THE CULT: la revista de la tercera cultura http://thecult.es Mon, 22 May 2017 15:37:09 +0000 Joomla! - Open Source Content Management es-es La vida más antigua http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/la-vida-mas-antigua.html http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/la-vida-mas-antigua.html La vida más antigua

¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? Éste es el tipo de preguntas filosóficas que hacen que muchos científicos –y no científicos– se burlen del trabajo de los filósofos.

Pero recordemos que las ciencias surgieron, históricamente, a partir de las reflexiones filosóficas, y usan el mismo tipo de pensamiento racional, basado en la lógica y el examen crítico y colectivo de las ideas. Las ciencias naturales restringieron su campo de estudio a aquello que forma parte del universo físico, y utilizan como evidencia válida sólo aquello que puede comprobarse de manera objetiva (o al menos, lo menos subjetiva posible), y dejaron los temas metafísicos y el razonamiento puro, no basado en evidencia física, a los filósofos. Pero muchas preguntas que hoy son abordadas –y en muchos casos respondidas– por las ciencias naturales, son en realidad preguntas filosóficas.

El origen de la vida es una de ellas. Y aunque sigue siendo una pregunta sin respuesta definitiva, los avances que se han hecho para contestarla, basados en la química, a partir de las propuestas originales del ruso Aleksandr Oparin y el inglés J. B. S. Haldane en los años 20, han sido tremendos. Hoy sabemos cada vez con mayor certeza que hay un camino posible, el cual cada vez conocemos mejor, que puede llevar, dadas las condiciones adecuadas, de la materia inanimada a la vida microscópica. (Por su parte, la teoría darwiniana de la evolución explica ya muy adecuadamente cómo la vida microscópica puede dar lugar, a su vez, a vida multicelular e incluso a vida inteligente y consciente.)

Pero, ¿qué tan difícil, o qué tan probable, es que la vida aparezca, por estos procesos de “síntesis abiótica”, en un planeta que presente las condiciones necesarias? En otras palabras, ¿es la vida en la Tierra un fenómeno raro, incluso quizá único, en el cosmos, o es al contrario algo que ocurre fácilmente? La respuesta a esta pregunta nos contestaría asimismo otra antigua cuestión filosófica: ¿estamos solos en el universo?

En 1961 el radioastrónomo estadounidense Frank Drake propuso una ecuación que permitía estimar el número de posibles planetas habitados (e incluso el de planetas con civilizaciones tecnológicamente avanzadas). Para ello, tomaba en cuenta, entre otras cosas, el número de estrellas en el cosmos, y la probabilidad de que existieran otros planetas girando alrededor de algunas de ellas (en esa época no se conocía ninguno, aunque desde el siglo XVI el filósofo italiano Giordano Bruno había propuesto la existencia de otros mundos habitados, idea que lo llevó a ser quemado en la hoguera de la Inquisición). Drake tomaba también en cuenta la probabilidad de que un planeta fuera sólido y del tamaño adecuado, y que estuviera en la “zona de Ricitos de Oro”, ni tan cerca ni tan lejos de la estrella como para ser tan caliente o frío que no pudiera contener agua líquida (que hasta donde sabemos, es indispensable para el surgimiento de la vida). Y, por supuesto, la pregunta que nos ocupa: la probabilidad de que, en un planeta así, la vida efectivamente aparezca.

A lo largo de los más de 50 años que han pasado desde que Drake propuso su ecuación, los astrofísicos y astrobiólogos han ido acumulando datos cada vez más certeros para calcular tales probabilidades. Hoy sabemos que hay abundancia de estrellas con planetas, muchos de los cuales tienen condiciones similares a las de la Tierra (el pasado 22 de Febrero, la NASA anunció el descubrimiento de siete de estos planetas alrededor de la estrella Trappist-1, situada a 40 años luz de nosotros).

¿Qué tan fácil es, entonces, que la vida surja en un planeta propicio? Una manera de estimarlo es averiguar cuánto tardó en aparecer en nuestro planeta. Actualmente se calcula, con base en métodos que toman en cuenta la abundancia relativa de distintos isótopos radiactivos, que la edad de la Tierra es de unos 4 mil 500 millones de años. Y, hasta hace poco, los fósiles más antiguos conocidos –microfósiles, en realidad, pues corresponden a microorganismos unicelulares, que fueron los primeros organismos existentes– tenían unos 3 mil 500 millones de años. La vida, entonces, parecería haber surgido de manera relativamente rápida: la Tierra habría albergado vida durante tres cuartas partes de su existencia.

Pero el 2 de marzo de 2017 un grupo multinacional de investigadores (británicos, noruegos, australianos, estadounidenses y canadienses), encabezados por Crispin Little, de la Universidad de Leeds, en Inglaterra, publicó en la prestigiada revista Nature evidencia sólida de vida microbiana en rocas con una antigüedad de al menos 3 mil 700, y quizá hasta 4 mil 280, millones de años.

El problema de detectar microfósiles tan antiguos es enorme, pues la corteza terrestre está en constante cambio y muchas de las rocas que la forman no son “originales” (rocas ígneas, formadas a partir de lava solidificada), sino que han pasado por distintos procesos de “reciclado” (son rocas metamórficas). Pero los investigadores examinaron algunas de las rocas ígneas más antiguas que existen, que se hallan en el llamado cinturón de rocas verdes de Nuvvuagittuq, en Quebec, Canadá.

Lo que hallaron, mediante análisis microscópicos, geológicos y químicos increíblemente detallados, son diminutas estructuras en forma de tubo similares a las producidas por bacterias actuales que oxidan hierro y que viven en las ventilas hidrotermales del fondo del mar, sitios donde se piensa que pudo surgir la vida.

El hallazo de Nuvvuagittuq, si se confirma, adelanta sensiblemente la aparición de la vida en la Tierra, que podría haber aparecido cuando sólo había transcurrido el primer 5% de la historia terrestre. Cada vez parece más probable la hipótesis de que, dadas las condiciones necesarias, la vida emerge de manera casi automática.

En consecuencia, la probabilidad hallar vida en otros mundos como los hallados alrededor de Trappist-1, al menos en forma de microorganismos, aumenta conforme más investigamos. Lo más probable es que no estemos solos.

La ciencia, en su avance, va contestando antiguas preguntas filosóficas. Afortunadamente, siempre habrá muchas más que investigar, como las de qué deberemos hacer cuando confirmemos que existe vida en otros mundos, y si tenemos derecho a colonizarlos.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) EcoCult: Ecodiversidad y Cultura Ambiental Mon, 13 Mar 2017 20:39:53 +0000
La inteligencia de los virus http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/la-inteligencia-de-los-virus.html http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/la-inteligencia-de-los-virus.html La inteligencia de los virus

Cuando pensamos en virus, la mayoría de nosotros tendemos a imaginarlos simplemente como “bichos” microscópicos que nos enferman.

Si recordamos nuestras clases de biología, quizá tengamos una visión un poco más precisa: a diferencia de las bacterias que también causan diversas infecciones, y que son organismos formados por una sola célula y sensibles a los antibióticos, los virus no son células, y ni siquiera son considerados seres vivos, sino paquetes de información genética (ácidos nucleicos) encerrados en cápsulas de proteínas que necesitan entrar a una célula para poder reproducirse (y no son afectados por los antibióticos, por lo que tomarlos cuando se padece catarro o gripe es inútil).

Aunque tanto bacterias como virus existen en la naturaleza como parte de ecosistemas complejos, donde cumplen distintas funciones –sin los millones de bacterias que viven en nuestro intestino no podríamos sobrevivir, por ejemplo–, ciertamente la meta única de los virus pareciera ser reproducirse a cualquier costo. Incluso al de matar a los organismos que los hospedan. Son verdaderos parásitos moleculares.

Sin embargo, una especie de virus que fuera terriblemente eficaz para infectar y matar a todas las células que parasita rápidamente desaparecería de la faz de la biósfera. Los virus son extremadamente específicos: normalmente sólo infectan a una especie, o a unas pocas especies relacionadas. Si matan a todos los ejemplares de éstas, cometerían suicidio, pues no tendrían manera de seguirse reproduciendo.

Probablemente debido a eso, la evolución se ha encargado de dotarlos de un mecanismo para evitar este auto-genocidio: la lisogenia. Descubierta originalmente en los virus que infectan a bacterias (los llamados “bacteriófagos” o, simplemente, fagos), la lisogenia es una ruta alternativa en el ciclo de vida viral. Normalmente, el virus entra en la bacteria, gracias a que ciertas proteínas de la cubierta del virus son reconocidas por receptores en la membrana de la bacteria, lo que les permite actuar como una llave que entra un su cerradura para abrir las puertas de la célula.

A continuación se apodera de su mecanismo de reproducción y fabrica miles o millones de copias de sí mismo, hasta hacer estallar a la bacteria para liberar a su progenie y comenzar de nuevo el ciclo. En cambio, los virus lisogénicos pueden decidir integrar su material genético en el de la bacteria y quedar ahí dormidos, latentes. Hasta que alguna señal los haga despertar de nuevo.

El mecanismo de lisogenia sirve así como un control ecológico y evolutivo para evitar que los virus exterminen a sus células huésped. Muchos virus que infectan a todo tipo de organismos (como protozoarios, hongos, plantas o animales) cuentan también con mecanismos para integrarse a su material genético y permanecer latentes, aunque son bastante más complejos que la lisogenia de los bacteriófagos. Hace dos semanas hablábamos aquí, por ejemplo, de cómo el VIH permanece latente en el núcleo de las células de las personas infectadas, obligándolas a tomar de por vida sus tratamientos antirretrovirales.

Sin embargo, los mecanismos específicos que hacen que un virus elija la ruta agresiva (o “lisis”) o bien prefiera permanecer agazapado para atacar más tarde (lisogenia) todavía no son bien conocidos.

Pues bien: el 26 de enero de 2017 la revista científica Nature publicó los resultados de un estudio de dos años y medio realizado por un equipo de 12 científicos israelíes encabezados por Rotem Sorek, del Instituto Weizmann, donde revelan por primera vez la existencia de un mecanismo de comunicación que permite a los virus llamados phi3T, que infectan a la bacteria Bacillus subtilis, decidir si optan por la vía de la lisis (destruir las células) o la lisogenia (permanecer ocultos).

