La estirpe del hombre-lobo

Aunque abundante en número de películas, el hombre-lobo siempre ha sido un monstruo algo secundario y subestimado en el género de terror. Menos glamouroso que los vampiros –cuya naturaleza los convierte en la metáfora perfecta para casi todo– y con una base literaria y cultural demasiado heterogénea, por lo general los cineastas no han sabido muy bien qué hacer con este personaje tan raro.

Las historias sobre humanos transformándose en animales son tan viejas como las religiones, y se han dado prácticamente en todas las culturas. El juguetón Zeus ya transformó a Lycaon, rey de Arcadia, en lobo por un “quítame allá esos sacrificios” bastantes años antes de que naciera Paul Naschy.

Por otro lado, el lobo ha encarnado, sobre todo en Europa, el lado más peligroso de la naturaleza, ya que este animal ha sido el mayor depredador de ganado durante siglos (al menos antes de que casi lo extinguieran), convirtiéndose en némesis del ser humano.

También hay que señalar que en el pasado a más de un psicópata se le condenó como hombre-lobo, antes de que se supiera de desordenes mentales o psicopatías sexuales, como contó Pedro Olea en El bosque del lobo (1970) basándose en un caso real que ha sido retomado por Paco Plaza en Romasanta.

La primera aparición de un licántropo en la pantalla de cine tuvo lugar en 1913 con The werewolf, de Henry McRae, y tuvo una secuela al año siguiente titulada The white wolf. Ambas historias estaban basadas en el folklore nativo americano.

Pero fue El lobo humano, producida por la Universal y dirigida en 1935 por Stuart Walker, la película que comenzó a asentar las bases del hombre-lobo cinematográfico.

Protagonizada por el actor de Broadway Henry Hull, la película narra la historia de un botánico inglés que es mordido en un valle prohibido del Tibet por un lobo. Al regresar a Londres, y durante las noches de luna llena, saldrá en busca de victimas por las oscuras calles.

El lobo humano no dejaba de ser una copia de Dr. Jekyll y Mr.Hyde, incluso en el maquillaje y el atuendo del protagonista (¿un hombre-lobo con capa?). Por otro lado, y esta ha sido una tónica durante décadas y décadas, la naturaleza del hombre-lobo ha estado reñida con las restricciones morales imperantes en el mundo del cine. En un tiempo en el que la censura dominaba, los licántropos se tenían que limitar a ir por ahí estrangulando y aullando, dejando a un lado las cosas que han hecho los hombres-lobo tradicionalmente, que son descuartizar, devorar y violar (el orden es aleatorio).

En 1941 llegó una de las películas más conocidas e importantes sobre este tema lobuno, nada menos que El hombre lobo, un clásico (algo tardío) de la Universal con el torpón y grandote Lon Chaney Jr. encarnando a Larry Talbot, un antihéroe destinado a acabar mal desde que es mordido por un licántropo gitano interpretado por Bela Lugosi.

Aunque hoy en día la película haya perdido el poder de asustar, conserva su atractivo, sobre todo durante esos paseos del lobo por la niebla del bosque que se ha convertido en un icono, por no hablar del diseño del maquillaje, que fue un estándar para representar a este monstruo durante años. Con todo, es cierto que parecía más un rostro de hombre-jabalí que otra cosa.

El éxito hizo que este lobo de Chaney Jr. apareciera en secuelas, pero siempre acompañando a otros personajes de la Universal, en films como La zíngara y los monstruos.

Como el resto de estas criaturas de la famosa productora cinematográfica, el hombre-lobo encarnado por Lon Chaney Jr. se volvió cada vez más hombre-bobo hasta caer en las infumables parodias protagonizadas por el dúo humorístico Abbot y Costello, cuyas gracias están a la par con las de los Hermanos Calatrava de Horror Story.

Dejando un lado imitaciones que surgieron a partir del éxito de El hombre lobo por parte de otras productoras, con películas que iban desde la más brillante de las maestrías (La mujer pantera, de Jacques Tourneur) hasta la psicotronía más pura, la aparición más recordada del hombre-lobo después de su etapa “Larry Talbot” tuvo lugar en un clásico del cine drive-in titulado I was a teenage werewolf (1957).

En esta película (homenajeada por Stephen King en su obra maestra It) el chico lobo era nada más y nada menos que un jovencito Michael Landon, quien sufría una manipulación por parte de un doctor malvado quien, en un giro curioso sobre el mito del licántropo, convertía en bestia al chico mediante la hipnosis regresiva. La película fue uno de los mayores éxitos de la AIP creando una serie de films, “I was a teenage...”, expresión popular desde entonces.

