Diálogo con Daniel Barenboim

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El acopio de sabiduría y de autoridad no es una ventaja en este tiempo poblado de fantasmas culturales. Antes al contrario. Casi es una convención periodística desconfiar de los maestros veteranos y optar por los defensores del pensamiento débil. De ahí que me parezcan tan sugerentes y tan provocativas las palabras de Daniel Barenboim.

Caballero grave, de intensa vida intelectual, Barenboim ha dado su tiempo a la música y en ella persiste como uno de los grandes maestros del piano y de la dirección orquestal. Por fortuna, los melómanos saben bien no sólo lo que es Barenboim, sino lo que representa en ese difícil cometido que es la búsqueda de la paz en Oriente Medio.

Es la una y media de la tarde. Los focos iluminan el magnífico Salón Institucional del Palacio de Cibeles, donde el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, presenta el concierto que la West-Eastern Orchestra ofrecerá esta misma noche en la Plaza Mayor.

Complacido por la cortesía del Alcalde (otro melómano de gusto impecable), Barenboim agradece sus elogios con elegancia natural. No muestra prisa ni tensión. Irradia confianza, y por ello, no necesita pretextos para mostrarse ocasionalmente audaz o severo.

Con un entusiasmo creciente, el maestro describe los objetivos de la Fundación Barenboim-Said, respaldada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, y detalla lo mucho que para él significa la West-Eastern Divan, la orquesta con la que, dentro de unas horas, nos seducirá interpretando el primer acto de La Valkiria y la Sinfonía concertante en Si bemol de Haydn.

La educación y otros desafíos

La educación musical como elemento orgánico de la cultura: he ahí la clave de su discurso. Dando un paso más allá, ésta es también la clave de la West-Eastern Divan, cuyo carácter se vuelve aún más necesario a medida que se conocen sus triunfos.

Dicha formación orquestal recibe su nombre de una antología de poemas de Goethe. Sus fundadores, allá por 1999, fueron Barenboim y el pensador de origen palestino Edward Said, cuya viuda, Maryam, también se encuentra hoy entre nosotros. Integrada por jóvenes músicos israelíes, palestinos, libaneses, sirios, jordanos, egipcios y españoles, la orquesta capta un deseo generalizado y fundamental: la comprensión entre árabes e israelíes.

Desde que en 2003 la orquesta mostró su arte por vez primera a un auditorio musulmán –sucedió en la hermosa ciudad de Rabat, en Marruecos–, Barenboim no ha cejado en su empeño de convertir a la West-Eastern Divan en una embajada permanente de la convivencia.

En todo caso, y pese a esa altura de miras que hoy se impone, los periodistas, en especial los aficionados a la música clásica, escuchamos a Barenboim instalados en el recuerdo. Es más: mientras llega el turno de preguntas, resulta imposible olvidar que nuestro interlocutor es el pianista a quien hemos admirado interpretando las sonatas de Mozart y Beethoven, o el director que, desde el atril, ha recorrido con soberanía un repertorio que va desde Bruckner hasta Mahler.

Música sin fronteras

Cuando llega el momento de dirigirme al maestro, recuerdo el valor simbólico de ciertas veladas. En 1951, por ejemplo, el Festival de Bayreuth retomó sus actividades con Wilhelm Furtwängler dirigiendo la Novena sinfonía de Beethoven. Lo cual no fue un asunto menor en la Alemania de posguerra, y me lleva a imaginar una situación similar en un Jerusalén pacífico. ¿Qué pieza elegiría Barenboim para celebrar ese momento tan esperado?

“Ese día –me responde– desearía que hubiese un compositor con la inteligencia y el talento suficientes para escribir algo especial. Prefiero eso a buscar símbolos del pasado”.

Hace un par de años, Barenboim estrenó en Berlín una ópera de Ferruccio Busoni, Doktor Faust. Hoy, la figura de ese artífice y visionario le sirve para resumir su contribución al pensamiento musical, indispensable para entender los propósitos de la West-Eastern Divan.

