Marguerite Yourcenar: Cartas a sus amigos

Cartas a sus amigosMarguerite Yourcenar: Cartas a sus amigos. Traducción de María Fortunata Prieto Barral. Alfaguara, Madrid, 2000, 806 pp. 255

Yourcenar en sus cartas Marguerite Yourcenar confiesa a Jeanne Carayon en carta del 2 de enero de 1975 que no recuerda haberse sentido especialmente joven a los veinte años, cuando buscaba la compañía de los adultos, ni se siente especialmente vieja a los setenta pasados.

Tampoco, de la misma edad a cualquier hora del día y en variables situaciones. Leyendo su vasta correspondencia, que es una antología de sus cartas a lo largo de casi ochenta años, esta sensación de intemporalidad otorgada por una precoz madurez, se mantiene con admirable constancia.

Normalmente, los epistolarios son historias; el de Yourcenar, como sus novelas más notables, las de Adriano el emperador y Zenón el alquimista, es un retrato. Una revelación, más que un proceso. Sin duda, el resultado responde a su mentalidad clásica. Grecia, o lo que ella entendía por tal, era el gran acontecimiento de la historia, quizás el único, de esa historia que es memorización (por lo mismo, también olvido).

Grecia es el lugar del no tiempo, el lugar de la salud humana que nos cura y catartiza dela infección: el presente. Más aún: del absceso contemporáneo, que es la puesta en escena de los males eternos del hombre, pero magnificados por la eficacia técnica. De Grecia toma Yourcenar la noción trágica de lo humano, la profunda atrocidad de la aventura llamada hombre, que produce horror a los miembros de la especie misma y, a la vez, una «sensación de espantosa plenitud» (a Lidia Storoni, 28 de junio de 1960).

Pero no sólo es patética la condición de tal tragedia, sino también gloriosa, prometeica, porque lanza al hombre al infinito, a sabiendas de su finitud. El hombre no sólo es trágico sino que, a diferencia de los animales, se sabe trágico. Un animal puede obtener su grito sin cesar, pero el hombre que grita deroga el grito a poco de hacerlo (a François Augieras, 2 de septiembre de 1953).

Si el hombre llega a la grandeza, lo consigue de modo paradójico, porque lleva sus cualidades más sencillas tan lejos como le permite su debilidad, no su fuerza. El soporte de este peculiar humanismo es la religiosidad de Yourcenar, una visión ilustrada de las religiones, en la cual todas ellas convergen en un ejercicio de escrutinio espiritual. No hay patetismo ni angustia, tal vez por el punto de partida católico de su interés por el fenómeno cultural que las religiones articulan.

En Yourcenar se corresponden y escuchan la caridad cristiana, la compasión budista, la noción griega de la dignidad y la limitación del hombre, todo ello en una suerte de vía gnóstica o camino del Tao (sendero, no meta). Le molestan, en cambio, las religiones semíticas por su idea de la condenación eterna, su tendencia a un intransigente dogmatismo y, sobre todo, el apego a la letra en el sentido literal, porque la letra sofoca a la palabra.

Por su parte, el tragicismo griego (el hombre debe infringir la norma divina para humanizarse) confluye con la idea cristiana de un defecto original e insuperable que hace del hombre un ser de perfecciones imposibles e irrenunciables. El arte acude, en ese punto, con su quehacer que es la otra faz de lo humano, la que compensa todo lo que en el hombre es dado y, por lo mismo, trágico. El arte no es moral pero tampoco natural: es una ética que lleva la sinceridad hasta la supresión del yo, como le ocurre al personaje de Adriano.

El artista se refugia en el bosque solitario del no tiempo para desplegar su gusto por lo demónico, el viaje a esa hondura de lo elemental que rompe con la costumbre y que no debe confundirse con lo demoníaco, que es nocivo y destructor. Es el espacio de la vida interior que, si bien no nos otorga la libertad, al menos nos permite ser «capaces de optar por nuestros propios peligros» (a Lidia Storoni, 21 de abril de 1968). No hay en Yourcenar, sin embargo, ninguna mística del arte, que es algo digno de una «saludable desconfianza », pero sí aquel ejercicio espiritual que consiste en alcanzar los límites del yo, la otredad, aceptando el riesgo de que sea infinita, abismal.

«El yo es difícil en la literatura; pero se hace más llevadero cuando nos damos cuenta de que él quiere a veces decir yo y que yo no siempre significa uno mismo» (a Jean Chalón, 19 de septiembre de 1978). A pesar de esta distancia, si se quiere aristocrática, frente a lo inmediato y lo presente, Yourcenar no fue indiferente a los acontecimientos momentáneos. Tampoco le faltó atención para la figura humana de su época, esa incapacidad de asentarse sólidamente en la existencia y, a la vez, la angustia y el miedo que esa misma existencia produce. Su propuesta es la resacralización, sobre todo, valga la redundancia, de Dios. No en el sentido de retorno al dominio de las iglesias sobre la Ciudad, sino en cuanto es sagrado para cierto paganismo: el amor sacro de la carne en tanto hermana del espíritu.

Nacida casualmente en Bélgica, Yourcenar siempre se consideró francesa y vivió la mayor parte de su vida en los Estados Unidos. En contra del tópico, su amor a Francia le mereció reservas ante lo francés (un cicatero espíritu de medida, el materialismo satisfecho, el laicismo seguro, un intelectualismo seco y frívolo, cierto manierismo, algún regusto picante por lo popular, un complicado código mandarinal de convenciones y transgresiones, la gula inmoderada que produce el mundo, todo ello compensado por un catolicismo que exhibe las mismas taras), en tanto admiraba en América el civismo, la voluntad de progreso, el respeto por el pasado que registran museos y bibliotecas, la apertura mezclada de secreto y la escandalosa belleza natural de sus paisajes.

Los Estados Unidos fueron su peculiar Arca de Noé, donde pudo salvar los restos del naufragio europeo, las briznas de un mundo para siempre perdido. En esta selección de cartas faltan las de carácter más íntimo, que permanecen reservadas por cierto tiempo, lo mismo que los diarios.

Faltan, si se quiere, en cuanto a lo biográfico. Pero esta Yourcenar es el retrato de Yourcenar trazado en otra intimidad: la solitaria privacidad del escritor consigo mismo, en el bosque hiperbóreo que habita junto a la Ciudad.

Un autorretrato, podría ser la definición preferible, hecho sin mirarse al espejo, donde el tiempo pasa y no vuelve, sino escrito en el pergamino intemporal donde el Hombre, perdido en el laberinto del mundo, se encuentra consigo mismo aunque no sea nunca el mismo.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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