"La edad del espíritu", de Eugenio Trías

la-edad-del-espirituCrear lo invisible o, al menos, a partir de lo invisible: puede ser la mejor manera de definir la tarea humana en la historia, que siempre tiene algo de fe, de confianza en lo externo. Lo repito a propósito del obeso libro de Eugenio Trías, La edad del espíritu (721 apretadas páginas publicadas por Destino), ya que de regeneración, fe y origen se trata.

No sólo por lo voluminoso del texto, sino por sus ambiciosos alcances (nada menos que una Historia General del Espíritu, así, con mayúsculas germánicas).

Trías nos cuenta dicha historia pero, además, nos revela sus claves (que, a su vez, le han sido dadas por revelación) y nos profetiza su derrotero.

Su actitud es grandiosa y la diseñan sus invocaciones a Ulises y los argonautas.

Para resolver las perplejidades del «pensamiento débil», el filósofo barcelonés se mide con gigantes y titanes.

Todo esto parece muy romántico, del primer romanticismo.

En efecto, la referencia «fuerte» de Trías es Schelling, aunque su visión de la historia avanza, por el idealismo, hasta un Hegel releído en clave de teodicea: el Espíritu va del origen al absoluto y vuelve sobre sí mismo, en un ciclo que recorre la unidad, la dispersión y, de nuevo, la unidad que es alfa y omega.

La diferencia fundamental con Hegel es que, para Trías, las distintas etapas de la historia no se conectan entre sí, son procesos cerrados: no hay devenir.

El Espíritu, desprendido de su matriz simbólica (lo sagrado), sufre una revelación que la modernidad denomina razón, revelación segunda, si se quiere, ya que el símbolo es ya una revelación primera de lo sagrado en lo sensible.

Finalmente, el Espíritu habrá de retornar al substrato inconsciente para hallar un nuevo horizonte simbólico (o sea: una nueva sacralidad).

Ocurrirá en un encuentro místico del testigo con el lado oscuro y nocturno que es la faz esotérica del Espíritu, Espíritu que es sujeto absoluto y testigo, tanto del ser como del acontecer.

El papel que Trías reserva al filósofo en todo este constructo es el de profeta.

Asentado en las grietas del mero acontecer que dan acceso al absoluto del ser, el filósofo como testigo del Espíritu, es capaz de percibir las revelaciones y prever lo que habrá de ocurrir.

Un solo ejemplo: desde 1848, nuestra época ha de recorrer siete etapas, que el filósofo conoce de antemano en carácter de descifrador/revelador del destino, sabedor del lelos que persiguen los tiempos históricos.

En Hegel, el Espíritu conoce su origen a través de su quehacer, pero en Trías, el Espíritu desconoce su origen a través del quehacer y debe repristinarse para recuperar su hora cero, su vínculo con la matriz de lo sagrado.

Por eso es tan reticente ante la modernidad y tan entusiasta de fenómenos antimodernos, de fundamentalismo religioso, como los movimientos políticos de Irán y Camboya, Semejante construcción, la tomas o la dejas, pero cabe alguna objeción al enfoque con el cual Trías se aproxima a la historia, a la suya y a la de todos.

Es válido proponerse una lectura unificadora y providencialista de la historia en clave neorromántica.

El error de Trías consiste en no hacer neorromanticismo, sino en intentar una restauración de Schelling como maestro de Hegel.

El riesgo de estos radicalismos es resultar anacrónicos.

En efecto ¿qué puede decirnos un Schelling resucitado por arte de magia de este mundo informático, interplanetario y carente de «grandes relatos»? ¿Se puede calcar la crítica romántica a la Ilustración para dirigirla contra el mundo contemporáneo? En tal caso, el profeta pierde su distancia frente al tiempo, esencial para el ejercicio de su don profético, y se pierde en las fechas de un almanaque caído en un rincón de la historia.

Se puede pensar contra el tiempo, pero siempre desde algún momento del tiempo, imaginando la situación de contemporaneidad que sirve de punto de partida para pensar el origen, el derrotero fatal del Espíritu o las ideas eternas.

La paradoja de lo humano es que no puede inventar otra eternidad que la histórica.

No hay eternidad sino del retorno, que es mito si retorna lo mismo e historia, si retorna lo distinto.

Lo pensó uno de los mentores de Trías, Nietzsche, que propuso ser extemporáneo a su tiempo, no a otro tiempo, con lo que logró ser crítico de su mundo. Crítico, no profeta.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en The Cult con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

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