Turandot, la princesa hechizada

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Al mirar hacia atrás en el largo proceso literario que Turandot protagoniza, uno puede preguntarse: ¿cuándo sonaron por vez primera sus acertijos? ¿En qué momento esta amazona insolente se incorporó a la memoria popular?

No parece claro, pero los folcloristas y los historiadores de la literatura no terminarán nunca de contarlo. En todo caso, hay muchos motivos escondidos que pueden reconocerse en la ópera de Puccini.

Tampoco sería exagerado decir que su libreto es la entrada por la cual llega a nuestros días la acuñación definitiva de un viejo mito. Gracias a la música, el círculo simbólico se agranda, y mientras el sueño persiste, garantiza una provisional continuidad a un panteón edificado con la fuerza germinal de los mejores cuentos de hadas.

Tras un telón de posibilidades, parece como si Puccini aún pudiera completar el tercer acto de su ópera. ¿Melancolía? Algo hay de ello, pero la carta está jugada con doble intención. En esta fábula, el punto decisivo siempre radica en el pasado. Por eso buscaremos a Turandot contrariando la superstición de las fechas, acudiendo a los desagües de un tronco remoto y común. En este pasaje, más que en ningún otro, el dato histórico deja entrever un fondo misterioso, y nos fuerza a tantear un material de por sí resbaladizo, sobre el que casi todo está por demostrar.

Conocemos, por lo pronto, el desenlace… Nuestra princesa china llega a la vida de Puccini gracias a Renato Simoni, crítico teatral de Il Corriere della Sera y editor de la revista literaria Lettura. Simoni pone ante los ojos del maestro una comedia de Carlo Gozzi, Turandotte (1762). Discuten el material en torno a 1920, y sale a relucir la traducción italiana que elaboró Andrea Maffei de Turandot, Prinzessin von China (1802), la adaptación alemana de Schiller. Por esas fechas, el libreto ya circula por dos vías paralelas: la imaginación de Puccini y el trabajo de escritura de Simoni y Giuseppe Adami. Para el curioso hay un par de referencias operísticas previas (Carl Maria von Weber, 1809; Ferrucio Busoni, 1917), si bien menos relevantes.

El mundo de Gozzi demanda una lectura moderna. Puccini, no lo olvidemos, conoce la escala poética que recorre Strauss. Cuando escribe a su editor el 25 de junio de 1922, el compositor anuncia que el libreto está completado. O casi.

Lo cierto es que el realismo también se impone con un fogonazo en la psicología de esta Turandot, que salta del rebuscamiento hermético a una interpretación humanísima y carnal de su destino. La princesa del cuento se desvanece en el tercer acto, y en su lugar, hallamos una mujer que elige la fe del amor y el compromiso. No es imprescindible describir la tarea de Franco Alfano, porque, en lo que se refiere al contenido narrativo, la leyenda disponía de un claro final.

¿Cómo encontrar sus claves? Bien fácil. Explorando las fuentes de las que se valen Puccini y sus colaboradores. Por lo cual, es preferible echar antes un rápido vistazo al cuento tal y como lo dispuso el operista.

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC