Tarzán de los Monos, de Edgar Rice Burroughs

Tarzan, de Edgar Rice BurroughsLa editorial Edhasa concluye la publicación completa de la serie de Tarzán con el volumen número XXIV, Tarzán y los náufragos, inédito en español. No es mala ocasión para que repasemos en The Cult esta magistral creación de Edgar Rice Burroughs.

Edgar Rice Burroughs escribió tantas malas novelas como los autores más prolíficos del pulp, pero lo cierto es que la mitad de sus obras –en particular la saga de Tarzán, siempre un caso aparte– no sale perjudicada si la comparamos con otros clásicos de la literatura de aventuras.

En cierto sentido, cabe decir que Burroughs no era un buen literato, y sin embargo, sus cualidades narrativas eran tan generosas e instintivas que pocos lectores pueden resistirse a su encanto.

Hablamos de un autor enormemente dotado para la acción y el colorido. Acaso no le importara definir bien los personajes secundarios, pero atesoraba un poder asombroso para reflejar el milagro de la épica: esa impresión de que todo puede suceder cuando en una empresa se equilibran el valor y los golpes de suerte.

Tarzán es su creación más famosa, seguramente gracias al cine. La primera versión del personaje –la misma que conocieron los lectores en 1912– concentraba dos formidables estereotipos: el del humano criado entre bestias, en línea con Mowgli, el protagonista de El libro de las tierras vírgenes, y el del aristócrata aventurero, que afronta el peligro de una manera sencilla y natural.

Tarzán de los Monos

Hijo de Lord y Lady Greystoke, Tarzán solo tiene un año cuando pierde a sus padres: ella perece por causas naturales, y él, asesinado por Kerchak, el macho alfa de una manada de gorilas. Los Greystoke habían quedado aislados en un remoto rincón de África, y el pequeño parece destinado a seguir el destino de sus progenitores.

De forma inesperada, la tribu de simios liderada por Kerchak adopta al niño. De ahí en adelante, Tarzán se convierte en otro miembro de ese grupo –los Mangani– bajo la atenta mirada de Kala, su madre adoptiva.

Pese al ambiente salvaje en el que da sus primeros pasos, Tarzán no puede ocultar la fuerza de su verdadera identidad, John Clayton, Lord Greystoke, y pronto aventaja al resto de los Mangani en habilidad y destreza intelectual.

Como si la civilización fuera un recurso genético, Tarzán aprende a leer y a escribir por su cuenta. De esa forma, el Señor de la Jungla va adquiriendo una personalidad cada vez más sofisticada. Una personalidad que, por cierto, enamora a la joven americana Jane Porter, que naufraga junto a su padre en ese confín salvaje y desconocido.

Noble, considerado, valeroso y lleno de ingenio, Tarzán es un superhéroe singular, cuyo cosmopolitismo contrasta con esa interpretación que Johnny Weismuller nos brindó en el cine, muy atinada en su aspecto atlético pero demasiado alejada del genuino Tarzán por su bajo perfil intelectual.

Burroughs capta el estado de ánimo de su personaje con este deseo: aunque conoce el mundo y sus complejidades, Tarzán prefiere disfrutar del primitivismo, y en ese impresionante decorado natural que es la jungla, encuentra sus genuinos placeres.

La soledad no es un problema, porque aparte de Jane y de otros leales amigos, nuestro héroe habla la lengua de las bestias, y es capaz de interpretar los signos de la naturaleza mejor que el rastreador más experimentado.

Además, desconoce la rutina. Un repaso a las novelas de Burroughs nos permite acompañar a Tarzán hasta los lugares más improbables, desde la selva de Sumatra hasta el mundo perdido de Pellucidar, donde los dinosaurios aún sobreviven.

Edgar Rice Burroughs (1875-1950) inyectó en sus dos criaturas más conocidas, Tarzán y el aventurero John Carter de Marte, la dosis de audacia que él mismo estuvo a punto de experimentar cuando se alistó en el Séptimo de Caballería. Para su desgracia, le diagnosticaron una dolencia cardiaca y tuvo que dejar a sus camaradas en Fort Grant, Arizona. De ahí en adelante, tuvo que aceptar un sinfín de trabajos en los que el valor no era demandado ni rentable.

Su destino varió cuando editó su primer cuento, "Under the Moons of Mars", en la revista All-Story Magazine. Corría el año 1912, y Burroughs descubrió que podía ganar hasta cuatrocientos dólares poniendo a prueba su músculo mejor entrenado: la imaginación.

