Tosca en el cine

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Tosca pertenece a esa afortunada variedad de óperas que no han dejado de inspirar a los cineastas. No sólo son numerosas las adaptaciones: también son frecuentes las películas que, de una forma menos evidente, recurren a esta obra inmortal como referencia creativa.

Al revisar la vida cinematográfica de Floria Tosca, lo más provechoso es plantear como referencia la caracterización de Sarah Bernhardt el 24 de noviembre de 1887, en el Théâtre de la Porte Saint-Martin.

Un obstáculo relativo para fijar esa convención es la escasez de registros filmados, a pesar de que el estereotipo apela a lo tradicional, y eso logra poner en claro los gestos y realces que la Divina dejó en herencia. Capaz de concitar la mirada del universo, Bernhardt coquetea con el exceso, y aún más.

No casualmente, su actitud es usual entre los primeros actores cinematográficos, sobre todo entre quienes participan en la sociedad Le Film d'Art, fundada por los hermanos Laffitte con el propósito de trasponer al cine las convenciones y efectos del teatro. El conductor de la empresa, Charles Le Bargy, piensa en la Bernhardt a la hora de adaptar la pieza de Sardou, pero ella, lejos de mostrar entusiasmo, se permite despreciar "esas ridículas pantomimas fotografiadas".

Convincente gestor, Le Bargy pone a disposición de la diosa aún más dinero, probando así la única tentación con resultados fiables.

Por fin, en 1908 André Calmettes da la primera vuelta de manivela de su Tosca.

Junto a Bernhardt, completan el reparto Lucien Guitry, Édouard de Max y Paul Mounet, astuta combinación que, por derroche de talentos, ha de fascinar al público. En las principales escenas, la actriz se mide con De Max, y no es difícil adivinar la desmesura de ambos en la interrogante que anota Jean Cocteau: "¿Qué relación podían tener con las conveniencias, el tacto o la mesura, estos príncipes de lo que no debe hacerse, estos tigres que se lamen y bostezan delante de todo el mundo, estas fuerzas del artificio con esa fuerza de la naturaleza que es el público?". Ante el inesperado fracaso de la cinta, la diva exige ver destruido el negativo, aunque no nos engañemos: volverá a participar en proyectos de Le Film d'Art. Tiempo después, su representante americano, William E. Connor, recibe la siguiente nota: "He conquistado un nuevo mundo, el del teatro fotografiado. Nunca pensé, mi querido William, que pudiera estar en una película, pero ahora que lleno dos bobinas de fotografías, mi inmortalidad depende de estos registros".

Tenemos, pues, un molde para reacuñar la heroína de Sardou, asignándole el recuerdo de Bernhardt. O, por mejor decir, un mito beneficiado desde antigua fecha por el creciente negocio del cinematógrafo. En tal medida, que ya en 1908 Viggo Larsen rueda una Tosca danesa, un año antes de que Le Bargy repita el modelo con Cécile Sorel como Floria.

Hacia 1911 estrena Theo Frenkel su adaptación, un cortometraje producido por la compañía inglesa Natural Colour Kinematograph, y en 1915 llega a las pantallas The Chalice of Sorrow (1915), del dublinés Rex Ingram, una singular Tosca de ambiente mexicano donde intervienen Blanche White (Isabel Clifford) y Wedgwood Nowell (Francisco de Sarpina).

Mientras tanto, la falsilla de la Bernhardt desencadena en Italia el apogeo del divismo (1910-1920), fenómeno que definirá el star-system local. En ese contexto, Charles Pathé crea una filial de Le Film D'Art que recibe el nombre de Film d'Arte Italiano y cuya baza popular son dos actrices, Francesca Bertini y Maria Jacobini. Aparte de contar con ambas figuras, es notorio que varias de sus heroínas son hermanas consanguíneas de Tosca.

El napolitano Giuseppe De Liguoro, especialista en filmes de guardarropía, dirige La Tosca en 1916, pero no logra tanto éxito como el remake protagonizado en 1918 por Francesca Bertini. Mucho más costosa, esta última película es obra de dos cineastas, Alfredo De Antoni y Edward José.

Otra variante del personaje se debe a la sofisticada Lyda Borelli, mórbida heroína en Carnavalesca (Carnevalesca, 1917), de Amleto Palermi. No se trata esta vez de una adaptación del melodrama de Sardou, pero las resonancias del tema y, sobre todo, el modo en que concuerdan ciertas escenas, delatan una estirpe común. (Lo mismo sucede, salvando las distancias, con el personaje de Greta Garbo en The Mysterious Lady (1928), de Fred Niblo).

En 1922 la actriz británica protagoniza el cortometraje La Tosca, rodado por H.B. Parkinson para la compañía Master Films, que lo incluye en la obra colectiva Tense Moments with Great Authors, una miscelánea de piezas literarias firmada por varios cineastas. Pocos años después, se estrena la nueva versión inglesa de Tosca, aunque en este caso es mejor hablar de experimento fugitivo, pues el filme lleva por título Phototone Reels Nº 4 (1928), y es un ensayo de cine sonoro donde los autores, John Harlow y James Sloane, se las ven con varios fragmentos de la ópera de Puccini.

 

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC

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