El sistema, que el equipo de Sorek denominó “arbitrium” (palabra latina que significa “decisión”) es relativamente sencillo: cuando los virus infectan a sus víctimas bacterianas, liberan una pequeña molécula de proteína formada por sólo seis aminoácidos (técnicamente, un “péptido”). Si demasiadas bacterias están siendo destruidas por los virus, la proteína arbitrium se acumula en el medio circundante, y cuando los virus la detectan, dejan de producir la lisis para entrar en lisogenia. Así, la población de bacterias, en vez de ser diezmada hasta desaparecer, puede sobrevivir para volver a reproducirse… hasta que los virus detecten que ya no hay proteína arbitrium y vuelvan a activarse.

Este mecanismo (que en realidad es un poco más complejo: involucra otras dos proteínas, una que actúa como detector de la proteína arbitrium dentro de las células infectadas, y otra que controla la activación de los genes que producen la lisogenia) es semejante al llamado “detección de quórum” (quorum sensing), que se presenta en muchas bacterias y que les permite saber cuándo hay una población suficiente de sus congéneres como para cooperar y producir ciertas proteínas que les permitan, por ejemplo, colonizar cierto territorio formando biofilmes (un caso conocido es la placa dental, pero también ocurre en muchos ecosistemas). Si no hay bacterias suficientes, intentar la cooperación es un desperdicio. Y como las bacterias no tienen ojos ni oídos, y mucho menos cerebro, el mecanismo de identificación de moléculas liberadas al ambiente, que es la base de la detección de quórum, les permite actuar “inteligentemente”, incluso sin tener inteligencia en el sentido humano.

¿Puede decirse que los virus también actúan inteligentemente al comunicarse entre sí para “decidir” si entran o no en fase lisogénica? La respuesta es más un problema semántico que científico. Pero, como dicen Sorek y sus colegas, que consideran su descubrimiento como un avance importante, si hallamos mecanismos similares al de arbitrium en otras especies de virus, incluso los que infectan al ser humano (Sorek y los suyos ya detectaron sistemas similares en otros 100 virus que infectan a Bacillus), podríamos aprender a interferir con ellos y controlarlos. Se podría así lograr que estos virus dormidos jamás despertaran.

La inteligencia no es sólo una facultad humana. Es una variedad de estrategias, en distintos niveles de complejidad, que en el fondo tiene una única finalidad: favorecer la supervivencia. Los virus nos están demostrando que son más inteligentes de lo que pensábamos. Quizá nuestra inteligencia humana nos permita aprovechar este descubrimiento para nuestro beneficio.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) La ciencia y sus alrededores Mon, 06 Mar 2017 21:32:12 +0000
La imposible actualidad de la divulgación científica http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/la-imposible-actualidad-de-la-divulgacion-cientifica.html http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/la-imposible-actualidad-de-la-divulgacion-cientifica.html La imposible actualidad de la divulgación científica

Una de las obligaciones del divulgador científico es estar actualizado. Sin embargo, hoy que la ciencia adelanta que es una barbaridad, tal pretensión se torna punto menos que imposible. Incluso cuando los divulgadores logramos estar al día en cuanto a los avances más recientes, un artículo publicado en una revista, periódico o (peor aún) libro quedan rebasados en cuestión de días, cuando se publica en los journals especializados el último detalle sobre el tema.

Quizás el problema es que estamos errando el objetivo. Tal vez no se trata de estar actualizado a ultranza: no tendría sentido, por ejemplo, publicar actualizaciones semanales sobre un mismo tema sólo para poder presumir de que nuestra información siempre está al día (si ese fuera el objetivo, el medio más adecuado para hacerlo sería una página en internet, renovada constantemente).

Generalmente lo que busca la divulgación científica es dar un panorama general; explicar los principios básicos. Abundan los ejemplos de textos que logran esto, y por ello siguen siendo útiles aún cuando hayan perdido algo de su actualidad original.

Eso sí: cuando ocurre un nuevo descubrimiento que es verdaderamente revolucionario –un auténtico cambio de paradigma– habrá que publicar un nuevo artículo o una nueva edición del libro, donde el autor dirá: «Lo que dije antes ha dejado de ser válido: hoy sabemos que las cosas son así y asado”. Pero fuera de estos casos excepcionales, es raro que la mera falta de actualidad sea motivo suficiente para rechazar o desechar un buen texto de divulgación.

Para el periodismo científico, en cambio, el argumento anterior no resulta muy convincente: para el periodista, la actualidad en un valor esencial. Pero aún así, cuando un tema está “caliente” y avanza a paso rápido, hay que pensárselo dos veces antes de publicar durante tres semanas seguidas desmentidos y «nuevos descubrimientos» sobre un mismo tema. El riesgo es cansar, confundir y desilusionar al público (“¿es que estos científicos no pueden ponerse de acuerdo, no pueden decidirse de una vez por todas?”, podría preguntarse el lector).

