"Polar Express" (Robert Zemeckis, 2004)

Polar Express

Desde hace casi veinte años, las familias de todo el mundo han hecho de la encantadora historia de Chris Van Allsburg The Polar Express parte de sus celebraciones navideñas, una parte tan preciada de la Navidad como los calcetines junto a la chimenea, intercambiar afectuosos deseos y reunirse con los amigos y la familia.

“Se convirtió en una tradición anual leer la historia a mi hijo mientras estaba creciendo y nunca dejó de fascinarle”, dice el realizador Robert Zemeckis, que es fan del libro desde que se publicó en 1985. “Las imágenes tienen un carácter irreal, existiendo en alguna parte entre los sueños y la realidad, lo cual capta el misterio de una agitada Nochebuena”.

“Había un elemento visceral en la historia que yo esperaba poder trasladar a la pantalla”, añade Tom Hanks, padre de cuatro hijos y que ha pasado infinidad de horas contando historias para dormir. “Durante años, entre noviembre y diciembre, dependiendo de las edades de los niños”, recuerda, “creo que la leía cuatro veces a la semana, dos veces cada noche, una y otra vez. Así que conozco la historia desde que mi hijo de 14 años tenía tres”.

Él y su socio en Playtone, el productor Gary Goetzman, propusieron la idea de una versión para la gran pantalla al autor Van Allsburg y al productor William Teitler, socios en Golden Mean Productions, y finalmente Hanks pasó el proyecto a su viejo amigo y colega Zemeckis. Juntos, y galardonados ambos con el Oscar, habían explorado anteriormente temas relacionados con el espíritu humano en Forrest Gump y Náufrago. A los dos les intrigaba el importante viaje espiritual que realizaba el joven héroe anónimo en The Polar Express.

The Polar Express, un libro que los niños adoran, también tiene un atractivo especial para los adultos, que se ven reflejados en el personaje del niño y recuerdan sus propias emociones y expectativas de la infancia en la noche más importante del año. Quizá también recuerdan el momento en que las primeras e imprecisas sombras se deslizaron en sus jóvenes corazones y se dieron cuenta de que crecer podría significar perder para siempre algo precioso e intangible, algo que no sabrían definir pero que sin duda podían sentir.

The Polar Express trata de ese momento, de esa coyuntura crucial entre la inocencia y la madurez en que un niño puede elegir un camino que cerrará su corazón para siempre u otro, en el que aprende que su fe no tiene edad, reglas ni límites.

“El libro me llevó claramente a lo que yo llamo el ‘espacio del despertar’, ese estado mental entre el sueño y el despertar en el que tienes un pie en la realidad pero sigues viendo a través de un filtro irreal y eres vulnerable a un montón de emociones que te envuelven”, dice el productor Steve Starkey, socio de Zemeckis en la producción desde hace mucho tiempo y ganador del Oscar por su trabajo en Forrest Gump. “Le dije a Bob, ‘ése es un lugar al que vale la pena llevar a la gente’”.

Zemeckis, que escribió el guión con William Broyles, Jr. (Náufrago, Apolo 13) y posteriormente dirigió The Polar Express, reconoce que, “Es una historia con la que todo el mundo puede identificarse. Muchos de nosotros, de niños o adultos, hemos cuestionado nuestra creencia en algo o hemos pasado por el proceso de que nuestra fe fuese puesta a prueba y luego recuperada. Los niños pueden tomar la historia literalmente como un viaje para encontrar a Santa Claus, mientras que los lectores de más edad la entienden como una metáfora de ideas mucho más importantes. Trata de los símbolos de la Navidad pero en su núcleo hay una historia universal sobre la fe en cosas que no ves ni comprendes por completo.

“Es de esperar”, continúa diciendo el director, “que a medida que te haces mayor no te vuelvas tan cínico que dejes de creer. La idea de la Navidad es calor y generosidad. Santa Claus es un símbolo de eso, pero no es necesario creer en él para tener esos sentimientos”.

Una vez en el tren, el niño se encuentra con otros chicos, cada uno con sus propias circunstancias y lecciones que aprender. “De manera similar a El mago de Oz”, comenta el productor ejecutivo Jack Rapke, “cada niño que va en ese tren mágico está haciendo su viaje personal, y cada uno debe encontrar lo que le falta para estar completo. Hay una chica que tiene todo el talento, el temple y la inteligencia para ser una buena líder pero le falta confianza, un personaje sabelotodo que carece de humildad y otro chico al que llamamos el Chico Solitario, que se crió en un ambiente sin amor y necesita tener fe en otras personas. Estos temas complejos funcionan a un nivel interior, de los personajes, al tiempo que simultáneamente está el fantástico espectáculo del viaje exterior mientras el tren se dirige a toda velocidad hacia el Polo Norte”.

El autor y artista Chris Van Allsburg, uno de los nombres más respetados en la literatura infantil, recibió en 1986 una medalla Caldecott por los dibujos al pastel que ilustran The Polar Express. Famoso por sus imaginativas y originales historias, Van Allsburg comenzó a publicar con The Garden of Abdul Gasazi en 1979, que recibió elogios sin precedentes y un Caldecott Honor Award, un logro muy poco habitual para una primera publicación. A continuación publicó la extravagante Jumanji, en 1981 (en la que se basó la película de 1995 protagonizada por Robin Williams) y The Polar Express en 1985 – ambas ganadoras de la medalla Caldecott, lo que sitúa a Van Allsburg entre el pequeño grupo de autores que han logrado ese codiciado premio dos veces.

“Afortunados los niños que saben que hay un hombre gordo y alegre con un traje rojo que pilota un trineo volador”, dice Van Allsburg, que asimismo reconoce el mérito a los adultos que consiguen pasar a la madurez sin perder su capacidad de asombro. “Deberíamos envidiarles. La tendencia a creer en lo fantástico puede parecerle a algunos como un fallo en la lógica, o incluso credulidad, pero realmente es un regalo. Un mundo en el que puedan estar Bigfoot y el Monstruo del Lago Ness es sin duda superior a aquel en que eso no suceda”.

Para el joven héroe de la historia, el mero hecho de que suba al tren cuando se detiene para él indica que su mente y su corazón siguen estando abiertos. Como aconseja sabiamente el revisor, “No importa adonde vaya el tren. Lo que importa es decidirse a subir”.

Sinopsis

Un niño está acostado, despierto en su habitación, en una nevada Nochebuena, excitado y alerta. Respirando silenciosamente. Casi sin moverse. Esperando.

Permanece atento a ver si oye un sonido que teme que podría no oír nunca, el tintineo de las campanillas del trineo de Santa Claus. Faltan cinco minutos para la medianoche. De repente, un atronador estruendo sobresalta al muchacho.

Al quitar el vaho de la ventana ve algo increíble, un reluciente tren negro frena estruendosamente justo delante de su casa, el vapor de su potente motor silbando a través del cielo nocturno y de los copos de nieve que caen suavemente. El muchacho sale corriendo, vestido sólo con un pijama y unas zapatillas, y es recibido por el revisor del tren que parece estar esperándole.

"Bueno, ¿vienes?", pregunta el revisor. "¿Adónde?" "Al Polo Norte, por supuesto. ¡Éste es el Polar Express!"

 

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