La Sagrada Trilogía Slateriana

Nunca ha sido una gran estrella, y ha tenido la costumbre de alternar papeles secundarios, protagonistas, producciones de grandes estudios, series B o televisión sin que se le cayeran los anillos por ello, pero no deja de resultar un poco frustrante ver cómo Christian Slater ha ido sumergiéndose sin remisión en la serie Z, con filmes como el Alone in the darkness del inefable Dr. Boll o aquella secuela videográfica de El hombre sin sombra.

Tanto los cinéfilos serios como los que han descubierto que lo son hace un par de años se preguntarán a qué vienen los lamentos, ya que Slater no es precisamente un genio de la interpretación, sino más bien un imitador de figuras como Jack Nicholson o James Dean (quien, por otro lado, era un actor terrible que tuvo la suerte de morir en el momento justo). Resulta que algunos tenemos cierto cariño por el señor Slater por haber protagonizado con desparpajo y chulería tres películas míticas para la ya olvidada Generación X, y que representan las distintas fases tanto de la transición adolescente (es un decir, ya que no hemos salido de esa fase) de aquella gentuza como de la propia transición del cine de los 80 al de los 90. Hablamos de la Sagrada Trilogía Slateriana: Escuela de Jóvenes Asesinos (Heathers, 1988), Rebelión en las Ondas (Pump Up the Volume, 1990) y Amor a Quemarropa (True Romance, 1993).

Mas conocida entre los fans por su título original, Heathers se plantea como una versión siniestra, casi lynchiana, de la habitual comedia adolescente de los 80, modelo John Hughes.

La protagonista de la película es Verónica, una Winona Ryder en su edad dorada. La tal Verónica es la protegida de las zorras reinas del instituto, tres pijas llamadas Heather (una de ellas sería Brenda en Sensación de vivir) aficionadas a azotar la diferencia y organizar estupideces, o dicho de otro modo, a practicar la política.

Slater llega al instituto con su Harley, abrigo negro y pose de rebelde-pero-simpático para, en primer término, encandilar a Verónica. Después de eso, la heroína potenciará su lado oscuro, haciendo que se replantee su relación con las Heathers y el propio Instituto-sociedad. Esta faústica relación va pasando del ejercicio de la crítica sangrante a mayores cuando ¿sin querer? la pareja se carga a la Heather jefa al darle de beber un potente producto de limpieza.

Tanto Verónica como J.D. (ese es Slater) escriben una estúpida nota de suicidio que no sólo es creída por la policía, sino que trasforma a la pija muerta en una mártir generacional, cuya patética muerte es aprovechada para lucimiento propio por los medios de comunicación, el cura local, el profesorado, compañeros del instituto y demás mediocres. Como señalan los protagonistas, Heather es todavía más popular muerta que viva, y por suicidarse.

Tanta locura dispara la mente, algo perturbada, del siniestro J.D., "arrastrando" de paso a Verónica a llevar a cabo otros actos de suicidios ajenos que provocan un inesperado reconocimiento social de esta práctica. Los suicidas se ponen de moda y, como escribe una Verónica portadora de monóculo: Dear Diary, my teen-angst bullshit now has a body count.

Una de las cosas más llamativas de Heathers, aparte de su tenebrosa temática y su extraña atmósfera de pesadilla cotidiana (signifique eso lo que signifique), es su falta de maniqueísmo.

Al principio nos hace odiar a las Heathers y a los deportistas cerriles, poniéndonos de lado de J.D, para luego demostrar que incluso los idiotas a los que matan son personas, y que no es cuestión de volar el Instituto por los aires para perpetrar "el Woodstock de los 80" (curiosamente, no muchos años después, un par de chavales llevaron a cabo el Woodstock de los 90 en Colorado).

Esta progresiva satanización de J.D. se puede ver también como un ejercicio de auto-censura por parte del guionista, para librarse de problemas futuros, pero en realidad la película trata sobre el arco de transformación de Verónica, que pasa de estar influenciada por la sociedad a estarlo por el reverso oscuro, para al final tomar sus propias riendas. Suena a moraleja de lo más básico, pero al final es lo que debería hacer toda persona cuando madura, ¿no?