“El gran músico, compositor y pianista italiano Busoni –explica Barenboim– dijo una frase que me parece muy importante… Dijo: La música está a la vez fuera y dentro del mundo. Esto ¿qué quiere decir?... Quiere decir que la música nos sirve para olvidarnos del mundo, pero también para entenderlo. La música no es una torre de marfil donde quepan sólo unos pocos entusiastas. La música está unida física, visceralmente al cuerpo humano. No hay que olvidarse que la música funciona a través de algo que ningún ser humano puede controlar: el oído. Si a mí no me gusta el aspecto de alguien, cierro los ojos y no lo veo. Pero si a mí no me gusta la voz de quien me está hablando, no puedo cerrar el oído”.

En consecuencia, la realidad de este hecho biológico se aprecia a nivel psicológico. “El pundo de partida de la música –nos dice Barenboim– es, simplemente, una penetración física. De ahí que despierte tantas pasiones. El mismo Wagner esperaba que la gente que escuchara una buena ejecución del Tristan se volviera loca… También nuestro proyecto se basa en esa misma idea. En el hecho de que la música penetra físicamente en el cuerpo y nos hace pensar… Tenemos aquí unos magníficos solistas. Por magnífico que sea cada uno de ellos, tienen que tocar poniendo el máximo interés, alcanzando un máximo de intensidad, pero al mismo tiempo, tienen que estar pendientes de lo que está tocando el otro… ¡Qué lección ésta para los políticos!… Tener que escuchar lo que está diciendo el otro… Ése es, realmente, el sentido de nuestro proyecto. No es un proyecto para cubrir o matizar las diferencias, sino para despertar la curiosidad. Para luchar contra la ignorancia. Para llegar, en el mejor de los casos, a respetar la legitimidad de la opinión del otro”.

Malentendidos

Muy recientemente, Barenboim comentaba a la prensa destacada en Sevilla detalles sobre el concierto de la Orquesta West-Eastern Divan anunciado para el 6 de agosto en el Teatro de la Maestranza. Durante aquel encuentro se filtró un malentendido que aún le molesta.

“El otro día –nos dice–, en la rueda de prensa de Sevilla, yo expliqué todo eso… Y dije también que no habíamos conseguido el objetivo principal de la orquesta, que es justamente actuar en todos los países representados en esta orquesta. Esto es, en las capitales Beirut, Damasco, Amán, El Cairo, Ramala, Tel Aviv, Teherán y Estambul. Hasta ahora hemos actuado solamente en Estambul y Ramala…”.

(Aquel concierto de agosto de 2005 en el Palacio de la Cultura en Ramala incluía en su programa la Quinta Sinfonía de Beethoven y la Sinfonia Concertante K297b de Mozart).

“El haber actuado sólo en esos dos lugares –continúa el maestro, con un gesto de indignación– fue interpretado como si yo hubiera dicho que el proyecto había sido un fracaso. Y eso lo quiero aclarar formalmente hoy, porque es lo más alejado de la verdad…. Lo que he dicho es que no hemos conseguido ese objetivo. Y he dicho que ésta no es una orquesta para la paz, en el sentido de que nos vamos a amar, pase lo que pase. Esto lo quiero dejar bien claro… A lo largo de nueve años, hemos hecho una labor, tanto desde el punto de vista musical como humano, con resultados muy evidentes. Cuando pienso que hace nueve años la mayoría de los miembros de la orquesta no había oído a una orquesta en vivo, y que ocho años después pudimos tocar en Madrid una obra tan difícil como las Variaciones para orquesta de Arnold Schoenberg… Bien, yo creo que esto habla de por sí”.

“Muchos de los miembros de la orquesta –dice Barenboim– siguen viviendo año tras año. Y lo hacen a pesar de las dificultades, a pesar de las discusiones, a pesar de que suceden cosas horribles en sus países. Lo hacen porque creen en el mensaje. Un mensaje que fue dicho claramente por Edward Said: esta es una orquesta para luchar contra la ignorancia, para abrir las mentes”.

La tragedia de Oriente Medio

Llegado a este punto, Daniel Barenboim reflexiona sobre una cuestión que nos sitúa en el centro del huracán. “¿Por qué no se resuelve el conflicto israelo-palestino? –se pregunta– ¿Por qué?... Porque lo que falta no son solamente las grandes personalidades que se levanten en uno u otro sitio… Falta, por encima de todo, un espacio mental que podamos compartir. Antes de discutir dónde se pone la frontera, tiene que haber un espacio mental en el que podamos situarnos… Este conflicto no tiene solución militar. El destino de los pueblos es estar unidos. Por lo tanto, tenemos que aprender a conocer al otro. Y de una forma u otra, debemos aprender a vivir con el otro. Los políticos deben llegar a acuerdos, pero a nosotros nos corresponde crear el espacio mental para que los políticos, a lo mejor, también un día lleguen a la misma conclusión, y y no que se pasen días, semanas y meses viajando por el mundo, haciendo declaraciones que no sirven para nada”.

