La literatura de Josep Pla

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A Josep Pla, el escritor ampurdanés, le tocó morir en 1981, el 23 de abril, mismos día y mes en que lo hicieron Cervantes y Shakespeare, en envidiable coincidencia.

Más de uno quisiéramos repetir esa fecha, aún a costa de la vida, puesto que, de todas maneras, la tenemos que entregar alguna vez.

Pla no es un escritor cómodo, ni de leer ni de evocar.

Ha escrito unas 30.000 páginas mayormente de género indefinido, salvo algunos relatos y una biografía del escultor y pintor Manolo Hugué (hay una obra suya en la colección Slim de México, con un cartel que contiene erratas: aconsejo corregirlas).

El resto es un insistente diario, a veces quieto, otras viajero, donde se mezclan descripciones, narraciones, viñetas, reflexiones, confesiones, minuciosos y nada complacientes autorretratos.

Me recuerda a Montaigne, con quien guarda algunas curiosas coincidencias biográficas. Tiene su misma lógica divagante y precisa, su misma libertad de géneros, su misma inclinación a ver el mundo en una minucia del mundo, a escuchar el rugido del mar en una caracola abandonada por la resaca mediterránea.

Siempre ha resultado un poco renuente al encasillamiento, acaso por su militante individualismo que es la afirmación de un inasible yo (de nuevo Montaigne) y no el clásico individualismo hispánico, que consiste en una negativa señoritil a participar, a compartir, a menudo una ética de tribu o clan que no acepta al otro como tal como mera aparición del distinto y semejante.

Las izquierdas lo han rechazado por derechista, los catalanistas porque a veces escribió en castellano y a favor de Franco, que era escasamente catalanista. La derecha "nacional" no lo ve suficientemente español. Etcétera.

En México me he encontrado con una acertada nota de lectura que Aurelio Asiain incluye en su miscelánea Caracteres de imprenta. No es descaminado pensar que un lector americano, alejado de los pleitos peninsulares, está, por este detalle, mejor dispuesto a disfrutar del mundo intrincado y minucioso de Pla.

Aun tirando de su talante catalán, su encomio puede tropezar con sorpresas. Ahora mismo, se exhuman sus opiniones aciduladas sobre los políticos de su país (o su nación, si us plau), sin excluir al actual presidente de la Generalitat. Con un agregado importante: Pla no se define como catalán, sino como “un ruso del Mediterráneo” o “un europeo de la parte marítima en la rueda de Europa”.

Sus grandes admiraciones literarias son francesas: el citado Montaigne, Stendhal, Barres. En la península, más le atraen algunos escritores castellanos del 98 (Azorín, Ortega si se lo quiere englobar, aspectos de Baroja, aunque “suelta adjetivos como las mulas sueltan pedos”).

Su sentido estático del paisaje, su amor a la quietud de las pequeñas poblaciones, un temprano desencanto senil, todo suena a 98 español.

Tampoco cabe encajarlo en alguna tradición literaria catalana. Ante todo, porque consideraba que la literatura catalana no tenía gran tradición y no pasaba de Joaquim Verdaguer, empalagoso místico en un país de campesinos, industriales y comerciantes. Santiago Rusiñol, que intenta escribir como se habla, resulta ininteligible. Pompeu Gener, ideólogo del racismo catalanista, merece la definición cortante de “personaje siniestro”.

Aun los escritores que admira, como Foix o Carner, le quedan lejos por su provenzalismo barcelonés, culterano y preciosista, o por colocar su catolicismo por delante, como Maria Manent. Los ruralistas, a su tiempo, son “abstractos y pedantes”. No mayor entusiasmo le producía la lengua catalana, pobre, endurecida, anquilosada, seca, limitada del léxico, ortográficamente anárquica, centrada en una ciudad inmensa y caótica como Barcelona.

Acaso lo atraía la “diabólica dificultad” de escribir en catalán, desbrozando un terreno en gran parte virgen, superficialmente labrado por las frases hechas, campesinas o vulgares, demasiado apegado a las cosas tangibles y concretas y de una “nefasta vaguedad”.

No mostró la menor admiración por el arte modernista o novecentista, que había florecido una generación antes que la suya, ni lo sedujo el nacionalismo catalán, con su cursilería de hacer de la patria una cuestión de fe o de amor, proponiendo una sociabilidad difusa: la noción de pueblo propio, característica de los nacionalismos.