Esta película supone un faro de inteligencia en una época tan estúpida que llegó a provocar el nacimiento del grunge, representación musical de la angustia adolescente pija: letras ensimismadas, berreadas por tipos como Kurt Cobain, quien también pensó que suicidarse era una buena manera de llamar la atención.

De hecho, la reacción de los fans tras la absurda muerte de su héroe (aquellas cartas a El País de las Tentaciones del tipo "a Kurt le matamos entre todos") ya son reflejadas cómicamente en Heathers, una película a la que han imitado la realidad y la ficción.

De hecho, la huella de esta película es más que obvia en los guiones de Kevin Williamson, con sus comedias negras adolescentes Scream y Secuestrando a la señora Tingle, aunque estas sean menos complejas y deban más al cine de John Hughes que a Heathers.

También se puede advertir más de un paralelismo entre J.D y el Tyler Durden de El club de la lucha, mientras que la vena negra que recorre Heathers se extiende también por otra joya de culto como es Donnie Darko. Pero si lo que se busca es algo más concreto, solo hay que echarle un ojo a Jawbreaker (Caramelo asesino), una comedia perversa protagonizada por esa insultante exhibición de morbo que es Rose McGowan. Este film casi resulta un homenaje al 10º aniversario de Heathers, ya que su argumento es sospechoso hasta niveles legales, y aunque resulta razonablemente divertida, Jawbreaker es a Heathers lo que Barb Wire es a Casablanca, un remake inconfeso y en clave estúpida de un original inmejorable.

Michael Lehmann, el director, no pasó de ser una esperanzadora promesa, y pese a realizar un delirio surrealista tirando a brillante titulado Hudson Hawk (una propuesta distinta, y por lo tanto, un batacazo monumental), su carrera fue mermando en originalidad progresivamente con films como Cabezas huecas, La verdad sobre perros y gatos o la directamente infame 40 días y 40 noches.

Rebelión en las ondas (Pump up the volume), estrenada en 1990, bien podría venderse conjuntamente con Heathers. Este film, escrito y dirigido por Allan Moyle, un tipo de escasa filmografía de la cual quizá alguien recuerde Empire Records (1995), también habla de angustia adolescente, suicidio y anticonformismo, aunque de un modo más constructivo que el de Heathers. Años antes de que se inventaran los blogs, los jóvenes listos (¿listillos?) e "impopulares" lo tenían difícil para expresar su rabia mediante palabras. Generalmente se solían limitar a componer canciones ruidosas, publicar fanzines o hacer pintadas. Slater interpreta aquí a Mark Hunter, el tímido de turno del instituto que, todo lo que se calla en el comedor, lo dice bien alto y fuerte mediante una emisora de radio pirata que él mismo ha montado. Con el sobrenombre de Happy Harry Hard On, altera a la juventud local y lleva de cabeza a los adultos por culpa de unos discursos encendidos y efectistas.

En realidad todo esto lo hemos visto en otras películas o novelas, todo ese asunto "rebelde sin causa" lleva resonando entre los pre-adultos posiblemente desde Atapuerca ("Mi padre quiere convertirme en un caza-mamuts como él. Que le den a él y a sus colegas del clan cavernario") pero, como en Heathers, la avalancha multi-mediática de cultura pop con la que se alimentó la generación de los 80 terminó por hacer que nuestra forma de ver la vida fuera irremediablemente posmoderna, con el toque de cinismo (¿frivolidad quizá?) que eso conlleva. Así que, por un lado el lenguaje de la película, y el protagonista, es tan violento como cruel, pero posee cierta perspectiva que pone al descubierto la ridiculez de esta propia angustia adolescente de la que se habla, cuya máxima representación vuelve a ser el suicidio de un chaval. Así que, como Heathers, Rebelión en las ondas se sitúa en la parte no-estúpida de los lloriqueos Xgeneracionales.

