El eterno retorno de James Bond

Lo más curioso en la historia de la mitomanía de Bond es la reacción que provoca entre sus admiradores más cultos. A los elogios sobre las novelas de Ian Fleming debidos a pesos pesados de la literatura −Graham Greene, T.S. Eliot, Kingsley Amis− hemos de sumar otros halagos de parecido prestigio, que también nos predisponen a favor del bondismo literario y cinematográfico. 

¿Se trata de una simple sintonía de ciertos intelectuales con la cultura pop o de una lectura a dos niveles, en la que la cultura popular sube de categoría? En este sentido, el hijo de Mr. Kingsley, Martin Amis, hablaba de cierto tipo de "buenos libros malos", llenos de placer y apasionamiento. A decir verdad, esa paradoja es aplicable a los libros de Fleming y también funciona en las películas de Bond. De hecho, para amar al personaje con todas las de la ley, nuestro punto de vista debe articularse sin temor al kitsch ni a las fórmulas prefabricadas.

Quien resume los motivos de esta fascinación es Pedro Almodóvar, amante de ese pastiche pop-art que viene a ser Casino Royale (1967), un filme excepcional dentro de la saga de 007.

¿Y qué halla Almodóvar en esta cinta? Sin duda, una acumulación fulgurante y desvergonzada de talento. Veamos: Casino Royale fue dirigida al unísono por John Huston, Ken Hughes, Robert Parrish, Val Guest y Joseph McGrath, y escrita por Ben Hecht, Terry Southern, Billy Wilder y otros más. Al igual que sucedía con las serigrafías de Marilyn o los botes de sopa Campbell’s made in Warhol, la autoría de dicho largometraje es una cuestión a discutir.

Con todo, la película sabe parodiar el mismo engranaje que luego copió Mike Myers en la serie Austin Powers: la peripecia de un agente vocacional, víctima de enredos de los que sabe escapar con violencia, cinismo y dotes seductoras. En realidad, son tantos sus elementos arquetípicos −cosas del déjà vu−, que Bond puede complacer, con similar eficacia, las expectativas más primarias y las más sofisticadas.

La transparencia de este juego demuestra que 007 es uno de los productos comerciales mejor acabados de nuestro tiempo.

BondDaniela Bianchi

Entre los lectores más persistentes de las novelas de Fleming destaca el neoyorquino Albert R. Broccoli, buen amigo de Cary Grant y del magnate Howard Hughes. Detalle importante: Broccoli había analizado el gusto de las masas mientras diseñaba programas de entretenimiento para las tropas durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1960 se asoció con Harry Saltzman, a quien Fleming había vendido los derechos cinematográficos de sus obras, y juntos fundaron Eon Productions, la firma que financió Agente 007 contra el Dr. No (1962).

Su éxito puede cuantificarse en clave económica –los beneficios rozaron los 60 millones de dólares− y también en ámbitos menos fríos, como la moda. Así, de acuerdo con lo previsto por la agencia publicitaria Service et Methodes, se comercializaron numerosos artículos de vestir inspirados en el filme. Por las fechas en que Oriana Fallaci especulaba sobre la moralidad bondiana, el semanario Elle recomendaba a sus lectoras un bikini tan ceñido como el de Ursula Andress.

Muy pronto fue Shirley Eaton, barnizada de oro en James Bond contra Goldfinger (1964), la que se transformó en icono pop.

Preguntado por la ropa del héroe, el modisto Caraceni la definió como propia de un inglés de negocios dudosos, lo suficientemente correcta como para servir de uniforme a cualquier varón de buen gusto. En todo caso, era éste un campo propicio al mimetismo, o al menos, así lo entendió Frank Abagnale Jr., el timador interpretado por Leonardo DiCaprio en Atrápame si puedes (2002), entre cuyos fetiches destacaban unos zapatos Church idénticos a los de 007.

Si bien se mira, el agente vive por y para la aventura, y también sufre por ésta. Pero encuentra compensaciones. Conduce un Aston Martin y bebe desordenadamente: Dom Perignon del 1946 o Martini con vodka y una rodaja de limón.