Esta mirada abierta y atenta se documenta en sus libros de viaje por París e Italia, su curiosidad por las novedades externas (Proust, Valéry, Gide, los ballets rusos, el Grupo de los Seis, el cubismo en parte debido a pintores españoles, etc,) y su empatía por las ciudades italianas y su gente.

De vuelta, sus críticas a ciertos caracteres de los catalanes: el catalán no es, sino que añora ser, ignorando su ausencia de ser; se mueve por intereses personales y no universales, exteriorizándose en una retórica ampulosa; tiende al energumenismo, a decir siempre que sí o siempre que no; su sentido común, su famoso seny, es una forma sórdida, comercial y positiva del escepticismo, propio de la botica, del pequeño negocio, y de un senequismo de burdel.

En especial, el ampurdanés, su paisano, se le antoja emotivo de mero entusiasmo, falto de pasión y de continuidad, inerte, rutinario. Aborrecía la sardana y la tenora, y sólo admiraba del terruño los sofritos que acompañan al arroz.

No dejaba de fascinarle, con todo, este quietismo de los pueblos del Ampurdán, y el delicado detalle con que retrata lugares y gentes acaba siendo una manera de cariño y reconocimiento, hasta que llega el momento de huir de Barcelona y de allí a París y a Italia.

Pero no es el Ampurdán con universo, como puede ser el paisaje castellano para Azorín o Antonio Machado, sino la frontera, el punto donde se distingue el más allá.

Pla mantuvo una relación de rechazo necesario, identificatorio, con Eugenio d’Ors. Era su otro y, en esa medida, su espejo.

En el mundo vasco, el equivalente puede ser la presencia irrenunciable y distante que Unamuno tiene para Baroja.

Una obsesión es, con frecuencia, una fuerte definición. Pla envidiaba y admiraba a d’Ors, pero no como escritor, sino como orador y conferencista, como personaje seductor en el mundo de la bohemia intelectual y elegante de la Barcelona posmodernista.

Habría preferido, de ser posible, ser la posteridad y no el contemporáneo de Xenius. Lo vio demasiado de cerca, subrayándose en todo momento, siervo de su máscara, confundiendo a los intelectuales con la inteligencia. Alguien que gana con la distancia.

Ambos escribían dietarios comparables: Pla su Quadern gris y d’Ors su Glossari. Pero Pla hallaba a su colega afectado, excesivo de “arte”, inclinado al virtuosismo y a los “solos de violín”.

No le convencía su neoclasicismo, pues se es clásico o romántico por intuición y temperamento, y no por doctrina. Ambos eran escépticos, pero Xenius, al tiempo, era veritativo, y esta combinación resultaba insoportable para Pla.

Lo mismo que la proclama de la unidad moral de Europa en medio de la guerra del Catorce. Finalmente, se cumplió una profecía del ampurdanés: d’Ors se marchó a Madrid y se puso a escribir en español. Siempre intento leer a Pla en catalán.

Su prosa húmeda y matérica se reseca bastante al castellanizarse. Lo leo con dos diccionarios: uno catalán - español y otro catalán - catalán.

Este contiene las palabras recogidas por Pompeu i Fabra en su célebre diccionario moderno.

Advierto que, a menudo, Pla se zafa del código e inventa palabras, seguramente de inspiración ampurdanesa. Pelea con el catalán dentro del catalán, que es lo que hace todo buen escritor: producir una lengua dentro de la Lengua, encarando la escritura como una dificultad existencial, sin la cual la literatura es mera manera de decir, manierismo y retórica autónoma, que no dialoga con la lengua viva, con el habla.

Thomas Mann asegura que un escritor es alguien que escribe con mayores dificultades que los demás. Dificultades, claro está, no torpezas.

En esta bisagra está el truco, que no se formula, que no se reduce a fórmulas. Es la persecución del lenguaje en el día de mañana, justamente lo que Pla cumple al escribir día a día, para aprender a escribir. Ni bien ni mal, sino ¿simplemente? a escribir.

Escribir sobre nada, como quería Flaubert, un libro informe donde cabe todo, como quería Novalis. Un considerable fragmento de escritura, que vale si es un pequeño fragmento del universo.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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