Como con el resto de monstruos instaurados en el cine por la Universal, en los años sesenta la productora británica Hammer retomó el mito.

The curse of the werewolf es una de las películas menos recordadas y vistas de Terence Fisher. La película se ambienta en la España del siglo XVIII, y en un tono de folletín romántico se avanza un paso más contra la censura al explicar que el protagonista, León (nada menos que Oliver Reed) es un licántropo por ser el fruto de la violación que sufrió su madre por parte de otro hombre-lobo.

Con un tono no alejado de las narraciones fantásticas de Gustavo Adolfo Bécquer, el film se centra más en el melodrama familiar que en los momentos de terror, pero aun así se agradece el interés por explorar parte de las raíces del mito, y no limitarse simplemente a sacar un tipo lleno de pelos dando gruñidos por el campo.

Como hemos dicho, el hombre-lobo es uno de los pocos monstruos de cine que tiene que ver con la cultura española. No nos engañemos, en España no sabíamos lo que era un vampiro hasta que vimos las películas, pero sí que teníamos al lobishome gallego.

Así pues, no es de extrañar que a nivel internacional, al menos en el ámbito de la serie B y Z, el terror hispano haya conocido su mayor fama con un hombre lobo. Por supuesto, nos referimos a Paul Naschy (nacido como Jacinto Molina), que en 1968 dejó de ser campeón de halterofilia para escribir y protagonizar La marca del hombre lobo, primera de la interminable serie de apariciones que haría en el cine el conde Waldemar Daninski.

Este torturado noble, en sus ratos libres hombre-lobo de diseño “Universal”, se las apañó para ser protagonista de un montón de subproductos en los que se enfrentaba contra Frankenstein, Drácula o el Doctor Jekyll, sin privarse del placer de rodearse de numerosas señoritas que se desnudaban con envidiable facilidad. Lujos de la explotación y el destape.

Daninski llegó incluso a hacer incursiones en el país nipón en la sorprendente coproducción La bestia y la espada mágica, todo un objeto sagrado para los buscadores de rarezas.

Si durante los 70 el hombre-lobo estuvo en peligro de extinción (exceptuando a Paul Naschy), fue a principios de los años 80 cuando se realizaron las mejores películas de este subgénero.

En 1981, en mitad de una polémica sobre quién había robado a quién la idea de los efectos de maquillaje, llegaron a las pantallas dos films sobre estos peludos engendros, ambos revolucionarios y completamente distintos entre sí.

Un hombre-lobo americano en Londres es la obra maestra de John Landis, un genial director por aquellos tiempos. La famosísima escena de la trasformación sigue creando impacto hoy en día, gracias al irónico uso de la música, la planificación, la interpretación de David Naughton, la luminosa fotografía y, sobre todo, las prótesis “cambiantes” de Rick Baker, que sentaron cátedra en todos los films fantásticos desde entonces, y que superan en mucho las recientes transformaciones por ordenador. Además, por fin se dejaba de lado el modelo de hombre-lobo como señor lleno de pelos y con colmillos para crear una bestia cuadrúpeda más cercana al lobo que al humano.

Pero la película es más que los efectos. Es una reinvención del hombre lobo de la Universal, volviendo a contar la misma historia pero dándole un tono de tragicomedia más que peculiar.

Generalmente, este film es definido como “comedia de terror”, y es más o menos cierto, pero tiene el privilegio de ser, junto a El baile de los vampiros de Polanski, la única comedia de terror que realmente da miedo. Las apariciones del amigo muerto, las pesadillas, la brutalidad de los crímenes... todo eso pone los pelos de punta mientras nos reímos, por no hablar del trágico y cortante final que deja al espectador con la sonrisa congelada. Ah, y en la película sale la bella Jenny Agutter, para comérsela se sea licántropo o no.

El otro film lobuno del 81 fue Aullidos, que daba la vuelta al mito del licántropo torturado (como el que salía en el film de Landis) para mostrar una sociedad oculta de nietzchianos hombres-lobo orgullosos de serlo.

Dirigida por el mítico Joe Dante (en la actualidad, como Landis, relegado a la realización de subproductos de encargo), la película se beneficiaba del protagonismo de una agobiada Dee Wallace como reportera traumatizada de televisión y de los efectos de maquillaje de Rob Bottin que, aunque en las transformaciones no supera a las de su competidor, sí lo hace en los licántropos, unos fascinantes y enormes lobos bípedos con lejano parecido a los de los cuentos infantiles.

