Carmen Pinedo Herrero

Carmen Pinedo Herrero

Doctora en Historia del arte y licenciada en Historia moderna, investigadora y escritora. He impartido clases de Patrimonio cultural, he sido comisaria de exposiciones y he catalogado fondos museísticos, pero el terreno en el que me siento más a gusto es el de la investigación y la escritura. Los temas que más me atraen son los relacionados con los espectáculos precinematográficos, la escenografía teatral, la historia de las mentalidades y las relaciones entre arte, técnica y sociedad.

He publicado artículos en diversas revistas especializadas, capítulos de catálogos de exposiciones y los libros La ventana mágica: la escenografía teatral en Valencia durante la primera mitad del Ochocientos (2001), Cuatro artistas de Meliana. Una generación (2001), La enseñanza de las bellas artes en Valencia y su repercusión social (2003), El viaje de ilusión: un camino hacia el cine. Espectáculos en Valencia durante la primera mitad del siglo XIX (2004) y El profesor que trajo las gallinas a la escuela: Antonio Cortina Farinós (1841-1890) (2007).

Durante los últimos años he realizado investigaciones sobre la industria artesana aplicada a la arquitectura; sobre las noticias relativas a arte y artistas publicadas en la prensa histórica y sobre diversas metodologías aplicadas a la escritura autobiográfica y biográfica.

En la actualidad prosigo con las investigaciones sobre escenografía y espectáculos precinematográficos, preparo una serie de libros sobre fuentes documentales del arte y escribo un libro sobre arquitectura y terror, de próxima publicación en Punto de Vista Editores. 

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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Del mismo modo que los templos se construyen para confinar a los dioses  y evitar que anden desperdigados por el mundo –imaginad qué molesto sería, y qué inconveniente–, podemos aventurar que el marco encierra la pintura para que esta no se derrame e inunde la realidad, o eso que llamamos realidad, con la otra realidad representada en lo que, sea cual sea su soporte, el marco convierte en “cuadro”. En realidad, son otros y diversos los motivos que justifican la existencia del marco, pero permitidme la licencia de incluir este entre ellos.

Xavier de Maistre nos habla, en su Viaje alrededor de mi habitación (1794), de los placeres de viajar sin moverse del sillón. Si el sillón no satisface plenamente nuestra holgazanería, siempre podemos recurrir a la cama. Desde la suya viaja incesante e imaginariamente en tren Edgardo, uno de los personajes de Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela. Es, también, lo que hace el pequeño Nemo a través de sus sueños.

Para construir una ciudad, lo primero que hay que hacer es soñarla.

Dos y dos son… ¡un conejo blanco!

Suelen gustarme las novelas protagonizadas por ilusionistas y matemáticos. Entiendo que me atraigan los ilusionistas: lo que no alcanzo a comprender es lo de los matemáticos. Claro que lo entenderían aún menos los profesores de matemáticas que, en su día, tuvieron que padecerme como alumna.

En realidad, ni el conde de Montecristo ni el toro que aparece en el título de este artículo anduvieron correteando por el túnel bajo el Támesis, pero espero que me permitáis la licencia, ya que, si no por el túnel, por lo menos sí que vagarán por las líneas que siguen.

La fealdad del marciano

A los marcianos se les pinta feos y cabezones. No se entiende cómo no protestan por haber sido representados hasta la saciedad con ojos saltones, rostros cadavéricos de tintes verdosos y unos rasgos que varían entre los del insecto y el reptil. Eso, sin mencionar el abusivo título de “marciano” que alegremente se impone a los hipotéticos habitantes de cualquier planeta distinto a la Tierra.

No te muevas, no respires

En esta ocasión, nos vamos al cine. 
Ya en sus orígenes, este hubo de beber en las fuentes del teatro, de la pintura, de todo tipo de documentos gráficos y de los espectáculos visuales que lo acompañaron y, en algunos casos, precedieron. Menospreciado en aquellos primeros tiempos como un entretenimiento “vulgar”, no es extraño que se produjesen intentos de “dignificarlo” a través de las referencias artísticas. Un ejemplo muy claro es el que ofrecen las películas realizadas por Ferdinand Zecca para la compañía Pathé.

El arte de envenenar

No está bien envenenar a la gente  De hecho, está muy mal. Ya nos lo advirtió Thomas de Quincey en su Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, refiriéndose no al envenenamiento en concreto, actividad que desdeña y deplora como novedad abominable importada, sin duda, de Italia, sino al asesinato, en general. “Si uno empieza por permitirse un asesinato –escribe De Quincey–, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”. Imperdonable. “La ruina de muchos –nos advierte– comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento”. Así que nada de asesinar, ni con veneno, ni soga, ni arma blanca, ni de fuego, porque ya se sabe: se empieza por una tontería así y se acaba faltando a la buena educación.

Un público difícil

¿Alguna vez os habéis lamentado, en el cine, a causa de la actitud molesta de algunos espectadores? Si así es, no os falta razón, pero no consideréis que este es un fenómeno nuevo o que se limita al público cinematográfico. ¿Cómo se comportaban, por ejemplo, las personas que asistían a la ópera y el teatro en el pasado? Echemos un vistazo a la prensa, para descubrirlo.

A los doce años tuvo la suerte de mirar por un telescopio. Alguien le llevó al observatorio de Lick, en San José, desde donde pudo contemplar Saturno. Quedó tan impresionado por lo que vio que los dibujos y pinturas que venía realizando desde que tenía cinco años se llenaron, a partir de ese momento, de estrellas y planetas. Esas obras primeras desaparecieron cuando el fuego siguió al gran terremoto de San Francisco, en 1906. De la mano de Chesley habrían de nacer muchos más mundos, ciudades, edificios y universos.

Sarah Bernhardt subió al cielo en 1878. La acompañaban su amante en esas fechas, Georges Clairin, una silla, una cesta con la merienda y un aeronauta profesional. La silla –una silla sencilla, con asiento de paja‒ nos relata la historia del viaje en globo de la celebrada actriz en un texto titulado Dans les nuages: Impressions d'une chaise.

Los mundos subterráneos

La gruta, lugar sagrado en la antigüedad clásica, considerado como morada de las divinidades subterráneas e infernales, así como lugar de nacimiento de algunos dioses, accede en la Edad Media al ámbito teatral y al de la jardinería, tan vinculados entre sí.

El espectáculo de la violencia

La guerra, las revoluciones y sus protagonistas ocupan un destacado papel en los espectáculos ópticos, los gabinetes de figuras de cera y las tablas teatrales.

¿Tiene usted el cuerpo de moda?

Dedicado a Caty León, que quiere escribir sobre moda