Freud, su papá y las mujeres


La comunidad judía

Más: proustianamente, aceptar que el pasado no es uno sino múltiple, producto de la memoria creadora. Sus entretejidos signos proponen un objeto al desciframiento La memoria está mediada por estos signos y no es un acceso directo a lo real de ese pasado. Con el tiempo, la imagen compacta del padre se resquebraja: Sigmund advierte en Jakob cierta perversidad y lo responsabiliza de la histeria de un hermano y una hermana. Como queda dicho, Jakob pertenecía a la comunidad judía de Galitzia, dividida entre conservadores y modernistas. Aquéllos eran rabínicos o jasídicos; éstos formaban el movimiento Haskala.

De hecho, Jakob es comportaba como «semijudío». Transmitió pocas tradiciones a sus hijos. Los hacía leer la Biblia en alemán y celebraba la Navidad. No obstante, el deseo paterno tiene un elemento judaico. Jakob llama a su hijo Schlomo (Salomón), como el abuelo. En el registro civil lo inscribe como Sigismund, pero Freud se hará llamar, de modo hebraico (también alemán) Sigmund. Salomón tiene un destino: liberar a su pueblo por medio de la sabiduría.

El pueblo de Freud será la incurable humanidad, es decir, el hombre tal como lo han concebido las religiones. En la crítica a la religión que hace Freud yace una aceptación universal de esta antropología de la enfermedad. En 1856 le toca nacer a Schlomo–Sigismund–Sigmund Freud en el pueblo de Freiberg. Es Sieg–Mund–Freud–in–Freiberg: «Alegría de la boca victoriosa en la montaña libre». Libertad bajo palabra, por medio de la palabra.

De hecho, dejar Freiberg y marchar a Viena será un episodio traumático: el exilio y la construcción de una nueva patria, de un lugar para el ejercicio de la paternidad. La figura de Jakob es compleja (¿cuál figura paterna no lo es?) y ofrece interesantes fisuras. En 1832, Jakob se había casado con Sally Kanner.

Ambos apenas pasaban los dieciséis años y es pensable que tal matrimonio fuese un arreglo de familias. Hasta 1848, los judíos austriacos sufrieron restricciones en sus derechos civiles y políticos. Aunque poco judío como tal, Jakob es judaizado por la mirada del perseguidor.

La escena se repetirá cuando Sigmund deba dejar Viena ante el avance nazi. Jakob, comerciante en variados ramos (pieles, textiles, miel, etc.) tiene dos hijos de este matrimonio: Philipp y Emanuel.

En 1852 está viudo y no resulta claro que se casara o se juntara con una tal Rebecca. Sabemos que, en 1855, Jakob vuelve a casarse, por segunda o tercera vez, con Amalie Nathansohn. Emanuel tiene veintiún años y su madrastra, veinte. Esta situación creará una doble familia al pequeño Sigmund, un embrollo de parentescos que sienta bien al inventor del psicoanálisis.

Sus hermanastros tienen la edad de su madre y Jakob aparece como una suerte de abuelo, ligeramente incestuoso. Jakob, por razones de trabajo, viajaba y estaba ausente del hogar.

¿Abusa Krüll al suponerle aventurillas, que se sumaban al fantasma de la amante / esposa Rebecca? ¿Dejó Jakob el territorio austriaco con sus dos hijos mayores para zafarse de la ley y evitar que hicieran el servicio militar?

Son elementos novelescos que no pueden ser aceptados ni desdeñados en una suposición biográfica.

Lo cierto es que, en 1865, un hermano del padre, el tío Josef, es procesado por falsificar moneda. El hecho es llevado a escándalo por el periodismo y la familia cae en deshonra. No es descabellado pensar que el niño Sigmund sintiera la necesidad de restaurar el honor familiar, refundar una «buena» estirpe freudiana. Lo cierto es que la vida en Viena se torna difícil. La familia pasa miseria.

El padre, abatido por la historia de Josef, cae en una abulia que atenta contra el bienestar del grupo. Sigmund se convertirá en sostén de la familia y, de hecho, en pareja de su madre. Los Nathanson colaboran con dinero. Sigmund es un chico empollón, alumno modélico, prematuramente maduro, de espíritu discutidor, que recibe la admiración y el temor de sus profesores (suele ocurrir).

De doña Amalie podemos saber que era mujer inteligente, aguda, irónica, encantadora. Vivió hasta los noventa y cinco años y ejerciendo cierta tiranía familiar de yiddische mame. Nadie osaba comprarse un sombrero sin consultarla. Muy guapa de joven, conservó un buen tipo y una sostenida coquetería hasta la vejez.

Sigmund la vio como una mujer dotada de caracteres viriles, quizás insatisfecha en su matrimonio, lo cual intentó compensar con la posesión de sus hijos, especialmente con el «áureo Sigi» (no era para menos). Con las debidas distancias, era más brillante partenaire que Jakob. La gloria mundana del hijo «evacuó» la figura del padre. Hijo favorito, amado con intensidad y egoísmo, según cuadra, Sigmund se veía en el retrato de otro enfant gaté, Goethe (el escritor más citado por Freud), quien asociaba el amor materno con un destino de buen éxito.

El júbilo goetheano fue convertido en el «alegre pesimismo» freudiano. En 1931, cuando muere doña Amalie, Sigmund publica su estudio Sobre la sexualidad femenina. No debemos creer en la casualidad.

¿Había que cerrar los ojos de la madre, también? Freud ve la sexualidad femenina como un dark continent, un espacio contenido y oscuro, algo que ofrece al conocimiento una opacidad resistente.

Para Freud fue como descubrir, bajo la cultura clásica griega, que buscaba la luz y la distinción, las tenebrosas raíces cretomicénicas. Sigamos un poco más con la novela familiar del neurótico, que es la de todos nosotros, en gran parte, gracias a Freud. Sigmund siente especial cariño por su hermanastro Emanuel (en hebreo: «Dios como alegría»).

Lo llama «tío» y, en efecto, los tíos son como los padres del domingo. Tal vez fuera Emanuel un auténtico rival en el amor de la madre. Emanuel y su mujer, María, tuvieron un hijo, Johannes, nueve meses mayor que Sigmund.

Aunque era su sobrino, se trataban, naturalmente, como hermanos. Krüll se permite suponer los habituales escarceos homosexuales entre ambos chicos, los que, de adulto, Freud reproducirá, en términos simbólicos, con Fliess y Jung (este último había sufrido una violación infantil que intentaba reparar en su vínculo con Freud). Paulina era otra hermanita / sobrinita con la cual Freud pudo vivir un idilio precoz.

Como se ve, no salimos de la novela. El último episodio de este capítulo es Alexander, nacido en 1866, hijo menor de Amalie y Jakob. Alejandro era hijo de Filipo de Macedonia. Krüll supone que aquel otro podía ser hijo de Philipp y no de Jakob. Lo cierto es que, para confirmar esta naturaleza fronteriza, de mayor se hizo un reputado especialista en aduanas.

Para terminar la novela es útil repasar la relación de Freud con sus discípulos. Ante ellos, aparece como Jakob ante él: destinado a la muerte totémica y con los ojos cerrados. El tabú lo protege de indiscreciones. Esto puede leerse como una petición de principios. Pero también muestra el costado fundacional del psicoanálisis, destinado (condenado) a convertirse en una secta, obra de ese padre que no tiene padre (Urvater) y que funge de fundador.

Prefiero obviar esta variante, pues el psicoanálisis me parece enraizado en una historia cultural de la que da cuenta y que relee, de modo que enriquece ese caudal que también lo enriquece con su herencia.

 

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