El Erasmismo en España

El erasmismo en España

A fines del siglo XV, el estado del clero en España no era mucho mejor que en otros pueblos de la Cristiandad, aunque los males no fuesen tan hondos e inveterados como en Italia y Alemania. Ante todo, en la Península no había herejías: Pedro de Osma no tuvo discípulos, y es un caso aislado.

Nadie dudaba ni disentía en cuanto al dogma, y la situación religiosa sólo estaba comprometida por el gran número de judaizantes y moriscos, que ocultaban más o menos sus apostasías. El sentimiento religioso y de raza había dado vida al Santo Oficio en los términos que a su tiempo vimos, para arrojar de sí, con inusitada dureza, estos elementos extraños. Pero las costumbres y la disciplina no andaban bien, y basta a demostrarlo el capítulo que a esta época hemos dedicado. Prescindiendo de repeticiones, siempre enojosas, y más en esta materia, basta decir que la reforma se pedía por todos los buenos y doctos; que la reforma empezó en tiempo de los Reyes Católicos y continuó en todo el siglo XVI; que a ella contribuyó en gran manera la severísima Inquisición; pero que la gloria principal debe recaer en la magnánima Isabel y en Fr. Francisco Jiménez de Cisneros.

El erudito autor de la Historia de los protestantes españoles, don Adolfo de Castro, tomóse el trabajo de encabezar su libro con una que llama Pintura del verdadero carácter religioso de los españoles en el siglo XVI, y se reduce a una serie de pasajes de escritores católicos de aquel tiempo, que, ora con evangélica austeridad, ora con intentos satíricos, reprendieron los vicios y la inmoralidad de una parte del clero y algunas supersticiones del pueblo. Figuran entre ellos Bartolomé de Torres Naharro y otros, que escribieron en Italia, y se referían a las cosas que en Roma pasaban, y no a las de España; pero aun limitándonos a los de aquí, hay abundante cosecha de quejas y lamentaciones. Así, Juan de Padilla, el Cartujano, autor de los Doce triunfos de los doce Apóstoles (impresos en 1521), clama contra la simonía,

Que por la pecunia lo justo barata
(...)
Haciendo terreno lo espiritual,
Y más temporales los célicos dones.

Así, un religioso de Burgos, cuyo nombre calla Fr. Prudencio de Sandoval al transcribir en su Crónica de Carlos V la carta que dicho fraile escribió a los Obispos, Perlados, gobernadores eclesiásticos, e a los caballeros e hidalgos e muy noble Universidad de España, en tiempo de los Comuneros, da contra los «Monesterios que tienen vasallos e muchas rentas» y cuyos «perlados, como se hallan señores, no se conocen, antes se hinchan y tienen soberbia e vana gloria de que se precian... y dánse a comeres e beberes, e tratan mal a sus súbditos e vasallos, siendo por ventura mejores que ellos...». (Se conoce que el fraile hablaba en causa propia.) Tras esto, parécele mal «que hereden e compren... porque de lo que en su poder entra, ni pagan diezmo, ni primicia, ni alcabala... y si así se dexa, presto será todo de monesterios». No menos desenvuelto habla de los Obispos, que «si tienen un obispado de dos cuentos de rentas, no se contentan con ellos; antes gastan aquellos sirviendo a privados de los reyes para que... los favorezcan para haber otro obispado de cuatro cuentos. E otros algunos tienen respecto a hacer mayorazgo para sus hijos, a quien llaman sobrinos, e así gastan las rentas de la Santa Iglesia malamente...». Y acaba diciendo, que «ya por nuestros pecados todos los malos exemplos hay en eclesiásticos, y no hay quien los corrija y castigue».

¿Y qué diremos de Fr. Francisco de Osuna, el del Abecedario Espiritual (1542), que a los malos Obispos de su tiempo llama «Obispotes, llenos de buenos bocados y de puerros y especia...», los cuales «no han vergüenza de gastar el mantenimiento de los pobres en usos de soberbia y luxuria», y añade que «el dia de la muerte hará en ellos gran gira el demonio»?

Con mayor energía aún, el dominico Fr. Pablo de León, en su Guía del Cielo (1553), declama contra los prelados y curas que «nunca veen sus ovejas, sino ponen unos ladrones por provisores... que a ninguno absuelven por dinero, ni dispensan sin pagarlo... que guardan el pan como logreros, y lo más caro que se vende en la tierra es el suyo», mientras que «estos malaventurados de perlados, como en la córte tienen todos oficios seculares... comen en sus cassas y tierras con sus escuderos las rentas de sus dignidades... Que no tiene hoy la Iglesia mayores lobos, ni enemigos, ni tiranos, ni robadores, que los que son Pastores de ánimas y tienen mayores rentas... Toda la Iglesia, por nuestros pecados, está llena, o de los que sirvieron o fueron criados en Roma, o de Obispos o de hijos o de parientes o sobrinos, o de los que entran por ruegos como hijos de grandes, o entran por dinero o cosa que valga dinero, y por maravilla entra uno por letras o buena vida. Y así como dinero los metió en la Iglesia, nunca buscan sino dinero, ni tienen otro intento que acrecentar la renta... que de aquella tienen cuidado y no de las ánimas... ¡Oh, Señor Dios! ¡Cuántos beneficios hay hoy en la Iglesia de Dios, que no tienen más perlados o curas... sino unos idiotas mercenarios, que no saben leer, ni saben qué cosa es Sacramento, y de todos casos absuelven!... De Roma viene toda maldad, que ansí como las iglesias cathedrales habian de ser espejo de los clérigos del obispado y tomar de allí exemplo de perfección, ansí Roma habia de ser espejo de todo el mundo, y los clérigos allá habian de ir, no por beneficios, sino por deprender perfeccion, como los de los estudios y escuelas particulares van a se perfeccionar a las Universidades. Pero por nuestros pecados, en Roma es el abismo destos males y otros semejantes... ¡Tales rigen la Iglesia de Dios: tales la mandan! Y así como no saben ellos, así está toda la Iglesia llena de ignorancia... necedad, malicia, luxuria, soberbia... Y así hay canónigos o arcedianos que tienen diez o veinte beneficios, y ninguno sirven. Ved qué cuenta darán éstos a Dios de las ánimas, y de la renta tan mal llevada...». Y por este camino prosigue Fray Pablo de León hasta decir que «apenas se verá iglesia cathedral o collegial donde todos por la mayor parte no estén amancebados». Esto se dijo y escribió libremente a vista del Santo Oficio, y por un maestro de Teología de la Orden de Santo Domingo, y se dijo y escribió en lengua vulgar para que hasta los niños y las mujeres pudieran entenderlo: prueba evidentísima de la opresión e intolerancia que en España reinaba.

A estos pasajes, recogidos por D. Adolfo de Castro, pudieran añadirse sin gran fatiga otros muchos, que vendrían a decir en sustancia lo propio y con la misma energía. No se traen estos textos para escándalo, ni por dar armas a los adversarios, sino porque la verdad de la historia lo exige; y mucho yerran los pusilánimes que quieren borrar con el silencio lo que con sólo abrir cualquiera de nuestros libros antiguos se halla. De intento no he querido valerme de testimonios de poetas y novelistas, porque los ensanches que da la libertad satírica pudieran hacerles sospechosos de ensañamiento o hipérbole, aunque todo lo que en Torres Naharro, en las Celestinas o en Cristóbal de Castillejo se lee, es nada en comparación de lo que dijeron los ascéticos, exagerando también, no me cabe duda, y generalizando con exceso, arrebatados de su celo por el bien de las almas y del calor declamatorio que la indignación, musa de Juvenal, comunica a su estilo.

La historia, si con imparcialidad se la consulta, prueba que en ese tiempo eran muchos más los eclesiásticos virtuosos y doctos que lo que puede inferirse de esas tremendas invectivas, las cuales, semejantes a otras muchas, no han de tomarse como suenan, sino en el concepto de reprensión general de los vicios, debiendo aplicarla cada cual para corrección propia, que bien lo necesitará.

Prueban las citas alegadas:

1.º Que todos los males, vicios y desórdenes censurados en la Iglesia por los protestantes, lo habían sido en términos aún más ásperos y desembozados por los católicos.

2.º Que la Inquisición no llevaba a mal que los vicios del clero secular y regular se descubriesen y censurasen, puesto que no prohibía estos libros.

Consecuencias son éstas que el mismo D. Adolfo de Castro, en su primera época de crudo liberalismo, acepta, aunque él mismo confesará hoy que no tenía razón en decir que «más adelante cesó esta libertad por la vigilancia y rigores del Santo Oficio». Tan lejos está de ser así, que bien entrado el siglo XVII, en 1634, se imprimieron las obras del Rector de Villahermosa, el cual no perdona en sus sátiras, graves y mesuradas, a ciertos Obispos de su tiempo, y los tacha de ignorantes y simoníacos:

Y Crisófilo, cauto en la treta
Del volador Simón, la mitra agarra
Con que después la indocta frente aprieta
(...)
Y si Micer Pandolfo trae corona
Y prebendado ha vuelto ya, Dios sabe
Qué Simón le ayudó, Mago o Barjona.

Y no escribieron con menos libertad Góngora y otros.

La misma audacia y desenvoltura con que tales cosas se escribían prueba que no había peligro serio en cuanto a la ortodoxia, siendo, por tanto, inexacta la afirmación del Sr. Castro (hablo del de 1851, no del de ahora) de que «la fe esta resfriada en los corazones de gran parte del vulgo». Precisamente el vulgo creía con toda firmeza, y no tomó parte alguna en el movimiento luterano, y acudía con suma devoción y fervor a los autos de fe, donde los encorozados y ensambenitados eran capellanes del Emperador, canónigos de iglesias metropolitanas, y caballeros y damas de la primera nobleza; porque la intentona luterana en España tuvo un carácter muy aristocrático. El vulgo veía los vicios y mala vida de algunos eclesiásticos, leía las diatribas contra ellos en los libros de devoción y en los de solaz y deporte más o menos apacible y honesto, los censuraba a su vez en cuentos, apodos y refranes, de que es riquísima el habla castellana, pero de ahí no pasaba

También es error grave en el historiador de quien vengo hablando el decir que los reformistas alemanes y los católicos escritores que entre nosotros (v. gr., Pedro Ciruelo) censuraban algunas supersticiones del vulgo, «tendían al mismo fin aunque por distintos caminos»; como si fuera lo mismo atacar la superstición que el culto externo, y como si no estuviera obligado el moralista cristiano a hacer lo primero. El mismo Sr. Castro reconoce en otro lugar de su prólogo que nuestros escritores «ni aun por asomo tendían a la reforma del dogma», y que cuanto más ásperos se muestran en la censura de las costumbres, tanto más adictos aparecen a la Sede Apostólica.

Ya indiqué que la reforma había comenzado en España mucho antes del Concilio de Trento, y antes que Paulo IV, San Pío V, Sixto V y otros Pontífices de veneranda memoria la extendiesen a la Iglesia universal. El principal fautor de esta reforma, por lo que hace a los Regulares, fue el franciscano Ximénez de Cisneros, uno de los hombres de más claro entendimiento y de voluntad más firme que España ha producido. La reforma de los Monacales había empezado casi con el siglo XV. Hizo la de los Cistercienses el venerable Fr. Martín de Vargas, abad del monasterio de Piedra en Aragón, y fundador del de Monte-Sion en Toledo, el cual sirvió de centro a la reforma, apoyada por los Papas Martín V (1425) y Eugenio IV (1432), con la cual se evitó la plaga mayor, la de las encomiendas perpetuas, haciendo que las abadías durasen sólo tres años. La misma reforma hizo en Portugal, a instancias de D. Juan II, en 1481, otro monje de Piedra, Fr. Pedro Serrano, el cual visitó además los monasterios de Castilla, hizo Capítulo general en Valladolid, cerró el monasterio de Torquemada, y prendió y depuso a algunos abades, entre ellos a los de Gumiel y Nogales.

Para la reforma de los Mendicantes se necesitaba bien el carácter férreo del provincial Fr. Francisco. En la consulta que éste dirigió a los Reyes Católicos, después de su visita a los conventos de las Andalucías, advierte que la «Órden de San Francisco es la que tiene más necesidad de reformación, porque... de tantos fráiles como somos, sólo cuatro provincias tienen la observancia, con muy pocos conventos, que viven perseguidos de los Padres conventuales, de su poder y persecución: todos los demás son claustrales. A éstos siguen los conventos de monjas, que, sin exceptuar ninguno, son todos conventuales... ni muchos de ellos tienen clausura... La causa de esta relajación ha sido que después de algunos cuarenta años de la fundación desta Santa Órden... con sus no religiosas costumbres, han admitido tener haciendas, rentas, tierras y heredades... y la propiedad en ellas es en comun y en particular... con Breves y Bulas que han obtenido para ello... Y siguióse una tibieza tan grande, una tan llorada destrucción de la pobreza evangélica...». Atribuía Ximénez el desorden a una segunda causa. «La general peste pasada que se extendió por toda Europa y acabó y asoló a las religiones: viendo, pues, los Prelados que sus conventos quedaban desiertos, dieron hábitos a todo género de gente... sin atender a las calidades que merece la Religión.» Se lamentaba, finalmente, de «la ignorancia de los sacerdotes de estos tiempos, de que, añade, V. M. está buen satisfecha.»

Los Reyes, en conformidad con esta consulta, impetraron de Alejandro VI, en 1494, una Bula, confirmada después por Julio II, para reformar todas las religiones de su reino, sin exceptuar ninguna, y nombraron reformador a Cisneros. El cual, uno a uno, recorrió los monasterios, quemando sus privilegios como Alcorán pésimo, quitándoles sus rentas, heredades y tributos, que aplicó a parroquias, hospitales y otras obras de utilidad, haciendo trocar a los frailes la estameña por otros paños más bordos y groseros, restableciendo la descalcez, y sometiendo todos los Franciscanos a la obediencia del Comisario general. Sujetó asimismo a la observancia y a la clausura casi todos los conventos de monjas. A las demás religiones no podía quitar las rentas que tenían en común, pero sí lo que tenían en particular, y así lo hizo, a la vez que ponía en todo su vigor las reglas y reformaba hábitos, celdas y asistencia al coro. Los Dominicos, Agustinos y Carmelitas no hicieron resistencia; pero sí los Franciscanos, y más que nadie el general de los claustrales italianos, que vino a España con objeto de impedir la reforma, y llegó a hablar con altanería a la misma Reina Católica, no sin que un secretario de Aragón, Gonzalo de Cetina, le amenazara con ahorcarlo con la cuerda del habito. y aunque Alejandro VI mandó suspender en 9 de noviembre de 1496 la reforma, mejor informado al año siguiente, permitió que continuase, y se hizo, no sólo en Castilla, sino en Aragón, venciendo tenaces resistencias, especialmente de los religiosos de Zaragoza y Calatayud. En Castilla, más de 1.000 malos religiosos se pasaron a Marruecos para vivir a sus anchas. Los de Salamanca andaban revueltos con malas mujeres, dice el Cronicón de D. Pedro de Torres al narrar la expulsión de muchos claustrales en 1505. Libre de esta inmunda levadura, pronto volvió a su prístino vigor la observancia.

No le fue tan bien a Cisneros con el clero secular, cuando quiso restablecer en su iglesia de Toledo la canónica augustiniana. Pero la reforma de los Regulares fue completa y tan duradera, que en 1569 podía decir el mejor de los biógrafos del Cardenal, el elegantísimo humanista toledano Alvar Gómez de Castro, que las religiones de España excedían a las de cualquiera otro país de la Cristiandad, en templanza, castidad y buena vida. Y de las Órdenes religiosas salieron los más duros reprensores de la relajación de los seculares, cuyos males endémicos, falta de residencia, coadjutorías y administraciones sede vacante, pensiones y encomiendas, con todos los perjuicios consiguientes a estas irregularidades canónicas, continuaron hasta el Concilio de Trento, dando ocasión a las amargas lamentaciones que al principio de este capítulo transcribíamos. Y el ir a menos este linaje de descripciones y de quejas, desde el 1550 en adelante, no depende de la tiranía de la Inquisición, sino de que el mal estaba ya remediado, a lo menos en su raíz y fundamento, aunque de la simonía y captación de beneficios por malas artes siempre quedaron reliquias inherentes a la flaqueza y ceguedad humanas.

La reforma llevada a cabo, con tan incontrastable tesón, por el antiguo guardián del convento de la Saceda, y el no haber en España relajación de doctrina, aunque sí de costumbres, es lo que nos salvó del Protestantismo. El confundir a nuestros frailes, después de la reforma, con los frailes alemanes del tiempo de Erasmo, arguye la más crasa ignorancia de las cosas de España.