Pese a impresionar más cuando uno tiene cierta edad, los discursos de Harry no están del todo mal escritos por Moyle, incluyendo sentencias míticas como "Cómete los cereales con tenedor y haz tus deberes en la oscuridad" o "A veces, ser joven no es tan divertido como estar muerto". Para que luego algunos echen de menos la adolescencia. En todo caso, el que le da la gracia, contundencia y vida a estas palabras es un Christian Slater en estado de gracia, interpretando con evidente disfrute a un personaje bipolar que tampoco difiere en exceso al de Peter Parker, héroe venerado por la misma gente que luego le considera un nerd en su otra personalidad.

Por supuesto, no podemos olvidar a la chica de la película, una Samantha Mathis en su máximo esplendor juvenil, con el cabello moreno y los senos al aire en una escena impresionante por lo inesperado y por los resultados. Ah, y tampoco actúa mal en su papel de Lois Lane juvenil que investiga la verdadera identidad de Harry. Por último, conviene destacar la banda sonora. Rebelión en las ondas ampliaba la contundencia de sus mensajes con estos temazos:

Leonard Cohen - Everybody Knows

Ivan Neville - Why Can´t I Fall In Love

Liquid Jesus - Stand

The Pixies - Wave of Mutilation (U.K. Surf)

Peter Murphy - I´ve Got A Secret Miniature Camera

Bad Brains - Kick Out The Jams

Above The Law - Freedom of Speech

Soundgarden - Heretic

Sonic Youth - Titanium Expose

Cowboy Junkies - Me And The Devil Blues

Chagall Guevara - Tale o´ the Twister

Ahí queda eso.

Bien, unos pocos años después ya estábamos inmersos en los 90, y los granos remitían. Era el momento de superar los agobios hormonales y enfrentarse al mundo real tal y como es.

Por supuesto, la mayoría no lo hicimos y decidimos mantenernos en un estado de semi-consciencia recluidos en nuestras propias fantasías, gustos y friqueos varios. Aunque Tarantino nos cuente que Kill Bill es su guión más autobiográfico, Amor a quemarropa (1993) es el más abiertamente personal.

No me voy a extender mucho con esta película de Tony Scott, conocida de cabo a rabo por todo hijo de vecino. Tan sólo indicaré que se trata de una fantasía sexual, cinéfila, vital y espiritual (¡por el amor de Dios, al tipo se le aparece El Rey!) del geniecillo de Knoxville, protagonizada por un alter ego llamado Clarence Worley al que encarna nuestro Slater.

Nadie más podría haberse encargado de este papel, así de simple. El actor es capaz de aunar el doble carácter de freak sin complejos y delincuente molón del personaje, sin que el espectacular reparto que le rodea, todos en papeles-bombón, se le termine de comer.

Por otro lado, el tipo llega a caer tan bien que ni siquiera le cogemos manía por ligarse a la espectacular entre las espectaculares Patricia "Alabama" Arquette, con la cual forma una pareja de consecuencias incendiarias.

Algunos fans acérrimos de Christian Slater pueden estar tirándose de los pelos por no incluir su protagonismo ultra-cool en ese policiaco casi experimental que era Kuffs (1992), o su legendaria seducción monástica en El nombre de la rosa (1986), el Will Scarlett punk de Robin Hood, Príncipe de los ladrones (1991), su pistolero en la anacrónica Intrépidos forajidos (Arma joven 2) (1990), su entrevista vampírica, su contribución a la joyita de Coppola Tucker, un hombre y su sueño (1988) o su interpretación de aquel chico con corazón de rey simio en Corazón indomable (1993). Incluso puede haber alguien que todavía recuerde la patética Very bad things (1998).

Bien, pues que se dejen de tirar de los pelos porque en el párrafo anterior quedan citadas estas actuaciones. Pero hoy lo que tocaba era La Sagrada Trilogía Slateriana, magno tríptico sobre la metamorfosis de nuestra generación que hay que reivindicar. ¡Todo el mundo a desempolvar sus VHS!

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

 

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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