Así como el divulgador no puede tener el mismo nivel de precisión que un investigador científico, tampoco tiene caso que pretenda estar siempre absolutamente actualizado (aunque sí razonablemente al día). Antes que eso, debe aspirar a que su mensaje sitúe al lector, le aclare el panorama y despierte su interés. No se necesita mucho más.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en "No divulgarás", columna trimestral del autor en el boletín "El muégano divulgador". Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) La ciencia y sus alrededores Tue, 14 Feb 2017 19:08:03 +0000
La tensión esencial http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/la-tension-esencial.html http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/la-tension-esencial.html La tensión esencial

Rigor científico, por un lado, y amenidad e interés para el lector, por el otro. He ahí los dos escollos que, como Escila y Caribdis, acechan al divulgador científico.

Pero para no utilizar imágenes trilladas, "exapto", utilizando el término creado por Stephen Jay Gould, el título del famoso ensayo de Thomas Kuhn, para expresar este reto, quizá principal al que se enfrenta el divulgador científico.

En efecto: el conocimiento científico, a pesar de estar disponible en bibliotecas públicas y en internet, está efectivamente fuera del alcance del ciudadano medio. La ciencia se expresa, en su forma original, en un lenguaje especializado que sólo pueden entender los expertos. En el caso de las ciencias físicas, este lenguaje puede ser el de las matemáticas, con todo lo que ello implica en términos de preparación antes de ser capaz de entenderlo. Pero incluso en las ciencias menos matematizadas, como las biológicas, la terminología técnica se constituye en una barrera infranqueable para todo profano.

Es tarea del divulgador, pues, “traducir” (en el sentido creativo de volcar a otro lenguaje) la ciencia para que pueda ser asequible. Y, como toda traducción verdadera, esta labor tiene que ser una recreación: así como el traductor de un poema tiene que escribir otro poema en un idioma distinto, el divulgador tiene que crear un nuevo mensaje en el lenguaje natural de su público.

Al traducir un poema, algo siempre se pierde; pero algo, una esencia, tiene necesariamente que conservarse. De otro modo, se habrá traicionado la obra original. Lo mismo sucede con la divulgación, y es aquí donde encontramos la tensión mencionada en el título. ¿Hasta dónde tiene el divulgador derecho a transformar el mensaje, a usar su creatividad para convertirlo en algo no sólo comprensible, sino atractivo para el lector, sin por ello traicionar el rigor científico de la versión original?

Pues sucede que, necesariamente, cuanto más riguroso y cercano a esa ciencia en versión original sea un producto de divulgación, difícil será acceder a él; más contexto previo necesitará un lector para poder comprenderlo. Quien no lo tenga ‒como sucede con la mayoría del público lego, sobre todo el que aún no está interesado en la ciencia, que constituye la mayoría‒ se enfrentará a un mensaje árido en incomprensible y, frustrado, se alejará de él.

Pero por otro lado, cuanto más ameno sea el producto de divulgación, cuanto más creatividad e ingenio haya empleado el divulgador para transformarlo, más alejado estará de su versión canónica, y más riesgo tendrá de contener errores o inexactitudes. De traicionar el espíritu del poema original.

Rigor y amenidad: he ahí los dos extremos en los que debemos cuidarnos de caer. Encontrar el justo medio es parte del arte del divulgador.

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Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en "No divulgarás", columna trimestral del autor en el boletín "El muégano divulgador". Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) La ciencia y sus alrededores Tue, 14 Feb 2017 19:02:44 +0000
La divulgación está en el ojo que la lee http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/la-divulgacion-esta-en-el-ojo-que-la-lee.html http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/la-divulgacion-esta-en-el-ojo-que-la-lee.html La divulgación está en el ojo que la lee

¿Qué es arte y qué no? ¿Cómo distinguir una obra de arte de algo que no lo es? Los posibles criterios son innumerables, y todos dejan algo qué desear.

Quizá, cuando mucho y en un sentido muy laxo, puede proponerse que “arte” es aquello capaz de provocar una experiencia de tipo estético en el espectador. (Queda entonces el problema de si se debe considerar arte a una puesta de sol... ¿puede haber arte “natural”, sin necesidad de haber sido creado con intenciones “artísticas”? Los objects trouvés de Duchamp parecen ser prueba de que sí: es el contexto, y sobre todo la experiencia que un objeto en ese contexto provoque en el espectador lo que le puede conferir la calidad de “arte” a un mingitorio.)

El problema de distinguir la divulgación científica de otras cosas (enseñanza, diversión, propaganda comercial o gubernamental) es semejante. A los divulgadores nos gusta suponer que es nuestra intención de comunicar la ciencia a un público voluntario y no especialista lo que le confiere su carácter divulgativo a nuestros productos. Pero es posible que el público no los perciba así.

A despecho del emisor de un mensaje, es el receptor quien lo decodifica, quien lo interpreta en sentidos que a veces difieren o contravienen directamente las intenciones originales con las que fue emitido. (Una visita a un museo puede llegar a parecer, tristemente, una clase.)

Es por eso que hay quien se lanza desesperadamente a “investigar” las maneras de lograr la menor distorsión y la mayor eficacia posible en los mensajes de divulgación. Idea que no sobra; sobre ello quizá pudieran enseñarnos más publicistas y mercadólogos que los propios pedagogos.

