Cine del pasado

Martes tarde. Debo entregar el artículo de los miércoles. No tengo nada y, lo que es peor, no tengo excusa. Vivo en un estado de resaca permanente y eso que no bebo. Lo bueno de escribir sobre cine es que tengo que ver películas. Lo malo es que para hacerlo tengo que ir al cine. Tarea ardua para un sociópata convencido como yo.

Intento convencer a Karen para que vaya ella a la sesión de las cuatro, en el centro comercial de aquí al lado, y luego me lo cuente. Pero no cuela. Así que tira de mí y nos plantamos allí. Hay cola. ¿No dicen que hay crisis de asistencia a las salas?

La taquillera habla por un micro, como en esas cadenas de comida rápida. Extraña analogía. Quizá es que ya consumimos el cine de igual forma.

“¿Qué película quieres ver?” me pregunta Karen. “No sé. Elige tú. La más corta. Y que no tenga tiros, que luego no me dejan dormir.” Parece ser que ponen una que va a arrasar en los Oscars. Eso me hace desconfiar, pero Karen me aclara que no es larga. Buena cosa. Ahora todas las películas duran demasiado. Parecen querer suplir su falta de talento con exceso de minutos.

Esta de hoy parece perfecta para echarse una buena siesta. Pero tiene truco: sólo la ponen en la Sala VIP del multicine. ¿Sala VIP? ¿Qué es eso? ¿Qué sólo puedes entrar mostrando tu carné de amigo de Belén Esteban? No. Es sólo para amantes del cine. Una sala exclusiva. Anchos sillones. Asientos reclinables. Mesita auxiliar. Vamos que te hacen sentir como si estuvieras en el salón de tu casa… Un paraíso para los sentidos de cualquier cinéfilo. Eso sí, el acceso al paraíso cuesta un euro veinte más.

Entramos. Se trata de una sala pequeña con una pantalla muy grande. Y da lo que promete: asientos como los que seguramente llevan los pilotos de un 747. Mesita con soportes para las bebidas. Separación entre butacas como para estirarte hasta el paroxismo, sin que el nazi de dos metros de altura que a menudo me toca en el asiento de delante me quite la visión de un solo trocito de pantalla.

Se apagan las luces. La cosa pinta bien. Pero no hay que confiarse…

A los diez minutos de iniciada la proyección, todavía sigue entrando gente que, como anda de pie (y no a cuatro patas como sería natural en los de su condición) consigue hacer que deje de ver durante unos segundos la parte más importante de la secuencia. ¿Se permitiría esto en un concierto de Barenboim? Me temo que no.

No acaba ahí la cosa. Un tipo de la fila de atrás no deja de ilustrarnos con su sapiencia y nos cuenta, como si estuviera en el salón de su casa, cada cosa que se le pasa por la cabeza. Nada interesante. Y por su edad, me temo que no puedo echarle la culpa a la LOGSE. No sabía yo que esta película venía, como los DVD, con comentarios incorporados.

Me doy cuenta entonces del murmullo existente: un ruido de fondo que se reparte por toda la sala.

Estoy en mis cavilaciones cuando sufro una patada procedente de la persona que se sienta a mi derecha. Me pregunto cómo lo habrá hecho. Estamos a metros de distancia diría yo. ¿Quién se sienta a mi lado? ¿Gasol? Giro mi cabeza y caigo en la cuenta de que es una nórdica enorme. Eso sí, no me pide ni perdón. Esa acción se repetirá tres veces cada vez que decide cruzarse de piernas. La acción será casual pero cualquier árbitro de Primera División habría pitado ya penalty por semejantes entradas al tobillo.

A todo esto, la película viene aderezada con una banda sonora de efectos de sonido habitual en cualquier cine vip o de barrio: palomitas, refrescos, patatas y juraría yo que delante de mi hay alguien comiendo unos nachos con queso cuyo aroma llega hasta mi nariz. ¡El sistema Odorama ha vuelto! Pero deberían adecuar el menú a lo que vemos en pantalla me temo…

De repente, se escucha la música de El Imperio Contrataca. ¿Qué demonios pinta ese tema en una película ambientada en el siglo XX? ¿Error histórico? ¿Plagio descarado? No. Es el chico que está a la izquierda de Karen al que, obviamente, se le ha olvidado apagar el móvil al comenzar la película.

Tras dos largos minutos sonando, esperaba yo que, azorado, lo apagara y se lo metiera nuevamente en el bolsillo pero ¡no! intenta a contarle a su “colega” el argumento de lo que está viendo. Está claro que cualquier espectáculo cuya complejidad supere a un incendio se le hace cuesta arriba. Le miro con cara de odio pero no sabe decodificar ningún gesto que no venga acompañado de un bate de béisbol.

