"Hugo Cabret" (Martin Scorsese, 2011)

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Una fabulosa y apasionada carta de amor al cine y a su conservación, enmarcada en las intensas aventuras de dos huérfanos en el París de los años 30. Apasionado alegato en favor de la conservación del cine, envuelto en una imaginativa historia infantil de intrigas y aventuras, La invención de Hugo compagina los primeros tiempos del cine con la tecnología cinematográfica más actual.

Al mismo tiempo, se trata de la película menos típica de Scorsese y la que está hecha con más sentimiento.

Esta lujosa adaptación de la novela gráfica de Brian Selznick es claramente una película infantil y familiar, aunque se trata más bien de una que funcionará mejor entre chicos sofisticados y adultos con inquietudes culturales.

Paramount no tiene más opción que ir a por todas y vender la película en 3D más ingeniosa al público más amplio posible, esperando que los elogios de la crítica y el factor de la novedad despertarán la curiosidad de todo tipo de públicos. Aún así, sigue siendo una propuesta comercialmente arriesgada.

Al igual que la mayoría de las ficciones más populares y duraderas pensadas para los niños, desde Dickens hasta Harry Potter, ésta trata de huérfanos y marginados, unos chicos que tienen que conspirar, luchar y resistir contra la autoridad para abrirse camino en la vida.

Con una imaginación excepcional, primero Selznick y ahora Scorsese y el escenógrafo John Logan han encontrado la forma de conectar a sus ingeniosos personajes con uno de los mayores personajes de los primeros tiempos del cine, Georges Méliès, famoso por ser el creador del género de la ciencia-ficción con su película de 1902 Viaje a la Luna y, lo que quizá sea aún más importante, por ser el primer hombre en identificar la relación entre el cine y los sueños.

En un momento incidental que justifica por sí solo todo el resurgir actual del 3D, Scorsese recrea la legendaria proyección de la grabación de los hermanos Lumière de Llegada de un tren a La Ciotat, en la que los espectadores retrocedían horrorizados al ver la filmación de un tren entrando en una estación y que parecía dirigirse directamente hacia ellos, de una forma que capta de una manera asombrosa la reacción que se dijo que había causado aquella breve grabación.

Para cualquiera que esté remotamente interesado en la historia del cine, La invención de Hugo tiene que ser vista en 3D aunque sólo sea por este breve interludio, que Scorsese y el director de fotografía Robert Richardson han llevado a cabo mediante una combinación impecablemente precisa de ritmo y encuadre.

La riqueza de los detalles y el evidente cuidado que se han puesto en todos los aspectos de la producción son de una calidad que solamente es posible cuando un director de primera fila tiene las manos libres para hacer todo aquello que él o ella considere necesario para cumplir plenamente los objetivos de un proyecto.

Como ya se ha comprobado demasiadas veces, esta especie de carta blanca tiene su contrapartida en la indulgencia, la extravagancia y el despilfarro.

Sin embargo, en este caso la obvia inversión en tiempo, dinero y trabajo parece haberse dedicado a asuntos relacionados directamente con la obsesión primordial de Scorsese por el cine, sobre todos los relativos a su creación, la manera de presentarlo, la naturaleza de la gente que lo hace, su importancia en la vida interior de aquellos a quienes les encanta, y la conservación tanto de las propias películas como de la reputación de sus realizadores.

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En contraste con esto, los defectos de la película tienen que ver más bien con temas menos elevados como un ligero exceso de duración, ser un poco repetitiva, y el hecho evidente de que Scorsese no es un gran director de comedia física.

El huérfano homónimo es Hugo Cabret (Asa Butterfield), un adolescente impúber que, tras la muerte de su querido padre (Jude Law en flashback) es acogido a regañadientes por un tío disoluto (Ray Winstone), que es el encargado del complicado sistema de relojes de una de las principales estaciones de París, hacia 1931 (tal como se especifica en el libro de Selznick La invención de Hugo Cabret, aunque no así en la película).

El laberinto de ruedas, palancas, ejes y escaleras que contiene esa sala oculta es recorrido mediante un extraordinario plano que se desplaza por todo el lugar, y cuando el anciano muere, Hugo, que no tiene adónde ir, se encarga subrepticiamente de los relojes, sin que se entere el vigilante inspector de la estación (Sacha Baron Cohen).

Cuando no hay moros en la costa, Hugo se escabulle por una grieta de la pared para buscar algo de comida, y tiene problemas con un anciano amargado (Ben Kingsley) que tiene una tienda de juguetes en la estación. También se encuentra con otro habitante de la estación, Isabelle (Chloe Grace Moretz), que se ha criado con el anciano, que es su padrino, y con su mujer. Una moza precoz a la que, gracias a una oportuna ocurrencia de Logan, le gusta utilizar palabras grandilocuentes, Isabelle es una rata de biblioteca con unos ojos brillantes y una maravillosa sonrisa cuya única queja es que sus protectores no la dejan ver películas.

Hugo le pone remedio llevándola a una proyección de El hombre mosca, famosa por la imagen de Harold Lloyd colgando de un gran reloj sobre las calles de Los Ángeles. Así nace una nueva cinéfila.