Pero la realidad del lector activo que “crea” (inevitablemente) su propia lectura tiene otra consecuencia: algo creado sin intención divulgativa puede ser leído con ese talante. Ejemplo obvio es una novela de ciencia ficción, pero también una conversación, la reparación de un artefacto, un paseo por el campo e incluso una clase pueden, si se abordan como la oportunidad de conocer o entender algo por gusto y no por obligación, convertirse en una excelente experiencia de divulgación. La oportunidad de acercarse a la ciencia puede saltar en cualquier lado para el espectador atento.

Quizá la obsesión por controlar cómo se reciben nuestros mensajes nos roba la oportunidad de explorar libremente la diversidad de lecturas sorpresivas que puede lograr el público. Un público que, finalmente, no está sujeto a nuestros deseos.

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Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en "No divulgarás", columna trimestral del autor en el boletín "El muégano divulgador". Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) La ciencia y sus alrededores Tue, 14 Feb 2017 18:59:29 +0000
El contrato educativo http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/el-contrato-educativo.html http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/el-contrato-educativo.html El contrato educativo

Es sabido que uno de los problemas de la divulgación científica ‒y de muchas disciplinas jóvenes‒ es que no cuenta con una definición única y universalmente aceptada.

Uno de los puntos más debatidos es la relación entre divulgación y enseñanza (prefiero esta palabra, más concisa, que “educación”, con sus múltiples significados).

Aunque puede justificarse una divulgación científica de objetivo pedagógico, que busque enseñar (producir un conocimiento perdurable en su público), creo que el espíritu de lo que generalmente se entiende como “divulgación” es ajeno a esta idea.

La razón es sencilla: la enseñanza –y su producto, el aprendizaje– son resultado de un proceso complejo que no sólo involucra la generación y recepción de mensajes, sino también su asimilación para integrarse en la estructura conceptual del receptor. Sólo así puede lograrse que el conocimiento adquirido, además de perdurable, sea significativo (y no memorístico). En cualquier caso ‒incluso en el memorístico‒, el aprendizaje requiere de un trabajo intelectual relativamente arduo por parte del receptor/alumno, sin el cual no se produce.

Un proceso de comunicación de contenidos científicos puede también buscar otros objetivos menos ambiciosos que el aprendizaje propiamente dicho. Se puede conseguir, por ejemplo, interesar al receptor en el tema del que se está hablando, e incluso se puede lograr que se comprendan los conceptos sin que necesariamente se los asimile permanentemente.

Estos procesos pueden potenciarse secuencialmente unos a otros: aprender algo resulta más sencillo si primero se ha comprendido, y la comprensión se facilita mucho si existe un interés previo.

Pero, a diferencia de la enseñanza, la divulgación científica no cuenta con lo que llamo un contrato educativo: el compromiso que el alumno adquiere de seguir las indicaciones del profesor y someterse a una evaluación para verificar que el aprendizaje haya tenido lugar. Aunque la enseñanza pueda ser más eficiente si resulta interesante, el contrato educativo asegura que, aun si no lo es, el alumno tiene la responsabilidad de comprender y aprender, so pena de recibir una evaluación reprobatoria.

El trabajo del divulgador, en cambio, al no contar con un contrato similar, tiene por necesidad que resultar interesante (si no, simplemente no hay comunicación). Y puede aspirar a lograr la comprensión en su receptor. Pero buscar el aprendizaje es pedir demasiado a una forma de comunicación que por definición es voluntaria.

Pedirle a la divulgación más de lo que puede dar es una de las más frecuentes causas de su fracaso. Se enseña en la escuela; la divulgación científica está para otra cosa.

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Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en "No divulgarás", columna trimestral del autor en el boletín "El muégano divulgador". Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) La ciencia y sus alrededores Tue, 14 Feb 2017 18:56:29 +0000
De la cápsula de ciencia a "Scientific American": las variedades del acto divulgativo http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/de-la-capsula-de-ciencia-a-scientific-american-las-variedades-del-acto-divulgativo.html http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/de-la-capsula-de-ciencia-a-scientific-american-las-variedades-del-acto-divulgativo.html De la cápsula de ciencia a

A riesgo de sobresimplificar, puede afirmarse que cuando la mayoría de los investigadores científicos –con honrosas excepciones– se refieren a la divulgación, lo hacen pensando en uno de dos modelos extremos: la cápsula tipo “un minuto de ciencia”, y el artículo amplio y detallado estilo Scientific American.

Las primeras proporcionan información escueta y concreta, precisa pero (necesariamente, debido a las limitaciones de espacio) descontextualizada, y muchas veces poco atractiva, pues suelen concebirse a partir del interés del científico, no del público.

Esta divulgación mínima tiene la virtud de informar, pero rara vez puede llegar a explicar, y menos profundizar en el cómo, el por qué, la historia, el contexto sociocultural y otros ángulos que podrían atraer al lector o radioescucha y enriquecer su experiencia.

Por su parte, el artículo extenso y profundo, riguroso y muy documentado, con frecuencia resulta complejo, y es adecuado sólo para un público que tenga interés previo por la ciencia y una formación de nivel universitario.