Levanto entonces mi vista por encima de las butacas, mirando hacia atrás, y descubro no menos de diez “luciérnagas tecnológicas” y que deduzco que son iphones y demás instrumentos antes llamados móviles, y que ahora sirven para todo menos para telefonear porque es muy caro… Según me aclara Karen, la gente ahora chatea, whasappea, tuitea, feisbukea… mientras ¿“ve”? la película.

Comprendo entonces que quizá la sala sea VIP… pero que el público no lo es.

El cine se muere. Ojo, no las películas. Se muere la forma de verlo en una sala y en pantalla grande. Rodeado de otros seres humanos con los que compartir una experiencia común. En poco tiempo, los cines se reconvertirán en discotecas, salones de videojuegos virtuales o casas de putas reales (en las que no se pueda fumar ni apenas beber, claro). Su existencia es ya como las de las escupideras o los ordenadores de fósforo verde: una antigualla de otros tiempos.

Quizá los puristas digan que no. Que el verdadero cine siempre tendrá que ser una experiencia compartida…, pero no es verdad.

También comenzó así la música. Sólo se podía acceder a ella de forma más o menos pública, primero en salones de palacio y después en teatros y salas de concierto. Sin embargo, ahora cualquiera lleva a la Filarmónica de Londres sonando en sus orejas gracias a un mp3.

Vale que hay gente rara que va a los conciertos con señores que tocan instrumentos reales y que no hacen play back pero pensemos: ¿cuántos auditorios musicales hay en Madrid? ¿Y en Barcelona? ¿Y en Cuenca…?

Escuchar música ha pasado, hace ya mucho tiempo, a ser una experiencia individual. Puramente personal. Lo mismo le va a ocurrir al cine. Terminará viéndose, mayoritariamente, en el salón de la casa. Y si alguien te da de patadas, será la parienta, la que chatea será tu hija, el que coma los nachos será el peque y si alguien tiene algo que comentar seré yo, para reprobar el volumen de la capacidad amatoria del vecino con su mujer.

Se acercan macro pantallas pegadas en la pared, sonido, no ya 5.1 sino 20.5, cine a la carta para consumirlo como quieras y cuando quieras. ¿Por qué no ver esa misma megapelícula el mismo día del estreno en tu hogar a un precio aún menor que el de taquilla? Te ahorrarías todas esas desventajas del contacto con seres humanos y sus peculiares comportamientos incívicos. Sí, vale, algunos me dirán que el cine siempre puede ofrecer algo más. Por ejemplo el 3D… Lamento informarles de que ese invento tiene siglos: se llama teatro y no creo que su situación sea a día de hoy mucho mejor.

En una época de debates sobre descargas ilegales y piratería en Internet, la única realidad es que se consume más cine que nunca. Vamos hacia una era en la que las películas llegarán desde los estudios de los productores directamente al salón de nuestra casa convertido en sala multimedia en la que podremos ver desde el telediario, a la última de Sasha Grey pasando por Avatar 5. El precio será lo de menos. Ya lo ajustará el mercado y ya lo pagaremos. Pero de igual forma que muchos teatros y salas de conciertos pasaron a ser cines, ahora estos darán paso a una nueva forma de ocio colectivo, inventada o por inventar. Y no habrá salas VIPs que lo salven.

En todas esas reflexiones estaba yo cuando terminó la proyección.

Me quedé clavado en la butaca mientras la gente salía. Ah, ¿que cómo está la película que vimos? Es magnífica, inteligente, divertida, seria… En resumen, una obra de arte. Por eso hay que verla en el cine: para guardarla en nuestra memoria, y un día recordar que ir al cine era una experiencia colectiva, no una suma de individualidades. Una forma de sentir, de reír y de llorar todos a la vez.

Es lo que tienen las buenas películas: que te hacen pensar… aunque sea en otras cosas.

Copyright del artículo © Pedro Luis Barbero. Reservados todos los derechos.

Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero es guionista y director de cine y televisión. Tuno negro (2001), su primera película, se convirtió en el debut más taquillero de esas fechas en el nuestro país, logro que le llevó a no volver a hacer cine en España hasta 2015, año en que rodó El futuro ya no es lo que era.

Para la pequeña pantalla destaca por haber escrito y dirigido el programa Inocente Inocente con el que consiguió el Premio Ondas, así como diversas series como Impares o ¡Viva Luisa! con las que consiguió pagar el alquiler.  Actualmente, como todo el país, está pensando en emigrar… aunque quizá sea más fácil conseguir que sea el país quien emigre de él.

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