Que se trabajaba en la reforma del clero secular, aunque las dificultades eran harto mayores, pruébanlo las Constituciones de los obispados y los Sínodos provinciales. Baste citar por todos el de Coria, celebrado en 1537 por el Obispo D. Francisco Bovadilla. En sus Constituciones y actos, libro rarísimo y muy notable, se lee: «Porque de las costumbres y vidas de los clérigos redunda el buen exemplo e malo en los pueblos, se debe sumariamente inquirir y corregir los delictos, pudiéndose haber debida informacion, principalmente para extirpar la maldad simoniaca, contractos usurarios, y otros grandes vicios... como enemistades, amancebamientos, fornicaciones.» Allí se establece que «ningún clérigo deste obispado cante missa nueva, sin licencia del Obispo o su provisor o oficiales: y sea examinado en las cerimonias de la missa y en las costumbres, pessando muy bien juntamente su cordura y prudencia». Aún es más explícito el párrafo siguiente: «En gran menosprecio de la honestidad, y escándalo del pueblo, es que los hijos bastardos y espurios de clérigos sirvan a sus padres en la iglesia diciendo missa o en cualquier manera: por ende prohibimos que lo tal no se haga... En ninguna manera sean sacristanes los susodichos hijos de clérigos en las iglesias que tuvieren los padres beneficio o servicio en cualquier manera que sea...» Prohibe asimismo a los clérogis «tener mujeres sospechosas para su servicio, andar de noche con armas, y representar farsas o bailar en las missas nuevas y en las bodas». Ni tampoco quedan impunes los desórdenes en cuanto a la predicación de indulgencias... «Graves y continuas querellas nos han sido dadas de cada dia por los de nuestro obispado, de los muchos qüestores y predicadores que andan a pedir limosnas y predican bullas y otras indulgencias... Por ende ordenamos y mandamos en virtud de sancta obediencia, y so pena de excomunión y de diez mil maravedís, que de aquí adelante ninguno predique bullas sin nuestra expresa licencia», etc.

Entre los que en Italia clamaban por reforma, con estar no poco necesitados de reformarse a sí mismos, se cuenta un español: el ambicioso y turbulento Cardenal de Santa Cruz, Bernardino Carvajal, uno de los autores del conciliábulo de Pisa contra Julio II, y bajo la protección de Los franceses. En tiempo de León X se apartó del cisma, y el día que Adriano VI hizo su entrada en Roma le dirigió las siguientes peticiones, a modo de plan de reforma:

«I.Que acabara con la simonía, ignorancia y opresión de los tiempos antiguos; que oyera el parecer de buenos consejeros, y mantuviese la libertad en los votos, en los consejos y en la ejecución.

II.Que reformara la Iglesia según los Concilios y los Cánones, para que no pareciera una congregación pecadora.

III.Que tratara como a hijos y hermanos a los Cardenales y demás Prelados, ensalzándolos, honrándolos y no consintiendo que yaciesen en pobreza.

IV. Que administrase justicia por igual a todos, valiéndose de íntegros e incorruptibles oficiales.

V.Que amparara los monasterios en sus necesidades.

VI. Que predicase una cruzada contra los turcos, y mandase hacer una colecta para acudir al socorro de Rodas.

VII.Que con ayuda de los sufragios de los príncipes y de los pueblos. acabara la iglesia de San Pedro, como la empezaron sus predecesores.»

Obsérvese de cuán distinto modo se entendía la reforma en Alemania y en los países latinos. Aquí se clamaba por la edificación del templo de San Pedro con Las limosnas de los cristianos; allí parecían mal las indulgencias concedidas con este fin artístico y piadoso. Lutero era de opinión que no se hiciese guerra al turco; Carvajal pide que se acuda al socorro de Hungría y de Rodas contra aquel común enemigo de la Cristiandad y de la civilización. Quiere el Cardenal Ostiense protección y limosnas para los monasterios; quieren los reformistas alemanes desterrar los votos monásticos, por librarse de ellos. Éstas o parecidas observaciones deben tenerse en cuenta siempre que se hallen en libros católicos de aquel siglo y del anterior exhortaciones a la reforma. Importa fijar el valor de las palabras, y no dejarse engañar por su vano sonido.

Erasmo y su obra

A pesar de mi afición a ciertos escritos de Erasmo, no dejaré de confesar que hay mucho de exageración en los elogios que de él se hacen. Ingenio y gracia nadie se los negará ciertamente; pero el más apasionado de sus admiradores no dejará de conocer que sus méritos son inferiores a su fama. ¿Qué nombre oscurece al suyo entre los de los humanistas del Renacimiento? Y, sin embargo, Erasmo escribe el latín con mucha menos corrección y pureza que Bembo o Sadoleto: sus poesías valen muy poco comparadas con las de Ángelo Poliziano, Sannázaro, Vida y el mismo Juan Segundo, holandés como Erasmo. En lo poco que trató de filosofía es un escritor insignificante, sobre todo al lado de Luis Vives. Aun en sus mismas facecias tan ponderadas, en los Coloquios, en el Elogio de la locura, cede el humanista de Rotterdam en amenidad y soltura a Pontano y a Juan de Valdés. ¿Cómo se explica la reputación de Erasmo?

Aparte de sus méritos muy reales, y que nadie niega, el dominio de Erasmo, aquella especie de hegemonía que ejerció en las inteligencias, sólo comparable a la de Voltaire en el siglo pasado, se funda:

1.º En la universalidad de materias que trató y en lo flexible de su ingenio, que con no llegar a la perfección en nada, alcanzaba en todo una medianía más que tolerable.

2.º El haber unido el amor a las dos antigüedades, la pagana y la cristiana, contribuyendo, como uno de los artífices más laboriosos e infatigables, a la restauración de una y otra. Con la misma pluma con que traducía a Eurípides y a Luciano, interpretaba el Nuevo Testamento y corregía las obras de San Agustín y San Hilario. Sus servicios a la ciencia escrituraria y a la patrística son indudables, y mucho mayores que los que prestó a las humanidades.

3.º En el carácter moderno, digámoslo así, de su talento y del estilo de sus opúsculos, que es burlón, incisivo y mordaz, con mucho de la sátira francesa, más que de la pesadez alemana. No es esto decir que la sátira de Erasmo sea un modelo muy seguro: a vueltas de chistes delicados y semiáticos, los tiene groserísimos, quizá en mayor cantidad que los primeros. Nunca es sobrio, y repite usque ad satietatem los mismos conceptos.

4.º En su destreza y habilidad polémicas. La controversia erasmiana es tan dura como lo toleraba el tiempo; pero ni llega al cinismo brutal de Poggio y Valla, ni a la destemplada y salvaje ferocidad que con el mismo Erasmo usó Julio César Escalígero.

5.º En lo excesivo de su amor propio y en aquel continuo hablar de sí mismo con soberbia modestia: eficacísimo medio para imponerse al vulgo de los doctos, pues, aunque parezca paradoja, ya notó Macaulay que no son los menos populares los escritores que, a fuerza de ponerse en escena, llegan a persuadir a la humanidad de lo peregrino y excepcional de su ingenio; lo cual él comprueba con el ejemplo del Petrarca.

6.º Y sobre todo: en haber atacado con todo linaje de armas satíricas y envenenadas los que él llamaba abusos, vicios y relajaciones de la Iglesia, y junto con ellos muchas instituciones, ceremonias y ritos venerandos, encarnizándose con la disciplina, sin respetar el dogma mismo; y haber hecho esta perniciosa propaganda en libros breves, de amenas formas, salpicados de chistes y cuentecillos contra frailes y monjas, Papas y Cardenales: libros que, difundidos en extraordinario número de ejemplares (24.000 se imprimieron de los Coloquios), y aderezados con las malignas estampas de Holbein, que exornan el Elogio de la Locura, corrieron de un extremo a otro de Europa entre la juventud universitaria, dando al nombre de Erasmo una popularidad poco menor que la de Lutero, a quien Erasmo abrió el camino en todo lo que se refiere a disciplina, ya que en los errores dogmáticos haya radicalísima diferencia.

Las circunstancias de la vida de Erasmo explican el tono y calidad de sus escritos. Nunca tuvo mayor aplicación la fisiología literaria. Hombre de complexión débil y valetudinaria, de carácter irresoluto y tornadizo, ni para el bien ni para el mal tenía grande firmeza. Por eso no fue ni del todo católico, ni del todo protestante, y después de abrir el camino a los luteranos, se espantó de su obra y escribió contra Lutero. Hijo natural, sometido en sus primeros años a durísima tutela, y entregado luego a sus propios recursos, se abrió camino en el mundo mendigando el favor de los poderosos, sin escrupulizar mucho en cuanto a alabanzas.

Su odio a los frailes, más que de la ignorancia de éstos en Alemania, de su grosería y liviandad y de su odio a las buenas letras, procedía de una causa enteramente personal. Erasmo, niño todavía, había sido obligado por un tío suyo a entrar en un convento de Agustinos, donde lo había pasado harto mal. Y aunque salió de él cuando quiso, si bien conservando el hábito, jamás perdonó a los frailes el haberle hecho padecer por algún tiempo las austeridades de la regla, y fue el mayor y más enconado enemigo que ha tenido quizá el monacato, aunque no suele atacarle de frente. Hombre que todo lo juzgaba por impresiones personales, o, como ahora dicen, subjetivas, condenó los votos, porque él no había sabido cumplirlos; el ayuno y la comida de viernes, por que su salud no lo toleraba y le producía náuseas hasta el olor del pescado; los largos rezos y oraciones, porque le hastiaban y cansaban.

Que éstas y otras no más altas causas reconoce la decantada filosofía cristiana de Erasmo, el cual era, después de todo, un mal fraile, si bien no fuese suya toda la culpa, sino de aquellos tutores y amigos que por fuerza le hicieron tomar un estado para el cual no tenía vocación alguna. Estudiante en París, cobró, no sin algún fundamento, grande ojeriza a los teólogos escolásticos de entonces, que, al decir de Melchor Cano, combatían con largas cañas, envueltos siempre en fútiles cuestiones. Pensó, y pensó bien, que a tales argucias y sutilezas debía sustituir una ciencia viva y cristiana, fundada, sin desprecio de la sana filosofía, en la Escritura y en los Padres. Teólogos, predicadores y frailes son el eterno asunto de las diatribas de Erasmo y, sobre todo, de sus celebrados Coloquios.

Son éstos en gran número. Llegan a ochenta y seis en las ediciones más completas, y tienen por fin ostensible destetar a los niños en la latinidad, ejercitarlos en el diálogo, y darles formas, giros y modos de hablar sobre cualquier materia. Fuerza es decir que los argumentos están escogidos con poca habilidad para tal propósito. Oigamos al mismo Erasmo exponer los asuntos de algunos de sus diálogos, en la defensa que hizo de ellos:

En el coloquio De captandis sacerdotiis reprendo a los que van a Roma en busca de beneficios eclesiásticos, con grave detrimento del dinero y de las costumbres, y exhorto a los sacerdotes a deleitarse, no con las concubinas, sino con la lección de buenos autores.

En la Confesón del soldado tacho la impía confesión de un militar, que después de recibir la absolución, mata y roba como antes.

En el Convite profano no condeno las constituciones de la Iglesia sobre ayunos y elección de manjares, pero repruebo la superstición de algunos, que les dan más importancia de la que es justo, y olvidados de la verdadera piedad, condenan por ello al prójimo.

En el titulado Virgo misogumos, la doncella que aborrece el matrimonio, detesto la conducta de los que aconsejan a los jóvenes y a las muchachas entrar en religión, abusando de su sencillez y superstición, y persuadiéndoles que no hay salvación fuera de los monasterios.

En La virgen arrepentida presento a la misma doncella, que, antes de profesar, muda de opinión, y vuelve a casa de sus padres.

En el coloquio Del soldado y del cartujo pongo en cotejo la locura de la juventud que corre a la guerra, y la vida del cartujo, que sin el amor de los estudios no puede menos de ser triste y desabrida.

En el De la mujer erudita... hablo de los monjes y abades aborrecedores de las sagradas letras, dados al ocio, al lujo, a la caza y al juego.

En el Espectro descubro los fraudes de los impostores, que engañan a las gentes crédulas fingiendo apariciones de demonios y almas en pena.

En la Peregrinación religiosa censuro a los que hacen locas peregrinaciones a Jerusalén y Roma por causa de religión, y a los que veneran reliquias inciertas, o hacen granjería de ellas. »En la Ichthiophagia trato la cuestión de la disciplina y constituciones eclesiásticas, que algunos del todo desprecian, otros anteponen a la ley divina, y otros aprovechan para lucro y tiranía. Yo busco entre estas opiniones una justa templanza.

En el Funeral comparo la muerte de los que se fían en vanas supersticiones, y de los que ponen en Dios su esperanza, reprendiendo a la vez a los monjes que abusan de la necedad de los ricos.»

Este resumen, como hecho por el mismo autor y con un fin de defensa, no da bastante idea de las audacias de los Coloquios, y aun induciría a declararlos inocentes, puesto que la Iglesia en ninguna manera defiende las supersticiones ni la profesión monástica forzada, ni el lujo y soberbia de los abades, ni las malas confesiones, ni otras cosas que Erasmo censura. A lo sumo se le podría tachar de indiscreto ensañamiento con personas y cosas dignas de respeto, el cual no podía menos de disminuirse en el vulgo a vista de tales ataques.

Pero Erasmo, salvas sus intenciones, iba más allá, si bien de una manera cautelosa, hipócrita y solapada; y no sin razón le acusaron los teólogos de París de «tener en poco las abstinencias y ayunos de la Iglesia, los sufragios de la Virgen y de Los Santos», de «juzgar el estado de la virginidad inferior al del matrimonio», de «disuadir la entrada en religión» y de «entregar éstas y otras graves cuestiones teológicas y canónicas al arbitrio de los muchachos que comenzaban el estudio de la latinidad». Erasmo se defendió con la poco ingeniosa disculpa de que las proposiciones sospechosas no estaban en boca suya, sino de los personajes del diálogo: como si en cabeza de ellos pudiera calificar impunemente de judaísmo el ayuno, y burlarse de la intercesión de los Santos, sólo porque sacrílegamente la invocasen los malhechores y forajidos.

En otro coloquio, Las exequias seráficas, indignamente se mofa de la Orden de San Francisco; sin que haya disculpa que baste a cohonestar el desacato, que llega a comparar con un espectáculo de funánbulos o prestidigitadores el entierro de un tal Eusebio, que había mandado piadosamente que le amortajasen con el hábito de la seráfica Orden. Era el espíritu de Erasmo escéptico, y, como hoy diríamos, volteriano, inaccesible a sentimientos de devoción, y no muy capaz de comprender lo poético y bello de las costumbres y ceremonias cristianas. Práctico y positivo, lo que más le ofende es el dinero que los frailes reciben, y la manera simoníaca de adquirir los beneficios. Sus críticas son de sacristía, aunque salpimentadas de gracejo, y no de las peores y más insulsas dentro del género.

En el Elogio de la Locura, obra ingeniosísima que todavía se lee con gusto, y en la cual sólo se echa de menos un poco de esa animación, ligereza y sobriedad que parece vedada a los hombres del Norte, aún son mayores las audacias e irreverencias. Con achaque de censurar la indiscreta devoción y la temeraria confianza, no respeta las indulgencias ni la veneración de los Santos, ni la piadosa costumbre de recitar los siete salmos penitenciales. Parécele necedad y locura que cada ciudad tenga su Santo patrono, y su titular cada oficio, y hasta pone lengua en el culto de la Virgen. Todo el Opúsculo rebosa en saña contra los teólogos, sin hacer distinción alguna, confundiendo en un haz a Reales, Nominales, Tomistas, Occamistas y Escotistas, como si toda la teología se redujera a sutilezas, delirios y sofistería . No menos se ensangrienta con los que llama el vulgo religioso y monjes, execrados y aborrecidos por todo el mundo, que huye de ellos como de la peste: los cuales, con voces asininas repiten los Salmos en el templo, y venden muy caras sus inmundicias y mendicidad, haciendo de ellas ostentación en calles y plazas: y todo lo tienen por regla y precepto, hasta el color del hábito (¡cómo le pesaba el suyo a Erasmo!) y las horas de dormir. No acaba de entender por qué ciertas Órdenes rechazan el contacto del dinero, y llama niñerías («nugas»), acervo de ceremonias y tradicioncillas humanas (hominum traditiunculis) a las reglas monásticas, y a los frailes nuevo linaje de judíos, a quienes nadie se atreve a contradecir, porque la confesión les da la llave de todos los secretos. Al lado de este lenguaje impío, parecen inofensivas las burlas de Erasmo contra teólogos y predicadores, que nunca dejan de ladrar, y con ridículos clamores ejercen la tiranía entre los mortales, y se creen Pablos y Antonios, no siendo más que unos histriones.

No salen mejor librados los cardenales y obispos, ni el mismo Papa, a quienes acusa de incurrir en todos los vicios de los príncipes seculares, y de defender con espada y veneno la potestad que simoníacamente han comprado, y que sólo les servía para tener sus establos llenos de caballos y mulas, y sus antesalas de aduladores y parásitos. Los Pontífices guerreros, como Julio II, son el blanco principal de las iras del humanista bátavo, que tanto aduló, cuando le tuvo cuenta, a sus sucesores León X y Clemente VII. De los Obispos germanos dice que vivían como sátrapas: y sólo así se explica la poca resistencia que hicieron a los progresos de la Reforma.