Sin ningún compromiso en el horizonte, sus triunfos eróticos recuerdan al catálogo que Leporello hace de las amantes de Don Juan. No debe sorprendernos que muchos consumidores aún admitan a Bond como una eficacísima evocación publicitaria. De hecho, esta sensación ‒la de estar viendo al protagonista de un sofisticado spot‒ persiste incluso en la magnífica Casino Royale (2006), de Martin Campbell.

Por qué razón prosperó la franquicia Bond es cosa fácil de explicar. Su promotor, Albert R. Broccoli, negociante de primera, supo aprovechar la simpatía que despertaban las novelas de Fleming y envolvió las sucesivas entregas cinematográficas con el mismo papel de regalo.

Aunque susceptible a los devaneos del márketing, 007 se acomoda a las fantasías de la clase media. Como bien dijo Furio Colombo, el superagente viene a ser el tipo que una compañía de viajes querría perpetuar como cliente. Entiéndase bien: su hazaña más accesible es la del soltero que flirtea en el Château Vaux-le-Vicomte (Operación Trueno, 1965), en la terraza del Hotel Four Seasons de Río (Moonraker, 1979), o frente al Taj Mahal (Octopussy, 1983). Así de simple. Envidiamos a Bond porque es un tipo al que le pagan todos los lujos y sabe aprovecharse de ello.

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Seguramente recuerdan la secuencia de acontecimientos que fue configurando la saga. A la hora de crear literariamente al espía, Fleming se inspiró en figuras reales a las que conoció durante su etapa en la División de Inteligencia Naval. Por ejemplo, Bond conserva ciertas cualidades del hermano del escritor,  Peter, y luce el nombre de un ornitólogo a quien Ian admiraba, James Bond.

El novelista describió al personaje con unos rasgos que mezclaban su propia apariencia con la del cantante Hoagy Carmichael. Se dice que el código 007 oculta otra referencia: es el nombre en clave que usó el matemático y astrólogo isabelino John Dee.

En cuanto a sus habilidades, Bond dispuso de varios modelos reales. Esquía y asume el riesgo como un veterano de la inteligencia naval, Patrick Dalzel-Job, cuyas operaciones de comando eran admirables para Fleming.

Dalzel-Job era fiel a su esposa y poco propenso a la bebida, así que el escritor se fijó en un amigo suyo, el escocés Sir Fitzroy Maclean, un consumidor compulsivo de martinis que protagonizó arriesgadas misiones durante la Segunda Guerra Mundial.

Otro referente fue Forest Yeo-Thomas, cuyas labores de espionaje a lo largo de la contienda fueron tan arriesgadas como las de 007. Yeo-Thomas escapó repetidamente de los nazis y en todas sus operaciones dio muestras de elegancia y arrojo sin límites. De ahí que varias escenas de las novelas y de las películas de la saga reproduzcan anécdotas y situaciones de peligro que él vivió realmente.

Otra inspiración directa proviene de un mando del MI6, Wilfred Dunderdale, un agente sofisticado, aficionado a los trajes de los mejores sastres ingleses, a conducir su Rolls-Royce y a sacar de su pitillera un Morland antes de soltar una frase inteligente.

En todo caso, la cualidad más polémica de Bond es su propensión a coleccionar conquistas. En este aspecto, es idéntico a un doble agente serbio, Dušan "Duško" Popov. En el MI6 lo apodaron "Triciclo" por su afición a los tríos eróticos, pero más allá de esta adicción al sexo, está claro que fue un playboy exitoso, entre cuyas conquistas destaca Simone Simon, la protagonista de La mujer pantera (1942).

Creo que es en sus memorias, Spy, Counterspy (1974), donde Popov recuerda el número de teléfono que más tecleaba en su juventud: el de un tío suyo en Belgrado. ¿Reconocen una coincidencia en dicho número? Se trata del 26-007.

Les dejo otro apunte: Fleming fue testigo de una partida de bacará en la que Popov realizó una jugada muy similar a la que aparece en Casino Royale.

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Cuando hubo que elegir a un actor que encarnase todas esas cualidades en la gran pantalla, el productor Albert "Cubby" Broccoli lo tuvo muy claro: Bond tenía que ser su amigo Cary Grant. Su relación era tan estrecha que Grant había sido su padrino de bodas. Sin embargo, aquel contrato no llegó a firmarse, y el papel cayó en manos de Sean Connery, quien le dio su perfil más perdurable al personaje.

Cuando llegó el primer cambio de ciclo, Broccoli sustituyó al gran Connery por el fugaz George Lazenby (Al servicio secreto de Su Majestad, 1969), quien fue reemplazado de inmediato por Roger Moore, noble y (créanme) fino humorista.

Ese ir y venir de Moore sobre sus propios pasos tuvo interés; más del que se piensa. Pero así es la suerte: los cambios efectuados en el mercado cinematográfico a partir de los ochenta dificultaron la renovación del estereotipo.

Timothy Dalton, un excelente 007, logró que Licencia para matar (1989) recaudase 156,2 millones de dólares, cifra poco estimulante si se tienen en cuenta las expectativas depositadas en dicho largometraje. Fueron los herederos de Broccoli, los hermanastros Michael G. Wilson y Barbara Broccoli, quienes recuperaron a Bond como ejemplo de gusto y costumbres.

De forma oportuna, los espectadores −y los consumidores− confiaron en Pierce Brosnan, de suerte que Goldeneye (1995) recaudó 350,7 millones de dólares y dio lugar a una extensa línea de productos asociados.

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En el siglo XXI, el vigor de la marca 007 volvió a ponerse a prueba. En una soberbia campaña promocional, Sony Pictures dio a entender que Bond seguía vivo como un profesional del peligro. El agente aún resultaba atractivo por unas contradicciones que esta vez encarnó Daniel Craig, protagonista del nuevo Casino Royale (2006), cuyo coste rondó los 72 millones de dólares, financiados al alimón por Metro-Goldwyn-Mayer y Columbia Pictures.

Sin posibilidad de acogerse a un modelo original, la trama de aquella película se ambientaba en áreas turísticas (el Lago Como, las Bahamas, Karlovy Vary, Praga, Venecia), y sus escenarios interiores apelaban al capricho inaccesible (el ático minimalista que habita Judy Dench en el Canary Wharf londinense). Por supuesto, tampoco faltaron esta vez las mujeres hermosas, vestidas de Armani, Brioni o Roberto Cavalli.

Lo nuevo, si se quiere, fue impuesto por la audiencia predominante en esa nueva etapa del personaje: jóvenes que ya habían probado en su Playstation 2 el vídeojuego Desde Rusia con amor (2005), y para quienes los gadgets del viejo Q (el inolvidable Desmond Llewelyn) no eran una broma tecnológica sino un recurso para ascender de nivel y cambiar de pantalla. Espectadores, en fin, que hoy prefieren un relato pródigo en actos violentos y epiléptico en su escalada de tensión.

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Además de todo eso, este Bond de la etapa Craig está planteado con inteligencia. De hecho, el guión de Casino Royale nada tiene que envidiar a los que se hilvanaron durante los años de Connery. Con todo, pese a la admirable desenvoltura de Craig en Skyfall (2012) y en Spectre (2015), algunos añoramos aquella época en que los bondianos disfrutaban de comedias como Octopussy, firmada por ese genial escritor que es George MacDonald Fraser.

Umberto Eco, que considera a Fleming más culto que su personaje, define a este novelista como un resumen de los contrasentidos de la cultura de consumo. Acaso valga lo mismo para el Bond que sucederá al de Craig: resuelto a instalarse en un mercado preadolescente, controlado por los estudios de márketing, y sin embargo, nítidamente adulto y tradicional en su concepción.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Esta es una versión expandida de un reportaje que publiqué en el diario ABC. Reservados todos los derechos.

Imágenes © Eon Productions, Danjaq, LLC, Metro-Goldwyn-Mayer Studios Inc., Columbia Pictures Industries. Logo y otras referencias de James Bond © 1962-2016 Danjaq, LLC y United Artists Corporation. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista The CULT, un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, The CULT sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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