"Ultimátum a la Tierra". Por el bien de los humanos...

La producción del cine norteamericano en los años cincuenta fue prolífica en títulos de ciencia-ficción y anticipación. Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951) inauguró una relación de películas que se adentraron en la fantasía de otros mundos que nos visitan. Fue coetánea con otra gran obra del género: El enigma… de otro mundo (The Thing, 1951), de Christian Niby y Howard Hawks, en la que un ser de procedencia desconocida atenazaba a una comunidad de científicos en su base investigadora del Ártico.

La división geopolítica en bloques que surgió después de la Segunda Guerra Mundial y los temores despertados por la Guerra Fría con la Unión Soviética como enemigo, suscitaron un caldo de cultivo literario y fílmico que no tardó mucho en ofrecer sus primeros frutos. Del sentimiento anti-comunista se pasó al pánico.

La sociedad estadounidense vivía atenazada por el miedo a que los conflictos bélicos no se produjeran ya en las lejanas selvas del Pacífico sino que tuvieran como escenario cualquier zona poblada de Kansas o de Tennesee.

En La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1953), de Byron Haskin, basada en la novela de H.G. Wells, un meteorito cae en un a tranquila zona residencial de California y pronto comenzarán a aterrizar el resto de objetos espaciales con fines invasores.

En It Came From Outer Space (1953), de Jack Arnold e inspirada en un texto de Ray Bradbury, una nave alienígena se deposita sobre el desierto de Arizona y sus tripulantes comienzan la invasión adoptando la identidad de los seres humanos a los que van “conquistando”.

En La tierra contra los platillos volantes (Earth vs. The Flying Soucers, 1953), de Fred F. Sears, con el mago de los efectos especiales Ray Harryhausen al frente, los militares reciben con misiles a los recién llegados, que lucen una auténtica flotilla de naves circulares que van destrozando los símbolos del poder en la capital federal norteamericana.

En Invasores de Marte (Invaders From Mars, 1955), de William Cameron Menzies, el enemigo prefiere invadir por medio de la alienación de las personas para una vez controlada la raza humana apoderarse del planeta: todos los alienados se comportan igual, se mueven igual, dicen las mismas cosas y persiguen un mismo objetivo. De esta variante temática se ocupa también La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel, que adapta un relato de Jack Finney y muestra una pequeña localidad (otra vez algo romperá la aparente calma de la soleada California) en la que muchos ciudadanos comienzan a comportarse de forma extraña y homogénea. La invasión extraterrestre y hostil se hace patente a través de unas vainas gigantes que sustituyen al organismo humano durante el sueño.

Pero el género también abordó las consecuencias de la era atómica sobre las más variadas bestias. Surgen las mutaciones amenazantes en la pantalla: hormigas gigantes en La humanidad en peligro (Them!, 1954), de Gordon Douglas, arañas en Tarántula (Tarantula!, 1955), de Jack Arnold, cangrejos en El ataque de los cangrejos gigantes (Attack of the Crab Monsters, 1957), de Roger Corman, o monstruos resurgidos del pasado ancestral en El monstruo de tiempos remotos (The Beast From 20.000 Fathoms, 1953), de Eugene Lourie. Eso, cuando la víctima de las mutaciones no es el propio ser humano, como en El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957), de Jack Arnold, o en El ataque de la mujer de 50 pies (Attack of the 50 Foot Woman, 1958), de Nathan Juran.

También Japón se lanza a producir películas fantásticas basadas en temores cotidianos de su sociedad pos-Hiroshima: Godzilla (1954), de Ishiro Honda.

Un aviso a la humanidad

La primera conclusión que se extrae a la vista de este amplio abanico de la ciencia-ficción de los 50 es que Ultimátum a la Tierra mostraba al invasor desde el punto de vista positivo, como visitante pacifista que lo único que quiere de nosotros los terrícolas es advertirnos del riesgo que comporta el camino emprendido por la Humanidad.

 Parece que los extraterrestres fuéramos los propios humanos, víctimas de la paranoia de comprobar cómo más allá de nuestra narices hay un mundo inteligente y no ofensivo a pesar de todos nuestros temores.

El punto de vista narrativo se sitúa en el invasor, Klaatu es protagonista para que el espectador sea consciente de lo absurdo de todos esos miedos hacia invisibles enemigos, que se ponga en el pellejo de los mandatarios internacionales a los que el personaje que interpreta Michael Rennie lanza su diatriba pacifista.

Nuestro invitado inesperado encuentra como únicos aliados de su misión, a la postre salvar la Tierra, a una mujer, un niño… y a los científicos, los mismos a los que Christian Nyby y su socio Howard Hawks habían colocado en situación de máximo riesgo ante un ser de otro planeta que irrumpe en la cotidianeidad de su trabajo. Ellos son lo mejor de la especie humana y con ellos al frente, y no con los enloquecidos mandatarios políticos, no pesa amenaza alguna, viene a decir la película.