El éxito editorial de Tarzán de los monos convirtió al escritor en un genio del marketing. Apabulló a los editores de All-Story y Argosy Magazine con sagas inagotables (Barsoom, Venus, Pellucidar...), cultivó todos los géneros (desde el romance histórico hasta el western) y controló severamente la explotación comercial de sus creaciones.

Adelantándose a su tiempo, comprendió que un personaje como Tarzán podía generar beneficios con una estrategia transversal, y por eso negoció su adaptación al cómic y al cine. Incluso ideó un buen número de juguetes y productos derivados, siguiendo un plan que, décadas después, imitó George Lucas.

En 1923 fundó su propia compañía, Edgar Rice Burroughs, Inc., con la que imprimió buena parte de las novelas de Tarzán.

Tal fue el rendimiento de este icono cultural, que Burroughs pudo adquirir un enorme rancho, al norte de Los Ángeles. El escritor lo llamó Tarzana, y en su entorno fue prosperando una población que adquirió definitivamente ese nombre en 1927.

Tarzán no es un personaje hecho sin antecedentes. En su genealogía literaria destaca Mowgli, el niño salvaje ideado por Rudyard Kipling en El libro de las tierras vírgenes.

Claro que el del hombre salvaje es un estereotipo mucho más antiguo. Incluso en la novela caballeresca y en la poesía épica lo encontramos. A propósito de Faërie Queene, de Edmund Spenser (1552-1599), el estudioso Roger Bartra menciona que "es un poema totalmente permeado por las alegorías salvajes y pastorales típicas de la Edad Media. Allí encontramos a Sir Satyrane, un personaje noble que ha aprendido a domesticar sus apetitos salvajes, y capaz de dominar a las bestias feroces del bosque (...) Sir Satyrane regresará con los suyos a la nación salvaje a la que pertenece".

Los relatos aventureros de Tarzán siempre tienen con epicentro la selva primigenia. A la hora de estudiar ese vínculo, Fernando Savater emplea la definición de Francis Lacassin, quien consideró a nuestro héroe el caballero crispado.

"La primera novela de su saga –escribe Savater– es la única que responde al modelo clásico del relato de aventuras iniciático: orfandad, pruebas de coraje y de inteligencia, formación intelectual, educación sentimental, etc. hasta la realización madura del personaje. En las restantes, el héroe, inserto en una cotidianidad que siempre le será en buena medida ajena, vuelve con cualquier motivo a tomar contacto con la sede originaria de su fuerza y a revivir de nuevo su peculiar realización simbólica. Tarzán renace una y otra vez al contacto con la selva, lo mismo que el gigante Anteo recuperaba su vigor al pisar el suelo, pues éste era el rostro de su madre Tierra".

De común acuerdo, hemos llegado a la conclusión de que Tarzán es un personaje literario que hubiera merecido existir. Es curioso que algunos se hayan tomado demasiado en serio esta idea. Así, en marzo de 1959, la revista Man's Adventure publicaba un artículo sensacionalista firmado por Thomas Llewellan, “The Man Who Really Was… Tarzan”.

El bueno de Llevellan se empeñaba en hacernos creer que Burroughs habría conocido la historia de William Charles Mildin, Conde de Streatham, criado por una manada de simios durante una parte de su infancia.

Aquel era un relato apócrifo, y obviamente falso, pero muy sugestivo. Sobre todo porque manifiesta en qué medida el Rey de la Jungla ha invadido el imaginario popular, convirtiéndose en una personalidad tan auténtica como las que aparecen en los libros de historia y en las portadas de los periódicos.

Tarzán es un personaje de excepción, nunca sometido a las reglas, atractivo, convincente e inmortal. Por ello, es lógico que su leyenda, puesta bajo la lupa de intelectuales y académicos, haya hecho correr ríos de tinta.

¿Malentendidos? Los hubo y los habrá. De hecho, no hay nada más incómodo que el pulp para los críticos que ejercen su análisis vigilando la corrección política.

En este sentido, es obvio que hay detalles sexistas, imperialistas e incluso racistas en las novelas de Burroughs –lo mismo que sucede con las obras de Robert E. Howard oLovecraft –. Sin embargo, esos prejuicios, propios de otra época, no restan un ápice de magia a estas aventuras vigorosas y dinámicas, que aún producen al lector una indefinible sensación de euforia.

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