El guión de John Sayles exploraba nuevos terrenos morales y psicológicos sin renunciar a las escenas de terror, largas y macabras en algunos instantes.

Aullidos supuso el comienzo de una serie de películas a cada cual peor, y que han ensuciado en cierto modo el nombre de la original.

Gracias a Un hombre lobo americano en Londres y Aullidos, el género licantrópico conoció la fama de nuevo. Todo el mundo recuerda el videoclip que Landis realizó para Michael Jackson, Thriller, la mayor obra maestra de este género audiovisual, que incluso contaba con la voz del inmortal Vincent Price.

En 1984, el director irlandés Neil Jordan se dio a conocer mirando a los hombres-lobo desde otra perspectiva completamente distinta. En compañía de lobos, inspirada en varios pasajes de La Cámara Sangrienta, de Angela Carter, es una peculiar versión del cuento de Caperucita, una onírica pesadilla en la que se habla sobre el terror y atracción que provoca el mundo del sexo a una niña que empieza a ser adolescente.

Neil Jordan hace un curioso uso de los efectos de maquillaje y el decorado para crear un bosque lleno de poco sutiles imágenes de naturaleza freudiana: setas faloides, serpientes, lobos que surgen de dentro de los personajes...

En compañía de lobos es una obra que se mueve entre la genialidad y la pedantería, pero que merece una revisión y por fin hace una conexión directa entre el mundo de las pulsiones sexuales y la licantropía.

En otro registro completamente distinto se movía Teen wolf (1985), muestra del peor y más entrañable cine para adolescentes de los 80, con Michael J. Fox emulando a su tocayo Landon en un remake inconfeso de I was a teenage werewolf. La película poco tenía que ver con el terror, siendo una comedia juvenil de lo más bobalicón en la que el protagonista aprovechaba su condición lobuna para hacerse estrella del baloncesto juvenil.

Así las cosas, llegaron los terribles 90, momento catastrófico también para el género de terror. Los lobos se escondieron en el bosque y pocos asomaron las orejas. Hubo algún intento de renovación como la televisiva Full Eclipse (1993), que se llegó a estrenar en España comercialmente y que se adelantaba a los tiempos actuales mezclando licántropos y acción al estilo super-heroico de films como Blade o Underworld. La presencia de Mario Van Peebles deja claro, en todo caso, que era una pobretona película de serie B, pero realizada con brío por el artesano en estas lides Anthony Hickox.

En los últimos años, se está viviendo una nueva edad, si no de oro, al menos de plata dentro del género de terror (nos daremos cuenta cuando se vuelva a acabar la oferta).

Los licántropos volvieron a entrar en escena, por la puerta pequeña, eso sí, con una muy tardía secuela titulada Un hombre lobo americano en París, dirigida por Anthony Waller, simpático film pero a años luz del original de Landis, en el que además se demostraba que el ordenador no es siempre una mejora.

Pero la verdadera joya peluda de esta época es una pequeña película canadiense, dirigida por John Fawcet y llamada Ginger Snaps, que en el año 2000 sorprendió por narrarnos la perturbadora historia de una adolescente-lobo y su hermana, dos freaks con la que más de un gótico y perturbado púber se ha sentido retratado, convirtiendo el film en una obra de culto inmediata que se hermana con recientes joyitas de género como May o Donnie Darko, amén de propiciar dos secuelas inminentes.

El auge del survival horror, o de la mezcla de terror-acción, como prefieran, ha beneficiado a una raza tan apta para el combate como los hombres-lobo.

En 2002 pudimos asistir al estreno de Dog Soldiers, todo un éxito de la serie B británica en la que un grupo de soldados se enfrentaba a una jauría de estos monstruos en plena Escocia: un entretenimiento agradable sin más.

En Underworld se usaba (de manera poco legal, por lo que parece), el mundo de un famoso juego de rol para narrar una lucha ancestral entre los aristocráticos y decadentes vampiros y los ex-siervos y brutales licántropos. La película abandonaba el género de terror para contar un folletín dinástico y centrarse en la acción y los combates, pero todo al gusto de los nuevos góticos adolescentes.

Aparte de cómo le quedaba el mono de cuero a Kate Beckinsale, lo más destacable de esta película es que se le da un componente de dignidad a la raza de los licántropos, que, como en el propio género, se cansa de ser un secundario frente a los algo desgastados vampiros.

¿Habrá llegado ya la hora del lobo? Todavía queda mucho por aullar.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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