"Castellio contra Calvino", de Stefan Zweig

Castellio contra CalvinoEn 1553, el médico y teólogo español Miguel Servet fue quemado vivo en una plaza de Ginebra.

La acusación parece hoy esperpéntica: había cuestionado el dogma de la Santísima Trinidad en contra de las opiniones de Calvino, el déspota de la ciudad.

Horrorizado del hecho, a pesar de haberlo decidido, Calvino suprimió desde entonces la hoguera, sustituyéndola por la decapitación.

Servet y Calvino se conocían desde tiempo atrás y no habían cesado de discutir.

El español había huido de persecuciones inquisitoriales y recurrido al pseudónimo de Michel de Villeneuve para encubrir sus escritos. Un día antes de la ejecución, Calvino lo visitó en su celda e intentó persuadirlo de que se retractara, con lo cual su muerte por el hierro anularía el tormento del fuego.

Entonces y poco antes de subir al cadalso, Servet se negó a hacerlo. Entendió que estaba en juego no sólo su dolor físico, sino el respeto a la libertad de pensamiento de la humanidad, esa humanidad inexistente pero que él, como tantos otros, imaginaba en un horizonte de utopía.

Frente a él, Calvino representaba la utopía realizada: una dictadura moralista y teocrática que organizaba la vida de los ginebrinos prohibiéndoles pecar.

Los castigos por tomar mermelada o concurrir a una peluquería clandestina de señoras equivalían a los que penaban un error teológico.

Calvino tuvo imitadores, y los tiene aún, entre quienes intentan construir sociedades perfectas, donde la imperfección, es decir la quiebra de la uniformidad y lo previsible, es un delito de lesa sociabilidad. A menudo se ha visto a Servet como una víctima de su época, de esos siglos con guerras religiosas que volvieron habitual el espectáculo público de hogueras, horcas, degüellos y demás radicalidades.

En 1936, en pleno auge del nazismo y el estalinismo, Stefan Zweig publicó un libro sobre el tema: Castellio contra Calvino o Un sabio contra el poder. En él rescataba la figura de Sebastián Castellio, autor de un precioso texto, De arte dubitandi, inédito hasta fechas cercanas al libro de Zweig, y de un Tratado sobre los heréticos, exhumado en 1913.

Castellio enfrentó a Calvino, señalando que los jueces que habían condenado a Servet eran incompetentes, pues no cabe castigo civil o penal por un error religioso.

Pero, sobre todo, apuntó una lúcida fórmula teológica de la tolerancia: ningún hombre puede hablar en nombre de la verdad, que sólo conoce Dios, cuyos designios son misteriosos y cuya mente es inaferrable por el ser humano. Éste sólo tiene convicciones y ha de respetar, por caridad cristiana, las convicciones divergentes de los otros. Las ideas de Castellio se nos dan como contemporáneas, aunque las haya formulado en el siglo XVI.

No estuvo solo: Erasmo y Montaigne, por ejemplo, se le aproximan en trazar una línea que luego cristalizará en el Siglo de las Luces, con Voltaire, Hume, Locke y otros. Servet no fue una víctima de su tiempo, sino de la tiranía calvinista.

Esto vuelve ejemplar a Servet, que prefirió el tormento a la claudicación de un derecho fundamental para el ser humano: pensar por sí mismo. Y vuelve imperdonable a Calvino, que también es un odioso contemporáneo nuestro, encarnación de la ortodoxia, de la institución que todo lo sabe y todo lo ha pensado para siempre, de modo que los sujetos carezcan de espacio para pensar nada más. Castellio nos propuso uno de los ejercicios más ilustres de la modernidad: la duda como arte, es decir como actividad creadora.

Cada vez que se castiga al que duda, se vuelve a encender la hoguera donde gloriosamente Miguel Servet ofreció sus cenizas a la humanidad.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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