Quienes nos dedicamos de tiempo completo a la divulgación sabemos que la gama de posibilidades es mucho más amplia. Que entre la cápsula mínima y el artículo semi-especializado existen múltiples niveles en los que, además de incluir información más o menos detallada y rigurosa, pueden explotarse los variados recursos disponibles para el divulgador: símiles y metáforas; lenguaje humorístico, literario o poético; referencias y relaciones con otros ámbitos (arte, cultura, política, deportes, espectáculos, historia… los límites son la imaginación y creatividad del divulgador).

Los divulgadores sabemos también que muchas veces lo más importante no son los hechos y datos científicos precisos –y mucho menos las fórmulas o gráficas–, sino los procesos, las ideas, los métodos por el que se ha llegado a obtener el conocimiento científico y los argumentos que nos hacen confiar en él.

Mientras el investigador suele concentrarse en el conocimiento, el divulgador abarca, además, a los científicos como individuos y como comunidad; su labor, que produce dicho conocimiento, y su contexto, que puede abarcar la totalidad de la cultura en que está inmerso. Un mismo tema puede abordarse así desde los ángulos más diversos, con diferentes niveles de profundidad y dirigiéndose a públicos muy variados.

Pero la diversidad de posibilidades de la divulgación hecha por divulgadores (es decir, por especialistas en divulgación) no sólo es lineal: se extiende también en otras dimensiones. Se puede entonces ir más allá de los mensajes destinados simplemente a transmitir información, para llegar a los actos creativos que buscan compartir experiencias de tipo estético, emocional, ético, cultural… humano. La novela, el cuento, el poema, la obra de teatro, la instalación, la música… las posibilidades para compartir la ciencia son ilimitadas, y en muchas de ellas los contenidos conceptuales pasan a segundo o tercer plano, sino que por ello se deje de estar, indudablemente, divulgando la ciencia.

El acto divulgativo va mucho más allá de la transmisión de conocimiento. Entender esto es quizá una de las características que distinguen al divulgador de oficio.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en "No divulgarás", columna trimestral del autor en el boletín "El muégano divulgador". Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) La ciencia y sus alrededores Sat, 04 Feb 2017 18:50:20 +0000
Las plumas del dinosaurio http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/las-plumas-del-dinosaurio.html http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/las-plumas-del-dinosaurio.html Las plumas del dinosaurio

Si lee usted periódicos o blogs, ve o escucha noticieros, o está conectado a las redes sociales, seguramente ya se enteró del hallazgo, dentro de una pieza de ámbar procedente de las minas (sí: el ámbar se extrae de minas) del estado de Kachin, en Myanmar (o Birmania), de un fragmento de cola de dinosaurio maravillosamente bien preservado, que tiene la característica de presentar plumas.

Ofrece así la primera oportunidad de estudiar, con un nivel de detalle nunca antes alcanzado, las plumas de estos animales y de entender más a fondo su evolución.

Tradicionalmente, desde Aristóteles, los biólogos han clasificado a los reptiles, aves y mamíferos porque presentan, respectivamente, escamas, plumas o pelo. Y les gusta pensar que los seres vivos estamos todos relacionados evolutivamente: descendemos de ancestros comunes. Ya desde los tiempos de Darwin se descubrió un “eslabón perdido” que relacionaba a las aves con los dinosaurios: el fósil de Archaeopteryx, que parecía evidentemente una pequeña ave con plumas, pero que tenía dientes, garras en las alas y una cola con vértebras.

A lo largo de los años, y sobre todo en las últimas décadas, se ha descubierto más y más evidencia de que muchos dinosaurios, que tradicionalmente se representaban cubiertos de una piel escamosa (todavía los vemos así en Parque jurásico) tenían también distintos tipos de plumas, quizá de colores vistosos. De hecho, hoy se considera que muy probablemente los dinosaurios presentaban también sangre caliente y otras características que los relacionan muy cercanamente con las aves; las aves modernas son, en cierto sentido, dinosaurios que sobrevivieron a la extinción de casi todos sus primos cercanos.

Aunque inicialmente se pensaba que las plumas de organismos como Archaeopteryx servían, si no para volar, sí para facilitarles grandes saltos o planear, fue quedando claro, por la presencia de plumas en fósiles de dinosaurios grandes y pesados, que básicamente caminaban o corrían, que probablemente las plumas cumplían otras funciones. Hoy se debate si pudieron servir para correr más rápido, conservar el calor o como señales que ahuyentaran enemigos o atrajeran a parejas sexuales.

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Imagen superior: reconstrucción de un celurosaurio (Chung-tat Cheung/ Yi Liu).

Las plumas son estructuras fascinantes. En las aves modernas existen en distintas formas, que van desde simples filamentos, pasando por el plumón de los polluelos, que consiste en múltiples fibras que surgen desordenadamente del cálamo o cañón (la base de la pluma, que se usaba antiguamente para escribir), hasta las plumas comunes. Éstas están formadas por una varilla central, llamada raquis, de la que surgen filamentos (barbas). Cada barba tiene bárbulas, y éstas tienen ganchillos que pueden engancharse en las bárbulas contiguas. Así, la pluma puede formar una estructura rígida que permite el vuelo, pero también es flexible, pues los ganchillos pueden desengancharse y reengancharse con facilidad. (Además, las plumas de las alas, que sirven para el vuelo, tienen una estructura asimétrica, aerodinámica, distinta de las plumas que cubren otras partes del cuerpo.)

