"En torno al casticismo", de Miguel de Unamuno

En-torno-al-casticismoValdría la pena repasar las fechas y resituar a la llamada «generación del 98» en el año del asunto Dreyfus (1894) y esta recopilación unamuniana, donde están diseñadas las tensiones del 98.

De una parte, tientan a Unamuno la casta y la intrahistoria. De otra, la humanidad y la historia. Casta, castidad, casticismo, pureza, defensa frente al bárbaro, al invasor, al extranjero. Intrahistoria invariable, silenciosa, acarreada por la tradición.

Por contra: la historia variable, ruidosa, fechada, lo eternamente humano que es la verdadera casta sin casticismos.

Digresión: en el siglo XVII, Saavedra Fajardo aludió a «la pureza y castidad de las vozes».

El lenguaje es puro cuando es casto, cuando no conoce el contacto con otro cuerpo, cuando ignora que es penetrante y penetrable.

La pureza del lenguaje es anerótica, entonces.

Unamuno defiende la tradición, pero ataca al tradicionalismo, que no quiere ir al origen, sino al pasado, algo muerto, pues ha pasado de largo. Le preocupa, como a tantos intelectuales españoles desde el romanticismo, la regeneración, sin saber precisar de que se trata.

Regenerar puede ser volver al origen, desandar la degeneración que es la historia.

Pero puede ser lo contrario: generar de nuevo (cambiar de padre, de generador) y empezar otra cosa, El debate se lleva, pues, hacia el ensimismamiento español en un origen puro o a su alteración en la modernidad.

La noción de pureza original liga la casta con la raza, es decir con lo radical, con la raíz y el arraigo.

Unamuno intenta conciliar la oposición entre raza e historia (esencia y devenir, identidad y cambio) por medio de la noción de pueblo, es decir lo que tiene origen y es, al mismo tiempo, resultado de una historia.

Pero el intento se dramatiza, porque le pesa demasiado la preocupación por salvar a España, como si estuviera a punto de perderse, de desaparecer, y el mundo se fuera a quedar sin algo tan precioso como España, aparte de la desazón de los españoles ante la esfumatura de su máxima referencia.

Fue la contradicción del 98, la imposible reunión del casticismo y el cosmopolitismo, la incapacidad para aceptar cuánto de destructivo hay en la creatividad de la historia.

En torno al casticismo fija, en otro sentido, la devoción del 98 por el paisaje castellano viejo, una de las mejores invenciones del Unamuno escritor, su facultad romántica de personificar un paisaje y personificarse en él (el juego de lo uno y lo otro que proponía Gil de Biedma).

Pensemos en Por tierras de Portugal y España, por ejemplo. La Castilla unamuniana es un espacio oriental, austero, poblado por gente taciturna y ensimismada, que se agrupa en pequeños núcleos aislados.

Unamuno admiraba a Sarmiento y la descripción que el vasco hace de Castilla se parece demasiado sugestivamente a la que el sanjuanino hace de la pampa.

Pero hay más. Sarmiento, al oponer la barbarie a la civilización, en rigor lo que hace es oponer la cultura a la civilización.

Dudo que hubiera leído a Kant o Herder, que empezaron con estas distinciones, pero su imaginación romántica lo llevó a identificar cultura con barbarie (así como suena), es decir con saber tradicional, aislamiento, autarquía, economía de subsistencia, incomunicación. La casta de Unamuno, dotada de intrahistoria.

Un dualismo que Ferdinand Tonnies recogerá en un libro famoso, Comunidad y sociedad (1887) y que tendrá una prolongada descendencia entre autores tan variopintos como Américo Castro y Martínez Estrada, Oswald Spengler y Thomas Mann.

La civilización es, por el contrario, la ciudad, la ley pactada, el ferrocarril y el barco.

La ciudad tiene espacios exteriores y se intercambia con ellos.

La ciudad es la historia, el pasado que no es tradición ni origen, sino crítica de la memoria colectiva.

Copio este rasgo de fina lucidez de don Miguel: «La fe viva no consiste en creer lo que no vimos, sino en crear lo que no vemos».

Crear lo invisible o, al menos, a partir de lo invisible: puede ser la mejor manera de definir la tarea humana en la historia, que siempre tiene algo de fe, de confianza en lo externo.

No el credo en lo que creen los demás, sino creer en lo que yo hago.

Creer, algo tan cercano a crear que se confunden en el yo creo.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en The Cult con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

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