"Kill Bill Vol. 2" (Quentin Tarantino, 2004)

La mayoría de los spaghetti-westerns siguen el modelo de Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964), la película que inauguró el subgénero y que es, a su vez, el remake de una de las mejores cintas de samurais de todos los tiempos, Yojimbo (Akira Kurosawa, 1961).

Según este modelo, también adoptado por gran parte de las producciones clásicas de kung-fu, al comienzo de la película se nos muestra al héroe como un portentoso e invencible pistolero, que fulmina a un buen puñado de malos con habilidad casi sobrehumana y sin inmutarse. Hacia la mitad de la película, el héroe es atrapado y apaleado hasta que escapa como puede o es dado por muerto por los villanos. Por supuesto, en el último acto el protagonista “resucita” para enfrentarse con el malo principal en un duelo de largos preliminares y rápida ejecución, y en el que suele ser más importante la confrontación mental que la meramente física.

Kill Bill sigue esa estructura y, al ser partida en dos por las ansias monetarias de Miramax, se podría decir que el Volumen 1 se queda con la parte festiva (la masacre espectacular y la Uma superpoderosa) y este Volumen 2 se lleva la parte del apaleamiento y el enfrentamiento final.

La espectacularidad del episodio de Tokio, donde La Novia se enfrentaba a los 88 Locos y a O-ren, quizá ha cegado a los que aseguran que en el primer “trozo” de Kill Bill no había más que acción (como si eso fuera poco) y nada de sustancia, olvidando momentos tan extraordinarios como la vuelta a la consciencia de La Novia o el episodio de Hatori Hanzo.

Cierto es que, después de la presentación espectacular, esta parte del metraje que por fin se estrena en la piel de toro da las explicaciones debidas, relatándonos qué fue lo que sucedió realmente en aquella capilla de El Paso y por qué.

No se trata tanto de “dos películas” con enfoques distintos, sino que habiendo visitado géneros como el anime y los films de samuráis en anteriores episodios, el nivel de sangre desciende considerablemente en el volumen dos, más italiano en su tono.

No es cuestión de enumerar todas las influencias/plagios/homenajes de esta película, entre otras cosas porque tampoco sabemos tanto, pero son más o menos obvias las deudas a Leone, a Corbucci e incluso a Fulci (esa tumba), en una película que riza el rizo de la retroalimentación cinéfila. Si los italianos y españoles intentábamos recrear el viejo oeste en Almería, ahora Tarantino recrea los terregosos parajes del desierto de Tabernas en suelo americano.

Ni que decir tiene que el reparto al completo está tan bien que un Oscar sería un insulto, destacando a Uma y David Carradine, quienes protagonizan un último capítulo que, perdonen la grandilocuencia, se coloca inmediatamente en el Olimpo de la Perfección Cinematográfica.

Las escenas de Bill y Beatrix (oops!) diseminadas a lo largo de la película bien pueden codearse con cualquiera del cine clásico en elegancia, inteligencia y precisión. Y no se piensen que sólo hablamos de la forma, que ya es brillante de por sí, sino que, como ya hiciera en Jackie Brown, lo verdaderamente importante es lo que se dice. Porque aquí hay chicha. Disfrazado de un brillante y sangriento ejercicio cinéfilo, lo que encontramos una vez quitada la máscara es la historia de un amor roto y una grave pregunta: ¿Quién es el malo de Kill Bill?

Lo último que La Novia o el público podían esperar del enfrentamiento final con el poderoso Bill era terminar preguntándose quién es realmente la victima. Los actos de Bill nunca son justificados, pero dentro del mundo irreal poblado por asesinos de elite que muestra la película (en la vida real estas actitudes son simplemente inadmisibles), se nos muestra como un tipo lleno de amor por la protagonista, un auténtico padrazo y un ser razonable con un código de honor férreo. Vamos, que siendo un villano, es mejor que muchos héroes.

Como ven, es fácil divagar a la hora de hablar sobre la relación de estos dos personajes, sin duda la mejor escrita, dirigida e interpretada en la carrera de Quentin Tarantino. Y es que no vale de mucho intentar explicar algo que sólo entenderán aquellos a los que les han roto (o reventado, en este caso) el corazón.

Bien, podría seguir hablándoles de lo divertidísimo del episodio que homenajea las viejas películas de los hermanos Shaw, lleno de zooms y excelencias por parte de Gordon Liu, o del test de embarazo más conflictivo de la historia del cine, o de la lucha de rubias al modo de Godzillas caseras, pero me extendería párrafos y párrafos para decir lo que se puede expresar con dos palabras: Puro Gozo.

Sinopsis

Tras haber acabado con O-Ren Ishii y Vernita Green, La Novia (Uma Thurman) se dispone a matar a los tres objetivos restantes de su Lista de la Muerte. Pero las cosas se tornan difíciles cuando Budd (Michael Madsen), el hermano de Bill, se adelanta a La Novia y le tiende una trampa mortal.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

Es coautor del libro 2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario (Notorius Ediciones, 2018).

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