«La plebe, añade, abandona el cuidado de las cosas espirituales a los eclesiásticos, los seculares a los regulares, los de menos estricta observancia a los más observantes, éstos a los mendicantes, los mendicantes a los cartujos, en los cuales yace sepultada la piedad, y tanto que apenas se la ve.»

Imagínese qué efecto haría en el siglo XVI este pamphlet virulento de un teólogo que se decía cristiano, ya quien honraban, protegían y pensionaban papas, cardenales y reyes. ¡Con cuánta razón se ha dicho que Erasmo puso el huevo de la Reforma! Nada de cuanto Lutero dijo contra la Iglesia romana deja de estar contenido en germen en el Elogio de la Locura, donde, para que la profanación sea mayor, hasta los textos de la Escritura se convierten en objeto de chanzas y risa. Que era Erasmo de Rotterdam, en medio de su natural pacífico, hombre de los que por decir una facecia atropellan todo respeto, dando a veces más allá del blanco que se proponían. Increíble parece que, ni en serio ni en burlas, llegara a escribir que tiene la religión cristiana cierto parentesco con la locura, y que por eso todos los niños, mujeres y fatuos son creyentes. Leyendo tales cosas, no es de extrañar que muchos hayan tenido a Erasmo por escéptico y despreciador de toda religión.

¡Líbreme Dios de suponerle peor de lo que fue! Sé que en el siglo XVI es inverosímil la impiedad a la moderna; que Erasmo escribió libros de buena y sincera religión; que entonces nadie tomaba al pie de la letra los atrevimientos de las obras satíricas, y que éstas se escribían siempre con gran libertad y desenfado. Sé que Erasmo vivió y murió en el seno de la Iglesia católica, defendiendo el libre albedrío contra Lutero, el cual le injurió brutalmente sin respeto a su ciencia y a sus canas; pero vivió y murió como un católico doctrinario (usemos la fraseología de ahora), débil y acomodaticio, de medias tintas y de concesiones, amigo peligroso, de los que hacen más daño que los enemigos declarados, patriarca de esa legión que desde el siglo xvi acá viene dando un poco de razón a todo el mundo, empeñada en la insensata empresa de conciliar a Cristo con Belial, y de atraer a los enemigos, sacrificando cobardemente una parte de la verdad. Hombre pacífico, moderado, amante de su comodidad, enemigo de ruidos y escándalos, creyó dirigir la Reforma desde su mesa de estudio, y sembrar impunemente las tempestades; hacer a la Iglesia una guerra culta, elegante, de sátiras y diálogos, derribando hoy una piedra, mañana otra, descubriendo las heridas como para catarlas, sin reparar en contradecirse y volver atrás cuando su palabra o su pensamiento le llevaban demasiado lejos. Pensé que con atenuaciones, moderaciones y retóricos eufemismos podía decirse todo, siempre que se dijera en latín y en libros escritos para sabios; y cuando vio que la senmilla germinaba, dudó entre la vanagloria y el remordimiento. Locura fue pensar que entre la plebe de las Universidadis que devoraba sus libros, no había de haber alguno que tradujera en la enérgica lengua del vulgo las mordaces agudezas del Moriae Encamium y de los Coloquios. Lutero y los suyos adularon al principio a Erasmo para atraerle a su partido. Él se mantuvo a la defensiva, aconsejándoles calma, moderación, tolerancia; decía que ni aun la verdad le agradaba cuando era sediciosa, y entre veleidades y fórmulas urbanas procuró no comprometerse meterse con nadie y sostener un equilibrio imposible. Y consiguió lo que consiguen siempre estos hombres del justo medio: atraerse los odios de católicos y protestantes, y no creer nadie en su sinceridad, cuando después de los años mil, hostigado por todos sus amigos, y por Adriano VI y Clemente VII, y por el rey de Inglaterra, Enrique VIII, publicó de mala gana su tratado De libero arbitrio. Lutero, por su parte, le llamó ateo, epicureo, blasfemo y escéptico en materias de fe.

Cómo le juzgaban los grandes católicos de aquel siglo vamos a verlo en un curiosísimo pasaje de la Vida de San Ignacio de Loyola, escrita por el Padre Rivadeneyra. Habla de cuando San Ignacio estudiaba humanidades: «Prosiguiendo, pues, en los ejercicios de sus letras, aconsejáronle algunos hombres letrados y píos que, para aprender bien la lengua latina, y juntamente tratar de cosas devotas y espirituales, leyese el libro De Milite christiano..., que compuso en latín Erasmo Roterodamo, el cual en aquel tiempo tenía grande fama de hombre docto y elegante en el decir. Y entre los otros que fueron deste parecer, también lo fue el confesor de Ignacio. Y así, tomando su consejo, comenzó con toda simplicidad a leer en él con mucho cuidado y a notar sus frases y modos de hablar. Pero advirtió una cosa muy nueva y muy maravillosa, y es que en tomando este libro de Erasmo en las manos y comenzando a leer en él, juntamente se le comenzaba a entibiar su fervor y a enfriársele la devoción. Y cuanto más iba leyendo, más creía esta mudanza. De suerte, que cuando acababa la lición, le parecía que se le había acabado y helado todo el ardor que antes tenía, y apagado su espíritu y trocado su corazón, y que no era el mismo después de la lición que antes della. Y como echase de ver esto algunas veces, a la fin echó el libro de sí, y cobró con él y con las demás obras deste autor tan grande ojeriza y aborrecimiento, que después jamás no quiso leerlas él, ni consintió que en nuestra Compañía se leyesen, sino con gran delecto y cautela.»

Para que no nos asombremos de que a un escritor tan sospechoso y que tanto resfriaba el fervor de San Ignacio, le honrasen con amistad, y hasta con indomato amore, tan buenos católicos como Vergara, Tomás Moro, mártir de la fe, y Luis Vives, el más piadoso de los humanistas, conviene establecer una distinción clara y precisa entre los llamados Erasmistas, y dividirlos en dos grupos:

1.º Los que en Erasmo admiraban sobre todo al filólogo, colector de los Adagios, traductor de la Ifigenia y de la Hécuba, de los Opúsculos morales de Plutarco y de la Gramática de Teodoro de Gaza; al acérrimo impugnador de la barbarie; al institutor eminente, autor de planes de enseñanza que luego superó Vives, y de libros elementales admitidos en todas las escuelas; al docto helenista, corrector y traductor del Nuevo Testamento y de muchas obras de los Santos Padres, benemérito de la erudición sagrada y profana por sus glosas y comentarios; al prosista más variado y fecundo de aquella época. Por todos estos motivos era digno de alabanza Erasmo, y lo es hoy todavía, aunque sus trabajos, como todos los de erudición, crítica y exégesis, hayan envejecido más o menos. Lo que no envejece es la forma de sus escritos ligeros, así cartas como diálogos y apologías, y ésta también la admiraban los amigos a quienes voy refiriéndome. En cuanto a las ideas, reconociendo, como todos los buenos católicos, la necesidad de reforma, y los males de la Iglesia, los vicios de la escolástica, etc., etc., en ninguna manera seguían a Erasmo en sus diatribas contra las indulgencias, la invocación de los Santos, las ceremonias, los ayunos, etc. Siempre que de hereje se le acusaba, procuraron excusarle más bien que defenderle, y si de algo pecaron fue de exceso de amistad y de modestia. A este grupo pertenecen casi todos los erasmistas españoles: el Arzobispo Fonseca y su secretario Vergara, el inquisidor Manrique y Luis Núñez Coronel, Luis Vives, Fr. Alfonso de Virués, y el mismo arcediano de Alcor; algunos de los cuales, no dudaron en llevar la contra a Erasmo en muchas cosas. De ellos trataremos en este capítulo.

2.º Los que pensaban como Erasmo en todo y por todo, y aun iban más allá que él en muchas cosas, tocando los confines del luteranismo, si es que no llegaron a caer en él. De éstos es el secretario Alfonso de Valdés y el cronista de Portugal, Damián de Goes, que vendrán en capítulos distintos.

Estudiemos ahora, las controversias erasmistas en España, sobre las cuales tenemos copiosísimás documentos, algunos de ellos inéditos todavía.

Adversarios de Erasmo

Sería grave error el suponer que sólo a frailes ignorantes y aferrados a la escolástica rudeza tuvo Erasmo por contradictores. Lejos de eso, el primero que en España se le opuso fue un helenista, hijo de aquella florentísima Universidad, de Alcalá, donde, como en casi todas las escuelas del Renacimiento, se cultivaban con igual amor la ciencia profana y la sagrada. El Cardenal Ximénez había formado allí una especie de colonia ateniense, donde trillaban al mismo tiempo el cretense Demetrio Ducas, maestro de lengua griega; los hebraizantes conversos Alfonso de Zamora, Pablo Coronel y Alfonso de Alcalá; los dos Vergaras, en letras helénicas eminentes, traductor el uno de Aristóteles y el otro de Heliodoro; el toledano Lorenzo Balbo de Lillo, a quien se deben notables ediciones de Valerio Flaco y Quinto Curcio; el comendador griego Hernán Núñez, y, sobre todos, el anciano pero vigoroso Antonio de Nebrija, que, derrotado malamente en unas oposiciones de Salamanca por un rapaz, discípulo suyo, había encontrado en Alcalá el tan apetecido otium cum dignitate. Nunca habían sido tan protegidas en España las letras humanas. De las cuarenta y dos cátedras que el Cardenal estableció, seis eran de gramática latina, cuatro de otras lenguas antiguas, cuatro de retórica y ocho de artes. Erasmo reconoce y pondera en muchas partes la grandeza de Cómpluto, que florecia en todo género de estudios en aquella su edad dorada, y con razón podía llamarse p§mplouton, por abundar en todo linaje de riquezas.

La grande obra de aquellos insignes varones fue la Políglota Complutense, monumento de eterna gloria para España, como que hace época y señala un progreso en la crítica aplicada a los sagrados textos: una de las grandes y positivas conquistas del Renacimiento, que fue, no me canso de decirlo, la restauración de la antiguedad sagrada al mismo tiempo que de la profana. Sin ser muy literato Cisneros, era en todo un hombre de su siglo, enamorado del saber y de las letras, hábil en escoger sus hombres, ardentísimo en los propósitos y tenaz en la ejecución. La Políglota se hizo incluyendo, además del texto hebreo, el griego de los Setenta, el Targum caldaico de Onkelos, uno y otro con traducciones latinas interlineales, y la Vulgata. Llena los cuatro primeros tomos el Antiguo Testamento; el quinto el Nuevo (texto griego y latino de la Vulgata), y el sexto es de gramáticas y vocabularios (hebreo, caldeo y griego). Los trabajos preparatorios duraron diez años. A los artífices de este monumento ya los conocemos: la parte hebrea y caldea corrió a cargo de los tres judíos conversos; en la griega trabajaron el cretense Ducas, Vergara, el Pinciano (Hernán Nuñez) y algo Antonio de Nebrija, que tuvo mucha mano (no tanta como él hubiera querido) en la corrección de la Vulgata, y que por su genio áspero, mordaz y vanidoso solía ponerse en discordia con sus compañeros. Códices hebreos había en abundancia en España, y de mucha antigüedad y buena nota, procedentes de nuestras sinagogas, donde se había conservado floreciente la tradición rabínica. Tampoco faltaban buenos ejemplares latinos; pero no los había griegos, y hubo que pedirlos al Papa León X, que facilitó liberalmente los de la Vaticana, los cuales fueron enviados en préstamo a Alcalá, como expresamente dice el Cardenal en la dedicatoria, y no copiados en Roma, por más que lo indique su biógrafo Quintanilla. Para fundir los caracteres griegos, hebreos y caldeos, nunca vistos en España, y hacer la impresión, vino Arnao Guillem de Brocar, y en menos de cinco años (¡celeridad inaudita, dadas las dificultades!) se imprimió toda la Biblia, cuyos gastos ascendieron, según Alvar Gómez, a cincuenta mil escudos de oro. La impresión estaba acabada en 1517, pocos meses antes de la muerte del Cardenal; pero no entró en circulación hasta 1520, de cuya fecha es el Breve apostólico de León X, autorizándola «por juzgar indigno que tan excelente obra permaneciera más tiempo en la oscuridad».

La Políglota era asombrosa, pero no era ni podía ser definitiva. Sobre todo, en el Nuevo Testamento encontraban qué reprender los helenistas, aunque no podían quitarle la gloria de ser el primer texto que había aparecido en el mundo, ya que el tomo V, en que se halla, tiene la fecha de 1514. Al mismo tiempo que los doctores complutenses, trabajaba otra edición Erasmo, la cual fue impresa en 1516, y reimpresa en 1519, 1522, 1527, 1531 (que es la que poseo, estampada en Basilea por Juan Rebellio) y 1535, sin otras posteriores. Los pareceres de los doctos se dividieron: cuáles estaban por el texto griego de la Políglota, cuáles por el de Erasmo. A decir verdad, uno y otro adolecían de no leves defectos, como fundados en códices relativamente modernos, y todos de la familia bizantina. ¿Quién ha de pedir a aquellas ediciones del siglo XVI, primeros vagidos de la ciencia, la exactitud ni el esmero que en nuestros días ha podido dar a las suyas Tischendorf, sobre todo después del hallazgo del códice Sinaítico? Erasmo tuvo que valerse de algunos códices de Basilea muy medianos, y en la cuarta, quinta y sexta edición introdujo algunas correcciones tomadas de la Complutense.

Los alcalaínos no andaban acordes en juzgar el trabajo de Erasmo. Unos, como Vergara, le aplaudían; otros, como Diego López de Stúñiga, encontraron en él muy graves defectos.

Las invectivas de Erasmo contra éste su contradictor no deben torcer nuestro juicio ni llevarnos a injusticias. Diego López de Stúñiga, de noble familia extremeña, que dio maestros a la Orden de Alcántara, sabía el griego y el latín por lo menos tan bien como Erasmo, dice Ricardo Simón; juntaba, a lo antiguo y esclarecido de su prosapia, ingenio cándido y urbano, gran saber en Teología, letras humanas e historia eclesiástica, vida inocentísima, suma honestidad de costumbres y de palabras, amor a la verdad y piadosos sentimientos, según nos informa Juan Ginés de Sepúlveda, que le conoció muy bien. No le movió a escribir contra Erasmo odio ni mala voluntad, como Sepúlveda advierte, y lo comprueba un hecho que referiré después.

Había hecho Stúñiga en 1519 sus primeras armas contra el teólogo de París Jacobo Fabro Stapulense, tildándole de haber cometido graves errores en su traducción de las Epístolas de San Pablo, y defendiendo contra él que la Vulgata de hoy es la misma que corrigió San Jerónimo, y responde fielmente, en lo sustancial, al texto griego. Al año siguiente (1520) salió de las prensas de Arnao Guillem de Brocar un libro rotulado:

Annotationes / Jacobi Lopidis Stunicae / Contra / Erasmum Roterodamum / in defensionen / translationis / Novi Testamenti.

Asegura Erasmo en su respuesta que el Cardenal Cisneros había aconsejado a Stúñiga que enviase al mismo Erasmo su obra antes de divulgarla, diciéndole además: «Si puedes, haz algo mejor y no condenes la labor ajena.» (Tú, si pates, adfer meliora, ne damna alienam industriam.) Por eso no se atrevió a hacer la publicación en vida del Cardenal; pero así que murió éste, entregó Stúñiga el libro a los tipógrafos, sin avisar para nada a Erasmo.

No se distingue ciertamente la obra del teólogo de Alcalá por la templanza: tras de negar a Erasmo saber teológico y todo conocimiento de la lengua hebrea (esto último era verdad, y Erasmo lo confiesa), y tratarle de apolinarista y arriano, llega a disputarle hasta sus muchas humanidades, y con latina soberbia no se harta de llamarle Bátavo, harto de cerveza y de manteca; pero todo ello estaba en las ásperas costumbres literarias del tiempo. Por lo demás, nuestro helenista razona bien en algunas cosas, como iremos viendo.

Decía Erasmo que San Mateo no escribió su Evangelio en hebreo, o que, a lo menos, San Jerónimo no vio este texto. Stúñiga invoca el testimonio de Orígenes, San Agustín y San Crisóstomo; pero ninguno de ellos lo dice como cosa cierta, sino como tradición: traditur, dicitur, etc. Hoy la ciencia escrituraria da la razón a Stúñiga, apoyada en textos más antiguos y expresos que los suyos, como que son de Papías, citado por Eusebio, San Ireneo, Clemente Alejand ino, Tertuliano, etc., ninguno de los cuales usa el traditur.

Prescindamos de las notas que se refieren a quisquillas gramaticales: si ha de traducirse de Thamar (lección antigua) o ex Thamar (Erasmo); Salomón o Salomonem (como puso Erasmo separándose de la forma hebrea); duemoniacos (San Jerónimo) o syderatos (Erasmo, por parecerle mas elegante esta forma); naviculam o navem.; si puede decirse en buen latín adulterabis, o más bien adulteraberis, como Erasmo quería; lamentavimus (Vulgata) o lamentati sumus; si el panis de la Vulgata debe ser fasciis; si a Poncio Pilato se le ha de llamar praesidente o procurante de Judea; si Cedrón es nombre hebreo; si en la Epístola a Los Romanos (cap. II) se ha de traducir benedictus o laudandus, en el III iniquitas o injusticia, en el VII vocabitur o judicabitur adultera, en el VIII glorificavit o magnificavit y en el III de la epístola II Ad Thesalonicenses, denuntiabamus o praeciliebamus, etc. Tampoco nos detengamos en otras enmiendas, que pudieran muy bien hacer variar el sentido; pues no es lo mismo traducir en el capítulo X de San Mateo el nÛnfh por sponsa que por nurus, ni en el XI el n¿pioi por parvuli (Vulgata) o por stulti (Erasmo), siendo en estos casos mucho más fiel al sentido la Vulgata que Erasmo, aunque éste ande más apegado a la letra. Más grave novedad era el traducir Maria... bonam partem elegit, en vez de optimam partem, siendo así que San Ambrosio, San Agustín y otros Padres escriben siempre meliorem; y así ha de ser para que el contraste entre Marta y María, la vida activa y la contemplativa, tenga toda su fuerza. Claro que hay que dar al ¦gaq¿n un sentido superlativo.

Pero había cosas más graves. Sobre el capitulo I de San Juan acusaba Stúñiga a Erasmo de arriano, por decir que en las Escrituras era frecuente atribuir el nombre Dios al Padre solo, aunque por dos o tres lugares constaba que Cristo era Dios, y citaba el Dens erat Verbum, el Dominus meus et Deus meus y algún otro. Como el decir dos o tres parecía menoscabar los testimonios de la divinidad de Cristo, Stúñiga se enoja mucho, y con razón, porque los lugares son más de diez. Erasmo responde que dijo dos o tres como quien dice muchos, y que más quiere ser tenido por un hongo o por una piedra, que por dudador de la divinidad de Cristo. Por el contrario, comentando el capítulo IV de los Actos dudaba Erasmo si a Cristo le competía el nombre de siervo, y Stúñiga le acusa de inclinarse al error de los Apolinaristas y negar a Cristo la naturaleza humana. Como se ve, esto era andar muy de prisa; pero la opinión de Erasmo no carecía de peligros, ni tampoco el traducir en la epístola Ad Ephesios (cap. V) en vez de sacramentum magnum, mysterium o arcanum, aunque protesta que no por esto quiere negar que el Matrimonio sea Sacramento. El Diabolos de la epístola I a Timoteo (cap. III) no lo entendía Erasmo por Satanás, como la Vulgata, sino por calumniator.

Algunas de las objeciones de esta primera tanda eran harto insignificantes y fáciles de contestar, y Erasmo lo hizo en su Apologia respodens ad ea quae in Novo Testamento taxaverat Jacobus Lopius Stunica. Tras de la rociada de injurias consiguiente, llamándole bufón y no teólogo, no puede menos de reconocer que en España florece el estudio de las lenguas y de las buenas letras, y que del ingenio de Stúñiga espera mucho, con tal que haga en adelante mejor uso de él. Al apodo de Bátavo responde que «para el filósofo cristiano no hay españoles, ni galos, ni germanos, ni sármatas, sino hombres nuevos regenerados por Cristo, y que todos los que sirven a la gloria de Cristo son hermanos.» Niega haber despreciado la Vulgata ni faltado al respeto a San Jerónimo, «a quien nadie, dice, respeta tanto como yo». Escandalízase de los dictados de apolinarista y arriano. «¡Negar a Cristo la naturaleza humana, yo, que en todos mis libros le adoro! ¡Hacer a Cristo, según la naturaleza divina, inferior al Padre, yo, que tantas veces detesto a las Arrianos!» Y ya puesto en cólera, llama a Stúñiga testaferro, histrión alquilado para representar una fábula ajena y plagiario de los Léxicos y de las Quincuagenas, del doctísimo varón Antonio de Nebrija, cuyo nombre, dice, es entre nosotros glorioso y célebre. Por lo demás, da la razón a Stúñiga en dos o tres observaciones, como la de haber atribuído a Penélope unas palabras de Ulises en la Odisea y en lo de que Cedrón sea nombre hebreo, confiesa que en la traducción hay errores, promete enmendarlos en las ediciones sucesivas, y se defiende bien de algunas objeciones, de otras desgarbadamente.

Stúñiga hubo de exasperarse, pero dilató algo su contestación por haber emprendido entretanto un viaje a Roma. Por cierto que la relación de este viaje está impresa, y es libro rarísimo. En 1521 estaba ya en la Ciudad Eterna, adonde le llevaron pretensiones de beneficios eclesiásticos, si hemos de creer a Erasmo, el cual asegura además que el Papa y los Cardenales se oponían a que escribiera contra él. (Et aegre Pontificum et Cardinalium auctoritate coercitus. Epístola DCCCXCIX a Francisco de Vergara.) León X le aconsejó moderación y caridad en la disputa con Erasmo. Muerto aquel Pontífice, vedaron por edicto los Cardenales que nadie injuriase por escrito al de Rotterdam, temerosos de que a la tragedia luterana se añadiese otra; pero Stúñiga y algunos más infringieron el decreto, y publicaron subrepticiamente sus libros. Hasta aquí Erasmo. Quizá la protección que en Roma se le deba no fuera tanta como él pondera. Lo cierto es que Stúñiga publicó contra él, una tras otra, Las siguientes diatribas, todas de peregrina rareza:

Erasmi Rote- / rodami Blas- phemiae et im- I pietates per Jacobun Lopi- / dem Stunicam / nunc primum propalatae ac proprio volumine alias re- / dargutae.

Es una serie de proposiciones tomadas de las obras de Erasmo, especialmente en las Anotaciones al Nuevo Testamento, de los Escolios a las Epístolas de San Jerónimo y a San Cipriano, del Enchiridion de la exposición del Salmo Beatus ille, del Compendio de la verdadera Teología, de la Querela Pacis y del Elogio de la Locura. Las acusaciones ya puede imaginarse cuáles son: hablar mal de frailes, Obispos y clérigos; llamar al Papa Vicario de Pedro y no Vicario de Cristo; combatir los ayunos y el celibato de los clérigos; aplicar las palabras Tu es Petrus a todo el cuerpo de la Iglesia y el Pasce oves meas a cualquier Obispo (lo cual sabe a Luteranismo y Wicleffismo, añade Stúñiga); hablar con poco respeto del culto de los Santos; tener en menosprecio la autoridad de San Jerónimo, etcétera Stúñiga presentaba este opúsculo como un specimen de otra obra más late, donde se proponía demostrar que «Erasmo, no sólo era luterano, sino príncipe y cabeza de los luteranos».

Quéjase Erasmo en la respuesta de que su enemigo haya presentado los pasajes que extracta de sus obras de la manera más a propósito para escandalizar, con lemas o epígrafes exagerados; sin los antecedentes y consiguientes que los moderan. Tampoco le parece bien que se haya valido de la primera edición del Nuevo Testamento, porque en la segunda y tercera había enmendado muchas cosas que, escritas en tiempos tranquilos, parecían malsonantes después de la sedición de Lutero Atrocísimo libelo llama al de Stúñiga, inspirado parte por el deseo de adquirir fama, parte por complacer a ciertos monjes, parte por cazar en Roma un beneficio. «En Lovaina y en Colonia, dice, se estaba fraguando, hace muchos años, el trabajo a que Stúñiga dio su nombre: otros alzaron la liebre, él recogió la gloria y el dinero. Por eso hoy se pasea a caballo por el Campo de Fiore, y todos le señalan con el dedo.»

Esto para muestra de la urbanidad de la polémica. Entrando ya en la médula del libro, le aplica Erasmo aquel dístico de Marcial:

Lemmata si quaeres, cur sint adscrita docebo,
Ut si malueris, lemmata sola leges;

puesto que toda la odiosidad estaba en los títulos. «¿Por qué han de ser blasfemias las reprensiones de las malas costumbres, cuando llenos están de ellas los Profetas, Evangelistas y epístolas apostólicas, y Tertuliano, y San Cipriano, y San Jerónimo, y San Bernardo de consideratione ? ¿Querrá persuadirnos Stúñiga que no hay Obispos ni frailes malos? ¡Ojalá fuera así!»

Con el achaque de que sólo ataca la superstición y el exceso, defiende Erasmo, como puede, las malignas insinuaciones de la Moria, principal texto de Stúñiga, alegando que León X leyó el Elogio de la Locura, y no le condenó, y que Platina escribió cosas más graves que él en la Vida de los Pontífices. Reconoce en términos expresos el primado del Papa, aunque deja en duda si es por institución divina o por consenso de los pueblos y de los príncipes; añadiendo con extraordinaria frescura que esto no quita ni añade nada a la potestad del Pontífice. El final de la Apología es un reflejo fiel de las agitaciones de la conciencia de Erasmo. No quiere admitir el título de luterano, desea andar solo y no ser cabeza de ninguna facción, y a Lutero ni le ataca ni le defiende; «aunque ¿quién no había de defender a Lutero a los principios? Ni los clamores, ni las Bulas, ni los edictos pueden arrancarle de las manos del pueblo: el mal ha echado raíces...». ¡Tímidas e hipócritas palabras, que no podían satisfacer a nadie! ¿Qué importa que a Erasmo no se le pudiera llamar con rigor luterano, si era a su modo un enemigo de la Iglesia tan pernicioso como Lutero?

Lo que empezó por cuestión filológica iba acabando por cuestión de fe; Stúñiga, tenaz en su manía antierasmiana, publicó en seguida, como batidor o anuncio de sus tres volúmenes, otro opúsculo titulado:

Jac. Lopid. Stuni- / cae libellus trium illorum volumi- / num praecursor quibus Erasmi- / cas impietates ac blasphemias redar- / gait.

Tres cuestiones trata este libro. La primera se refiere a la divinidad de Jesucristo, que supone negada por Erasmo; la segunda, al nombre de siervo aplicado a Jesucristo, y la tercera, al Sacramento del Matrimonio. Sabido es que Erasmo traducía, en vez de sacramentum, mysterium o arcanum.

Sobre estas mismas tres cuestiones divulgó simultáneamente otro libro contra Erasmo un teólogo navarro, residente en Roma como Stúñiga, e hijo, lo mismo que él, de la escuela de Alcalá, donde fue colegial de San Ildefonso. Se llamaba Sancho Carranza de Miranda, y era hermano del dominico Fr. Bartolomé, célebre y desdichado Arzobispo de Toledo. En París había tenido Sancho gran crédito de disputador y teólogo, y no menor en la escuela Complutense, que le tuvo por maestro de artes y teología, contando entre sus discípulos a Juan Ginés de Sepúlveda. Lleváronle sus méritos a una canonjía de Calahorra y a la magistralía de Sevilla; pero al tiempo que estas disputes ocuirrían, se hallaba en Roma acompañando a D. Álvaro Carrillo de Albornoz, que trataba asuntos del cabildo de Toledo. Habíase dada a conocer como hábil y sutilísimo dialéctico en una controversia Sobre los modos de la alteración y la quiddidad, contra el famoso peripatético Agustín Nipho de Suessa, obra que imprimió en 1514, dedicada al Cardenal Carvajal. No era Carranza humanista como Stúñiga, sino un mero teólogo escolástico, a quien calificó un discípulo suyo de perspicaz en la invención, acre en la disputa, fácil y metódico en la enseñanza, de divina memoria y de agudeza dialéctica. Aunque confiesa ignorar el griego y el hebreo, el libro que escribió contra Erasmo revela talento no vulgar, y se distingue por la cortesía y templanza, ajenas en todo de los arrebatos de Stúñiga. Y verdaderamente tiene razón en sus tres cargos contra Erasmo. Su libro se titula:

Sanctii Car- / ranzae a Miran-/ da Theologi / opusculum in / quasdam Eras- / mi Roteroda- / mi Annota- / tiones.

A la vuelta de la portada exornan el libro unos dísticos de Francisco Vázquez. Dedica Carranza su libro al canónigo Juan de Vergara, grande amigo de Erasmo.

Al fin dice: Impressit Romae Ariotus de Trino, impensis Joannis Mazochi Bergomatis, die primo Martii M.D.XXII.

Tachaba el nuevo antagonista a Erasmo de enemigo de la teología y de no conceder valor alguno a Santo Tomás ni a Scoto, y se presentaba con aires de mediador entre el holandés y Stúñiga. Defendía:

1.º Que el nombre de Emmanuel (Dears nobiscum) era bastante prueba de la divinidad de Cristo, y que no indicaba sólo el favor y patrocinio de Dios, como Erasmo quería; que en las palabras Et Deus erat Verbum se da clara y manifiestamente a Cristo el nombre de Dios, y que es vano y sofístico empeño el de Erasmo en amenguar con reticencias y distingos la fuerza de textos clarísimos, donde con manifesta apiellatio se llama a Cristo Dios, v. gr.: «Ut cognoscamus Deum verum, et simus in vero Filio ejus. Hic est verus Deus et vita aeterna.» (San Juan, lib. I, capítulo. V.) «Magni Dei et salvatoris nostri Jesu Christi.» (San Paul., Ad Titum, capítulo II.) «EI non secundum Christum, quia in ipso inhabitat omnis plenitudo divinitatis corporaliter.», (Ad Coloss., capítulo II.)

2.º Que el nombre de siervo conviene con propiedad a Cristo (capítulo IV de las Actas de los Apóstoles), y que no ha de traducirse puerum, como quieren Lorenzo Valla y Erasmo, sino servum, puesto que leemos en la epístola Ad Philippenses: «Formam servi accipiens.»

3.º Que la doctrina de Erasmo sobre el Matrimonio, negándole el carácter de Sacramento, es idéntica a la de Lutero.

Erasmo contestó por separado a Stúñiga y a Carranza, acusando al primero de plagiar los argumentos del segundo. Comienza tratando a éste con cierta moderación relativa, como quien se alegra de encontrar un verdadero teólogo, modesto y apacible en la enseñanza, y hasta le disculpa que por amor de patria, especie de piedad filial, haya tomado apasionadamente la defensa de su conterráneo. Pero esta templanza no dura mucho: al verse tildado Erasmo, más o menos descubiertamente, de arriano, apolinarista y sabeliano, prorrumpe en invectivas contra Carranza, hasta llamarle os impudens. En el fondo se defiende muy mal: para probar que el nombre de siervo es impropio, trae citas de San Juan Crisóstomo y San Ambrosio; y estrechado con los pasajes que claramente afirman la divinidad del Verbo, responde que «ojalá estuviera nombrado seiscientas veces, aunque no sería menor su creencia que si estuviese nombrado seis mil». Yo creo que Erasmo nunca llevó tan allá sus dudas, y que en esta parte obraba sólo por espíritu sofístico y deseo de contradicción. Tampoco negaba que el Matrimonio fuera Sacramento, sino que el texto de la epístola Ad Ephesios fuese bastante prueba, y que Pedro Lombardo y otros antiguos teólogos, en cuyas obras, dice, hay más lugares condenados que en todas las mías, le admitiesen como Sacramento, aunque él en esta parte no los seguía.

Carranza se retiró de la palestra, no porque los argumentos de Erasmo fuesen para convencer a nadie, sino porque le profesaba sincera estimación, y porque Vergara y otros amigos comunes se interpusieron. Años después, en 1527, escribía Erasmo a Francisco de Vergara: «He oído decir que Sancho está ya en buena disposición para conmigo, olvidado de la antigua contienda: si fuere así, dale mis memorias.»

Stúñiga continuó solo la campaña, y aunque no llegó a publicar un Paralelo entre Erasmo y Lutero que tenía ofrecido, y estuvo a punto de ir a la cárcel como desobediente a los edictos de Adriano VI que prohibían estas polémicas, aprovechó el interregno en que estaba reunido el Cónclave después de la muerte de aquel Pontífice, e hizo correr por las calles de Roma un pliego impreso subrepticiamente con el título de:

Conclusiones principaliter / suspectae et scandulosae quae reperiuntur in libris Erasmi / Roterodami per Jacobum / Lopidem Stunicam exceritae.

No tiene más señas de impresión que éstas: Romae, MDXXII. El primado de San Pedro, la confesión, la extremaunción, las ceremonias y las horas canónicas son los principales capítulos de acusación contra Erasmo en esta hoja volante: que no consintió más largo escrito el corto tiempo entre uno y otro Papa.

