Encuentros en la Cuarta Fase

Uno de los sueños más antiguos de la Humanidad ha sido viajar a las estrellas, descubrir nuevos mundos en el vacío cósmico, encontrar seres extraterrestres y meterse en la cama con ellos.

El espacio dispara nuestra imaginación en todas sus facetas, incluyendo la romántica y la que se centra en los bajos instintos, nos guste admitirlo o no. Antes de que a alguien se le ocurriera el concepto del hiperespacio, muchos ya habían narrado ardientes idilios entre humanos y bellezones galácticos. No tenemos remedio pero, ¿para qué buscarlo?

Y antes de juzgar a los demás de pervertidos, piense usted que tanto Superman como TODOS los personajes de La Guerra de las Galaxias son, técnicamente, extraterrestres.

En este mundo de ensoñaciones tórridas y polvo de estrellas podríamos remontarnos a las vibrantes aventuras románticas entre viajeros terrícolas y marcianas de buena familia en novelas como Gulliver Jones o en las sagas planetarias de Edgar Rice Burroughs.

¿Cómo resistirse a los encantos de la princesa Dejah Thoris de Helium? Poco importa su tendencia a ser secuestrada cada cinco minutos o su escasa conversación, el Amor todo lo puede.

El cine también fue precoz con este tipo de ficciones “científicas”, y ya en 1902 el pionero Georges Méliès llenó nuestro satélite de pizpiretas vedettes en su peculiar adaptación de la novela de Julio Verne Viaje a la Luna.

Hay que tener en cuenta que hasta hace más bien poco los autores de ciencia-ficción eran hombres en su mayoría, al igual que su público objetivo, por lo cual el interés romántico-sexual de este tipo de historias era casi siempre un personaje femenino, en ocasiones como víctima de la lujuria alienígena y en otras como femme fatale de otro mundo.

A medio camino podríamos situar a la princesa Aura, hija de Ming de Mongo en los primeros cómics y seriales de Flash Gordon.

Aura es una de las figuras clásicas de este erotismo del espacio exterior. Quedó nuevamente de manifiesto en la versión que se rodó en los ochenta del citado cómic de Alex Raymond

En la década de 1950 la ciencia-ficción se hizo muy popular, siempre en el ámbito de la “cultura de segunda”. En los cómics de la editorial EC, los extraterrestres más feos de la galaxia se hartaron de secuestrar curvilíneas señoritas con oscuras intenciones, mientras que el cine podíamos ver cosas tan extrañas como unos rijosos astronautas enfrentados a un matriarcado felino en Las Mujeres-Gato de la Luna (1953).

Tendrían que llegar los revoltosos años 60 para encontrar a mujeres liberadas (aunque todavía con un importante componente de mujer-objeto) viajando por la galaxia en busca de aventuras, con la ye-yé Barbarella como máxima representante.

Tanto en los cómics de Jean-Claude Forest como en la película de 1968 dirigida por Roger Vadim, la escultural protagonista luchaba y repartía amor libre por igual a lo largo y ancho del universo, sin importar sexo, credo o especie.

Barbarella sentó el modelo para mil imitaciones y derivados de discutible gusto y similares intenciones, como la Caroline Munro de Starcrash (1978), las protagonistas de títulos estrambóticos como Galaxina (1980), Spermula (1976) o la Lorna de los cómics de Alfonso Azpiri.

Entre las décadas de los 70 y los 80 la explosión de la ciencia-ficción y el fantástico dieron todo tipo de historias y plantearon las más diversas relaciones entre humanos y extraterrestres.

Por un lado, tuvimos inspiradoras historias de amor como la de la versión cinematográfica de Superman (1978) o la inesperadamente romántica película de John Carpenter Starman (1984), con un angelical Jeff Bridges que toma el cuerpo de un terrestre difunto y se dedica a reconquistar el amor de su viuda, interpretada por la adorable Karen Allen.

Por otro lado, en el extremo opuesto a estos amoríos, encontraríamos a los extraterrestres lujuriosos y agresivos, como podrían ser el protagonista de la pesadillesca cinta británica Xtro (1985) –algo así como el reverso tenebroso de Starman– o las babosas y obscenas criaturas de Inseminoid (1981) y La Galaxia del Terror (1981).

Esta subespecie de agresores de otros mundos daría paso posteriormente a miles de títulos hentai (manga y anime pornográfico) no aptos para todos los estómagos y donde abundan los tentáculos violadores de otros planetas/dimensiones. Entre tanta basura audiovisual destaca por su calidad la célebre cinta Urotsukidoji (1989).

Pero el sexo femenino no siempre ha salido perdiendo en la ciencia-ficción, y en este punto tenemos que recordar a alienígenas con poder sobre el género masculino como la inolvidable y escamosa Diana de la serie V –cuya popularidad fue tan grande que hasta Pepe da Rosa le dedicó una tonada–, la letal Sil de Species (1995), la aguerrida Leeloo de El Quinto Elemento (1997) o la adorable Celeste de Mi novia es una extraterrestre (1988).

En el nuevo siglo, donde el sexismo está muy mal visto –y con razón–, las relaciones amorosas entre terrícolas y seres de otras galaxias se caracteriza por el respeto y la igualdad, e incluso hay una actriz que parece haberse especializado en este tipo de romances: Zoe Saldana. Sus tres metros de estatura y piel azul no impidieron que un marine norteamericano se enamorara perdidamente de ella en Avatar (2009). En la saga Star Trek sabe llevar las riendas en una complicada relación con un vulcano y en Guardianes de la Galaxia puede alternar sin problemas patadas con arrumacos a un humano en el papel de la extraterrestre Gamora.

¿Deberíamos incluir finalmente a Ellen Ripley en este pequeño repaso de relaciones cósmicas? Quizá. Gusten más o menos, las cuatro entregas de la saga Alien han presentado distintos tipos de relación entre la sufrida terrícola y la dañina especie xenomorfa.

En la primera entrega, Ripley sentía miedo por el monstruo. En la segunda, odio. En la tercera, se planteaba un vínculo espiritual casi al estilo Santa Teresa. En la cuarta, Ripley se transformaba en un híbrido con una relación amor-odio por tan extraños seres, que incluía un momento de intimidad orgánica.

Y es que las relaciones amorosas y/o sexuales siempre han sido más complicadas de lo que nos han querido vender los autores de novela rosa (no me hagan hablar de El Huésped de Stephenie Meyer), así que no iba a ser menos cuando la relación en sí implica un cambio de planeta.

Copyright © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

 

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

Es coautor del libro 2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario (Notorius Ediciones, 2018).

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