Pelos, plumas y escamas tienen un origen evolutivo común. Todos están formados básicamente por el mismo tipo de proteína, la queratina. Y los folículos, tanto los pilosos que forman los pelos como los plumosos que generan las plumas, se originan en estructuras embrionarias llamadas placodas: engrosamientos de la piel con células especializadas.

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Imagen superior: "Zhenyuanlong suni", un dinosaurio con plumas descubierto en China. Esta criatura vivió hace 125 millones de años, en el Cretácico Medio (Imagen: SINC, CC).

En junio de 2016 comentábamos aquí cómo se había descubierto evidencia definitiva de que también las escamas de los reptiles surgen a partir de placodas, con lo que queda clara la relación evolutiva entre los tres grupos. En los reptiles, las placodas generan un crecimiento plano de queratina, que forma la escama. En aves y mamíferos, el crecimiento es en forma cilíndrica, y en las plumas adquiere ramificaciones complejas. Hoy se están comprendiendo los fascinantes mecanismos moleculares que permiten que, durante el desarrollo embrionario, surjan estructuras tan distintas y complejas a partir de un mismo origen.

Pero, ¿qué tan temprano surgieron las plumas en los reptiles (dinosaurios)? ¿Qué tan compleja era su estructura? La evidencia fósil tradicional hacía difícil determinarlo, porque normalmente los especímenes están aplastados y tienen apariencia bidimensional. El fósil de Birmania, de unos 99 millones de años, permite observar la estructura tridimensional, exquisitamente detallada, de las plumas de un fragmento de ocho vértebras de la cola de un pequeño dinosaurio (del tamaño de un gorrión), incluyendo las barbas y bárbulas. (Curiosamente, el vendedor que lo ofrecía en un mercado creía que se trataba de un resto de planta.)

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Imagen superior: barbas y bárbulas de las plumas del fósil de Birmania.

El estudio, dado a conocer el 8 de diciembre de 2016 y publicado en la revista Current biology por el equipo encabezado por los investigadores Lida Xing, de la Universidad China de Geociencias, y Ryan McKellar, de la Universidad de Regina, en Canadá, llegó a varias conclusiones. Una es que el pequeño dinosaurio, probablemente del grupo de los celurosaurios, no podía volar. Los restos de pigmento indican que su plumaje, si el de todo el cuerpo era igual al de la cola, quizá era café en la parte superior y blancuzco en la inferior. Pero lo más importante, al menos los estudiosos de la evolución, es que probablemente en el desarrollo de las plumas primero aparecieron barbas con bárbulas (como las del plumón) que luego se fusionaron para dar origen a la raquis rígida que da estructura a las plumas, y no inversamente (primero raquis con barbas desnudas que luego desarrollaron bárbulas).

Seguramente se desatará una fiebre de búsqueda de restos fósiles preservados en ámbar. Quién sabe qué sorpresas nos pueda ofrecer esta nueva fuente de información sobre los seres vivos que nos antecedieron en el planeta. Eso sí: la muestra no contiene ADN. El sueño de recrear dinosaurios como los de Parque jurásico sigue siendo ciencia ficción. 

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) EcoCult: Ecodiversidad y Cultura Ambiental Fri, 23 Dec 2016 13:19:31 +0000
Una historia escamosa http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/una-historia-escamosa.html http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/una-historia-escamosa.html Una historia escamosa

El trabajo de los científicos es muy similar al de los detectives de las novelas o la televisión. Decirlo es un lugar común, pero no deja de ser cierto.

Una noticia que circuló a mediados de 2016 en diarios y redes es un magnífico ejemplo. Un investigador en Suiza acababa de resolver un viejo enigma: ¿en qué se parecen –evolutivamente hablando– las escamas, las plumas y el pelo?

Para entender por qué es una pregunta interesante, hay que recordar que ya desde tiempos de Aristóteles, hace más de dos mil 300 años, se usaban las características físicas de los seres vivos para clasificarlos, y por tanto entenderlos. Los reptiles tienen escamas; las aves, plumas. El pelo, por su parte, es exclusivo de los mamíferos, como nosotros: de hecho, es su “característica definitoria”.

Para un moderno biólogo evolutivo, sin embargo, no basta con describir y clasificar a los seres vivos: quiere además conocer su historia, de dónde vienen y qué relación tienen con los demás seres vivos. Los biólogos evolutivos son los historiadores de la biología.

Pues bien: gracias a estudios embriológicos, anatómicos y genéticos se sabe que tanto el pelo como las plumas se comienzan a formar durante el desarrollo de los embriones de aves y mamíferos a partir de pequeños puntitos conocidos como placodas: ligeros engrosamientos de la piel que posteriormente darán origen a los folículos plumosos (sí: así se llaman) o pilosos. Pero jamás se habían detectado estas placodas en reptiles. De modo que, a pesar de que pelos y plumas están hechos de la misma proteína –queratina– y de otras similitudes, se pensaba habían evolucionado independientemente de las escamas, cada uno por su lado.

