"Terminator" (James Cameron, 1984): Hubo una guerra

A priori, no hay nada positivo ni en tener fiebre ni en la película Piraña 2. La vida sorprende a veces.

James Cameron se encontraba en Roma, en un desesperado intento de volver a tomar control de su primera película como director, al menos en el montaje. Piraña 2 era un encargo del infame productor italiano Ovidio G. Assonitis, que había tomado las riendas de la película al poco de empezar el rodaje. Sólo necesitaba a Cameron para tener un nombre anglosajón en los créditos.

Así, Cameron estaba en Roma, sin trabajo, sin pasta y enfermo con fiebre. En uno de esos sueños febriles que son la alternativa más barata al LSD, nuestro héroe tuvo la visión de un terrorífico engendro metálico que surgía de las llamas. A partir de ahí, el genial director elaboró la historia que ya es un clásico.

Cameron vendió el guión por un dólar a la productora Gale Anne Hurd, por entonces su churri, a cambio de poder dirigir la futura película él mismo. La compañía Orion amparó el rodaje de este film, una serie B que mezclaba géneros (en 1984 algo no tan común) como la acción, el terror y la ciencia-ficción, aunque sobre todo, Terminator era –es– una arrebatadora historia de amor.

Los Angeles, año 2029. De nuestra civilización no quedan más que las ruinas de una guerra nuclear. Las máquinas asesinas, gobernadas por el super-ordenador Skynet, se dedican a exterminar a los beligerantes supervivientes. Milagrosamente, los humanos, liderados por John Connor, ganan.

Skynet, antes de sucumbir, usa una máquina del tiempo para mandar al pasado a un cyborg –un androide recubierto de tejido humano– para exterminar a Connor antes de que nazca, asesinando a su madre. Los humanos tendrán tiempo de enviar a 1984 al soldado Kyle Reese para proteger a Sarah. Lo que nadie sabe es que Reese ama a Sarah desde que la vio en una fotografía, y que se convertirá en el padre de John Connor.

El film, con su envoltorio de ciencia-ficción, sigue la tradición del clásico mito sobre una profecía según la cual un niño acabará con un poderoso, quien intentará acabar con la criatura antes de que esta sea un problema. Los ejemplos son muchos y abundan en las mitologías de todo el mundo, desde Edipo a Jesucristo. Hasta se podría citar a Blancanieves.

En el terreno de las referencias –o de las similitudes–, podemos mencionar Soldier, el guión que Harlan Ellison escribió para The Outer Limits. Sus semejanzas con Terminator fueron llevadas ante los tribunales, y ello explica que el nombre del escritor figure en los créditos de la película.

Con Terminator, James Cameron ya exponía sus constantes como autor. Algunas personas, alardeando de su propia estulticia, minusvaloran a Cameron por realizar películas caras y que recaudan, cuando es uno de los creadores cinematográficos que más se involucran en todo el proceso de sus proyectos, desde el momento de la escritura hasta el montaje (e incluso toma parte en las ediciones en DVD).

De hecho el director canadiense suele crear la mayoría de los diseños de decorados, vehículos, robots y criaturas de sus películas, y no es raro verle por el set colocando al milímetro cosas como escombros o brasas.

Pero la calidad autoral de Cameron no se limita a los aspectos técnicos, sino que sus historias comparten unos elementos comunes que lo convierten en un autor según la definición más académica y cinéfila.

Ya en este Terminator la protagonista es una mujer. La denominada “mujer Cameron” ha supuesto un soplo de aire fresco en las historias de acción. Una fémina que, sin convertirse en un marimacho (exceptuando el caso de la Vásquez de Aliens), se amolda a las circunstancias y es la que tiene que sacar las castañas del fuego. Lejos queda la chica gritona que no era capaz de dar dos pasos sin caerse, típica del cine de aventuras más clásico.

Sarah Connor, en una imagen que ya se ha repetido en otras películas de James Cameron como Titanic, tendrá que llevar al héroe masculino de la película al hombro (literalmente).

El film también trata sobre temas tan queridos por el realizador como el destino, la relación amor-odio con la tecnología, el terror nuclear y una extraña fascinación sobre la maternidad y el nacimiento.

Si quieren saber más, les recomiendo visionar la corta y apasionante filmografía de este director para comprobar lo que les cuento. De hecho, Terminator y Titanic son dos historias muy parecidas, con ese amor intenso y fugaz que es cortado por la intervención del fatum disfrazado de máquina asesina.

Esta modesta película se convertiría en una pieza clave en el cine de ciencia-ficción (piensen en Matrix) y sirvió de impulso definitivo para muchos de los que colaboraron en su creación, desde el titán Cameron hasta el propio Arnold Schwarzenegger, sin olvidar al creador del maquillaje Stan Winston, al mito de los actores secundarios Lance Henriksen o incluso a Bill Paxton, actor fetiche de Cameron en sus siguientes films y que aquí hace un minúsculo papel de punk.

El film, que en su estreno no fue un bombazo, adquirió popularidad cuando se editó en video. Hoy en día es una película de culto que muchos se saben de memoria.

Personajes como Kyle Reese, Sarah Connor o incluso el Doctor Silberman son como amigos de toda la vida con los que uno no se cansa de quedar. ¿Cómo no emocionarse con la declaración de amor del rudo Reese, quien no tiembla a la hora de enfrentarse a robots asesinos, pero que se convierte en un ser vulnerable y asustado ante la mirada de su amada? ¿Y qué decir de escenas de suspense tan bien construidas como la que se desarrolla dentro de la discoteca Tech-Noir? ¿Y qué aficionado al género no se entusiasmará a ver a Dick Miller haciendo el habitual cameo de las películas de aquella época prodigiosa?

¿Cuál es el elemento definitivo de la popularidad de esta película? El Terminator, ese tipo enorme de gesto hierático, vestido como un motero. Sin duda es el villano, pero representa (como los buenos malvados) lo que nos gustaría ser en determinados momentos. Lo que el Terminator quiere, lo coge, sin tener que pagar, sin tener que pedir permiso. Dicho y hecho. El Terminator no se recrea en la violencia, es su carácter. Encarna al asesino definitivo, prácticamente indestructible y sin problemas de remordimiento.

En la genial segunda parte, T2: El Juicio Final, el Terminator se convirtió en el héroe, y si sus modales y modos seguían siendo envidiables, el robot ya no tenía tanta presencia y fascinación que cuando era un ángel exterminador. Pero otro día hablaremos de la extraordinaria secuela, más popular aún que el primer Terminator.

Sobre el bastardo Terminator 3 será mejor guardar silencio.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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