Percy Jackson y el Ladrón del Rayo, la película

Percy Jackson y el Ladrón del Rayo

El empeño didáctico de Percy Jackson y el Ladrón del Rayo o, para ser más exactos, los aspectos educativos de su trama, tienen tanto interés como la diversión y el sentido del humor que destila esta recomendable aventura juvenil.

Algunos han querido ver en la serie de novelas protagonizadas por Percy Jackson algo así como un reflejo de la saga Harry Potter. Algo hay de ello, por más que su autor, Rick Riordan, tuviera otras intenciones a la hora de emprender este ciclo de novelas en el que se entremezclan la mitología grecolatina y los enredos de instituto.

Hay algo en los libros de Riordan que parece contagiado por la literatura para jóvenes del XIX. Me refiero a la máxima de enseñar deleitando. ¿Y qué manera mejor de recuperar los viejos mitos que envolviéndolos con la ligereza de un serial televisivo?

Por fortuna, la adaptación de la primera novela de Riordan tiene su mismo encanto. Es más, sin perder la estructura lineal del libro y pese a introducir cambios en sus personajes, la película de Chris Columbus encierra, al igual que su referente literario, una gran dosis de imaginación, asombrosas peripecias, frescura y hasta un viaje iniciático.

Para entendernos sin dificultad: Percy Jackson y el Ladrón del Rayo es cine de evasión, resuelto con una impecable factura. Columbus no ofrece resistencia a los clichés del género, pero nunca resbala hacia lo artificioso.

Es relativamente fácil resumir el argumento de la película –un adolescente problemático descubre que es un semidiós, aprende a decidir por sí mismo y asume con naturalidad que el Olimpo no es una leyenda–, pero no es tan fácil explicar por qué acaba seduciéndonos.

Entre quienes teorizan sobre el cine se da últimamente el empeño en conseguir que dos más dos sumen cinco. La ficción pura –llámese Avatar o Crepúsculo– es desdeñada con la disculpa de que una película ha de tener múltiples lecturas o un doble recorrido psicológico.

El sentido de la maravilla –clave en las ficciones más memorables– es hoy visto como puro ornamento, como si el embrujo de la narración fuera el menos relevante de sus atributos. Más allá del gusto o la miopía de cada cual, lo cierto es que inventamos neologismos para convertir la opinión cinematográfica en algo tan frío y pesimista como una biopsia.

Ese prejuicio –no lo duden– debería abandonarse para disfrutar como es debido de Percy Jackson y el Ladrón del Rayo, un largometraje sin pretensiones, cuyo ingrediente más indispensable es, justamente, el mundo de los viejos arquetipos.

De hecho, el joven protagonista acaba siendo tan audaz y emprendedor como los héroes clásicos, y como aquéllos, se rodea de buenos ayudantes, que no pueden remediar ser amigos suyos y acompañarlo hasta que culmina su hazaña.

Previsible, ¿no es cierto? Y sin embargo, Chris Columbus logra que esta maquinaria funcione a la perfección, asegurando su atractivo de principio a fin.

Nada hay que objetar sobre el reparto. En el papel protagonista, Logan Lerman se adapta bien a la súbita evolución de su personaje y conserva el tipo en las escenas de acción. Brandon T. Jackson borda su papel del sátiro Grover, y Alexandra Daddario convierte a Annabeth, hija de Atenea, en una guerrera tan eficaz como reservada.

Para asegurar que su tren no descarrila en el aspecto dramático, Columbus cuenta con un fabuloso elenco de secundarios. Todos ellos dotan a sus breves intervenciones de una vitalidad envidiable, empezando por Pierce Brosnan, al que acompañan Sean Bean, Steve Coogan, Rosario Dawson, Catherine Keener, Kevin McKidd, Joe Pantoliano y una letal y divertidísima Uma Thurman.

"La imaginación –escribe Stephen King– es un ojo, un maravilloso tercer ojo que flota libre. De niños, dicho ojo ve con total claridad. A medida que nos hacemos mayores, su visión empieza a disminuir". Columbus ya probó en las primeras entregas de Harry Potter que era capaz de lograr que los adultos recuperásemos esa capacidad. En Percy Jackson y el ladrón del rayo lo consigue una vez más.

(Por cierto, no salgan de la sala en cuanto se inicien los créditos de cierre. Para premiar a los más pacientes, Chris Columbus ha situado detrás de ellos una escena bastante significativa)

Sinopsis

Percy Jackson es un auténtico imán para los desastres y tiene problemas en el instituto -pero ése es el menor de sus retos-. Estamos en el siglo XXI pero los dioses del Olimpo parecen haberse escapado de las páginas del libro de texto de Percy sobre mitología griega para colarse en su vida.

Percy se ha enterado de que su verdadero padre es Poseidón, dios del mar, lo que significa que Percy es un semidiós -mitad ser humano, mitad dios-. Al mismo tiempo, Zeus, el rey de todos los dioses, ha acusado a Percy de robarle su rayo... la versión original de las armas de destrucción masiva.

Ahora, Percy debe prepararse para la aventura de su vida, y lo que está en juego no puede ser más importante.

Con unas nubes de tormenta de malísimo agüero oscureciendo el planeta y corriendo peligro su propia vida, Percy se encamina a un lugar especial llamado Campo Híbrido, donde se somete a un entrenamiento que le permita utilizar su recién descubiertos poderes y evitar una devastadora guerra entre los dioses.

Allí, Percy conoce a otros colegas de semidivinidad: la guerrera Annabeth, que anda en busca de su madre, la diosa Atenea; y Grover, amigo de la infancia y protector de aquélla, que en realidad es un valeroso sátiro que aún no ha sido puesto a prueba.

A continuación, Grover y Annabeth emprenden junto a Percy una increíble odisea transcontinental que les lleva a una altura de seiscientos pisos sobre Nueva York (el portal del Monte Olimpo) y al icónico anuncio de Hollywood, bajo el cual arden los fuegos del Averno. Al final del viaje se encuentra el destino del mundo, y la vida de la madre de Percy, Sally, a la que Percy debe rescatar de las mismas entrañas del infierno.

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