El juego del matrimonio

El juego del matrimonio

El juego del matrimonio (Married Life) llega a las pantallas con dos virtudes inusuales. Se trata de una comedia inteligente, y por si ello no bastara, mantiene nuestro interés con recursos narrativos extraídos del mejor clasicismo.

Bien dialogada, mejor interpretada e impecablemente realizada, esta película demuestra que los cinéfilos de pata negra no deben perder la esperanza en esta era de franquicias jugueteras y blockbusters adolescentes.

Sin descuidar el sentido del humor, Ira Sachs, el director de la cinta, se inspira en el mejor Hitchcock y nos regala una historia llena de vida, que respira buen cine por todos sus poros y que alterna, sin contradicción, la sonrisa, el misterio, el romance y la mala uva.

El talento de Sachs surge del conocimiento perfecto de su oficio, pero también de una intuición que, esta vez, le lleva a asomarse –descarado– al ventanal del matrimonio.

En realidad, no es la primera vez que el cine sonríe ante ese milagro del amor eterno. No le adelantaré, amigo lector, las conclusiones de El juego del matrimonio –corra al cine más próximo y disfrútela–, pero a cambio, me permitirá divagar, a lo largo de las próximas líneas, sobre el modo en que el cine aborda la vida marital.

Quizá usted, como yo, es de los que acostumbran a creer que un matrimonio dichoso sólo sirve de dos maneras a un guionista. En el desenlace, donde resultará especialmente efectivo para quien quiera rematar la trama con un happy end, o en el primer acto, para presentar la vida como es, e ilustrarnos sobre la otra cara de la moneda. Ahí están películas como Dos en la carretera (1967), demostrando la fragilidad del amor eterno.

Por supuesto, sin rebajar ningún mérito a estas dos soluciones, hay otras de mayor dificultad, pero con menor fortuna en el negocio del espectáculo. No es que el público, soberano en la taquilla, le ponga pegas a una pareja feliz.

La cuestión es que, lejos de presagiar algo memorable, un matrimonio sin escollos nos sitúa en el paso que lleva del romanticismo a un postre empalagoso. Para disfrutar con esa alegría que se nos ofrece, ésta debe ponerse en riesgo. Por tanto, más vale asumir el juego de contraste y dinámica que enseña el teatro clásico, y que ni siquiera es ignorado en recetas de repostería como Sissi (1955).

Para encontrar cónyuges encantados de serlo, hay que moverse algunas veces por el lado inesperado. Así, los nombres de Tarzan y Jane evocan una alianza amorosa que gana en intensidad por la elección del escenario: un edén que más bien parece un parque temático.

Aunque fueron una pareja ejemplar, el rey de la selva y su compañera no celebraron sus esponsales en el cine. A no ser, claro, que demos esa categoría al juicio por la adopción de “Boy” en Tarzan en Nueva York (1942). Resulta curioso que el creador del personaje, Edgar Rice Burroughs, hiciera pasar por la vicaría al hombre mono: un detalle novelesco que no se les escapó a los animadores de Tarzan y Jane (2002), secuela de la cinta que Disney dedicó al héroe de la jungla.

Capítulo aparte merece el gran triunfador de este catálogo, Spencer Tracy. La pareja que formó con Joan Bennett en El padre de la novia (1950) tiene suficientes atractivos como para ser observada con atención. Desde todos los ángulos, ilustra ese matrimonio de amor que el suizo François Bondy definió como una mezcla de imprudencia y habilidad. 

Formidable de todo punto es la química existente entre Tracy y Katharine Hepburn en La mujer del año (1942), La costilla de Adán (1949) y Adivina quién viene esta noche (1967).  Tres películas que recurren a materiales ya conocidos ––la parte amable de la guerra de sexos– pero que son negociados estupendamente por ambos actores.

Hepburn y Tracy demuestran que, llegada cierta edad, el humor y la inteligencia son un tesoro que supera en valor a la pasión. Otro par de enamorados, William Powell y Myrna Loy, da el mismo tipo a la perfección. Pueden comprobarlo en El hombre delgado (1934) y en sus divertidísimas secuelas, todas ellas inspiradas por Dashiell Hammett.

Claro que con dificultades económicas, el clima puede ser igualmente animado, y aunque se arañe la superficie romántica, sigue siendo útil el modelo que proponen películas españolas como La vida por delante (1958) y La gran familia (1962).

¿Qué nos queda? Pues alejarnos de la tradición, resolviendo tesituras más insólitas. A modo de refuerzo táctico, la aventura impide la rutina doméstica en Mentiras arriesgadas (1994). Otras veces es el humor lo que da sentido a la palabra futuro. Que se lo pregunten si no a los protagonistas de La vida es bella (1997) o a la joven viuda de Posdata: te quiero (2008).

Lo afirmó Dumas pero podrían haberlo escrito Lubitsch o Billy Wilder: la cadena del matrimonio pesa tanto, que han de ser dos para llevarla, y a veces hasta tres.

Se nos ha ido el espacio y quedan en el tintero otras lecciones que el cine enseña –sin ir más lejos, ésa que previene el adulterio–. No hay sitio para más, de modo que les dejo con otra pareja de muchos quilates, cuyo amor aún enriquece nuestra visión del mundo: Errol Flynn y Olivia de Havilland.

Antes de emprender su última cabalgada, él –Custer, si lo prefieren– se despide de su amada en Murieron con las botas puestas (1941): “Pasear a su lado por la vida –le dice–, fue muy agradable, señora”.

(Copyright © Guzmán Urrero Peña. Versión extendida del artículo que publiqué en las páginas del diario ABC)

Sinopsis

Crónica combinación de humor negro, engaño romántico y estiloso melodrama – con una estimulante dosis de suspense  El juego del matrimonio es una nada convencional fábula para adultos sobre el irresistible poder y la completa locura del amor.

Tras varias décadas de absoluta satisfacción marital, Harry (Chris Cooper) llega a la conclusión de que debe asesinar a su mujer Pat (Patricia Clarckson). La quiere demasiado como para dejar que sufra el día que decida abandonarla por la joven y adorable Kay (Rachel McAdams). Lo que Harry desconoce es que su mejor amigo Richard (Pierce Brosnan) tratará de robarle a su amante a la mínima ocasión que se le presente.

Mientras Harry ultima el plan para deshacerse de Pat, las personas que le rodean están trazando sus propios engaños.  Al igual que Harry, tratarán de alcanzar sus objetivos dando rienda suelta a sus pasiones ocultas, y acabarán tropezando con sus propios escrúpulos.

El juego del Matrimonio reta y sorprende constantemente al espectador jugando con el misterio, la comedia y la intriga, para dar respuesta a una pregunta fundamental: ¿En qué consiste realmente la vida en pareja?

Copyright de las imágenes, la sinopsis y las notas de prensa © Sidney Kimmel Entertainment, Anonymous Content y Firm Films Production. Cortesía del Departamento de Prensa de Versus Entertainment. Reservados todos los derechos.


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