"La vida secreta de Walter Mitty" (Norman Z. McLeod, 1947)

Hay adaptaciones que mejoran con la edad o que, al menos, soportan mejor que otras el paso de las décadas. En esta categoría se incluye La vida secreta de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty, 1947), la primera versión cinematográfica del relato homónimo de James Thurber.

Aunque Thurber no alcanzó nunca la fama de Hemingway, su obra tiene una fuerza literaria de enorme impacto. Para comprobarlo, basta con hojear My Life and Hard Times, The Years with Ross o ese cuento impecable que es “The Secret Life of Walter Mitty”, que tanto sorprendió a los lectores de The New Yorker en 1939.

La trama de ese relato, simple y arrebatadora, nos presenta a un hombre corriente, que acompaña en coche a su esposa. Ella se limita a ir de compras mientras él sueña despierto, viéndose como un cirujano de primera fila o como un as de la aviación, con el énfasis puesto en hazañas imposibles.

Tal fue el impacto del relato que incluso se bautizó a una dolencia psicológica con el nombre del protagonista, el síndrome de Walter Mitty. ¿Sus síntomas? Unos irreprimibles delirios de grandeza.

Curiosamente, ese perfil patológico del personaje no deriva tanto del relato original como del film de 1947. En esa adaptación, Mitty (Danny Kaye) actúa siempre al borde del delirio, con inocencia pero también con una perturbadora propensión a las alucinaciones más quijotescas.

Tiene su gracia que Thurber odiase esta versión de Kaye. Y la tiene porque, respetando el espíritu de la obra original, la película también reflejaba con eficacia el estado de ánimo de esos americanos de clase media, sin grandes aspiraciones en la vida, que no habían combatido en la Segunda Guerra Mundial y que soñaban con transformarse en héroes de sus propias ensoñaciones.

En el libro The Man Who Was Walter Mitty: The Life and Work of James Thurber (2001), Thomas Fensch sostiene que el propio escritor era muy similar a Mitty. Quizá de ahí provenga el rechazo que le provocó ver su cuento volcado en la gran pantalla.

El texto de Thurber ha originado un adjetivo, mittyesque, idóneo para definir al soñador que protagoniza el film. En la película, Mitty vive controlado por una madre posesiva y mandona (Fay Bainter), humillado por un jefe despótico, el editor Bruce Pierce (Thurston Hall), y condenado a un infeliz matrimonio con su insípida novia Gertrude Griswold (Ann Rutherford).

El guión de Ken Englund, Everett Freeman y Philip Rapp, dirigido en Technicolor por Norman Z. McLeod, nunca recibió –como ya dije– el beneplácito de Thurber, cuyas observaciones fueron desdeñadas por el productor Samuel Goldwyn.

Harto de que nadie le hiciera caso en la productora, el escritor declaró que el título más atinado para la cinta hubiera sido The Public Life of Danny Kaye.

Vista con la perspectiva del tiempo, la postura de Goldwyn tiene bastante lógica: en este proyecto, lo importante no era la fidelidad minuciosa al relato original, sino la satisfacción de las expectativas acumuladas por los admiradores de Danny Kaye. De ahí, por ejemplo, la inclusión de dos números musicales en los que Kaye se luce con su típica gestualidad y sus trabalenguas imposibles.

Para convertir el breve cuento de Thurber en una cinta de larga duración, los guionistas añadieron a la trama varias ilusiones (Mitty cree ser piloto de guerra, cowboy, tahúr, cirujano...) y una misteriosa conspiración. Así, el personaje conoce casualmente a Rosalind van Hoorn (Virginia Mayo), a quien identifica con la mujer ideal que aparece en sus quimeras. Rosalind trabaja para su tío, Peter van Hoorn (Konstantin Shayne), quien aparentemente oculta joyas del patrimonio cultural holandés cuyo destino se cifra en una libreta negra.

Confundido entre la realidad y la ficción, Mitty se suma a este enredo internacional, en el que no faltan criminales como el Dr. Hollingshead (Boris Karloff), un tipo inquietante que, a ojos de los allegados del protagonista, solo es un apacible psiquiatra.

La película es tan ligera como entretenida, y está estructuralmente bien concebida, siempre con los acentos humorísticos que uno espera disfrutar.

Como detalle curioso, presten atención a la editorial donde Mitty trabaja. Se trata de una compañía de novelas baratas y pulp magazines, cuyas paredes están decoradas con portadas sensacionalistas, propias del género (damiselas acosadas por extraterrestres, mad doctors, hombres lobo, detectives en acción...). Desde la nostalgia y el amor a ese subgénero literario, uno ve esas secuencias como si Danny Kaye cruzase las oficinas de la mítica revista Weird Tales.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

 

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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