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Michel Milinkovitch, de la Universidad de Ginebra, en Suiza, no estudiaba la relación evolutiva entre pelo, plumas y escamas. Más bien, trataba de entender los factores bioquímicos y genéticos que controlan la formación de escamas en reptiles. Como modelo usaba al llamado “dragón barbado”, del que se han logrado obtener mutantes que nacen sin escamas. Al analizar la causa de esto, halló que se debía a una alteración de un gen específico, llamado EDA (ectodisplasina A).

Con sorpresa, al consultar las bases de datos, halló que EDA ya era conocido por ser un gen indispensable para la formación de las placodas que dan origen a las plumas en aves y al pelo en mamíferos. ¡El mismo gen!

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Imagen superior: placodas en mamíferos, reptiles y aves (UNIGE, Tzika, Nicholas Di-Poï, Michael C. Milinkovitch).

Siguiendo esta pista, Milinkovitch logró descubrir que, pese a jamás haberse observado, también en los embriones de reptiles (cocodrilos del Nilo, dragones barbados y serpientes del maíz) se formaban placodas, y que éstas daban origen a las escamas. El problema es que se forman y desaparecen en cuestión de horas, y en sitios irregulares: para observarlas hay que buscar en el lugar y el momento exactos.

Así, un estudio embriológico acabó resolviendo un enigma evolutivo.

Indiscutiblemente, reptiles, aves y mamíferos comparten un antepasado común cuyos embriones tenían placodas. Y quizá el hallazgo, publicado el 24 de junio de 2016  en la revista Science Advances, tenga aplicaciones médicas: el gen EDA está implicado en ciertas alteraciones de la piel humana como la enfermedad llamada displasia ectodérmica hipohidrótica, que provoca falta de pelo y vello y anormalidades en las glándulas sudoríparas, dientes y uñas.

Los científicos son como detectives. Solo que muchas veces no hallan lo que estaban buscando, sino otras cosas inesperadas y quizá más interesantes.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) EcoCult: Ecodiversidad y Cultura Ambiental Thu, 23 Jun 2016 13:16:45 +0000
La planta transparente http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/la-planta-transparente.html http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/la-planta-transparente.html La planta transparente

A veces los científicos, pero también los escritores de ciencia ficción, se hacen preguntas extrañas. Por ejemplo, "¿podría evolucionar una planta transparente?"

Para el escritor, tal pregunta muy bien puede dar pie a un relato fantástico. Para el científico, a un proyecto de investigación. Pero, a fin de que no quede en simple ocurrencia, ambos estarían obligados a hacer más preguntas. ¿Cómo sería dicha planta? ¿Podría sobrevivir? ¿Sería una verdadera planta?

Las plantas, como es bien sabido, son organismos autótrofos: producen su propio alimento, no necesitan obtenerlo de otros seres vivos. En particular, lo producen usando la energía luminosa del Sol por medio de la fotosíntesis, proceso bioquímico que usa dicha energía para, a partir del oxígeno y el dióxido de carbono del aire, elaborar moléculas de carbohidratos.

La gran mayoría de las plantas captan la energía solar gracias a moléculas de pigmento verde, la clorofila, que se hallan en sus tejidos, especialmente en las hojas. La clorofila es verde porque, de la gama de colores que contiene la luz blanca del Sol, absorbe casi todos excepto el verde, que es reflejado y le imparte así su color.

¿Qué ocurriría con una planta transparente? Ser transparente implica no absorber ni reflejar ningún tipo de luz visible: ésta pasaría a través de la planta. Por tanto, ésta no podría absorber la energía que requiere para hacer fotosíntesis. Entonces, ¿cómo podría sobrevivir?

Una opción sería que hubiera desarrollado otra forma de producir sus alimentos. Los organismos quimiótrofos, como muchas bacterias, son capaces de hacerlo: obtienen energía a partir de reacciones químicas de óxido-reducción de compuestos inorgánicos (los organismos heterótrofos, en cambio, oxidamos sustancias orgánicas: los alimentos). Otra opción sería que la planta fuera heterótrofa, como los hongos (que parecen plantas, pero no lo son) y viviera, como éstos, de los restos orgánicos que se hallan en el suelo.

Pero tradicionalmente la definición de "planta" ha consistido en organismos autótrofos que producen su alimento mediante fotosíntesis. ¿Podría nuestra planta transparente, que tendría que ser quimiosintética o heterótrofa, considerarse todavía una verdadera planta?

Se trata de un problema más bien filosófico, pero también evolutivo. La planta transparente sería descendiente indudable de un linaje de vegetales. Pero al mismo tiempo, su evolución la habría llevado a ser algo distinto, ya no propiamente vegetal.

Un escritor podría explorar las ramificaciones posibles de un ser como éste, y desarrollar alguna historia fascinante. Un científico podría, a partir de una pregunta que pareciera absurda, llegar a entender mejor a los seres vivos, y quizá explorar nuevos territorios.

En ambos casos, el punto de partida es el mismo: la unión de curiosidad, imaginación y rigor científico.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) EcoCult: Ecodiversidad y Cultura Ambiental Tue, 29 Nov 2016 22:33:37 +0000