los recitan de pe a pa. Sin embargo, la película opta más por la comedia negra que por el tenso relato criminal de Reservoir dogs, a través de pequeños sketches basados en situaciones tensas con las que el juguetón destino pone a prueba a unos personajes característicos de la serie negra.

De este modo asistimos a la típica escena en la que los matones de un mafioso ajustan cuentas con unos listillos que cogieron algo que no era suyo (un maletín de enigmático contenido), un momento mil veces repetido en las películas de acción.

Lo bueno es que Tarantino nos muestra lo que siempre se nos oculta, que es todo lo que pasa después. En un ejercicio moralmente peligroso, se provoca una situación humorística a partir de un tiro en la cara a un chaval. Lo gracioso no es tanto que se le dispare, sino las causas accidentales y las consecuencias.

Del mismo modo, Mia (Uma Thurman) consume una droga que la deja a dos pasos de “La Luz”, el atribulado Vincent (John Travolta) y su camello tratarán de salvarla mediante un chute de adrenalina en pleno corazón. Tarantino se las apaña para que esta escena vaya creciendo en tensión a la vez que en humor. Se trata de uno de esos momentos en los que uno se sorprende riéndose de algo terrible. Pero tampoco sería justo decir que Pulp fiction es un brillante ejercicio de estilo (que es como decir “superficialidad”), sino que se las apaña para introducir, casi de tapadillo, temas tan en clásicos como la redención o el honor.

El reparto vuelve a ser el punto fuerte de la película. Repiten actores de la anterior película, como Keitel, Roth y Buscemi, y se recupera del infierno profesional (en el que después se ha vuelto a meter) a John Travolta. También se introducen en el mundo tarantiniano futuros habituales como la musa Uma o el “Bad Motherfucker” Samuel L. Jackson, un hombre que parece haber venido a este mundo para recitar diálogos escritos por Quentin, a los que dota de esa musicalidad propia de los personajes de la blaxploitation, transformándolos casi en extrañas canciones.

Sorprende encontrar también en el reparto a la actriz portuguesa María de Medeiros y a la mega-estrella Bruce Willis (en uno de los mejores papeles de su carrera), dos interpretes cuya presencia no se esperaría en un thriller independiente, lo que indica el poder de convocatoria que ya había generado Tarantino, quien también encarna a un cabreado personaje aficionado al café, poco dispuesto a que su casa se convierta en un “almacén de negratas muertos”.

Además de poner de moda la música surf y de servir para que algunos críticos despistados entre tanta referencia a películas que no conocían encontraran algún guiño directo a Godard, Pulp fiction inauguró un breve boom del cine independiente americano, apuntándose al carro todo el mundo, incluyendo alguna catalana creadora de anuncios de compresas o imitadores de segunda como Peter Berg y su Very bad things (1996), una auténtica birria que, sin embargo, hizo las delicias de los modernos descerebrados que, sin embargo, se sintieron decepcionados un año después ante la brillante tercera película de Quentin Tarantino.

"Nena, no me obligues a poner mi pie en tu culo"

Así que va Tarantino y se le ocurre hacer una película diferente, en lugar de repetir Pulp fiction. La crítica había afilado las hachas para descabezar a un tipo que había conseguido triunfar, y encima acercar al gran público un tipo de cine del que antes podían hablar para sentirse exclusivos. Para su desgracia, no pudieron sacar fallos a una magnífica y sobria historia, dirigida con la maestría de un veterano. Así que decidieron ignorarla.

Por supuesto, el rebaño “guay” se fue a buscar chistes de hamburguesas a otros sitios y así, Jackie Brown (1997) se quedó con la etiqueta de “película menor” y olvidable. Claro que todavía hay gente que juzga a las películas por lo que son, y no por motivos extra-cinematográficos. Jackie Brown es la primera adaptación escrita por Tarantino: una versión muy personal de la novela Rum Punch de Elmore Leonard. También es el cumplimiento de un sueño para Quentin: trabajar con la musa de la blaixploitation y de sus calenturientos sueños juveniles, Pam Grier.

Precisamente ese espíritu de los policíacos protagonizados por afroamericanos en los años 70 se filtra por las imágenes de esta sinuosa historia, en la que la veterana azafata Jackie (Pam Grier) tendrá que lidiar con las autoridades y el traficante de armas Ordell Robbie (Samuel L. Jackson), elaborando un plan con el que evitar ir a la cárcel, intentar que no la maten y, si puede ser, llevarse un buen puñado de dólares.

Como apoyo moral y táctico, contará con Max Cherry (Robert Forster), un fiador que se enamora de ella al instante. Por otro lado, Robbie contará con la dudosa ayuda de Max Gara (Robert De Niro), un ex presidiario de pocas luces y de Melanie (Bridget Fonda) una “novia” playera, cuyas ambiciones son ver la tele y colocarse.

En esta ocasión, la facilidad para la escritura de diálogos poderosos por parte de Tarantino no se centra tanto en el exhibicionismo sino en la progresión de la historia, dando un fin dramático a lo que antes eran brillantes divagaciones. Del mismo modo, y sin despojar del todo de extravagancias o amaneramientos a algunos de los personajes (Chris Tucker como el chillón Beaumont o el mismo Sam Jackson luciendo un estilo capilar “supercool manchu”), lo cierto es que en esta película nos encontramos a personas de verdad, con problemas bastante más creíbles que en sus filmes anteriores.

La violencia de Jackie Brown juega más con la elipsis y la sangre apenas llega a aparecer en una escena, y es que en este film Tarantino experimenta con lo más impensable en ese momento de su carrera, la sutileza.

Esta es una película en la que las miradas y los gestos, como en el cine clásico, son el verdadero diálogo detrás del diálogo, lo cual se potencia gracias a los rostros auténticos y maduros de Pam Grier y Robert Forster, dos intérpretes que, sin ser unos abueletes, poseen ese aura de haber pasado por muchas cosas en su vida, y no necesitan de histrionismos ni trucos baratos de estudiante de arte dramático para dar verdadera vida y presencia a sus personajes.

Tarantino y los actores manejan de forma modélica escenas como la de la despedida, una de las más emotivas de la década, siempre y cuando uno sepa ver más allá de su nariz, y basada exclusivamente en detalles quizá no apreciables para la básica mirada del moderno asilvestrado.

Que el film sea sobrio y hable de un amor entre gente madura no quiere decir que sea una película de Garci, ni mucho menos. El ritmo es calmado, pero no cesa, y no están ausentes las escenas de tensión (como la primera visita de Ordell a Jackie, donde se usa inteligentemente el recurso de la “pantalla partida”) ni los jugueteos narrativos, destacando al respecto la manera rashomoniana con la que es mostrado el golpe maestro de Jackie en el centro comercial.

Pasada la fiebre del tarantinismo, Jackie Brown está comenzando a ser valorada por lo que es, y no en comparación con otras películas, y es que el tiempo suele poner las cosas en su lugar.

"Tú y yo tenemos un asunto que resolver"

Muchos años tuvieron que pasar para que Tarantino presentara en los cines algo así como el sueño erótico del aficionado al cine de explotación, que es como decir el sueño erótico del mismo Tarantino. Katanas indestructibles, centenarios maestros de kung fu, estructura de spaghetti western, rubias de largas piernas, gore caricaturesco, anime brutal…Vamos, que sólo faltaba algún monstruo gigante y una escena pornográfica para completar un inabarcable catálogo de referencias de “cine malo” imprescindible para la educación artística y sentimental de este genio degenerado.

Podría pensarse que Kill Bill (2003) no es más (ni menos) que una orgiástica catarsis con la que Tarantino proclama al mundo sus amores cinéfagos con una actitud casi pedagógica, ofreciendo un “Dónde está Wally” referencial al freak de pro y una filmografía básica de títulos más o menos desconocidos al espectador menos puesto en este tipo de cine, todo sin dejar de ofrecer diversión, violencia y chulería gozosa.

Si Kill Bill fuera sólo eso, ya sería una película estupenda, pero hay más.

La historia de la venganza de esta ex asesina de elite (Uma Thurman) contra los que acabaron con la nueva vida que estaba a punto de comenzar deja vislumbrar otro tipo de catarsis, escondida bajo la anteriormente comentada: todo un poema al dolor por las cosas perdidas, una epopeya nihilista (como son todas las historias de venganza) en la que la protagonista trata de enterrar bajo un cataclismo de justicia homicida los errores incurables del pasado, tanto los ajenos como los propios.

La película evoluciona a la vez que el personaje principal, quien se despoja de la seguridad que da el alarde marcial y la facilidad para la masacre espectacular para entrar en el más complicado terreno de la lucha psicológica, bastante más difícil y que, en definitiva, consiste en luchar contra uno mismo. Por lo demás, La Novia, Black Mamba o Beatrix Kiddo, como la quieran llamar, no es un contendiente fácil de vencer.

Detrás del homérico despliegue de plagios, homenajes, referencias, coreografías asiáticas, personajes carismáticos, temas musicales estrambóticos y espectacularidad carnicera se encuentra la película más personal, romántica y melancólica de Tarantino. Toda una experiencia audiovisual que chorrea cine puro en cada una de sus escenas.

Además sale Chiaki Kuriyama con uniforme escolar nipón. Hay que ser muy metrosexual para no postrarse de rodillas ante esta película.

Este sentimiento de admiración, por cierto, consolidó a Tarantino y logró que sus siguientes trabajos fueran analizados con mayor tranquilidad. Después del experimento grindhouse que fue Death Proof (2007), logró el aplauso unánime con esa obra redonda que es Malditos bastardos (2009), elogiada por obvias razones. Tampoco defraudó ese magnífico western a la europea que es Django desencadenado (2012), enraizado en una tradición que, ahí es nada, vincula a Tarantino con escritores com Karl May.

"I eat the pussy, I eat the butt, I eat every motherfuckin' thang"

Disculpen que no traduzca esta frase de Big Don (Samuel L. Jackson) en Amor a quemarropa, pero es que perdería toda esa gracia de argot nigger, término muy usado en el cine de Tarantino y que le ha reportado no pocos enemigos. Lo cierto es que Quentin ha tenido una filosofía muy similar a la reflejada en la frase en lo que respecta al mundo del cine, limitándose a ejercer como actor, productor y/o guionista en algunas películas no dirigidas por él.

De hecho, a lo que quería dedicarse en un principio Tarantino era al mundo de la actuación. Dice la leyenda que uno de sus primeros trabajos en el mundo del espectáculo fue su aparición como imitador de Elvis en un episodio de Las chicas de oro. Desde entonces, sus intervenciones como intérprete han sido las que más críticas negativas le han reportado, en especial con su debut teatral encarnando a uno de los malvados de Sola en la oscuridad.

Más populares resultan sus cameos en films de amiguetes como Sleep with me (Rory Kelly, 1994), donde soltaba un celebrado monólogo en el que explicaba el subtexto gay de Top Gun; o su hilarante aparición en Desperado (Robert Rodríguez, 1995), contando un chiste al lado de un tipo mellado que le ríe la gracia, adelantándose así años a la moda del “cuñao”.

Con Robert Rodríguez, uno de sus más estrechos amigos y colaboradores, llevó a cabo una de sus actuaciones más recordadas, la del atracador y psicópata sexual Richie Gecko de Abierto hasta el amanecer. Richie era un atracador que intentaba huir a México al lado de su hermano y compañero de profesión, Seth (George Clooney, en el papel que le abrió las puertas del Cine). Después de secuestrar a un predicador que ha perdido la fe (Harvey Keitel) y sus dos hijos (Juliette Lewis y Gordon Liu) lograrán pasar la frontera, solo para ir a parar a un prostíbulo lleno de vampiros aztecas.

Para sorpresa de muchos, esta demencial historia estaba escrita por el mismo Tarantino, que entraba de lleno a realizar una película de género B de esas que tanto le gustan.

En este punto hay que aclarar que Tarantino distingue dos mundos en los que se desarrollan sus historias. Uno es el mundo más o menos real, donde transcurren películas como Reservoir Dogs, Pulp Fiction o Jackie Brown, y otro sería el de las películas que los personajes de este mundo más o menos real irían a ver, mundos más fantásticos y referenciales como el de Abierto hasta el amanecer o Kill Bill.

Aparte del de esta película, los guiones más conocidos del Tarantino “no-director” son el de Amor a quemarropa (Tony Scott, 1993), un delicioso film de acción que se beneficiaba de situaciones y diálogos netamente tarantinianos y un espectacular reparto, encabezado por un Christian Slater alter ego del guionista (un freak dependiente de tienda de comics-videoclub fanático de Sonny Chiba, John Woo y Elvis) y una dulce Patricia Arquette como la inolvidable Alabama.

Christopher Walken y Dennis Hopper protagonizaban el mejor momento de la película, un cruel interrogatorio que culminaba con una clase de historia en la que se explicaba por qué los sicilianos tienen la piel oscura. No hay que olvidar a Gary Oldman como chulo blanco que se cree negro, Brad Pitt como colgado o James Gandolfini encarnando a un matón que acaba hecho un ecce homo por subestimar a Alabama.

Tarantino quedó contento con la película de Scott, todo lo contrario que con Asesinos natos (Oliver Stone, 1994), film polémico por lo indignado que se mostró el divo Tarantino ante lo que le habían hecho a su guión y por lo violento de un film en el que los “héroes” eran asesinos en serie, en masa y enamorados.

Las autoridades bienpensantes acusaron a la película de ser la inspiración de varios asesinatos reales y se llegaron a decir toda serie de estupideces al respecto.

En realidad, la película de Stone era una sátira a la sociedad mediática de los 90, donde los reality shows reinaban convirtiendo en estrellas a criminales como O.J. Simpson y en idiotas a los telespectadores. Para ello, Stone lleva más allá sus experimentos con la alternancia de formatos en JFK, transformando el film en un enorme zapping en el que se mezclan los dibujos animados, la telecomedia tradicional, el documental, el cine de acción o el de terror, todo a una velocidad de vértigo y exagerado a niveles paródicos.

Este histérico baño de sangre estaba protagonizado con energía por Woody Harrelson y Juliette Lewis, dos actores ya conflictivos en sus vidas extracinematográficas y perfectos como esta tierna pareja de tórtolos con tendencia al disparo fácil.

Por cierto, resulta curioso que el indignado Tarantino usara ese sistema de collage de formatos y al mismo director de fotografía de Asesinos natos a la hora de elaborar Kill Bill, con la que comparte en más de una ocasión un look idéntico.

Dejo para el final la fallida Four rooms (1995), film de episodios realizado en plena moda tarantinesca.

El asunto consiste en cuatro historias que se desarrollan en un hotel durante nochevieja, con el histriónico botones Ted (Tim Roth) como protagonista. Los dos primeros segmentos estaban dirigidos por Allison Anders y Alexandre Rockwell y eran terribles. No hay nada peor que un chiste contado por alguien sin gracia.

El tercero era obra de Robert Rodríguez, y era el mejor de los cuatro, una historia al estilo de los cartoons clásicos, totalmente hilarante. El cuarto era obra del amo del cotarro. Tarantino demostraba otra vez su brillantez en la puesta en escena y en los diálogos, reservándose los mejores para él mismo, pero el excesivo tono masturbatorio de esta adaptación de un episodio de Alfred Hitchcock presenta se hacía algo pesado y no llegaba a tener demasiada chispa.

A la espera de su siguiente proyecto –¿Kill Bill: Vol. 3? ¿The Hateful Eight?–, solo nos queda quitarnos el sombrero ante la insolentemente buena carrera profesional de este hombre de cine.

Estaré de vuelta en menos de lo que tardas en decir tarta de arándano.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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