El relato titulado A Farewell to the Master apareció publicado en la revista Astounding Stories en el otoño de 1940. Había sido escrito por Harry Bates, un autor de ciencia-ficción que se hizo famoso como editor. La historia que concibió para los lectores daba mucha mayor presencia e importancia al personaje robótico, que urbana el nombre de Gnut.

Aquí el punto de vista de la narración no está en los ojos de Klaatu, que muere al principio de la historia, sino en un periodista que asiste a los acontecimientos desde que se produce la llegada de la nave a Washington. Y la otra gran diferencia entre el original y el film reside en el espíritu que rodea a la Humanidad, que no es vista con pesimismo ni con necesidad crítica.

Gracias a la perspicacia de Julian Blaustein, que propuso al magnate de la Fox Darryl F. Zanuck comprar por mil dólares los derechos de la novelita, se abordó el proyecto para llevar a la pantalla la aventura de Klaatu entre los terrícolas.

Se encargó el guión a un escritor experimentado en western y cine negro, Edward North, que incluyó en guión gran cantidad de cambios estructurales y narrativos.

El título de la película cambió tres veces: comenzó siendo idéntico al elegido por Bates, para luego denominarse Journey into the World y finalmente The Day the Earth Stood Still, como hoy se la conoce.

La inversión de 100.000 dólares en los rudimentarios efectos visuales (el platillo volante, el traje de látex de Gort) fueron ampliamente recuperados en taquilla. Lock Martin, el portero del Teatro Chino del boulevard Grauman fue elegido para ponerse ese pesado disfraz del robot que balbucea “Klaatu barada nikto!”, una frase en clave que ha pasado a la historia del género.

Robert Wise y sus actores

El director Robert Wise nació en Winchester, Indiana en 1914 y murió en Los Angeles en 2005. En su trayectoria siempre será recordado su trabajo para la unidad de producción dirigida por el gran Val Lewton en la R.K.O., que dio al género del terror fantástico algunas de sus mejores obras de siempre.

Wise, montador profesional del estudio, había sustituido a Gunther Von Frisch al frente de La venganza de la mujer pantera (The Curse of the Cat People, 1944), secuela de La mujer pantera (Cat People, 1942), de Jacques Tourneur, seguramente la obra maestra de ese ciclo inolvidable.

Había sido el responsable del montaje de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles, y su fama ha quedado acreditada gracias a éxitos absolutos de taquilla como Quiero vivir (I want to Live, 1958), West Side Story (1962) y Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1962).

No obstante, su mayor influencia se mantiene por producciones mucho menos aparatosas, más modestas y recordadas por los cinéfilos como Sangre en la luna (Blood on the Moon, 1948), Nadie puede vencerme (The Set-Up, 1949) o Marcado por el odio (Somebody Up There Likes Me, 1956).

Michael Rennie fue un actor británico educado en Cambridge y formado como soldado de la RAF en la Segunda Guerra Mundial. Intervino en grandes títulos del cine norteamericano: La rosa negra (The Black Rose, 1950), de Henry Hathaway, Operación Cicerón (Five Fingers, 1953), de Joseph Leo Mankiewicz, y Las ratas del desierto (The Deserts Rats, 1953), de Robert Wise, entre otras.

La heroína de Ultimátum… es una de las actrices más prestigiosas y serias del Hollywood, Patricia Neal. Nacida en Kentucky en 1926, fue contratada por Warner para los primeros títulos de su carrera como El Manantial (The Fountainhead, 1949), de King Vidor, y El rey del tabaco (Bright Leaf, 1950), de Michael Curtiz.

Trabajó con algunos de los mejores directores, como Elia Kazan en Un rostro en la multitud (A Face in the Crowd, 1957), Blake Edwards en Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961), Otto Preminger en Primera victoria (In Harm-s Way, 1965), y con Martin Ritt en el papel que le permitió ganar su único Oscar®, Hud, el más valiente entre mil (Hud, 1963).

Copyright del artículo © Víctor Arribas. Reservados todos los derechos.

 

Víctor Arribas

Como estudioso del séptimo arte, Víctor Arribas ha escrito artículos de tema cinematográfico en la revista Nickelodeon y en el periódico El Mundo. Entre otras obras, es autor de los libros El cine negro y El cine de los Hermanos Marx, publicados por Notorious Ediciones. Asimismo, ha coescrito El universo de Woody Allen y El universo de Clint Eastwood. Dirigió y presentó el programa de cine Flashback en Onda Madrid, y formó parte del equipo de colaboradores de los programas Cine en Blanco y Negro y Querer de cine, dirigidos por José Luis Garci en Telemadrid.

Desde 1990 hasta 2004, dirigió los espacios locales de Madrid en los Servicios Informativos de Onda Cero. Durante siete temporadas, presentó el informativo Telenoticias 1, en Telemadrid, cadena en la que también se hizo cargo del programa de debate Madrid Opina. En 13tv dirigió y presentó Al Día. Fue subdirector de informativos en ABC Punto Radio y colabora en La noche del canal 24 horas, en TVE.

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