Tornó a replicar Erasmo, en una carta a Juan Fabro, canónigo de Constanza, escrita desde Basilea el 1.º de marzo de 1524, que interpretando sus palabras como Stúñiga las interpretaba, no era difícil encontrar herejías hasta en San Pablo, y que él tenía el Matrimonio por Sacramento, mucho más después de la decisión del Concilio de Florencia; pero que no encontraba expreso en Los Santos Padres el primado del Pontífice. ¡Cómo si no fuesen terminantes las palabras de San Cipriano: «Qui cathedram Petri super quam funduta est Ecclesia deserit, in Ecclesia non est: qui vero Ecclesiae unitatem non tenet, nec fide habet»

El mismo año corrieron de molde otros dos escritos de Stúñiga contra Erasmo. En el primero le acusa de plagiario de Lorenzo Valla, y de suponer solecismos en la Vulgata. (Assertio Ecclesiasticae translationis Novi Testamenti a soloecismis quos illi Erasmus Rotterodamus impegerat, per Jacobum Lopidem Stunicam.) En el segundo nota y señala los lugares que habla enmendado Erasmo, conforme a sus anotaciones, pero sin nombrarle, en la tercera edición del Nuevo Testamento. (Loca quae ex Stunicae / annotationibus, illius suppresso / nomine, in tertia editioni novi / Testamenti / Erasmus emendavit.)

A estos dos folletos clandestinos, en cuya impresión, si hemos de creer a Erasmo, tuvieron parte los Dominicos, contestó aquél desde Friburgo en una Epístola apologética al médico Huberto Barlando, insistiendo principalmente en lo de los solecismos, que no era extraño que cometiesen los Apóstoles escribiendo para el vulgo, y en el griego corriente de su tiempo.

Con esta carta, fecha en 8 de junio de 1529, terminó la contienda, pues aunque Stúñiga tenía preparada una biblioteca entera contra Erasmo, ochenta anotaciones a sus escolios a las obras de San Jerónimo, y más de ciento a su traducción del Nuevo Testamento, nada de esto le dejó publicar su muerte, acaecida en Nápoles por los años de 1530. En su testamento dejó mandado que se enviasen a Erasmo sus apuntamientos, para que en vista de ellos corrigiera, si quería, en las sucesivas ediciones de sus obras, los que fuesen verdaderos yerros, sobre todo en el Nuevo Testamento. Los Cardenales D. Francisco de Quiñones y D. Íñigo de Mendoza, testamentarios de Stúñiga, cuidaron, de acuerdo con Juan Ginés de Sepúlveda, de extractar lo más notable y enviárselo a Erasmo. Éste lo recibió con mucho agradecimiento, y, examinadas las observaciones, confesó que muchas cosas se le habían escapado que estaban bien corregidas por Stúñiga. Y no podía menos de ser así, cuando éste había sido el primero en estudiar el Códice Vaticano, que Erasmo no vio nunca, y de cuya existencia ni siquiera sabía hasta que Sepúlveda le dio la noticia en 1533. Conste todo esto para desagravio del maltratado doctor extremeño, juntamente con las palabras que a modo de elogio fúnebre le dedicó Erasmo, templados ya sus rencores con la muerte y el generoso testamento de su adversario: «¡Digno era aquel varón docto y diligente de haber ilustrado por muchos años la república literaria, ejercitándose en más dignos argumentos, ya que no hizo otra cosa en su vida que escribir contra mí!» Juan Ginés de Sepúlveda, que había vivido en su compañía en Roma, le dedicó este elegante y sobrio epitafio:

Flete virum, Charites: jacet hic virtutis alumnus
Stunica, secli laus delitiaeque sui.
Vos quoque lugete, heu, Musae, nam utrumque colebat
Ille chorum sancte, gratus utrique fuit,
Virtutum gregi charus: languere videntur
Doctrina et probitas, cumque pudore sales.

El varón a quien nuestro gran ciceroniano apellida amado de las Musas y de las Gracias y rico de sales, claro se ve que no estaba envuelto en las tinieblas de la Escuela, como por ignorar estas cosas dicen los extranjeros que de él escriben en sus vidas de Erasmo, sino que era un espíritu del Renacimiento.

Traducciones de Erasmo

No todos los españoles eran tan tenaces reprensores de Erasmo como Diego López Stúñiga. Por el contrario, quizá en ningún reino de la Cristiandad tenía el humanista de Rotterdam, tantos amigos y de tanta valía como en el nuestro. Figuraba entre ellos, y en primera línea, Luis Vives, de quien, cuando aún no había cumplido veintiséis años, escribía Erasmo que «no había parte alguna de la filosofía que le fuese extraña, y que en la facilidad y elegancia del decir, apenas había en aquel siglo quien con él compitiese; antes parecía nacido en los tiempos de Cicerón y Séneca».

Pero este gran varón, como por la profundidad y alteza de sus ideas se levanta sobre Erasmo y todos los demás escritores de entonces, conociendo y practicando aquella filosofía cristiana que en los otros no pasaba de los labios, no figurará en este capítulo más que como narrador y testigo, reservando para lugar más oportuno el vindicarle de graves acusaciones. Si puede pecarse de exceso de modestia, éste era el pecado del humildísimo Vives respecto de Erasmo, tan inferior a él en casi todo, y a quien, sin embargo, consultaba y oía con veneración de discípulo, hasta seguir ciegamente sus consejos y asociarle a sus obras, permitiéndole añadir y quitar más de lo justo, como aconteció en los Comentarios a la Ciudad de Dios, de San Agustín, cuyos lunares, que merecieron la atención y reprobación del Santo Oficio, que jamás tocó los restantes escritos del filósofo de Valencia, no nacen sino de este ciego respeto y devoción erasmiana.

No menos devoto de Erasmo era el segoviano Luis Núñez Coronel, doctor teólogo por la Universidad de París, donde había seguido sus estudios con gran crédito de ingenio y letras, lo mismo que sus hermanos Antonio y Francisco, el primero de los cuales fue rector del colegio de Montaigu. y publicó muchos tratados lógicos. También Luis Coronel pagó tributo a la escolástica, haciendo correr de molde un Tractatus de formatione syllogismorum, y otro de Física. Absolutisimo teólogo le apellida Damián de Goes, en su Hispania contra Munster, y por él dijo el parisiense Guillerrno Riel:

Virides refert Segovia palmas,
Tempora frondenti cingens victricia Lauro.

Pero pronto se hizo del partido de los humanistas y renacientes, y entró en relaciones con el doctor roterodamense, a quien le recomendó Vives, amigo de Coronel en París, y que le tenía, no sólo por teólogo, sino por matemático excelente y cristiano de veras. En la primera carta que le escribió sostenía Erasmo la conveniencia de que los laicos leyesen la Escritura en lenguas vulgares, y se defendía del cargo de ser luterano ni fautor de Lutero; pero no por más nobles motivos que por desagradarle las sediciones que de aquella fábula habían resultado y resultarían.

Coronel se ocupaba por entonces en escribir una refutación del luteranismo, y en sus coloquios con Vives confesaba su inferioridad gramatical, que le hacía acudir al juicio de Erasmo. Era tan gran de admirador suyo, que le tenía por otro San Jerónimo o San Agustín, y llamaba estúpidos a los que decían mal de él y le tildaban de luterano, siendo hombre cristianisimo, y por cuyos escritos estaba dispuesto a lidiar lo mismo que por el Evangelio.

En 1522, época de sus primeras relaciones con Erasmo, había ido Coronel de París a Flandes. Años después le encontramos en España como secretario del Arzobispo de Sevilla e inquisidor general D. Alonso Manrique, y siempre tan decidido y entusiasmado por Erasmo.

Nombre mucho más glorioso ha dejado en las letras patrias el toledano Juan de Vergara, uno de los ingenios más cultos y amenos de nuestra edad de oro, padre de la crítica histórica en España con su Tratado de las ocho cuestiones del templo, donde muele y tritura las ficciones del Beroso, de Anio Viterbiense; traductor de los libros sapienciales para la Políglota Complutense, y de los tratados De anima, de Física y Metafísica para la grande edición de Aristóteles que preparaba Cisneros; escritor de cartas latinas, que más de una vez arrebató la palma a Italia, dice Matamoros, y por quien se jactaba el Arzobispo Fonseca de tener en su casa a un émulo de Bembo y Sadoleto; poeta de tan severa y clásica inspiración como lo acreditan algunos epigramas suyos, imitaciones de Catulo, que andan con los Idilios de Alvar Gómez; luz de las aulas de Alcalá y del cabildo de Toledo; enérgico adversario del Estatuto de limpieza del Cardenal Silíceo y de la anticatólica distinción de cristianos viejos y nuevos; hombre de tan estoica igualdad de ánimo como lo muestra aquel dístico suyo, explanación de las palabras de Epicteto sustine et abstine:

Sustine in adversis, et te compesce secundis
Et temnes coecae numina vana Deae.

Todo esto fue Juan de Vergara, profesor de filosofía en la Universidad complutense en tiempo de Cisneros y secretario del mismo Cardenal y de su segundo sucesor D. Alfonso de Fonseca.

La naturaleza había repartido largamente sus dones en la familia de los Vergaras. Literata y docta en Latín y en griego era la hermana Isabel, y helenista de Los primeros que hubo en España, su hermano Francisco, inferior a Juan en el ingenio, pero superior en el estudio, si hemos de creer a Scoto; discípulo del Cretense y del Pinciano, y catedrático de lengua griega, durante diez años, en Alcalá; autor de una gramática que aún hoy es útil y estimada, y traductor de la Historia ethiopica, de Eliodoro, y de algunas homilías de San Basilio.

Erasmo apreciaba mucho a estos dos hermanos: decía de las epístolas de Juan que estaban llenas de miel y azúcar, y se alegraba de que en España, madre fecundísima de grandes ingenios, floreciesen tanto las letras, al paso que en Alemania decaían hasta el punto de no querer oír nadie a los profesores públicos. Parecíale rejuvenecerse leyendo las elegantísimas cartas griegas de Francisco, que enviaba después a los profesores de Lovaina para estimularlos con el ejemplo. Ni olvidaba tampoco en sus cartas a Bernardino Tovar, hermano de la madre de los Vergaras, y tan erasmista como ellos. No ponía tasa a sus elogios: por Los Vergaras podía servir España de ejemplo y envidia a los demás pueblos. ¡Qué Universidad podía compararse en esplendor con la complutense, protegida y honrada con tanto amor por los dos Arzobispos Cisneros y Fonseca? «Debo a España más que a los míos ni a otra nación alguna», añadía.

A decir verdad, estos elogios, aunque justísimos, no eran del todo desinteresados. Los buenos oficios e intercesión de Vergara habían conseguido del Arzobispo Fonseca, varón de altos pensamientos y protector de las letras, una pensión de 200 ducados de oro para Erasmo mientras se ocupase en la corrección de las obras de San Agustín. Con el don iba una afectuosa carta, escrita por el hábil secretario, llena de lisonjeras expresiones para Erasmo, a quien animaba a escribir contra los luteranos, como único capaz de tamaña empresa, y promever la reforma de los falsos dogmas de los contrarios y de las mulas costumbres de los nuestros, volviendo éstos a mejor partido y aquéllos al partido absolutamente sano. Lo cual bien claro indica cuán lejos estaban Fonseca y su secretario de transigir con el Protestantismo.

El agradecimiento de Erasmo no hallaba límites. Las cartas de los Vergaras tenían para él todos los halagos de las Musas y de las Gracias; y en cuanto a Fonseca, exclamaba: «¡Ojalá tuviera nuestra Alemania muchos Obispos por el estilo!» Como monumento de esta generosa protección, queda la dedicatoria que Erasmo hizo en 1529 de su edición de San Agustín al clarísimo Arzobispo de Toledo

En las cartas a sus amigos toledanos hablaba Erasmo del luteranismo como de cosa sin importancia y nacida de frívolas cuestiones entre Dominicos y Agustinos. En cambio, se encarniza con el paganísmo de los ciceronianos de la carta de León X, atacándolos con la misma saña con que lo hizo, ya al fin de su vida, en un diálogo famoso.

Suelen decir que más perjudica el celo de un amigo imprudente que el odio de un enemigo. Tal aconteció a Erasmo con un admirador suyo, de quien él no sabía: el arcediano de Alcor, en la glesia de Palencia, Alfonso Fernández de Madrid, tan celebrado entre nuestros historiógrafos por su inédita Silva Palentina, y hermano del traductor de la Próspera y adversa fortuna, del Petrarca. Era el Palentino varón de irreprensibles costumbres, y en la oratoria evangélica muy aventajado. Trabajó mucho en la corrección de los libros de rezo, y más de una vez fue Vicario general de su obispado. La afición a Erasmo le movió a poner en hermosa lengua castellana uno de sus tratados, aquél que tanto resfriaba la devoción de San Ignacio: el Enchiridion militis Christiani (Manual del soldado cristiano), libro que, sin ser de los más irreverentes y mordaces de Erasmo, no deja de contener las usuales diatribes contra las Órdenes religiosas, hasta decir que el monaquismo no es piedad, sin que falten tampoco chanzonetas sobre el lignum crucis, el agua bendita y las reliquias de los Santos, con achaque de censurar las supersticiones. El arcediano de Alcor templó todas las frases sospechosas, y las dejó en sentido católico; moderó algún tanto los pasajes donde libremente se trata de las costumbres de los Eclesiásticos, y examinado el libro por personas doctas de orden de D. Alonso Manrique, cuyo secretario Luis Coronel era tan erasmista como antes vimos, se estampó, dedicado al mismo inquisidor general y Arzobispo de Sevilla, en 1527, con un prólogo en que se defiende la conveniencia de poner en lengua castellana el Nuevo Testamento, ya que no el Antiguo.

El ruido que el Enchiridion hizo fue grande, mayor que lo que Erasmo hubiera querido. En la carta con que dio las gracias al traductor se manifestaba temeroso de la envidia; pero como las castañuelas deben tocarse bien o no tocarse (testtudines edendas esse aut non edendas), indicaba su deseo de que hablasen también en castellano otros libros suyos de moral y devoción, v. gr., el De misericordia Domini, el De matrimonio christiano, ciertas paráfrasis y comentarios a los Salmos. Pero temía muy mucho que en España llegaran a imprimirse, como algunos lo anunciaban, los Coloquios, la Lengua y otros escritos suyos, que aunque nada impío contuviesen, eran inoportunos y no harían buen efecto en lengua vulgar: de lo cual le persuadía lo sucedido en Francia.

En cartas a Vergara y a Coronel no dudó decir Erasmo que ignoraba si los que traducían sus libros al castell ano lo hacían por afición a él o por odio, pues no lograban más que alimentar la envidia, que nunca había estado tan despierta contra él como después de la publicación del Enchiridion. El arcediano se ofendió de estas palabras, y replicó a Erasmo que el libro se había impreso con tanta utilidad y favor del pueblo cristiano, que donde quiera se le encontraba y todos le leían: en el palacio del César, en las ciudades, en las iglesias, en los monasterios, en las posadas y en los caminos. Tanta popularidad sobresaltaba a Erasmo, y mucho más cuando los frailes pararon mientes en las audacias más o menos encubiertas del libro. El doctor Boehmer ha publicado una interesantísima carta inédita del arcediano a Coronel, que éste remitió a Erasmo con traducción latina, y que hoy se conserva autógrafa en la Biblioteca de la Universidad de Leipzig. En ella refiere lo que sigue:

«Agora es bien que sepa Vra. Md. que en esta ciudad (de Palencia) un padre Fr. Juan de San Vicente, franciscano, mas hablador que letrado, ha procurado alterar este pueblo, como ya otra vez lo alteró en tiempo de las Comunidades, y públicamente predicando y en dia señalado de San Antolin, cuando concurre el clero y pueblo y provincia a la iglesia catedral, dijo dos mil blasfemias de él diciendo que contenia mil herejías. Y allende desto sacó del seno una conclusion, y fijóla en el paño del púlpito con alfileres... El dia siguiente yo me hallé a la disputa, y ninguno salió a le argüir, así porque son todos frailes, como porque la conclusión no mostraba cosa particular sobre que disputaba. Entonces él sacó un papel con hasta XXX artículos que había colegido del Enchiriaion y de una epístola de Erasmo, que suele andar con él y del Paráclesis, etc., y en verdad, así Dios salve mi ánima, que de todos XXX el padre no entendió los diez, ni dice Erasmo lo que éste le levanta, antes en algunas partes dice el contrario. En conclusión, que yo me determine de resistirle in faciem por buenas razones, sin sofismas, y cuando todos me entendieron y oyeron lo que pasaba, y la diligencia que S. Rma. mandó hacer en examinarle, y vieron la facultad que dio para imprimirle, y cómo el libro vino señalado de sus armas, etc., y mas con ayuda de la verdad que estaba de mi parte y de la mala crianza y maledicencia que estaba por la suya, tandem ab omnibus exsibilatus, irrisusque e theatro discessit. Pero no ha dejado de oblatrar ni lo deja, hasta penetrar las casas de todos estos señores de la tierra, y concitando a todos contra Erasmo públicamente, et tacite contra la autoridad del señor Arzobispo y de los señores del Consejo, los quales ha osado decir que no acertaron en aprobar y mandar imprimir el libro. Verdad es que como omnes nitimur in vetita, ha aprovechado tanto el padre que los que no sabian qué cosa era Erasmo, agora no le dejan de las manos y no se lee otra cosa sino el Enchiridion, así condenado y desfamado por el padre Rdo. Ya este negocio... toca a S. Rma. y a los señores del Consejo, que se atreva un fratérculo pene idiota, a condenar por hereje en la iglesia a quien los protectores de la religion cristiana aprueban por bueno, y toca no menos a Vra. Md. por cuya información y testimonio se aprobó e imprimió este libro. Y por cierto si éste calumniara la Moria o unos Coloquios pueriles, aunque para él era grande atrevimiento, ferendum erat utcumque; mas aver puesto tan virulenta lengua en el Enchiridion, nun quam usque hunc diem ab aliquo lacessito, cosa es que no se debe disimular. Scrivo a Vra. Md. para suplicarle que informe dello al señor Arzobispo y a esos señores, porque S. Rma. le mande castigar, o al menos que en el mesmo púlpito recantet palinodiam, y restituya la honra a los que ha infamado. En esto pienso que se hará mucho servicio a Ntro. Señor, porque semejantes blaferones sean reprimidas y porque la verdadera doctrina no sea infamada y vilipendiada.»

