La tercera cultura

La tercera cultura Jacques-Yves Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente durante su encuentro en Madrid, en marzo de 1979 © Aulocolor

En su ahora famoso libro Las dos culturas, C.P. Snow expuso claramente que en la Inglaterra de los años 30, los “intelectuales” literarios y los científicos pertenecían a dos grupos polares que ignoraban sus respectivos campos de experiencia. Tres años más tarde, el físico y novelista inglés agregó un ensayo: Las dos culturas. Un segundo vistazo, en el que habló de una nueva cultura, la tercera, que, según él, se encargaría de cerrar la brecha entre literatos y científicos.

Con sus muy honrosas excepciones, esta tercera cultura —en la que se supone los literatos hablan con los científicos— ha brillado por su ausencia. Sin embargo, recientemente apareció un movimiento organizado y llamado La tercera cultura por John Brockman. Tal agrupación está constituida fundamentalmente por científicos que dialogan no con los poetas sino con el público en general. Se trata de un gran acontecimiento, porque la ciencia había estado fuera de los círculos sociales y culturales; el lugar lo había ocupado hasta ahora el arte. Nuestras sociedades lloran cuando un poeta muere, pero no cuando un científico fallece, aunque sea premio Nobel.

La tercera cultura es hija legítima de la ciencia pues surge de su sucedánea, la tecnología. Su relación es tan estrecha que a la tercera cultura podría definírsele también como tecnocultura. Kevin Kelly la llama cultura nerd. A quienes hace algunos años llamábamos peyorativamente nerds, hoy son verdaderos héroes: Bill Gates, dueño de la Microsoft Corporation, es el más visible y rico de ellos.

Según Kelly, la tercera cultura es algo más que una moda o el clímax de la ingeniería; sus logros —dice Brockman— “no son las disputas marginales de una clase de mandarines pendencieros porque afectan la vida de todos los habitantes de nuestro planeta. La tercera cultura está conformada por científicos y otros pensadores que, a través de su trabajo y escritos, están tomando el lugar del intelectual tradicional al hacer visibles los significados más profundos de nuestras vidas, y al redefinir quiénes y cómo somos”.

La ciencia persigue la verdad y el arte la condición humana; la tercera cultura apoya el rigor científico, pero su leitmotiv es la novedad, su esperanza no es la expresión sino la experiencia. El propósito de los miembros de la tercera cultura es crear novedades en ruta hacia la verdad y la experiencia; si los científicos experimentan con la mente y los artistas la contemplan y abstraen, la tercera cultura la produce.

A diferencia de los científicos y artistas, los nerds (entiendo que en castellano se llaman ñoños [particularmente en México; en España, hablaríamos de sabelotodos o bichos raros]) fabrican más que crean, y no elaboran teorías sino herramientas; las respuestas a cualesquiera de sus preguntas tecnológicas son precisamente nuevos artefactos tecnológicos.

El párrafo anterior tiene implícita la idea de que la tercera cultura propone la transformación de la sociedad exclusivamente a través de la tecnología. En muchos casos esto ya es así. Por ejemplo, los comités editoriales de las revistas científicas, las comisiones dictaminadoras de los investigadores y los patrocinadores oficiales de la ciencia la promueven desde hace algún tiempo, toda vez que por encima de los protocolos o artículos conceptuales, favorecen aquellos cuyo principal mérito es, aunque suene tautológico, la tecnología aplicada a la ciencia. Quiérase o no, ello es un signo de nuestro tiempo, puesto que la tecnología ha cambiado y facilitado nuestras vidas: la computadora con la que escribo esto me lo recuerda constantemente.

Según lo anotado, la tecnocultura es otra forma de hacer ciencia, con todo y que haya salido de una de sus costillas. Los científicos, digamos clásicos, transitan de las hipótesis a los experimentos y viceversa; su ciencia progresa cuando uno del gremio corrobora o rechaza (refuta, diría Popper) las hipótesis de otro(s); en este contexto, sus verdades son la mayoría de las veces incompletas o incluso temporales. Las verdades, llamémosles cibernéticas, como un modelo de la atmósfera o de la génesis cerebral de las emociones, son también producto de las hipótesis del ciber-investigador que alimentó su computadora con datos generados por la ciencia clásica. De este modo se obtienen modelos observacionales que en otras circunstancias hubiera sido imposible generar. Tales modelos hipotéticos son, desde luego, susceptibles de comprobación científica. Recuérdese con Claude Bernard, que la observación y el experimento son los dos extremos del método experimental.

La tercera cultura no es un fenómeno estadunidense; ñoños de la computación hay en todo el mundo. Coloque usted a un(a) muchacho(a) de 18 años con conocimientos de biología frente a una computadora ad hoc, y sin duda tendrá la capacidad de diseñar modelos biológicos precisos de casi cualquier sistema, incluso predictivos. La tercera es la cultura de todas las posibilidades. A pesar de emanar de la ciencia, paradójicamente la está transformando como nunca antes, lo que es afortunado pues ambas se alimentan mutua e inexorablemente. Al final, nosotros y nuestro ambiente seremos los beneficiados.

La influencia de la tercera cultura en el arte es un aspecto que aún no ha sido bien explorado, pero la tecnología está transformando la manera como concebimos y percibimos el arte en nuestros días. Sin embargo, me inquieta la siguiente afirmación de Kelly: “para la nueva cultura, un viaje hacia la realidad virtual es más importante que recordar a Proust”. Ojalá que no sea así, pues aunque Marcel Proust sería feliz frente a una computadora con su procesador de textos o viendo un paisaje virtual, si el ser humano —ñoño, científico, poeta o la combinación de los tres— olvida la obra de uno de los escritores más importantes y geniales del siglo XX, estaría privándose de una excelente experiencia estética.

Mal usada y peor comprendida, con toda su grandeza y capacidad transformadora de nuestras sociedades, la tecnocultura tiene también la potencialidad de alejarnos de lo poco que nos queda de humanos.

Referencias bibliográficas

Snow, C.P. 1992. The Two Cultures and a Second Look. Cambridge University Press, New York. Reimpresión. (Snow definió “cultura” desde dos puntos de vista: antropológico, que se refiere a un grupo de personas que viviendo en el mismo entorno, comparten intenciones, motivaciones e intereses y que en las mismas circunstancias responden igual; y el formal, que se refiere al desarrollo armonioso de las cualidades y facultades que caracterizan a nuestra humanidad).

Kelly, K. 1998. “The Third Culture”. Science 279:992.

Brockman, J. 1996. The Third Culture. Disponible Hipervínculo: www. edge.org/3rd culture/index.html

Copyright © Antonio R. Cabral Castañeda. Publicado previamente en la Revista Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México. CC

Imagen superior. Autor: Stefan Krause, Free Art License, CC

Artículo relacionado: The Cult, el desafío de la tercera cultura.

Antonio R. Cabral Castañeda

Departamento de Reumatología, Instituto Nacional en Ciencias Médicas y de la Nutrición Salvador Zubirán, Mexico

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