"El tesoro del lago de la Plata", de Karl May

El tesoro del lago de la plata, de Karl MayNovela esencialmente de acción y de aventuras, El tesoro del lago de la Plata es una de las obras más características de Karl May. En ella se narran las múltiples peripecias de los protagonistas en busca de un doble tesoro: el que desde tiempos antiguos yace sepultado en el fondo del lago, protegido por un curioso dispositivo de ingeniería, y el riquísimo yacimiento de plata que hay en un valle próximo al lago.

Los personajes de la novela, caracterizados por su bondad o su perversidad sin fisuras, junto a la ininterrumpida sucesión de episodios, dan movilidad y dinamismo a una narración de la que, una vez iniciada, resulta difícil desprenderse.

"El tesoro del Lago de la Plata –escriben en el apéndice a esta edición María Teresa Fernández Madrid e Inge Hoffmann– es quizá una de las obras más características de Karl May en cuanto a héroes, acción y escenarios ambientales. El universo de los grandes personajes que realizan la acción posee unos rasgos muy peculiares. Se cuida que la descripción del individuo sea de gran realismo, hecho derivado sin duda del naturalismo literario, para perfilar una personalidad más o menos detallada según su incidencia en la trama argumental. Aún perviven elementos de la escuela romántica: el protagonista -ya sea Shatterhand, Old Firehand o Winnetou- no teme a ningún peligro, nada le detiene, la acción le apasiona. Las hazañas de unos y otros se suceden y se entremezclan para conformar un relato dinámico. Los seres de Karl May orientan su comportamiento hacia dos polos opuestos: el de la bondad (...) y el de la maldad -seres traicioneros que repudian la honradez y sólo piensan en su propio beneficio".

"Los protagonistas de Karl May –escribe Blas Matamoro–, el novelista de aventuras más característico de una época (los umbrales del capitalismo monopolista; en términos elitarios, el tiempo de Henry James, Kafka y Proust), son aventureros o señores territoriales, dotados de un prestigio pionero y señoril propio del protocapitalismo, ajenos al orden social y la vida cotidiana de la sociedad burguesa en que los textos eran consumidos.

Los escenarios de sus aventuras –el desierto, el valle, Oriente– son tierras de leyenda no tocadas por la Historia. Como un residuo de la ética caballeresca y el epos de la feudalidad, el detective–tipo de la novela policial se muestra casto y resistente a las tentaciones sexuales y las debilidades amorosas, tal cual el caballero frente a la dama del castillo en pleno Medievo (...) Así, el arte es como el resto diurno del sueño nocturno, con el cual uno se funde, sabiendo que se trata de algo irreal, sin sustento objetal ninguno, pero actuando frente a él como si fuera objetivamente real. Es el sueño diurno del optimismo burgués, concluye Ueding, valiéndose de una terminología freudiana.

Como protocolo de análisis toma las novelas de aventuras de Karl May, que tuvieron gran auge en su tiempo, y que eran una de las lecturas favoritas de Hitler (no casualmente el arte oficial nazi recurre a tantos elementos del kitsch corriente, a todo el seudo–clasicismo guillermino y al arte del almanaque y el aviso publicitario).

Vale la pena resumir el análisis de Ueding, porque va a servir como modelo en el análisis de otros protocolos, que haré más abajo. Los personajes nobles de May son, en realidad, burgueses idealizados, que sólo tienen de aristócratas el título de reconocimiento. Así, el lector encadenado puede identificarse con el costado reconocible del personaje (lo burgués) y proyectar en él su deseo de ser noble.

Empaquetado en este complejo, va un conjunto de normas morales: esos grandes señores son humanitarios, defienden sus negocios, pero sometiéndose a los preceptos éticos cristianos, toman partido por los oprimidos y sufrientes, luchan contra el mal, combaten contra la mentira, convirtiendo al bien a ladrones, indios y gitanos.

May mismo, personalmente, es un ejemplo de este desclasamiento cultural, de esta paralelización del kitsch con el mundo del lumpen burgués.

May era un hombre de origen proletario, que se identificó con los principios del valle de dignidad de la dinastía guillermina. Se enriqueció con la venta de sus libros y accedió a la verdadera burguesía. Pero no disponía de bienes de capital, o sea que no era, estructuralmente, un burgués. Su situación acomodada dependía de su éxito o de su fracaso comercial como vendedor de textos. Burgués, sí, pero burgués marginal, lumpen–burgués".

Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC