Encuentro con Kirsten Dunst y James Franco

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El día es lluvioso y el cielo se adivina gris tras las ventanas del hotel Santo Mauro. Apenas cruzan automóviles. Una luz brumosa empaña el ambiente. Aún no han encendido los focos.

“¿Qué te parece?”, pregunta una reportera. “A este lado habrá reflejos, supongo”, responde un fotógrafo. Es un hombre alto, con una rodilla en el suelo, que ajusta su objetivo a mi izquierda.

Mientras observo cómo trabaja, echo una ojeada al enorme cartel que se alza frente a nosotros. Ahí está Spidey, haciendo de las suyas.

Más que eso: parece que tiene la intención de saltar sobre el próximo bloque de pisos.

“¨Hablo en serio. ¿Te molestaría explicarme quién viene hoy?”, dice alguien, mientras bebe un sorbo de naranjada. “Pues la chica y el que hace de malo”, responde una voz femenina. Lo dice sin prisas, con un tono solidario, cómplice, del tipo “qué dura es esta profesión”.

De pronto, los nervios se tensan. Caen las bolsas de lona y los flashes comienzan a relampaguear.

Durante unos segundos, el silencio es casi absoluto. Incluso el rumor de la tormenta parece apagarse.

Kirsten Dunst acaba de entrar en la sala. Su expresión es radiante. Nos sonríe como sólo pueden hacerlo las chicas que no fuman ni beben licores. Alarga la mano, y busca el lugar donde ha de situarse.

Azaroso o premeditado, ese gesto la sitúa en medio de un torbellino. Como Dorothy rumbo hacia el país de Oz. Destellos, gritos, llamadas de atención: el caos invade la estancia y toda la luz disponible se concentra en los ojos claros de Miss New Jersey.

Parece mentira, pero hace bien poco esta bellísima mujer era una niña que respiraba enérgicamente. Siempre hay que pagar por todo, y ella se ganó el triunfo a los once años, besando a Brad Pitt en Entrevista con el vampiro. Y luego, después de eso, talento a raudales. Sin más. De ahí que haya logrado sin mucho esfuerzo esta nueva hazaña: convertir a Mary Jane Watson en alguien más encantador que Gwen Stacy.

Por si no saben de qué les hablo, la señora de Peter Parker en la ficción adquirió su identidad definitiva en el número 42 de la revista The Amazing Spider-Man (noviembre de 1966). Pero Dunst nos hace creer que el personaje es un recién llegado a nuestra fantasía. “Creo que los fans adorarán Spiderman 3 –dice–, porque nosotros adoramos esta película. Significa mucho para todos nosotros, y realmente hemos trabajado duro para hacer cada escena lo mejor posible”.

Quien ahora posa junto a Dunst es James Franco. Nos mira, cordial, y se lleva la palma de una mano al hombro. Es un gesto de timidez, que lo asemeja –levemente, claro– a James Dean: aquel guapo corredor de coches, víctima del Actors Studio, a quien James resucitó en un telefilm.

Relacionarlo con Dean, ahora que caigo en ello, es un recurso que pocos entenderán. Para una inmensa mayoría, este chico es Harry Osborn, el mimadísimo hijo del Duende Verde. “La historia de Harry –aclara él mismo– viene del final de Spiderman 2, cuando descubre la terrible verdad sobre su padre y su amigo… Claro que él desconoce parte de los acontecimientos. Harry es un alma atormentada. Vivió toda su vida por su padre, y cuando se lo arrebatan, lo único que le queda es vengar su muerte”.

En opinión de Franco, el dilema de Osborn se resume en esta pregunta sentimental y un tanto ñoña: ¿Cuánto ama a sus amigos? “Si acepta el hecho de que quiere a Peter y a Mary Jane –añade–, también tiene que aceptar que su vida hasta ahora ha sido una mentira. Ha estado viviendo sólo para el odio, amando al hombre diabólico que fue su padre y cumpliendo su voluntad”.

En Spiderman 3, Kirsten Dunst actúa con naturalidad. Segura de dominar al personaje. Llamémoslo simplemente costumbre. ¿O hay algo más sutil que se me escapa? “Ahora que Tobey y yo hemos trabajado en tres películas juntos –dice–, nos conocemos muy bien. Sé qué botones apretar con él, y él sabe cuáles apretar conmigo. Esto redunda en una relación más complicada, más adulta, que es genial para la película. Todo lo que sentimos el uno por el otro está en la película. Nuestra relación ha madurado”.

También ha crecido un detalle de no inferior interés: el volumen de negocio de la franquicia. Esto merece un punto y aparte.

Llevo años leyendo cifras de recaudación. Números que nada tienen que ver con la creatividad o el interés artístico, pero en las que suele haber un doble sentido. La competencia, ya se sabe, es cruel, pero necesaria. Puestos a ello, los ejecutivos de la industria del cine –como otros que van a lo suyo en todo el sector del ocio–, saben que un buen titular emociona más que una crítica. Y si, como es el caso, un batallón de espectadores respalda a una cinta en su estreno, se supone que ésta será mejor que otra a la que el público ignora.

Llegados a este extremo, ya me imagino a algún lector renegando del éxito. “¿Pero aún confías en el cine comercial?”, dirá indignado. Y mi respuesta es: por supuesto que sí. Pero hay algo más. Gran parte del cine minoritario –el de ahora, se entiende, no el de maestros como Dreyer– suele aburrirme, y a veces hasta me irrita. A mí, fíjense, me hace mucho más feliz una sólida película de género que una historia anodina, rodada en cuatro planos y destinada al circuito de festivales.

Por eso me divierte tanto Spiderman 3. ¿Recaudaciones? Las merece.

Lo que pasa, claro, es que en este caso el negocio es envidiable. Se lo explico. Durante el fin de semana de estreno, el público español de la cinta desembolsó 8.219.000 euros, lo cual nos sitúa en el tercer escalón de un podio al que antes subieron El Código Da Vinci (8.780.000 euros) y Piratas del Caribe 2 (8.647.000 euros).

Háganse cargo: hablamos de un largometraje que, durante su primera jornada de exhibición, alcanzó el récord histórico de taquilla en Estados Unidos. 59,3 millones de dólares. Ahí es nada.

Con razón se les ve tan felices a Sam Raimi y a sus chicos. Para ellos, la Navidad acaba de empezar.

Copyright © de de las fotografías: Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.


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