Ya antes de imprimirse el libro le había puesto dos tachas un dominico: 1.ª Negar el fuego del Purgatorio. 2.ª Que el Monaquismo no es piedad. A ambos satisfizo Luis Coronel en una apología que envió a Erasmo.

El ejemplo del arcediano de Alcor y la misma oposición que su libro había suscitado, el aplauso y favor que acompañaba al nombre de Erasmo y lo bien que sus libros se vendían, multiplicaron las traducciones en breve espacio. Y como ellas fueron ocasión principal de la tormenta que voy a describir, conviene, antes de pasar adelante, dar noticia, no de todas las que se hicieron, sino de las que yo he logrado ver: punto de los más oscuros de nuestra bibliografía, porque de algunos de estos tratados no se conservan las primeras ediciones.

El Enchiridion salió a luz por vez primera en Alcalá (¿quizá por Arnao Guillem de Brocar?) a fines de 1526 o a principios de 1527, en 4.º (Yo avisé al impresor de Alcalá, dice el arcediano en la carta antes citada.) La edición que he tenido a la vista es en 8.º y se rotula:

Enchiridion / o Manual del Cavallero / Christiano, de D. Erasmo Rote- / rodamo en Romance. Van / de nuevo añadidas las cosas siguientes: Una / carta del Autor a su Magestad, y la respuesta / de su Magestad. El Sermon del Niño Jesús / del Autor. / Una Paraclesis o Exhortacion al estudio de las letras divi / nas del mismo. Nue- / vamente corregido. / En Anvers. / En casa de Martin Nucio, a la en- / seña de las dos Cigueñas. / 1555. / Con privilegio imperial.

Prólogo a D Alonso Manrique | Exhortación al lector en nombre del intérprete. (16 hojas, prls. 4 sin foliatura, y continúa luego desde la 17 a la 200, todas dobles.)

Preparación y aparejo / para bien morir, compuesto por el / famoso y excelente doctor De- / siderio Erasmo Rote- / rodamo. / En Anvers / en casa de Martin Nucio, a la en- / seña de las dos Cigüeñas. / 1555.

(En 8.º, 40 hojas dobles.) Epístola dedicatoria del Maestro Bernardo Pérez a la muy ilustre y muy magnifica Señora la / Señora D.ª Francisca de / Castro, Duquesa de Gandia.

El traductor de este libro y del siguiente fue Bernardo Pérez de Chinchón, canónigo de la Colegiata de Gandía, que escribió contra los moriscos el Anti-alcorán, libro prohibido por la Inquisición.

Silenos / de Alcibiades, compues- / tos por el muy famoso Doctor Desi- / derio Erasmo Roterodamo: y agora / nuevamente de Latin en lengua / Castellana, traduccidos por el / Maestro Bernardo / Pérez. En Anvers. / En casa de Martin Nucio, a la enseña de las dos Cigüeñas. / 1555.

Prólogo al cristiano lector:

«Si has leydo el Cavallero Christiano, que por otro nombre se llama Enchiridion, si has leydo muchos y diversos Diálogos y Coloquios, si has leydo un Tractado de los loores del Matrimonio, que ya todo anda en romance... Ya vemos en cada parte de nuestra España no traer otra cosa en boca sino Erasmo y sus obras, que muchos se esfuerzan a sacar de Latin en Romance diversos tractados, porque el pueblo que no sabe Latin, no carezca de tanto bien, y como yo en los dias pasados una glosa suya sobre la oración del Pater Noster (traduje), quise probar el segundo lance.»

A estos dos traductores de nombre conocido hay que añadir otro, anterior en la publicación de sus obras al de Alcor, y también arcediano: Diego López de Cortegana, que lo fue de la iglesia de Sevilla, intérprete del Asno de Oro, de Apuleyo, y modelo de gracia y de frescura en su prosa castellana. Publicó además antes que nadie pensara en traducir a Erasmo:

Tractado de la miseria de los cortesanos que escribió el Papa Pio II... y otro Tractado de cómo se quexa la Paz. compuesto por Erasmo, varon doctísimo, y sacados del Latin en romance por el arcediano de Sevilla, D. Diego Lopez, dedicados al muy ilustre e muy magnífico señor don Rodrigo Ponce de Leon, Duque de Arcos, señor de Marchena, etc. (Sevilla, por Jacobo Cromberger Alemán, 1520. En 4.º Hay otra edición de Alcalá, 1529.)

Las siguientes traducciones son anónimas:

La lengua / de Erasmo, nuevamente Roman- / zada por muy / elegante / estilo. / M.D.L. / Impreso en Amberes, en casa de Mar- / tin Nucio. / Con privilegio Im- / perial, por diez años.

El intérprete al lector (dice haber templado algunas invectivas de Erasmo contra frailes.)- -Prólogo del intérprete dirigido al muy reverendo y muy magnífico señor don Guillem Desprato Abad de sant Marcelo, y vicario general y inquisidor en el Arzobispado de Valencia.—(Introducción de la obra.)

La primera edición parece que se hizo en 1533. En 4.º, como el Enchiridion y la Querella. El original latino se intitula Lingua sive de linguae usu atque abusu.

Colloquios / de Erasmo varon doctis- / simo y eloquentissimo: / traduzidos d' latin / en romance, porque / los que no entien- / den la lengua la- / tina gocen / assimismo d' do- / ctrina de tan alto varon. / Nuevamente añadido el col / loquio de los hon- / bres y obras. (Letra de tortis. Sin año ni lugar; 192 hojas dobles.)

Prólogo al lector, Carta de Erasmo al emperador, Respuesta del emperador (una y otra en latín y castellano). No comprende más coloquios que los titulados: Amor de niños en Dios (Confabulatio pia).—Coloquio de viejos.—Coloquio del Matrimonio.—De Arnaldo y Cornelio (Votum temere susceptum).—Del soldado y cartujano.— De religiosos.—Mempsigamos (errata por misogamos).—De Antonio et Magdalia.—De Jocundo et Sophia.—Del mesonero.—Del mortuorio. (Con un prólogo del intérprete.)— De los nombres e las obras.—Tabla.

Impreso (dice al fin de la Tabla) a XXiii de Agosto, M.D.XXXii

El único ejemplar que conozco de esta rarísima edición, a no dudarlo, clandestina, es el que poseía Usoz. No es la primera, como de su misma portada se deduce.

En unas notas manuscritas de D. Bartolomé J. Gallardo, que me facilitó el Sr. Sancho Rayón, veo mencionadas dos ediciones de la Preparación... traducida por Bernardo Pérez: una con el título de Apercibimiento de la muerte (Valencia, 1535), otra con el de Arte para bien morir (Burgos,1535), y una de la Lengua (Valencia, 1531), que por el lugar y el año quizá no sea aventurado atribuir al mismo Pérez. Consta, además, por los apuntamientos de Gallardo, que el Pater noster declarado en Español y Sermón de la misericordia de Dios (traducido por el mismo Pérez, según se infiere del prólogo de los Silenos) se imprimió en 1528.

Boehmer, en su Eramus in Spanien, cita una edición de la Exposción de los Salmos I y IV, en 4.º (1531), y unos Silenos, en la misma forma, sin año ni lugar.

Que aun fueron más las traducciones, aunque algunas hayan perecido, lo demuestran los Índices expurgatorios, donde, junto con las citadas, figuran: Confessionario o manera de confessar, de Erasmo, en romance; Manera de orar, de Erasmo, en romance; Moria, de Erasmo, en romance (es el Elogio de la Locura); Vida Christiana, de Erasmo, etc., etc.

Los amigos de Erasmo llegaron a hacer aquí reimpresiones latinas de varios escritos suyos, especialmente del Ciceroniano, según consta por una carta de Alfonso de Valdés.

Polémicas erasmistas

Para comprender hasta qué punto llegaba en España el entusiasmo por los escritos de Erasmo, nada tan oportuno como una carta del humanista burgalés Juan Maldonado (epíst. CCCXXXVIII del apéndice a la colección erasmiana), que se dirigió al de Rotterdam sin conocerle, para darle la buena noticia de que los españoles, sin distinción de sexo, clase ni edad, no solo admiraban su erudición, sino que creían ver en él algo de divino, y no había gramático, ni retórico, ni teólogo que no tuviera siempre el nombre de Erasmo en la boca, considerándole como príncipe de la ciencia de Dios y de las buenas letras. «Reinas en nuestras escuelas, añade. Sólo te aborrecen e injurian sin cesar los sofistas... los frailes, que apenas merecen llamarse hombres, pues nada tienen de humano... Es verdad que algunos se separan de los otros en esto, pero no se atreven a alzar mucho la voz por respeto a su instituto y por no perder el peculio y la ganancia... Fácilmente se remediará. todo si te moderas en la severidad, y respetando las órdenes y los institutos, haces alguna distinción en favor de los buenos y doctos religiosos...»

Refiere después que los inquisidores mandaron por edicto que «nadie escribiese contra Erasmo... Y entonces sus enemigos acudieron a las señoras nobles, hijas suyas de confesión, y a los conventos de religiosas, persuadiéndolas que no diesen oídos a nadie que hubiese leído a Erasmo, ni tomasen en la mano sus escritos... Pero como atrae tanto el apetito la fruta vedada, ellas procuraron de todas maneras entender a Erasmo, buscando quien se lo interpretara, por donde vinieron a hacerse conocidísimas sus obras en las casas de los grandes y en los conventos de monjas, donde se leían mas o menos subrepticiamente... Con esto se multiplicaron las traducciones, y el nombre de Erasmo vino a ser mas conocido en España que en Rotterdam. El Enchiridion y los Coloquios corrían difundidos en miles de ejemplares.»
¡Crisis singular! Todo el mundo se apasiona por las cuestiones teológicas: las monjas leen en la clausura los Coloquios «Misogamos» y «Poenitens», donde se procura disuadir de la entrada en religión; las damas de la aristocracia española se deleitan con el Elogio de la Locura; la Inquisición, y a su frente D. Alonso Manrique, prohiben escribir ¿contra quién? contra Erasmo; los secretarios del emperador y de los Arzobispos de Toledo y Sevilla son erasmistas, y de erasmistas están llenas las catedrales; y este Juan Maldonado, que fue Vicario general del arzobispado de Burgos, no sólo niega que «los frailes tengan nada de humano», sino que hace insinuaciones nada ortodoxas sobre la confesión auricular. ¡Y en tanto, nadie se acuerda de la tormenta luterana, que se va acercando por días! ¿Quién tenía previsión aquí, sino aquellos frailes, objeto de tantos ínsulsos chistes? (Ch).

A aumentar la confusión y hacer estallar el tumulto vino a deshora el embajador inglés Eduardo Lee (Leus), tan teólogo como su rey Enrique VIII, y grande adversario de Erasmo, con quien había tenido una polémica en Lovaina. Traía Lee una obra escrita contra el filólogo roterodamense, anunciaba su publicación, la leía a los teólogos y frailes más enemigos de Erasmo y los alentaba a la resistencia. Sus clamores llegaron al palacio del César; pero el erasmismo que allí dominaba atajó la voz de los Dominicos. En Salamanca los Franciscanos observantes peroraban en sus sermones contra el autor del Enchiridion, y fijaron a la puerta de la iglesia unas conclusiones llamando a pública disputa. El deseo de evitar escándalos, o más bien, la intolerancia erasmiana y el favor que a velas desplegadas se otorgaba al Maestro, sosegaron casi por fuerza estas primeras alteraciones. Al cabo Pedro de Vitoria, dominico, prior de su convento en Burgos, y hermano del insigne teólogo Francisco, que entonces residía en París, y a quien Erasmo comunicaba todas estas noticias en una carta, afirmó con energia, siguiéndole muchos, que antes se debía obedecer a Dios que a los hombres, y que ni el emperador ni los Obispos podían impedir que se escribiese contra Erasmo, perjudicial enemnigo de la religión cristiana. fue imposible ahogar este clamor, y D. Alonso Manrique tuvo que permitir a los frailes que presentasen, en forma de artículos, sus acusaciones contra Erasmo, pero absteniéndose, mientras no recayera decisión, de hablar de él en sus sermones. Religiosos de siete órdenes se encargaron de esta tarea; pero los Franciscanos observantes eran los más decididos en contra de Erasmo, como lo habían sido en Francia, en Alemania y en otras partes. Los Dominicos andaban divididos; algunos, y entre ellos el mismo Francisco de Vitoria, hermano de fray Pedro, cabeza de motín contra Erasmo, defendían a éste, y dábanles no poca autoridad las cátedras que regentaban. Vitoria tenía la de prima de teología en Salamanca. Entre los Benedictinos descollaba, como admirador de Erasmo, Alfonso de Virués, natural de Olmedo, gran predicador, y más adelante Obispo de Canarias. Homo Erasmikus le llamaba Vives. Parece, sin embargo, que, antes de entrar en relaciones con el holandés, había escrito algo como impugnación de opiniones suyas, aunque pronto se hicieron amigos, dejando dormir las antiguas querellas, dice Erasmo; y Virués hubo de retirar de la circulación su libro, convirtiéndose en apologista incansable de Erasmo en sus sermones, y repartiendo por Burgos ejemplares del Enchiridion, lo cual le atrajo no pocas enemistades dentro de su Orden. Él mismo no se atrevía a contradecir abiertamente a los restantes, porque creía, y creía bien, que habiendo atacado Erasmo a las Órdenes en general, no era extraño que todos los religiosos se uniesen para la defensa.

De todas suertes, Virués, el Arzobispo Fonseca, guiado por su secretario Vergara, el inquisidor Manrique, Coronel, el abad Pedro de Lerma, Sancho Carranza, que de émulo de Erasmo se había trocado en ferviente adorador suyo; un cierto Dionisio, fraile agustino; el secretario Valdés y la mayor parte de los profesores de Alcalá, excepción hecha del ilustre matemático Pedro Ciruelo, estaban resueltos a combatir por Erasmo usque ad aras. Lo que pasó en las congregaciones celebradas con este fin se deduce de tres cartas: una de Vergara, otra de Vives y la tercera de Alfonso de Valdés. Comparando las relaciones de unos y otros resulta, poco más o menos, lo siguiente:

Las juntas se celebraron en Valladolid, en la Cuaresma de 1527 (desde el 1.º de marzo en adelante), presididas por el inquisidor general D. Alonso Manrique. En la primera sesión, llamados los frailes, que estaban allí en gran número por celebrarse Capítulo de varias Órdenes, se les reprendió por haber contravenido al edicto, hablando y escribiendo sediciosamente contra Erasmo. Respondieron que harto tiempo habían disimulado sus errores y blasfemias; pero ya que Erasmo iba cada día de mal en peor, favoreciendo descubiertamente el luteranísmo y pasándose a los reales de los enemigos, habían comenzado a tratarle como a tal, para evitar el peligro de sus escritos y la perdición de las almas; que habían respetado por algún tiempo el edicto, pero que al fin no habían podido menos de romperle, ya que cada día cobraba fuerzas el mal y las herejías de Erasmo subían de punto, y que no se darían por satisfechos hasta ver desterrados sus libros de España. Para tratar de su censura debía formarse una junta de teólogos; pero entretanto, y a prevención, prohibir del todo la lectura de semejantes obras. Respondieron los parciales de Erasmo que muchos buenos católicos aprobaban su doctrina, y que, en vez de condenarle, los Papas León X y Adriano VI le habían dada públicos testimonios de aprecio, imprimiéndose con licencia y privilegio suyo el Enchiridion, ocasión principal de aquellos clamores; y que mientras otra cosa no constara, debían tenerse los libros de Erasmo por tolerados. Si algo les ofendía en ellos, podían presentar con cristiana modestia sus reparos.

Esta fue la decisión de Manrique. Los frailes trabajaron mucho, fervebat opus, dice con frase virgiliana Vergara, y juraron que en un mismo día habían de arder todos los libros erásmicos. A fines de marzo presentaron sus artículos. Acusaban a Erasmo:

1.º De negar la consustancialidad de Verbo, como los arrianos.

2.º De negar la divinidad del Hijo, o a lo menos de explicar en sentido arriano todos los lugares del Nuevo Testamento donde esta divinidad se consigna, hasta los más claros y explícitos, v. gr.: In ipso inhabitat omnis plenitudo divinitatis corporaliter.— Dominus meus et Deus meus.—El Deus erat Verbum. Del segundo decía que era una exclamación y del tercero un razonamiento; pero ninguno de los dos denominación manifiesta.

3.º De afirmar que ni en las Escrituras ni en los Padres antiguos, sobre todo en San Hilario, de Trinitate, se encuentra con claridad el nombre de Dios dada al Espíritu Santo.

4.º De sentir mal de la Inquisition, y no aprobar el castigo temporal de los herejes.

5.º De negar la eficacia del Bautismo, y de ser rebautizante.

6.º De creer moderna la confesión auricular y nacida de las consultas secretas a los Obispos.

7.º De errores contra el Sacramento de la Eucaristía.

8.º De atribuir la autoridad sacerdotal a todo el pueblo y de impugnar el primado del Pontífice.

9.º De defender el divorcio

10. De atacar la autoridad de las Sagradas Escrituras, porque tacha de olvidadizos y aún de ignorantes en algunas cosas a los Apóstoles.

11. De llamar, en son de mofa, cuestiones escolásticas a todas las que se disputaban entre luteranos y católicos, inclusa la del libre albedrío, y la de la fe y las obras, añadiendo que no valía la pena de in capitis discrimen venire por tales cosas.

12. De hablar con poco respeto de los Santos Padres, máxime de San Jerónimo.

13. De muchas irreverencias contra el culto de la Virgen María.

14. De tener en poco la autoridad del Papa y de los Concilios generales.

15. De tachar de judaísmo las ceremonias eclesiásticas, los ayunos y abstinencias.

16. De preferir el matrimonio al estado de virginidad.

17. De condenar en absoluto la Teología escolástica.

18. De tener por inútiles y vanas las indulgencias, la veneración de los Santos, las reliquias, imágenes y peregrinaciones.

19. De poner en duda el derecho de la Iglesia a los bienes temporales.

20. De otras dudas sobre el libre albedrío.

21. Ídem sobre las penas del infierno.

Como se ve, en estos veintiún artículos estaban compendiados todos los cargos que contra Erasmo habían dirigido Stúñiga, Lee y la Sorbona, con más otros nuevos y menos fundamentados. Podía reprenderse a Erasmo por apartarse temerariamente del sentir de la Iglesia en la interpretación de los lugares relativos a Cristo; podía tachársele de enemigo del monacato, de las ceremonias y del ayuno, y de poco devoto de la Virgen y de los Santos. Harto graves eran estos cargos para que fuese necesario acrecentarlos con los del Bautismo, la Eucaristía, etc., sobre todo lo cual no se halla razonable sospecha de error en las obras de Erasmo.

Estaban congregados por orden de Manrique los teólogos de tres Universidades: Salamanca, Valladolid y Alcalá. Celebróse Misa del Espíritu Santo, y abierta la sesión, leyeron un dominico, un franciscano y un trinitario el acta de acusación, en que se calificaban, respectivamente, de heréticas, escandalosas, malsonantes, etc., Las proposiciones referidas. En favor de Erasmo pronunció un largo discurso Jerónimo de Virués, benedictino de Olmedo, hermano de Alfonso, y tan semejante a él en todo, que muchos los confundían. Habló después de él, y con no menos entusiasmo erasmista, el agustino Dionisio, predicador del César, hombre atrevidísimo. Y observando los jueces que en el escrito de los frailes había muchas repeticiones, mandaron hacer un extracto, que es el que hoy tenemos, el cual se sometió al examen de vanos doctores complutenses y salmantinos, parciales los más de Erasmo. Los frailes recusaron a algunos de ellos, sobre todo a Vergara. Señalóse el día de la Ascensión para que calificasen. Veintinueve teólogos, entre ellos Vitoria, Alonso de Córdoba, jefe de los nominalistas en Salamanca, y Silíceo, formaban esta congregación; pero como los pareceres se Dividieron, ni en una junta, ni en dos, ni en todo el mes de mayo, se pasó de los dos artículos primeros: el de la Trinidad y el de la Divinidad de Cristo. Los amigos de Erasmo llevaban muy a mal estas disputas, y los más arrojados, como Alfonso de Valdés, querían que se impusiese perpetuo silencio a los acusadores. D. Alonso Manrique suspendió las juntas, y quedaron las cosas en tal estado. «Tuvo manera como la congregación se deshiciese y no hablasen más en aquel negocio», dice Sandoval.

Los erasmistas cantaron victoria, y Alfonso de Virués hizo correr manuscrita una Apología dedicada a un franciscano de grande autoridad y nombre en España. Luis Vives la tradujo al latín para que pudiera entenderla Erasmo. Y habiendo dirigido éste una carta al emperador como en queja de lo que se había hecho con sus libros, lograron el canciller Gattinara, el secretario Alfonso de Valdés y otros poderosos erasmistas, que Carlos V le respondiese a vueltas de elogios y cortesías, que «no había que temer peligro alguno de la inquisición que se había permitido hacer, pues todo se reduciría a que, si se encontraba algún desliz, el mismo autor lo corrigiese o explicase el concepto con claridad, cerrando así la boca a los calumniadores, ya que bien persuadido estaba el César de la piedad cristiana del teólogo holandés». (Epístola CMXV.) Alfonso de Valdés redactó las letras imperiales, y él había inducido a Erasmo a dar este paso. Los traductores españoles colocaron en son de triunfo estas cartas al frente de sus respectivas versiones.

Erasmo dio las gracias por su protección y buenos oficios a Fonseca y a Manrique. Uno y otro le respondieron con grandes encarecimientos, prometiendo ayudarle del mismo modo en lo sucesivo. El Arzobispo de Toledo añadía que se daba por contento y pagado sólo con haber tenido un autógrafo de Erasmo. Éste no se cansaba de hacer protestas de catolicismo, ofreciendo una vez y otra quitar y enmendar cuanto pareciera impío o mal sonante, como escrito en tiempos más sosegados y anteriores a la rebelión de Lutero.

¿Pero debía Erasmo contestar, o no, al escrito de los frailes, a quienes afectaba tratar con el mayor desprecio, aun en sus cartas al inquisidor general, llamándolos ventres, tábanos y otros epítetos de injuria? Aquí se dividieron los pareceres de sus amigos. Los más prudentes de todos, Vergara y Virués, temían que, queriendo mejorar su causa, la empeorase, no guardando moderación ni cortesía. Don Alonso Manrique deseaba leer la Apología, pero no que se imprimiese ni que circulase. Pero Alfonso de Valdés precipitó las cosas con su intempestivo entusiasmo (epístola de 23 de noviembre de 1527), y se empeñó en que Erasmo opusiera su respuesta a los artículos de los frailes, si bien le aconsejaba que a nadie nombrase en particular, y que, ante todo, dirigiese manuscrita su respuesta al Arzobispo de Sevilla.

Erasmo siguió puntualmente este consejo, que no podía menos de halagar su vanidad irritada, en todo, menos en lo último. Poco respetuoso con la Inquisición española, que con tanta tolerancia y lenidad le había tratado, y ávido de hacer al público partícipe de sus rencores y de su venganza, no se acordó que los artículos de los frailes estaban manuscritos e imprimió su réplica en la oficina de Froben (Basilea). Es de ver cómo se disculpa en la dedicatoria a D. Alonso Manrique. Si hubiéramos de creerle, sólo por no hacer tantas copias manuscritas cuantas se necesitaban para enviar a los inquisidores y teólogos que habían de juzgar de la causa en España, se valió de la imprenta, pero estipulando seriamente con el tipógrafo que ningún ejemplar había de salir de su casa. Pero muerto Froben, hubo poco cuidado en la custodia: un curioso logró extraer un ejemplar, y se propuso reimprimirlo apud Ubios; y temeroso entonces Erasmo de que saliera con mil errores, prefirió divulgar el impreso por Froben: «Exire passi sumus.» Nada menos que dos mil ejemplares entraron en circulación antes que los viera D. Alonso Manrique.

La superchería era, como se ve, demasiado burda; pero tan ciegos estaban aquí por Erasmo, que todo lo toleraron y dieron por bueno. De la Apología no hay mucho que decir: leeríamos los mismos argumentos ya empleados en la controversia con Stúñiga y Carranza. Sostiene Erasmo la peligrosa doctrina de que es lícito dar sentido diverso a los lugares de la Escritura que por universal consentimiento y tradición de la Iglesia se traen para probar la Trinidad, la divinidad del Verbo, etc., y que fueron usados por los Santos Padres como argumentos fortísimos contra los herejes. Bien puede decirse, que si Erasmo no fue arriano ni sociniano, dejó preparadas las armas para los futuros campeones de estas sectas, que ni una desperdiciaron de las que habían salido de su fábrica. Decir, como el exégeta de Rotterdam, que el Christus qui est Deus benedietus in saecula no es más que una doxología añadida por algún copista (fácil y poco ingenioso recurso); que el inhabitat omnis plenitudo divinitatis no quiere decir más sino que el Padre dio a Cristo cuanto convenía para la humana felicidad; que el Emmanuel (sàn tü qeü) equivale no más que a honrado o protegido por Dios, y que el Filius Dei puede aplicarse a todo hombre piadoso, no era mostrarse ni buen razonador ni buen católico Los mismos judíos entendían el Filias Dei en sentido recto y como suena: no como apelativo de los justos, sino como calificativo propio del Mesías; ni se encuentra dado a ningún justo en particular, sino al Hijo, a quien nadie conoce sino el Padre, y en buyo nombre, como en el del Padre y el Espíritu Santo, debían cautizar los Apóstoles, según la fórmula que leemos en el capítulo XXVIII de San Mateo.

Razón tenían los crassi ventres, por Erasmo tan execrados, para tildarle de sospechoso, o de inconsiderado y ligero, al verle usar, por ejemplo, el verbo andemus tratando de la divinidad del Espíritu Santo, como si fuera una audacia o una novedad el adorarle como a tercera persona de la Santísima Trinidad.

Cautelosa como es esta Apología, y nada suave en la forma, satisfizo mucho a nuestros erasmistas más ardientes, sobre todo a Valdés, a quien, según toda probabilidad, ha de atribuirse, si no la traducción, a lo menos la edición de ella en castellano descubierta en nuestros días por Usoz. Vicente Navarra, amigo de Valdés, le escribía desde Burgos en 23 de noviembre de 1527: «Sé que estás imprimiendo muchos ejemplares.» Pero no fue del agrado de Vergara, que gravemente reprendió al de Rotterdam por haberse excedido en los dicterios y no haber respetado la autoridad de los inquisidores.

Para salvar del todo la reputación y tranquilidad de Erasmo, le había aconsejado Vergara que se conservase en la gracia y favor del Pontífice y de los Cardenales, y solicitase de Roma un Breve aprobando y recomendando sus libros y doctrina. Valdés y otros llevaron más allá su buen deseo: persuadieron al canciller Gattinara, y éste al emperador, que la petición debía hacerse en nombre del mismo Carlos V, y fue a Roma, encargado de este negocio, el secretario Juan Pérez, distinto quizá del heresiarca. Se alcanzó de Clemente VII el Breve (su fecha 1.º de agosto de 1527), dirigido al inquisidor general Manrique, para que él impusiera silencio a los que atacasen la doctrina de Erasmo, sólo en cuanto contradijese a la de Lutero. La Santa Sede obró con la prudencia y sabiduría de siempre, sin tolerar errores, ni fanatismos, ni banderías, y eso que este Breve se obtuvo en los calamitosos días de la prisión del Papa, después del saco de Roma, e instando mucho los agentes españoles.

Aunque la concesión no era grande, porque nadie pensaba en España en defender a Lutero contra Erasmo, los erasmistas se dieron por satisfechos. Manrique fulminó la prohibición de escribir contra Erasmo, en términos absolutos, según parece, contradiciendo en esto la letra y el espíritu del Breve, y tras él vivió, no pudieron desquitarse los contrarios. Sólo dos españoles rompieron el veto; pero el uno de ellos imprimió su libro clandestinamente, y el otro escribía desde Italia.

Controversias

Si hubiéramos de creer a Erasmo y a sus amigos, siempre destemplados e intolerantes hasta lo sumo, no habría habido entre sus adversarios ninguno tan despreciable como el franciscano andaluz Fr. Luis de Carvajal (E). Ligero, petulante, histrión, sobornado, juglar, bufón, estulto, deshonra de su Orden, Cacalalum, insolente...; todos estos dicterios, y otros más, le prodigan. Pues bien: todo esto es falsedad y difamación sistemática. Fray Luis de Carvajal es una de las figuras mas nobles del Renacimiento español. fue el primero en restituir la teología a sus antiguas fuentes, y exornarla con las flores de las letras humanas, antecediendo en esto a Melchor Cano, y siguiendo las huellas de Vives en el De causis corruptarum artium. Escribía en elegante latín, más suelto y fácil que el de Erasmo, y era acérrimo enemigo de la sofística y de la barbarie, como anuncia desde la portada de su libro. Claro es que no le movía a contradecir a Erasmo el odio a las lenguas ni a las buenas letras, eterno lugar común de Erasmo contra sus parciales. Había estudiado Carvajal en París con reputación grande de saber y elocuencia. Allí, movido por las injurias de Erasmo contra su Orden, publicó en 1528 su Apologia monasticae religionis diluens nugas Erasmi, dedicada a D. Lorenzo Suárez de Figueroa, marqués de Priego. La edición no tenía nombre de impresor, ni menos otra que al año siguiente se hizo en España. Ocho lugares de las obras erísmicas, todos sobre el Monacato, son los que Carvajal impugna: aquello de que la vida religiosa no es piedad; el llamar a los frailes asnos y ventres a cada peso; las malignas insinuaciones acerca de su continencia y contra el celibato y las ceremonias, etc. «Erasmus perdit universam Ecclesiam lusibus ac facetiis suis», decía.

El libro de Carvajal se imprimió con un prefacio de Fr. Juan de Zafra a Fr. Francisco de los Ángeles, Cardenal de Jerusalén, y versos laudatorios del mismo Padre Zafra y del Padre Laxiango. Erasmo se apresuró a contestar con una virulenta diatriba, que se rotula: Responsio adversus febricitantis cujusdam libellum. Llama a su adversario Pantalabo, y afirma una y otra vez que sus invectivas se han dirigido siempre, no contra la vida religiosa, sino contra las costumbres de los religiosos; que no ha andado, ni con mucho, tan duro en reprensiones como San Jerónimo y otros Padres; y, finalmente, que en más estima sus facecias, y las tiene por más útiles a la Iglesia, que las sutilezas de Scoto. El tratado rebosa en saña contra los Franciscanos.

Fray Luis de Carvajal, lejos de amilanarse, publicó (sin año ni lugar) una respuesta, que no he llegado a ver, y que se titulaba: Dulcoratio amarulentiarum Erasmicae responsionis ad Apologiam, etcétera. Con esto perdió Erasmo la calma, y sin duda en obsequio a la libertad de discusión y a la filosofía cristiana, importunó con cartas a D. Alonso Manrique para que castigara al impresor y prohibiese semejantes publicaciones. Por lo demás, forma resolución de abstenerse de toda polémica con los frailes, y así se lo escribe a sus amigos sevillanos Pedro y Cristóbal Mejía; más aún, si hemos de creerle: ni aun quiso leer la Dulcoratio.

Carvajal era amigo de Vives, a quien no pareció bien la animosidad con que uno y otro se trataban. Todavía, en 1545, cuando publicó Fr. Luis su obra más importante, el verdadero fundamento de su gloria, el libro De restituta Theologia, no dejó de combatir (en el capítulo XVI, De Novo Testamento, y en los siguientes) con alguna dureza las versiones bíblicas de Erasmo. Con perfecta ortodoxia, con estilo claro y ameno, y con un vigor que en nada cede al de Erasmo, rechaza en este libro las cuestiones inútiles, las logomaquias, las temerarias aserciones, y aconseja a los teólogos amenizar sus estudios con el de las humanidades y la historia. Al elogiarle, como a noble y excelente teólogo, Alfonso García Matamoros en su libro De adserenda Hispanorum eruditione (publicado de 1553), temía aún excitar los manes del enojado e iracundo Erasmo. (Irati simul et indignabundi Erasmi manes.)

