Freud y la interpretación de los sueños

Gustav Klimt

Sin duda, la parte más atractiva del Freud confesional es el relato y la lectura de sus propios sueños. Volvemos al mundo romántico, es decir, a concebirnos como un epifenómeno de lo que soñamos.

Freud corrige este postulado: nuestra identidad consiste en nuestra capacidad de contar nuestros sueños.

No somos un simple dato producido por la fatalidad del inconsciente y el teatro de bolsillo que monta en la fugacidad persuasiva del sueño. Somos la consciencia narrativa de lo que hemos soñado. Y de lo que seguiremos soñando.

Hay sueños que Freud comparte con el vecino de enfrente. Por ejemplo, las escenas eróticas con su hija Matilde, de nueve años.

Prefiero otros rescates (son tres), pequeñas obras maestras de la alegoría confesional.

Uno es el sueño de la madre ausente. Sigmund, niño (es la edad del personaje onírico, pero Freud tiene 41 años cuando evoca la historia, en 1897) llora porque falta su madre.

Su hermano Philipp le muestra una maleta vacía: allí tampoco está. Había, en tiempos, el juego infantil de «la madre encerrada».

Freud descubre su angustioso reverso: no hay madre encerrada, somos sujetos porque nuestra madre ha desaparecido y no volverá a recuperarse. Está encerrada pero por una cautela simbólica: el tabú. Y tan simbólica que casi todos nuestros signos surgirán de esa ausencia que es, al tiempo, un encierro…

Otro sueño: Freud sube una escalera y se encuentra con una mujer que le cierra el paso. Se siente paralizado, pero, a la vez, gozoso y sexualmente excitado. La mujer se exhibe y lo traba, le fija un límite y designa un más allá prohibido.

Y todo esto provoca un resultado placentero. La mujer eleva y detiene la elevación en un determinado punto de la altura, definiendo lo deseable. Más allá, subsiste lo que no se puede franquear.

Tercer sueño: en 1900, Freud sueña que debe atravesar un puente construido sobre un estanque. En alemán, puente es Brücke y éste es el apellido del neurólogo con quien trabajó Freud de joven.

Es decir, que debe apoyarse en su maestro para llegar a la otra orilla, donde hay una cabaña que da a un abismo. Un guía lo conduce hasta ella, junto a la cual duermen dos hombres gigantescos.

El guía condena las ventanas con unas tablas. Por el puente, detrás de Freud, pasa una muchacha seguida por un cortejo de indios o gitanos. Freud siente las piernas hinchadas y se despierta con un sentimiento de horror. La mujer del sueño anterior definía un espacio inabordable.

En cambio, en este sueño, el nombre del maestro sirve de puente. La sabiduría, asociada a lo masculino, vale como vínculo y lleva a un espacio abrigado (dos guardianes, choza cerrada) que protege de los peligros reinantes en ese lugar resbaladizo y vertiginoso. Ahora, la mujer lo sigue.

La sabiduría vale como conducción y pone al hombre al frente de la tropa. Hay, si se quiere, un espacio cortado (las dos orillas separadas por el estanque) que se suelda por la aparición del maestro–puente. La ciencia rellena el agujero de la castración, podría decirse.

El maestro compensa de la amenaza paterna. La ciencia inventada por el hijo equilibra la promesa de castigo al niño que se atreve a buscar a la madre encerrada. No menos íntima es la información que Freud nos ha dejado respecto a su propia vida sexual.

Recuerda la conducta continente que propugnaba el cristianismo primitivo, a partir de San Pablo.

Una moral en que todas las energías corporales se tornaban espíritu y se concentraban en el saber. El matiz es que Freud (romántico, de nuevo) intenta averiguar qué significan estas energías que surgen como signos de un cuerpo sexuado y vuelven al cuerpo reconvertidas en lenguaje.

Freud pareció heredar la moral ortodoxa judía que propugnaba una conducta sexual abstinente antes del matrimonio como método de higiene «natural». Prostitutas y masturbación se convierten en causas de neurastenia y neurosis de angustia. Otras formas de sexualidad ni siquiera se mencionan.

Buena para el corazón y para la calma sexual, la nicotina es compañera recomendable.

El sexo es sólo un elemento del matrimonio, y tampoco constante. Es aconsejable que marido y mujer se alejen de vez en cuando (él sale de excursión, no ella).

De hecho, Freud dejó de tener comercio sexual con su mujer tras el nacimiento de su hija Ana. Algún biógrafo sostiene que Freud era el amante de su cuñada Minna, hermana soltera de la esposa y que vivía en la misma casa. La verdad es que el detalle viene al pelo para la novela, pero no debemos confiar demasiado en chismes y suposiciones. Que los digan los personajes, mientras dudamos…

Hay, como se ve, un cierto juego de aproximación y alejamiento, que se magnifica en las frecuentes rupturas con alumnos y colaboradores.

Prefiero entender que son necesidades del conocimiento. Despersonalizar, distanciarse y ensimismarse resultan condiciones del saber. Por ejemplo: cuando rompe con Josef Breuer, está diez años sin corresponderse más que con Wilhelm Fliess (un amigo berlinés).

Insisto en los aspectos narrativos de la cuestión (aunque tomando unos pocos ejemplos) porque me parece que la novela es una estructura importante en el desarrollo inicial del psicoanálisis.

Si estamos ante una antropología, es natural que se acuda a lo épico, porque es allí donde encontramos los relatos ejemplares de la humanidad. La paranoia, por caso, es una novela de extrañamiento que parte de un parentesco ilegítimo.

Si éste resulta del adulterio de la madre, la novela es de prostitución y produce en el héroe cierta agorafobia (horror a los espacios abiertos, donde la madre se prostituye) y abre el espacio de la intimidad consigo mismo.

La novela familiar del neurótico es, por fin, la historia típica de un niño seducido por unos falsos parientes: los propios son extraños. En esta sospecha general arraiga la fantasía.

Si ésta se escapa, tenemos a mano las perversiones para sosegarla: unas porciones de la libertad sexual se ofrecen a algo sagrado, que tales son nuestras partes perversas. Todo esto le ocurrió al doctor Freud. Y por su intermedio, nos ocurre a todos nosotros.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en Analecta malacitana: Revista de la Sección de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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