Sherlock Holmes, de Guy Ritchie

Sherlock Holmes

Dirigida por Guy Ritchie y escrita por Michael Robert Johnson, Anthony Peckham y Simon Kinberg, Sherlock Holmes demuestra que el famoso detective no envejece. Cambia, se adapta a los tiempos y afronta inesperadas aventuras, pero no envejece.

Sherlock Holmes es una película de aventuras a la antigua usanza por la que se filtran la energía, el humor y la épica barriobajera que han hecho justamente famoso a su realizador, Guy Ritchie.

Adrenalina e inteligencia. De eso se ocupa esta película, y esa es la identidad de un Holmes que, bajo la piel y la mirada de Robert Downey Jr., resultará familiar a los lectores de Arthur Conan Doyle.

Cuestión de fidelidad al personaje: ¿suena raro un Holmes bohemio y adicto a la acción? Al fin y al cabo, ya saben lo que un actor tan prodigioso como Downey Jr. es capaz de hacer si se le da rienda suelta.

Trazando de nuevo la perfecta simetría de los cuentos y novelas originales, la película reinventa al detective y a su eterno ayudante, pero lo hace con una devoción y una fidelidad al detalle que ha de conmover quienes leen –y cada vez son más– las novelas y relatos de Sir Arthur Conan Doyle. Así, en la cinta se recorren los temas que fascinaron al escritor –desde los fenómenos sobrenaturales al boxeo–, insertándolos en una frenética y chispeante maquinaria cuyo único fin es el de divertir.

La seducción de este sólido blockbuster radica en su visión actualizada del modelo en que se inspira. Ritchie facilita al espectador todas las claves de un misterio que incluye referencias a buena parte del Canon holmesiano –hasta Irene Adler reaparece tras el Escándalo en Bohemia–, pero a su vez remite a pastiches muy valiosos, como La lista de los siete, de Mark Frost, donde el mismísimo Conan Doyle hacia frente a una conspiración ocultista, o el cómic La Liga de los Hombres Extraordinarios, escrito con su habitual inteligencia por Alan Moore y luego desvirtuado en el cine.

Tanto este Sherlock Holmes como la novela gráfica de Moore comparten otro linaje: el que los vincula al steampunk, ese subgénero que inserta elementos del technothriller y la ciencia-ficción en los típicos ambientes de la Inglaterra victoriana y eduardiana.

Por lo demás, olvídense del estereotipo holmesiano. Gracias al impecable trabajo de Robert Downey Jr. y de Jude Law, Sherlock Holmes y Watson crean aquí una complicidad indestructible, y resultan igual de atractivos peleando bajo un puente que discutiendo minucias domésticas. Ya puestos, quien desee fijar la coherencia literaria del film, puede pasarse por las páginas de Sherlock Holmes de Baker Street, de W.S. Baring-Gould, una suerte de biografía del detective más famoso de la historia, evidentemente consultada por los autores del guión.

Claro que, como sucede tantas veces, también hay infidelidades a la obra original. Sin ellas, ¿qué sería del cine? Conviene sobrellevarlas con simpatía, sobre todo si, como es el caso, el resultado es vibrante, divertido y seductor.

En cualquier caso, hablamos de una película que hereda una larga tradición. Sherlock Holmes ya fue llevado a la pantalla en los tiempos del cine mudo. Posteriormente, Clive Brook adoptó su personalidad en los años treinta. En la década siguiente, Basil Rathbone se convirtió en el actor que fue Sherlock Holmes. Y de ahí en adelante, el detective mantuvo su presencia en la pantalla, aunque sus apariciones han ido espaciándose hasta llegar a la película que nos ocupa.

El impulsor de la idea –me entero por un artículo del USA Today– fue de uno de los productores de este nuevo Sherlock Holmes, Lionel Wigram. A Wigram se le ocurrió que la mejor forma de vender este proyecto era resumirlo en un cómic. Contrató a un dibujante, John Watkiss, y juntos elaboraron esa historieta que luego llegó a los estudios.

Esta eficaz manera de promover la película confundió a más de un columnista, y pronto se coló en la red la noticia de que las nuevas aventuras de Sherlock Holmes se inspirarían en un comic-book. En realidad, hablamos aquí de un cuaderno de trabajo: una especie de story board, ilustrado en blanco y negro, en el que Wigram mostraba su original concepto de Holmes. En el terreno gráfico, dicho cuaderno tiene mucho interés, dado que John Watkiss es un artista de primera categoría, curtido en los estudios Disney.

La película se ambienta en 1891. Holmes (Robert Downey, Jr.) y Watson (Jude Law) tienen que vérselas con el perverso Lord Blackwood (encarnado a la perfección por Mark Strong), un conspirador ocultista, lejanamente basado en un personaje real, Aleister Crowley, cuya reputación le convirtió en uno de los tipos más odiosos de la Inglaterra victoriana.

Sugiere el guión algunas mejoras en la figura de Holmes que redundan en un mayor atractivo para el público juvenil. Así, el detective es un consumado experto en la lucha cuerpo a cuerpo, y pelea con la misma fiereza que los matones de los bajos fondos.

El director Guy Ritchie domina el subgénero de las comedias de acción, lo cual repercute en el tono luminoso de la película.

A este Holmes no le falta el sentido del humor, y su poderoso intelecto le permite obtener pistas como un ilusionista que una y otra vez saca conejos de su chistera. Para que no falte de nada, ya les dije que interviene en la trama Irene Adler (Rachel McAdams), esa femme fatale americana a quien los holmesianos conocen por su aparición en Escándalo en Bohemia (1891).

Como dato revelador, conviene saber que el citado Baring-Gould –experto en Holmes y autor de ese libro encantador al que antes me refería, Sherlock Holmes de Baker Street– imaginó a Adler y al detective como amantes. De esa unión habría nacido otro famoso investigador privado, Nero Wolfe. Claro que todo eso se ajusta al pastiche de Gould, pero sobrepasa lo imaginado por Arthur Conan Doyle en sus narraciones.

A Robert Downey, Jr. este papel debe consolidarlo en la industria. En un principio, Guy Ritchie quiso a un intérprete más joven para el papel, pero finalmente Downey se hizo con el contrato. Sus más firmes defensores dentro de este proyecto fueron su mujer, la productora Susan Downey, y Joel Silver, el encargado de financiarlo.

Después de que, a lo largo de las décadas, los aficionados al cine se hayan acostumbrado a ver al Dr. John Watson como un hombre ingenuo, gracioso y más bien torpe, es agradable comprobar que Jude Law, su intérprete en esta producción, recupera una identidad más próxima al original literario.

Aquí Watson es un veterano de guerra, un cirujano valiente, sin miedo al riesgo y con cierto don para atraer a las mujeres.

En su camino hacia el futuro, la franquicia que inaugura el film de Ritchie tiene un modelo a seguir. Producida asimismo por Warner Bros., Batman Begins planteaba la revisión cronológica de su protagonista. Lo mismo se pretende con Holmes.

El rodaje comenzó en octubre de 2008, y para los exteriores, se eligieron diversos edificios históricos de Londres, Liverpool y Kent. Las escenas adicionales fueron filmadas a partir de enero de 2009, en Brooklyn.

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