Habiendo encontrado a su primer amigo, Hugo se atreve a meter a Isabelle en su refugio privado, pero con un motivo añadido: una llave en forma de corazón que ella lleva colgada al cuello parece ser justo lo que necesita para activar la principal herencia recibida de su padre, un elaborado autómata sin terminar que él ha estado toqueteando y del que sospecha que podría darle una información vital.

Lo inesperado es que el guardián de Isabelle no es otro que Melies, el pionero del cine al que se dio por muerto durante la Primera Guerra Mundial.

Amargado y olvidado, Melies destruye su propia obra, fundiendo el celuloide para que se utilice en tacones para zapatos de mujer, y los niños, confabulados con uno de los primeros historiadores del cine (Michael Stuhlbarg) se disponen a organizar la rehabilitación de la reputación del anciano a la vez que intentan que vuelva a sentir que su vida tiene un propósito.

El deseo de rehabilitar a un cineasta y su obra subyace en el núcleo de La invención de Hugo y quizás nunca antes ha sido expresado de manera tan hermosa y extensa en un largometraje narrativo.

Cuando la película comienza su segunda hora, Scorsese y su equipo recrean de forma imaginativa y emocionante el rodaje de varias escenas notables de las películas de Melies, reproduciendo los extraordinarios platós, vestuario y “efectos especiales” que utilizaron, y donde a menudo aparece la mujer del director, Jeanne (Helen McCrory).

Se recalca cómo se coloreaban plano a plano las películas de Melies, cuyo resultado se muestra vívidamente gracias a la reciente restauración del color de Viaje a la Luna realizada por Lobster Films. En contextos parecidos, se muestran muchas otras películas mudas (algunas famosas, otras no tanto) de una manera expresiva pero admirablemente disciplinada.

Comparado con la hazaña fundamental de Scorsese al articular tan elocuentemente su imperdurable pasión en un contexto funcional, el melodrama que rodea a la precaria existencia de Hugo en la estación y la persistente, aunque fácilmente frustrada, persecución a la que le somete el jefe de estación parece demasiado extenso y complaciente.

Los interludios del chico en peligro parecen casi obligados, concebidos como algo para seducir potencialmente al público más joven, y reforzados para que pase más tiempo en pantalla Cohen, quien muestra un registro interpretativo escasamente gracioso y un poco desafinado.

El director se esfuerza por darle vida cinematográfica a las escenas de la estación, dejando que la cámara se mueva entre ejércitos de extras y densos detalles escénicos, pero finalmente se cae en la exageración tras unas cuantas persecuciones de más. Su objetivo hubiera debido ser una película de menos de dos horas.

Un aspecto al que cuesta un poco acostumbrarse es el uso generalizado de acentos británicos por un reparto que, por otra parte, está compuesto mayoritariamente por ingleses, para unos personajes que son todos franceses. En el fondo, fue una decisión profundamente pragmática, pues hacer que los actores hablaran con acento francés probablemente hubiera resultado molesto, y los acentos norteamericanos no hubieran quedado mucho más lógicos que los británicos. Probablemente, lo único que chirríe un poco sea la enorme diferencia en la forma de hablar y el temperamento de ambos lados del Atlántico.

Aunque al final consigue una interpretación notable, Butterfield, que apareció anteriormente en El hijo de Rambow y El hombre lobo, parece un poco envarado e inseguro al principio, hay escenas en las que parece haber sido demasiado manipulado, tanto en sus gestos más pequeños como en la dirección de sus miradas.

Por el contrario, Moretz (Kick-Ass, Déjame entrar), con la calidez que irradia y su gran sonrisa, está cautivadora como una chica que está deseando vivir una aventura al margen de los libros.

Negándose a ponerse sentimental, Kingsley capta tanto la herida profundamente enterrada como el orgullo final de un artista borrado de la historia durante un tiempo, mientras que McCrory resulta tonificante en el papel de su esposa más joven que él, quien primero protege su secreto pero después desempeña un papel crucial en ayudarle a liberarse de él.

Los logros técnicos y de realización de la película son de primer orden, combinándose para crear un regalo inmaculado a los amantes del cine del todo el mundo. Sería difícil elogiar lo suficiente la fotografía de Richardson, la dirección artística de Dante Ferretti, el vestuario de Sandy Powell, los omnipresentes efectos visuales de Rob Legato, el montaje de Thelma Schoonmaker, la banda sonora casi continua de Howard Shore, y la legión de expertos técnicos que hicieron realidad todos los sueños perfeccionistas de Scorsese.

Un detalle gracioso es que la vista desde la torre del reloj de Hugo parece cambiar de altura de una escena a otra, en comparación con la imagen de la Torre Eiffel al otro lado de la ciudad, que a veces está al mismo nivel que la segunda planta, otras está al nivel de la más alta, y al menos en una ocasión ofrece una perspectiva en la que se la ve desde arriba. Sin duda, un trabajo de gran imaginación.

Esta crítica de Todd McCarthy apareció en las páginas de "Hollywood Reporter". Se reproduce en The Cult por cortesía de Paramount Pictures.

Copyright de imágenes © GK Films y Infinitum Nihil. Cortesía de Paramount Pictures Spain. Reservados todos los derechos.

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