Un hombre duda

El chico tiene los ojos muy grandes. Parece que ha llorado. Parece que llorar forma parte de su biografía. Ojos grandes y asustados. O quizá tiene miedo. O es un sádico que sabe disimular muy bien su realidad. O está acostumbrado a mentir. Quizá es un asesino. Si. Eso tiene que ser. Un asesino. Hay pruebas o indicios o comoquiera que se llame en el lenguaje legal. Ha matado a su padre. Debe haberlo matado porque, en caso contrario, ¿quién puede haberlo hecho?

Matar a un viejo, pobre, sin recursos y de esa forma tan absurda, con una navaja, de noche, sin mediar pelea. El chico tiene motivos para matarlo. Sin escrúpulos. Acostumbrado a valerse por sí mismo. Todo el día en la calle. Buscándose la vida malamente. Solo. Sí. Ha estado solo todos estos años. Con su padre apenas se hablaba. No se llevaban bien. Y ahora está aquí, frente a nosotros. Nosotros somos doce, doce pares de ojos, doce bocas, doce corazones, doce pensamientos. Está solo. Y tenemos que juzgarlo. Somos buenas personas, gente honrada, tenemos la razón.

Hace un calor abrasador en la pequeña sala del jurado. El único ventilador, colgado en la pared, no funciona. Las ventanas se abren pero, a través de ellas, solamente entra el calor. Un calor tórrido de tormenta tropical, un calor insano, que no deja pensar, que esclaviza, que arrastra. Mira esos hombres. Son tan distintos…Cada uno de ellos tiene su propia historia. Historias que nunca conoceremos del todo, que solo intuimos por un gesto, una ropa, un acento, una frase. Historias ocultas que solamente surgen, como una ola en la playa, cuando la tormenta arrecie y las voces se eleven.

El portavoz del jurado parece algo nervioso. Está apabullado por esta responsabilidad. Y luego, hay un anciano que parece cansado, aunque sus ojos inquietos no dejan de observarlo todo. Y ese hombre de gesto hosco, que se enfada con el mundo quizá porque ha perdido algo valioso. Y ese otro, tan racional, con las gafas sobre la nariz que le dejan esa molesta señal que acaricia con su dedo de vez en cuando. Aquel tiene prisa, va a perderse el partido y tiene entradas. Y ese alto y delgado, que intenta aprovechar el tiempo explicando sus productos al vecino de mesa…Y…

Este otro hombre tiene un rostro muy agradable. Sonríe cuando habla, pero su voz es firme. Lleva un elegante traje de verano, cuya chaqueta acabará por quitarse cuando apriete el calor. Parece serio pero tiene una forma especial de contar las cosas, mirando a los ojos, moviendo las manos, con una calidez inusitada en la mirada, una manera de mirar que se clava muy adentro, que te pregunta, que no te deja resquicio, que te analiza, que te hiere…Este hombre también está solo. Defiende una idea. Cree en una razón. Por eso espera pacientemente que la balanza cambie y que se incline hacia el lado de la duda. Una duda razonable. Un motivo para la esperanza. Un hombre solo. Un chico solo.

En ese reducido espacio de la sala del jurado, once hombres acusan. En el pugilato verbal en el que se sumen los doce hombres justos del jurado, solamente un hombre defiende una verdad. Los otros están seguros, este hombre duda. Al fin, lo que defiende no es lo absoluto, ni una creencia, ni una fe. Es una duda. Una duda que bien pudiera servir para salvar la vida a un hombre. Porque, si hay que mandar a un chico de la calle a la silla eléctrica la duda no tiene lugar. No hay lugar para la duda en la pena de muerte.

En el jurado hay un poco de todo. El chico de suburbio, el desengañado de la vida familiar, el estricto que nunca suda, el anciano comprometido, el malhumorado, el irresponsable, el extranjero convertido al sueño americano, el tecnócrata que hace de portavoz, el complaciente, el publicista inseguro, el trabajador manual que no sabe pensar…y el hombre solo, el arquitecto, la duda.

En votaciones sucesivas, las manos alzadas o los papeles escritos dan cuenta de la evolución del pensamiento de esos hombres, al compás de la relectura de los hechos, del golpe de efecto de la segunda navaja, del problema del ruido del tren, de la velocidad de un viejo a la hora de correr, de la coquetería imposible de otra testigo…

Algunas frases jalonan la discusión. “No soy dado a suponer, yo obedezco. Supongamos que nos convence de que es inocente y resulta que sí mató al padre“. Afloran sentimientos. De empatía: “He tratado de ponerme en lugar del chico“. Prejuicios: “Esos niños son una amenaza potencial para la sociedad“. Ideas preconcebidas. Te juzgo por lo que eres no por lo que hayas podido hacer. Caras sudorosas, vasos de agua, interpelaciones y algunas imágenes que te recuerdan otra cosa. Por ejemplo, esa visión del crimen a través de un tren en marcha que ya, en los años veinte, imaginó Agatha Christie en su novela El tren de las 4.50

Hablamos, a la vez, de duda y de convicción. Porque también la película trata de la convicción. Esa fuerza que puede o no revelarse, que puede o no existir, pero que, si no existe, te impide defender aquello en lo que crees, aquello que amas, aquello que deseas, aquello que esperas. Sin convicción te quedas a merced de otros, de sus errores y de sus fanatismos, incluso de sus aciertos, que nunca serán los tuyos.

Y esta película trata también de la fe. De la fe en sí mismo y de cómo esa fe es capaz de convertirse en una marea que avanza hacia los otros y esos otros llegar a entenderte, en un ejercicio difícil, incómodo, pero necesario. Es más fácil ser simpático, pero infinitamente menos honesto. Es más llevadero seguir la corriente, pero mucho más vergonzoso.

Sidney Lumet dirigió esta película en 1957, con un guión de Reginald Rose absolutamente deudor de la obra teatral del mismo titulo y autor. Pero su condición de teatro grabado no desmerece del conjunto, al contrario, contribuye eficazmente a esa especie de claustrofobia que, unida al calor, a la prisa y a una dialéctica que va in crescendo, generan esa sensación de angustia compartida y de clímax final, cuando los jurados vayan abandonando el edificio y se separen, quizá para siempre, para volver a sus vidas, después de haber decidido que ese chico no había matado a su padre o que, al menos, no están tan seguros de ello como para mandarlo a la silla eléctrica.

El mismo sistema judicial que había cometido muchos errores, tomado en consideración a testigos no fiables, encomendado la defensa del chico a un abogado inexperto, el mismo sistema judicial que tenía la silla eléctrica perfectamente dispuesta para cumplir su cometido de acabar con una vida humana, a modo de venganza, es el sistema que, merced a un hombre solo y a la fuerza de sus palabras, logra una vuelta de tuerca que nos proporciona alguna luz.

Porque esas palabras, las que el jurado número ocho utiliza en sus argumentos, son también otra forma de racionalidad que la película defiende en contra la improvisación y el fanatismo. La palabra, la discusión, el debate, el sentido común, la legalidad, los engranajes del Derecho y la Ley, todo ello termina por salvarse merced a un hombre solo. Y mientras, en el camino de la discusión, emergerán los prejuicios, las miserias, las fobias y las filias, todo aquello que los hombres llevan consigo allá donde vayan.

Sinopsis

Doce hombres que forman parte del jurado de un caso de parricidio se reúnen para deliberar. Todos, menos uno, deciden en la primera votación que el acusado es culpable. Pero uno de ellos tiene una duda razonable y eso obligará a todos a considerar el caso desde todos los puntos de vista.

Algunos datos de interés

Los intérpretes son todos ellos destacados actores, sobresaliendo el jurado número ocho, Henry Fonda, así como Lee J. Cobb, E.G. Marshall, Jack Warden, Ed Begley, Martin Balsam, John Fiedler, Robert Webber, Jack Klugman, Edward Binns, Joseph Sweeney y George Voskovec.

El director fue Sidney Lumet, que cosechó con esta película, de título original Twelve Angry Men, llamada en España Doce hombres sin piedad, un considerable número de premios internacionales además de nominaciones al Óscar y a los Globos de Oro. La música es de Kenyon Hopkins y la fotografía de Boris Kaufman. Se rodó en los estudios de la Metro Goldwyn Mayer. La película tiene una única escena en el exterior, la salida de los juzgados, terminado ya el juicio y después de la tormenta, cuando la lluvia ha cesado de caer.

Henry Fonda fue nominado al Óscar como mejor actor, pero no lo logró. Sí se llevó un BAFTA al mejor actor extranjero. El guión de Reginald Rose también obtuvo reconocimientos.

En la Televisión Española se rodó un Estudio 1, en blanco y negro, en el año 1957, en el que los principales papeles estaban representados por los actores más prestigiosos del momento: José María Rodero, Sancho Gracia, Rafael Alonso, José Bódalo, Ismael Merlo, Carlos Lemos, Pedro Osinaga, Luis Prendes, Manuel Alexandre, Antonio Casal, Fernando Delgado y Jesús Puente. Todos ellos dirigidos por el prestigioso Gustavo Pérez Puig.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Orion-Nova Productions, United Artists, 20th Century Fox Home Entertainment.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 34) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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