Al músico argentino-israelí tampoco le agradan ciertos lugares comunes que se han impuesto en las secciones que los medios dedican a la política internacional.

“A mí me preocupan muchísimo –dice– el problema de la guerra de Irak y las relaciones entre Estados Unidos e Irak. Me interesa mucho lo que está sucediendo con Irán. Pero nuestro conflicto no tiene nada que ver con eso. Y yo no quiero que sea parte de eso. Porque cuanto más se amplía el escenario, se vuelve parte de una cosa que no tiene nada que ver, y pasa a convertirse en una gran confusión… Nuestro conflicto no es político, por gas, por agua o por fronteras, Ese tipo de conflictos se resuelven bien por vía diplomática, bien por vía militar. Este es un conflicto humano. Son dos pueblos que están profundamente convencidos de que tienen el derecho de vivir sobre la misma tierra. Y eso no se resuelve diplomáticamente ni militarmente. Eso se resuelve encontrando el espacio mental que permita que uno acepte lo del otro… Y por eso agradezco a Alberto Ruiz-Gallardón que siga invitándonos a Madrid, y nos dé la posibilidad de expresar todo lo que acabo de decir ahora”.

La polémica en torno a Wagner

A lo largo del encuentro, sale a relucir un episodio conocido. El 7 de julio de 2001, Daniel Barenboim participó en el Festival de Israel junto a la Staatskapelle de Berlín. El programa inicial, anunciado al público de Jerusalén, incluía la música de un autor que es un tabú explicable para muchos israelíes: Richard Wagner.

“El Festival de Israel –cuenta el director– me pidió que hiciera un concierto Wagner, para el cual tenía que venir nuestro querido Plácido Domingo. Yo dije que sí y luego hubo presiones políticas que llevaron al Festival de Israel a pedirme que cambiara el programa. En ese momento, yo no quise crear una situación de conflicto. No quería privar al público de Jerusalén de escuchar a la Staatskapelle de Berlín, que es una orquesta, como sabéis, magnífica, muy respetada y amada en Israel… Veníamos de Madrid. Fuimos de Madrid a Tel Aviv, y en Madrid habíamos tocado el Tristan e Isolda, y entonces… tocamos el concierto como estaba planeado. El programa previsto. La Cuarta sinfonía de Schumann y la Consagración de la Primavera de Stravinsky… Después, como dirían los italiamos, molto impegnativo… todavía tocamos un bis, el Vals de las flores de Chaikovski”.

“Después de todo eso –añade–, y como no hay que olvidarse que la mayor parte de la audiencia había comprado entradas para los conciertos Wagner, me permití entablar un diálogo con el público para decir qué haríamos a continuación. Nosotros teníamos la partitura del ‘Preludio y muerte por amor’, de Tristán e Isolda, puesto que veníamos de Madrid. Dije a la audiencia que el concierto ya había terminado. Y como decía, ahí empezó un diálogo de 45 minutos. Diálogo que mantuve con mucha gente del público hasta un punto en que pensé: pobres músicos de la Staatskapelle, que no se están enterando de nada de lo que aquí se está hablando en hebreo… Pero al final, de las tres mil personas que había en la sala salieron sesenta, setenta, menos de cien. Y luego hubo gritos afuera, sí, pero duraron un minuto, dos minutos… Luego se calmó. Al final, tuvimos un éxito rotundo, y yo pensé, inocentemente, que habíamos hecho algo positivo. Porque al fin y al cabo, ¿qué es lo que sucedió? Los que quisieron escuchar a Wagner lo escucharon, y los que no, había terminado el concierto y se habían marchado. Pero al día siguiente, vino la polémica”.

Ni que decir tiene que el asunto salto a los titulares. Más de un político se acercó airadamente a los micrófonos y Barenboim quedó inmerso en la controversia.

