"Pesadilla en Elm Street: El origen" (Samuel Bayer, 2010)

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Michael Bay produce de nuevo un remake –que nadie demandaba– de un clásico del terror. El inolvidable largometraje dirigido por Wes Craven en 1984 se transforma en un film que no es insultante, pero sí resulta frío, insípido y tremendamente aburrido.

Nueve, diez, ¿dónde está Fred?

Como director, Michael Bay ha ejercido tremendos esfuerzos para acabar con el género de acción y de ciencia ficción. No sólo ha eliminado el cerebro en los argumentos de sus películas, sino que técnicamente se ha deshecho del suspense, la coherencia narrativa y del mínimo sentido espacial en sus escenas de persecución, tiroteos y explosiones.

Por alguna razón, el público ha aceptado esta fórmula carente de emociones y talento. Hoy por hoy quedan pocos realizadores –Guillermo del Toro, James Cameron, Alfonso Cuarón...– que traten de hacer algo mínimamente elaborado dentro del cine de entretenimiento.

Pero la cinefobia de Bay parece no tener límites. Ha creado una productora, Platinum Dunes, dedicada a hacer inanes remakes de títulos clásicos del cine de terror de los 70 y 80, en versiones dirigidas al público más joven que no ha visto los films originales porque ni siquiera conoce su existencia, ni tiene ningún interés en ver algo anterior a El Señor de los Anillos.

Los films de Platinum Dunes están hechos para ser vistos por un espectador que, durante la proyección, está enviando mensajes de texto al amigo o amiga que está sentado tres butacas más allá, y que no van a prestar especial atención a la pantalla a no ser que un estruendo sonoro reclame su interés.

Si de los anteriores remakes perpetrados por la productora sólo recordamos las prodigiosas anatomías de Jessica Biel (La Matanza de Texas, 2003) y Julianna Guill (Viernes 13, 2009), de títulos como Amytiville (2005) o Carretera al Infierno (2007) apenas nos queda un eco de su existencia.

Dada la frialdad y recato de los jóvenes protagonistas de Pesadilla en Elm Street: El origen, acordes con el tono mustio de la propia película, es de esperar que ésta no iguale ni de lejos la huella imborrable que dejó el film de Wes Craven. Y no hablemos del icónico monstruo del jersey verdirrojo, creado por el muy querido Robert Englund.

Hay que agradecerle al director Samuel Bayer –uno de esos realizadores de videoclips con aspecto de vikingo que tanto gustan a Michael Bay– que no menee la cámara en los momentos claves, y que incluso intente crear cierta atmósfera a lo largo del film.

Por desgracia, el propio realizador, su montador o posiblemente el infame director de Pearl Harbor no parecen confiar en la fuerza de ese mismo suspense, y lo llenan todo de supuestos sustos, que en realidad no son más que molestas detonaciones acústicas, con las que no sólo se maltrata al género de terror, sino también a nuestros tímpanos.

En este remake se ha optado por lo que los responsables consideran una película de terror más cruda y seria que el original de Craven.

Ello se traduce en que queda más explícita la naturaleza pederasta de Krueger cuando estaba vivo –en estos tiempos hay que explicarlo todo al espectador, si puede ser con un gráfico en PowerPoint–, y en una eliminación de todo tipo de humor, erotismo o sentimiento que no tenga que ver con las caras largas, los llantos o los gritos.

Todo esto vendría a ser algo similar a lo que Christopher Nolan ha hecho con su Batman grave y realista. Pero incluso en dicha saga, Bruce Wayne se toma un respiro, y bromea con Alfred o con Lucius Fox de vez en cuando.

Quizá no sea cuestión de que Freddy –aquí interpretado con tanta profesionalidad como poco entusiasmo por Jackie Earle Haley– actúe como el grotesco bufón en el que se fue convirtiendo a lo largo de las distintas secuelas. Pero es que los jóvenes protagonistas comienzan el film con un exceso de seriedad, y no cambian de actitud durante todo el metraje, salvo en una tímida y muy breve escena de flirteo.

Por cierto, resulta especialmente desagradable el héroe encarnado por Kyle Gallner, un chico con la constante expresión de estar a punto de llorar, que luce camiseta de Joy Division, y cuyo rostro supone una imposible combinación entre Robert Pattinson y Pete Doherty.

Los chavales de instituto que aparecen en la película parecen más bien unos veinteañeros amargados, incapaces de bromear y poco interesados en el sexo.

Resulta dificultoso implicarse emocionalmente con unos personajes sin más de un registro, y sobre todo, carentes de calidez.

Al final, el tono adusto y sombrío termina por no comunicar ni horror ni desesperación, sino más bien aburrimiento. Y eso es algo que evitan títulos tan angustiosos como Martyrs o, en menor medida, Los Renegados del Diablo.

Bayer paga los obligados tributos a Wes Craven, repitiendo de manera mecánica algunas de las escenas del film original, aunque con bastante menos chispa.

También queda demostrado que los efectos digitales no tienen por qué ser mejores que algunos trucajes de toda la vida: algo evidente en la recreación –bastante lamentable– del momento en el que la silueta de Freddy surge sobre el cabecero de la cama de la protagonista.

Lo peor de todo es que, con este insustancial remake, disminuyen las posibilidades de que regrese el verdadero Freddy Krueger en una nueva secuela.

Siempre nos quedarán las revisiones en vídeo.

Copyright de imágenes y sinopsis © 2010 New Line Cinema y Platinum Dunes. Cortesía de Warner Bros. Pictures International España. Reservados todos los derechos.


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