Freud y el origen del psicoanálisis

Sigmund Freud

A veces, respecto a Freud, cabe la tentación de rehabilitar el emblema barroco que usaba Descartes: larvatus prodeo: avanzo enmascarado.

Este hombre tan revelador (quiero decir: tan levantador de velos), parece ocultar, en compensación, su vida privada como si se tratase de un misterio o de algo que la posteridad no debe recibir.

Tal vez, según acaba de contarlo la condesa de Noailles, toda vida privada es misteriosa para su titular y la mayor parte de sus pormenores alimenta el olvido. En esto, Freud se asemeja a cualquiera de nosotros, y viceversa. No obstante, hay esa pequeña diferencia llamada psicoanálisis, una disciplina basada en que el analizando revele cuanto de más íntimo puede decir de sí mismo.

Es posible arriesgar la opinión de que Freud se reveló construyendo el psicoanálisis o intentando hacerlo.

Dotar a los demás de ese utillaje que permite cohabitar lúcidamente con la propia intimidad, dialogar con ella y averiguar hasta dónde somos su efecto, es, quizá, la mayor confesión que alguien puede formular.

Uno de los perfiles de Freud (adelanto que es el que más me gusta) es el de filósofo romántico, es decir, un pensador que concibe todo su discurso como una sola pero dispersa confesión, sabedor de que cualquier hombre confiesa, con la excusa de su persona, a toda la humanidad.

Veo a Freud, desde joven, como necesitado de saber filosófico (insisto, en el sentido romántico: saber de sí mismo y autoconsciencia), aún cuando, quizá compulsivamente, se dirige a la medicina, revolviéndose en otro campo romántico: la antropología de la enfermedad, una reflexión sobre el hombre como animal que lleva un signo de identidad enfermizo: la carencia de algo absoluto o incolmable.

Persuadido de que podía curar la histeria y las neurosis compulsivas, Freud se hizo médico. Pero la clínica le ocupó una parte relativamente breve de su vida. Antes y después se dedicó a la investigación, la supervisión y la teoría, a sabiendas de que teorizar es algo infinito, pues supone la autocrítica constante de la teoría y la incorporación del repertorio práctico a la reflexión teórica.

Y ahí vuelve la tarea confesoria, pues Freud se alimenta de su memoria personal (lo veremos respecto a su relación con su padre) y del autoanálisis del «huésped desconocido» que aparece / se escamotea en los sueños de Sigmund Freud. De su psicología individual sabemos algo (no me atrevo a decir «bastante»).

Era un hombre con depresiones y jaquecas regulares, con cierta angustia de muerte, a quien no faltó una definición de neurastenia (palabra hermosa por lo anticuada, pero poco freudiana).

Tenía fobia a los viajes y alguna superstición numerológica: pensó morir a los 40 años, en 1896. Las ciencias exactas no eran su fuerte.

En cualquier caso, la fobia al viaje puede señalar un temor a dejar los espacios conocidos, una tendencia a controlar, que se relaciona con su necesidad de acotar el momento de su muerte. Bueno, pero tampoco esto es demasiado agudo.

Que Freud gustaba entender y que entender es controlar, resulta tópico. Más o menos como el retrato anterior.

Más me llama la atención que aceptara no poder hacer de madre en una situación de transferencia. Dice que se sentía demasiado masculino para ello.

Tal vez fuera cierto, o lo contrario: que no quería aceptar su parte materna, su parte femenina, lo cual habría estado más de acuerdo con sus teorías acerca de la bisexualidad originaria del sujeto.

En todo caso, prueba que la identidad es un constructo de la cultura y que nuestros retratos están hechos de prohibiciones. Y esto sí es freudiano.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en Analecta malacitana: Revista de la Sección de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

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