“Sé que no hay que hacer a los medios responsables de ciertas cosas –añade–, porque también nos gusta leer sobre nosotros en la prensa. Pero lo cierto es que este evento Wagner fue una reacción de la política israelí y de los medios de comunicación. Y desde entonces, estamos marcados por todo ello… Wagner, para mí, es un grandísimo compositor. Uno de los más grandes de la Historia. Sobre el problema de Wagner en Israel ya se ha hablado tanto que no merece la pena seguir discutiendo ahora. Los hechos hablan por sí solos”.

En su siguiente reflexión sobre el tema, Barenboim nos recuerda el concierto inaugural de la Orquesta Filarmónica de Israel. Tuvo lugar en Tel Aviv, el 26 de diciembre de 1936, y la formación se llamaba por aquellos días –“irónicamente”, comenta– Orquesta de Palestina.

“Con Toscanini como director –dice–, tocaron Wagner en Tel Aviv en el año 1936. En el año 1938 sucedió en Alemania esa monstruosidad que fue la noche de los cristales rotos. Después de aquel día, la Orquesta decidió no tocar Wagner por la asociación que habían creado los nazis con esta música. Por lo tanto, no es Wagner, no es ni siquiera su antisemitismo –que era muy conocido–: es la asociación que se había creado entre la obra de Wagner y los nazis, y que muchos de los sobrevivientes del Holocausto sufren aún de hecho. Y claro, yo les entiendo, y les respeto. No quiero forzarles a oír esta música. Pero tampoco pienso que ellos deban tener el derecho de impedir que otros –que gracias a Dios, no sufren dicha asociación– no oigan esta música”.

“En realidad –añade–, se ha vuelto un tema político… Me lo tomo con humor: estoy convencido que la gran parte de los políticos en Israel que no tienen la cultura de nuestro amigo Alberto Ruiz-Gallardón, seguramente piensan que Wagner vivía en Berlín en el año 1942, y era amigo íntimo de Himmler… Basta que haya músicos árabes que toquen con los músicos israelíes para que podamos tocar el primer acto de La Valkiria… Es irónico: el concierto de esta noche, sólo con músicos israelíes, no hubiera sido posible. Es posible porque esta es la república independiente y soberana del Divan, donde hay otras leyes y otras costumbres. Y estas leyes y estas costumbres pasan no por estar de acuerdo el uno con el otro, sino por respetarse mutuamente”.

En compañía del maestro, el tiempo ha transcurrido deprisa. Demasiado para agotar ciertos temas. De hecho, aún deseo preguntarle por la importancia que tendría, en consonancia con los fines de su Fundación, incluir en los programas de conciertos piezas de compositores musulmanes –no hace mucho dediqué unas páginas al sinfonismo en Irán e Irak–. Sin embargo, el encuentro concluye con una reflexión suscitada por otro compañero, y que lleva a Baremboin a formular en voz alta un deseo.

“La música –dice– se ha vuelto mucho más disponible. Hay mucha más música ahora que antes. Cuando yo llegué a Europa por primera vez, en 1952, se celebraban el Festival de Salzburgo, el Festival de Edimburgo y los festivales de Lucerna. Y basta… Ahora, sólo en Francia, me parece que hay 45 festivales… La música está disponible todo el año, muchísimo más… Pero desde mi punto de vista, ha perdido un poco de su lugar en la sociedad. Es esa torre de marfil de la que antes hablaba, donde entran los entusiastas, pero que permanece en un mundo aislado. Hay que lograr que la música vuelva a ser parte de la cultura general. Esto lo decía Edward Said: la música tiene que ser parte de la educación general, en las guarderías, en las escuelas… No hay ninguna razón por la que se aprenda literatura y biología y no se aprenda música”.

“Desde el siglo XVIII hasta hoy –concluye–, la música se ha vuelto cada vez más compleja. Al mismo tiempo, estamos perdiendo la educación musical. Por eso se crea una distancia enorme entre la complejidad de la música que se escribe hoy y las personas que la escuchan con escasa educación… Las personas con responsabilidad, sea en la política o en la música, tenemos que favorecer la conexión de los jóvenes con esa enorme cantidad de información que hoy está a su disposición. Tenemos que utilizar nuestra manera de pensar para ver algo que el chaval de catorce años aún no ve. Ese es el deber de los seres humanos maduros frente a esta crisis de falta de espiritualidad”.

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Daniel Barenboim junto a Maryam Said, viuda de Edward Said © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.


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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC