Héroes de cine

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En un constante empeño desmitificador, el moderno cine europeo (acaso a excepción del inglés) ha desbaratado un cliché que, de forma venturosa, persiste en otras cinematografías. Me refiero a esa estirpe de héroes y heroínas que, quién sabe por qué atávico empeño, pueblan los sueños de quienes amamos la ficción aventurera.

Aunque pueda escandalizar a los fanáticos de la corrección política, este afán de relatos heroicos tiene sus entretelas. En clave antropológica, se ha investigado dicha necesidad, pero no aburriré al lector con disquisiciones eruditas que me alejarían de mi actual destino: la sala de un cine de barrio.

Que nadie se llame a engaño: la jerarquía temática del cine de aventuras exige la presencia de un paladín. Desde luego, esta imposición queda formulada en figuras mitológicas, pero también en otras mucho más heterodoxas, como sucede con el personaje que interpretó Stewart Granger en Los contrabandistas de Moonfleet (1955), de Fritz Lang.

En este nivel, los héroes a veces quedan resaltados por la presencia de un doble de psicología opuesta. Dos cintas que cumplen ese patrón me vienen al recuerdo: Historia de dos ciudades (1935), de Jack Conway, e Historia de dos ciudades (1958), de Ralph Thomas, inspiradas ambas por la novela homónima de Charles Dickens. Esa tipología duplicada y contrapuesta también fue muy útil para el novelista Anthony Hope, cuya creación más conocida se tradujo al cine al cine en El prisionero de Zenda (1937), de John Cromwell. (Tampoco me olvido de la prodigiosa versión que en 1952 nos regaló Richard Thorpe, pero si me extiendo en su glosa tendré que mencionar algún infumable remake).

A decir verdad, el juego duplicador puede concentrarse en un solo individuo. No es casual que la doble personalidad sea una cualidad de numerosos héroes. Ya saben, de ésos que fingen una vida mediocre para enmascarar sus actos de valentía. Por esta senda, cabe recordar al personaje interpretado por Leslie Howard en La Pimpinela Escarlata (1934), de Harold Young, filme inspirado por las novelas de la Baronesa de Orczy; y también al héroe de doble a quien Daniel Auteil encarnó en ¡En guardia! (1998), de Philippe de Broca, ideado a partir de la novela El caballero de Lagardere, de Paul Fèval.

La dimensión heroica de este modelo suele caracterizarse mediante el uso de máscara, como sucede en El caballero enmascarado (1963), de Umberto Lenzi, y en el serial El hombre enmascarado (1943-1944), de “Breezy” Reeves Eason. Criaturas como Batman, Spiderman, Superman, La Sombra y El Zorro adoptan igual tipología, y bajo enseñas como DC o Marvel, forman una familia esencial en la cultura contemporánea.

Muchas veces el héroe se ve implicado en el rastreo de un tesoro, que viene a simbolizar el cumplimiento de su proceso de iniciación. Este tipo de argumentos permiten centrar la búsqueda en un elemento material, como ocurre en El secreto de los incas (1954), de Jerry Hopper, y El hombre de Río (1964), de Philippe de Broca.

Desde un criterio más apremiante, también es posible que dicha estrategia de búsqueda se centre en la libertad personal, como sucede en La gran evasión (1963), de John Sturges, y en Evasión o victoria (1981), de John Huston. Incluso es frecuente que la peripecia pretenda la liberación de otra persona, como ocurre en El maquinista de la general (1926), de Buster Keaton y Clyde Bruckman, o en Rescate en el Mar del Norte (1980), de Andrew V. MacLaglen.

Aunque manida, esa idea de la liberación procede de las narraciones folklóricas donde el paladín debía efectuar un rescate, por lo general dominando a un monstruo por las armas y con astucia. Comúnmente, ese tipo de criatura suele identificarse con un dragón (véase El dragón del lago de fuego, 1981, de Matthew Robbins). No obstante, el cine ha diversificado las posibilidades de tan feroz oponente, convirtiendo al dragón en los dinosaurios de El mundo perdido (1925), de Harry Hoyt, y Parque Jurásico (1993), de Steven Spielberg; en el escualo gigante de Tiburón (1975), de Steven Spielberg; en el androide cibernético de Terminator (1984), de James Cameron; o en la tribu semihumana de El guerrero nº 13 (1999), de John McTiernan.

Otro de los tópicos de este tipo de productos es el viaje a un mundo perdido (una isla, una cueva, un valle ignoto) que resume todas las esencias de la hazaña. Así sucede en largometrajes como En el corazón de la tierra (1976), de Kevin Connor, El mundo perdido (1960), de Irwin Allen, y Horizontes perdidos (1937), de Frank Capra. Dicha fórmula precisa una interpretación coherente por parte del espectador, que ha de reconocer el modelo y sus códigos para verificar sus previsiones y disfrutar del espectáculo sin exigencias destempladas. Con ese interés, suele establecerse cierta identificación entre actor y personaje. Un paradigma de este proceso de intercambio es Douglas Fairbanks, modelo del americano dinámico y emprendedor. En su época, y gracias a excelentes campañas de publicidad, muchos confundían al intérprete con sus papeles en Los tres mosqueteros (1921), Robín de los Bosques (1922), El ladrón de Bagdad (1924), El hijo del Zorro (1925) y El pirata negro (1926).

De acuerdo con una estrategia calculada por los estudios de Hollywood, ese mismo vínculo entre actor y tipología aventurera se dio con Errol Flynn, Gregory Peck y John Wayne. Con el paso del tiempo, los intérpretes han tendido a diversificar su oferta interpretativa, escapando de ese encasillamiento.

La reiteración, por descontado, no sólo atañe a los intérpretes. A través de la repetición, un personaje como James Bond ha resistido el paso del tiempo desde que llegó al cine con Agente 007 contra el Dr. No (1962), de Terence Young. De igual modo, el hercúleo Maciste, tras aparecer en diversos filmes de época durante el período mudo, pasó a convertirse en protagonista habitual del llamado peplum (cine ambientado en la antigüedad grecolatina), a través de títulos como Maciste el coloso (1961) y Maciste el invencible (1961), ambas de Antonio Leonviola, Maciste all’inferno (1962), de Ricardo Fredda, Maciste contro lo Sceicco (1962), de Domenico Paolella y Alberto Manca, y Maciste contra los monstruos (1962), de Guido Malatesta.

Con todo, este recorrido por el mundo de los héroes conduce a una sugerente idea, y es que a todo caballero (o dama con arrestos) le corresponde una némesis. Acaso, en el fondo, no sea posible definir a un campeón sin enfrentarlo a un villano.

(Este artículo resume textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia de Micronet, entre 1999 y 2002)


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