En Italia se tenía de Erasmo muy diversa opinión que en Alemania y en España. Aparte de lo sospechoso de su teología, le negaban, y con razón, el título de filósofo, y concediéndole agudeza de ingenio y copia de sales, no le llamaban facundo, sino fecundo, por el desaliño y negligencia de su estilo, en nada majestuoso ni ciceroniano. Distinguióse en impugnarle Alberto Pío, príncipe de Carpi, sobrino de Juan Pico de la Mirándola, y discípulo de Aldo Manucio, que le dedicó mucho libros, entre ellos su edición de Lucrecio, humanista, filósofo y teólogo, o a lo menos dilettante en todas estas facultades. Él llamó de Bolonia, y tuvo a sueldo para que le ayudase en sus empresas literarias, a nuestro insigne cordobés Juan Ginés de Sepúlveda, que nos dejó escrito de él un generoso elogio al principio de la Antapologia. Había divulgado Alberto Pío, primero una carta, y luego un libro contra Erasmo, acusándole de las mismas cosas que lo habían hecho Stúñiga, Carranza y los frailes castellanos. En España, donde todo libro acerca de Erasmo era ávidamente leído, se tradujo en seguida el del príncipe de Carpi, aunque más adelante lo prohibió la Inquisición, ya por contener en lengua vulgar largos trozos, y no los menos peligrosos, del escritor a quien impugnaba, ya por borrar hasta la última memoria de estas lamentables controversias. Casos infelices, de los que eran frecuentes en la Italia de entonces, habían traído a Alberto Pío a morir oscuramente, pobre y desterrado de su paterna casa. No se detuvo ante la muerte el rencor de Erasmo, sino que lanzó al poco tiempo una invectiva contra el desdichado príncipe, en que no se harta de llamarle ignorante, filosofastro, mentiroso, viejo delirante, áspid, etcétera, y de suponer que sólo con ayuda de amigos, y especialmente de Sepúlveda, varón erudito y buen latino, podía haber escrito su libro.

Esta mala acción, que siempre lo es el ensañarse con las cenizas de un muerto, fue causa de una buena obra de piedad y de literatura: la Antapologia, de Sepúlveda, pro Alberto Pio principe Carpensi in Erasmum Rotterodamum. Sepúlveda había estado siempre en buenas relaciones con Erasmo, pero sin formar parte de la cohorte de sus admiradores y reprendiéndole, cuando bien le parecía, con toda la severidad e independencia de su carácter. Como educado en Italia, y ciceroniano hasta la médula de los huesos, no le placía mucho la latinidad de Erasmo, ni gastaba largo tiempo en la lectura de aquellas obras, más o menos bárbaras e hiperbóreas, y confiesa que antes de esta polémica no había leído una letra de los Coloquios. Pero admiraba en Erasmo la erudición inmensa, la infatigable labor, y la luz que iba dando a muchos monumentos de la antigüedad cristiana. Decíale una y otra vez, con dura franqueza, que sus obras ganarían mucho en corrección y mesura volviéndolas al yunque, según la buena doctrina y ejemplo de los antiguos. Erasmo, que gustaba sólo de admiraciones incondicionadas, hablaba de Sepúlveda con cierta frialdad, y en el Ciceronianus hizo de él un pobrísimo elogio, diciendo que un tal Ginés había dado buenas esperanzas de escritor en Roma con un libro que había publicado.

Con razón se dolía Sepúlveda de que se le tratase como a un principiante de buenas disposiciones cuando estaba ya próximo a la vejez y había publicado muchas obras, así originales como traducidas del griego, por las cuales bien podía juzgarse lo que era y no lo que podía ser. Del Ciceroniano decían malignamente Sepúlveda y sus amigos italianos, que era un convite a la mesa de Erasmo, bien provista de todas viandas, menos de las ciceronianas.

Con estas disposiciones, entre benévolas y hostiles, y el recuerdo de su amistad con Stúñiga, y la reciente ofensa a la memoria de Alberto Pío, tomó la pluma Sepúlveda, sin perder un momento la serena majestad que caracteriza su estilo, y aquel rico y apacible decir, de nitidez argéntea, que tanto contrasta con las agudezas, saltos y escarceos de Erasmo. Dolor, más bien que indignación, manifestaba por los desafueros de éste, tan olvidado ya del teológico decoro: traía a la memoria con gratitud sincera los beneficios del príncipe de Carpi, justificando así su intrusión en aquella contienda, sin ofender por esto la reputación de Erasmo, cuyo ingenio y doctrina tenía en mucho; declaraba acción indigna y nefanda la de inquietar los manes de los muertos, y menos los de un varón tan docto y cristiano; y afirmaba y probaba no haber tenido él parte ninguna en la obra de Alberto Pío, dado que Sepúlveda estaba en Roma, mientras que el autor escribía en París. Para bajar de punto la vanidad de Erasmo, no dejaba de recordarle, aunque sin aceptar del todo, el juicio que de su estilo hacían los doctos en Roma. Defendía a Alberto Pío, que no escribió sino provocado en una carta por Erasmo; reprendía a éste por sus dicterios y soeces expresiones, que a muchos podían parecer medios para ocultar la falta de razón. Atribuye estos lunares a la rapidez y descuido con que Erasmo escribía, y al no consultar sus libros con nadie, ni releerlos siquiera, por donde venían a ser árboles de corta vida. «No conviene hacer muchos libros, sino buenos; ni escribir pronto, sino docta y elegantemente. Virgilio lamía sus versos como la osa sus cachorros. Platón peinaba sus diálogos, y llegó a escribir tres veces el exordio de los libros De re-publica... ¿Cómo han de ser perfectos e irreprensibles tus libros? Un varón grave, un filósofo, un cristiano, debe oír con modestia las correcciones y enmendar lo que esté errado, y no llamar a los que en algo le impugnan, mentirosos y calumniadores. ¿No reconoces tú mismo que no eres impecable, y dos o tres veces has tenido que reformar los Adagios y el Nuevo Testamento?»

Entra después Sepúlveda en el examen de las objeciones de Alberto Pío y de las réplicas de Erasmo. «Buena habrá sido tu intención, pues tantas veces lo afirmas; pero la letra es peligrosa. No te excuses diciendo que el Elogio de la locura es un escrito burlesco y no serio. ¿Qué cosa más criminal que mezclar en una obra de burlas la religión cristiana y sus ministros, y los Santos y la Virgen y el mismo Cristo? ¿Qué palabras más hostiles a la religión pudieron pronunciar Luciano el ateo y Averroes el blasfemo que éstas tuyas? «parece que la religión cristiana tiene cierto parentesco con la necedad y locura» Y aunque dices que esto se entiende de los que llama San Pablo stultus hujus mundi, el valgo, que no sabe de estas distinciones, lo aplicará a los tontos, de quienes en el resto de la Moria vienes hablando. Con el ejemplo de otros te defiendes de haber gracejado con las palabras de la Escritura, como si al ladrón le disculpase el latrocinio ajeno... Condenas, no a los malos monjes, sino la vida religiosa, que tachas de ociosidad, como si no hubiera más ocupaciones que arar y sembrar la tierra, y fueran inútiles el predicar, el confesar, y las misas y los rezos... Dices que debía disminuirse el número de los monasterios. Nadie quiere que todos los ciudadanos sean frailes; pero como a todos los religiosos llamas hipócritas, puercos y fariseos, claro que no pides la reforma, sino la abolición del monacato, mortífera red en que se prende a los incautos. Son palabras tuyas, cuya fuerza procuras atenuar con un forsitan y un videtur... Luciano atacó en sus Diálogos a los dioses y a los filósofos; tú, imitador suyo en el estilo y en la materia, a los Santos y a los monjes. ¿Con esta leche quieres amamantar a la niñez? ¿No sabes condimentar tus facecias sino con la salsa de la impiedad? Aunque jures lo contrario, todo el que lea tus Coloquios pensará que en el de la Peregrinación te mofas del culto de los Santos, y de la confesión auricular y de los votos en el del Naufragio. Y no digas que son cuadros de costumbres y no tratados dogmáticos, porque de tal manera describes los afectos religiosos, que pareces burlarte de ellos. ¿Y aquella epístola de la Virgen María a Glaucopluto, o más bien a Lutero, dándole las gracias por haber enseñado que era vano e inútil el culto de los Santos? ¿Qué impiedad ni superstición encuentras en que diga la mujer preñada: Dáme fácil parto; y el navegante: Concédeme próspero viaje; y el labrador: Manda la lluvia a mis campos ? ¿Tan diferentes son estas cosas del pan cotidiano que pedimos en la oración dominical? Dices que no es artículo de fe la invocación de los Santos. Tampoco está entre los artículos la confesión, y es una herejía el impugnarla... Atribuyes a todos los cristianos la superstición de alguna vieja delirante... y dices que la Virgen ha sustituído a Venus en el imperio del mar, y haces materia de risa aquellas piadosas exclamaciones de los navegantes: «Salve Regina, stella maris, domina mundi, porta salutis»; como si San Juan Crisóstomo no diera en sus Homilias los mismos y mayores títulos a la Cruz: «Spes Christianorum, dux coecorum, navigantium gubernatrix, periclitantium portus, debellatio diaboli, lumen in tenebris sedentium.», ¿Por qué ha de ser esto paganismo ni superstición?... Creen muchos que sin las quejas y burlas de Erasmo jamás hubiera venido el luteranismo. Ofende a Erasmo la muchedumbre de los monasterios; Lutero los demuele todos. Hace el primero alguna indicación contra el culto de los Santos; Lutero le execra en absoluto. Quiere el uno poner tasa a las ceremonias, cantos y fiestas; el otro las suprime todas. Duda Erasmo del primado de San Pedro y de la Iglesia romana; Lutero hace iguales a todos los Apóstoles, y no concede primacía alguna al Obispo de Roma. Quiere Erasmo que se enmienden los decretos de la Iglesia; quita Lutero toda autoridad a la Iglesia y a los Concilios. A tales descarríos te llevó, parte el afán de ostentar doctrinas singulares, parte la afición a cosas nuevas que nunca creíste que pasaran tan adelante... Corrige tus libros en vida, no sea que haya que prohibir su lectura después de tu muerte... Y no creas que a estas advertencias me mueve el odio ni la malevolencia, sino la benevolencia y el amor, que en mí es grande hacia tu persona, porque siempre has hablado de mí con elogio, y porque nos une la comunidad de estudios, aunque tú has llegado a la cumbre y yo ando todavía al pie del monte.»

Tal es, a breves términos reducida, la admirable Antapologia de Sepúlveda, a cuyos argumentos no quiso ni pudo responder Erasmo. Comprendió por esta vez que no era invulnerable, y que se las había con un enemigo harto temible, y decidió callarse. Sepúlveda no echó este silencio a mala parte, y quedaron tan amigos o más amigos que antes.

Ocurrían estas cuestiones en 1532. En la noche del 15 de julio de 1536 murió Erasmo, y Sepúlveda le dedicó estas líneas en su crónica De rebus gestis Caroli V: «Murió este año en Basilea, a los setenta de su edad, Desiderio Erasmo, varón esclarecido por su elocuencia y lo vario de su saber, por su ingenio vivo, agudo y festivo. Mientras vivió, fue su nombre tan celebrado, que apenas se hablaba de nadie más que de Erasmo, sobre todo del lado allá de los Alpes, porque los italianos no admiraban tanto su doctrina y elocuencia. Muchos libros publicó, unos originales, otros ajenos, de la Escritura y de los Santos Padres, corregidos y enmendados por él con mucha diligencia y buen juicio, e ilustrados algunos de ellos con doctísimos escolios. Muy benemérito hubiera sido, no sólo de las letras profanas, sino de las sagradas, si hubiera tratado con mayor reverencia a la religión y sus ministros, sin mezclar en las cosas santas juegos y burlas, ni sembrar perniciosas sospechas, de donde, según piensan muchos varones doctos y píos, nació el luteranismo. Yo le exhorté amistosamente en la Antapologia y en cartas familiares a que corrigiese y aclarase algunos lugares de sus escritos, como adivinando lo que sucedió; esto es, que, muerto él, se prohibió la lectura de sus escritos a todos los fieles. En vida suya le toleraban algo los Pontífices, no porque aprobaran cuanto decía, sino para que no desertara públicamente de la Iglesia católica, yéndose al real de los luteranos. Así me lo dijo Clemente VII, elogiando la moderación y templanza de que yo había usado en la Antapologia.'

En 4 de febrero de 1534 murió el gran protector de Erasmo, D. Alonso Fonseca, Arzobispo de Toledo. Con esto levantaron la cabeza los antierasmianos, y delataron a la Inquisición a Juan de Vergara y a su hermano Bernardino Tovar, que estuvieron presos largo tiempo, aunque al fin se los declaró inocentes. Refiere Francisco de Enzinas, autoridad algo sospechosa, pero única en este punto, que el doctor Mateo Pascual, catedrático en Alcalá, gran teólogo, sabio en las tres lenguas, manifestó en una disputa pública cierta duda sobre el purgatorio, por lo cual le formó proceso la Inquisición, y no logró salir de la cárcel sino con pérdida de sus bienes. Después se fue a Roma, donde acabó en paz sus días.

Algo más extensas son las noticias que el mismo Enzinas da sobre la persecución de su tío el abad de Compludo, Pedro de Lerma, canónigo de Burgos, decano de Teología en la Sorbona de París, donde había vivido cincuenta años ejercitándose en las disputas escolásticas. Vuelto a España, cayeron en sus manos los libros de Erasmo, y reconoció (dice el fanático protestante Enzinas) que los estudios de la escuela más le habían servido para ostentación que para edificación. Recomendaba en sus sermones la doctrina de Erasmo, y figuró entre sus principales defensores en las juntas teológicas de Valladolid. Años después fue procesado por la Inquisición; él declaró que no quería disputar con españoles, y fue condenado a abjurar públicamente, en las principales ciudades del reino, once proposiciones que en ellas había predicado. Aconteció esto a fines de 1537. Enzinas, que por entonces volvió desde Flandes a Burgos, llamado por sus padres, refiere que encontró a Pedro de Lerma, ya septuagenario, muy triste y decidido a abandonar a España. Así lo hizo, dejando bienes y honores. Se embarcó para Flandes, y desde allí fue por tierra a París, donde sus antiguos colegas de la Universidad le hicieron grande agasajo. Allí permaneció cuatro años, hasta el mes de agosto de 1541, en que murió, asistido por Enzinas, que era sobrino suyo, y a quien imbuyó quizá en los principios de la Reforma.

Enzinas confiesa no saber a punto fijo de qué proposiciones se retractó el abad de Compludo. Un franciscano, en Brujas, le enseñó una supuesta copia manuscrita, donde la primera proposición era que «no hay ley para los justos». Quizá al explicar las palabras de la epístola de San Pablo a Timoteo se habría inclinado Pedro de Lerma al sentir de los protestantes acerca de la justificación. Tan grande escándalo produjo en Burgos su proceso, que muchos vecinos de aquella ciudad, que tenían a sus hijos estudiando en Universidades extranjeras, los mandaron volver a toda prisa para que no se contagiasen con las malas doctrinas que corrían por Francia, Alemania y Países Bajos. Uno de los que no volvieron fue Francisco de Enzinas, que a estas fechas debía de ser ya protestante, como quizá lo fue su tío.

Fray Alfonso de Virués, que era mucho mejor católico, tuvo que sufrir, sin embargo, persecuciones y trabajos. Él las refiere en el prólogo de sus Philippicae Disputationes, llamadas así por estar dirigidas contra Felipe Melanchton.

«Después de la llegada de V. M. a España, dice al César, como yo era el único predicador en el aula regia, se levantaron contra mi tales calumnias, tal guerra de poderosos y de oscuros enemigos, que por cuatro años apenas me dejaron respirar ni atender a otra cosa que a rechazar acusaciones, declaraciones, contestaciones, refutaciones, libelos y documentos de todas clases, en que se me acusaba de herejías, blasfemias, errares, anatemas y cismas. Al fin, con el patrocinio de V. M., salí incólume.» Añade que recogieron sus papeles los inquisidores, pero que luego le concedieron licencia para hacer copiar las Filípicas, cuyo borrador iba unido al proceso. Protesta de su acendrado catolicismo, y dice que con ser amigo de Erasmo y tenerle por buen cristiano, le advirtió en sus Septem Collationes (¿dónde estará este libro?) que enmendase algunas cosas en que podían tropezar los incautos; que más adelante escribió un comentario, De genuina fide contra Luterum, que se extravió cuando la persecución, con otros papeles, y que dio un parecer católico contra el divorcio del Rey de Inglaterra. Finalmente, el Pontífice Paulo III estimó en más las recomendaciones del César que las acusaciones de los enemigos, y le declaró libre. Y aunque se queja acerbamente en su libro del furor farisaico, la Inquisición le dejó correr sin tacha.

Estos castigos, y la muerte del inquisidor Manrique en 1538, acabaron de quitar fuerzas y autoridad al erasmismo. De los que antes seguían esta parcialidad, unos, y fueron los más, abandonaron la defensa de Erasmo, y vivieron y murieron como buenos católicos. Otros, como Juan de Valdés, entraron en los torcidos caminos de la Reforma, y dejaron el nombre de erasmistas para tomar el de luteranos o inventor sistemas nuevos. Era la evolución natural.

La Inquisición prohibió los escritos de Erasmo en lengua vulgar, y mandó expurgar cuidadosamente los latinos. En adelante sólo encontramos afición a Erasmo en alguno que otro humanista.

Las obras originales del polígrafo cántabro, nacido en 1856 y muerto en 1912, se encuentran en dominio público, pues sus derechos de autor han expirado. Con esta condición, reproducimos en The Cult extensas citas procedentes de sus libros y artículos.

ECOCULT041

Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

ECOCULTdinosaurio

ECOCULTcaballo

Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC