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Fue en junio de 2006 cuando Denis Podalydès, en su primera puesta en escena para la Comédie-Française, eligió una de las obras más conocidas y apasionantes del teatro francés. Su Cyrano, ya consagrado por la crítica y por el público, quedó inmortalizado en un registro audiovisual que no ha perdido ni un ápice de magia y romanticismo.

En sólo una generación desde Godwin, el viaje interplanetario evolucionó hacia posturas más críticas, ejemplificadas por los trabajos de Cyrano de Bergerac, en los que satirizó los prejuicios, la intolerancia y las creencias de su época. Su obra maestra, las novelas de L'autre Monde (publicadas años después de su muerte), fueron una protesta secular con base copernicana contra la visión antropocéntrica que, en buena medida, aún pervive entre nosotros.

Mientras Kepler profundizaba en los mecanismos del universo copernicano y se convertía en su más destacado defensor, el obispo de la localidad galesa de Llandaff, Francis Godwin, escribía la primera narración de viajes espaciales en lengua inglesa. The Man in the Moone: or A Discourse of a Voyage Thither, by Domingo Gonsales (El hombre en la Luna o una disertación sobre el viaje hasta allí, por Domingo Gonsales) es otro trabajo clave en la ciencia ficción primitiva.

Fue el toque francés en el tiempo de los Correos Cósmicos [Die Kosmischen Kuriere: así se denominó a artistas como Schulze, Sergius Golowin, Wallenstein, Mythos, Popol Vuh y Walter Wegmüller]. Fue también el contacto entre dos mundos lejanos: la electrónica experimental y la música pop, que finalmente emprendieron un diálogo, sentando las bases para una cita emocionante en el futuro.

Doce hombres sin piedad, la película dirigida por Sidney Lumet y estrenada en 1957, con Henry Fonda como principal intérprete, es teatro filmado de alta calidad por el que el tiempo ha pasado levemente, porque sus valores son casi atemporales y su técnica continúa estando al servicio del mensaje.

Nunca sabremos qué música escucharon los griegos. Sin embargo, sí sabemos la importancia que a la música concedían, ya que sus saberes, personificados por las Musas, invocaban el mismo vocablo para ambas cosas, la música que suena y la palabra que dice y que piensa y se piensa mientras dice lo que dice.

En 1972, anticipándose unos veinte años a la publicación de ese pastiche encantador que es El año de Drácula, de Kim Newman, podemos encontrar el evento del que sin duda es directamente deudor el cómic La Liga de los Caballeros Extraordinarios, de Alan Moore.

De cómo una película de periodistas se transforma en una película de investigación detectivesca. De cómo dos actores crean un equipo engrasado, con química y fortaleza visual, a pesar de ser muy distintos o quizá por eso. De cómo un enrevesado tema político se desliza con suavidad y sin aristas hasta culminar en unas imágenes casi líricas. De cómo se echa de menos, en el tiempo de la posverdad, que los periodistas escriban verdades. Eso es Todos los hombres del presidente, una producción de 1976, dirigida por Alan J. Pakula y protagonizada por Dustin Hoffman y Robert Redford.

Es de justicia considerar a Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873) como uno de los mejores autores de literatura fantástica del siglo XIX, periodo que puede considerarse como la edad dorada del género.

Carmilla, publicado por la revista The Dark Blue en 1872, se ha mencionado en diversas ocasiones como el cuento de vampiros más famoso de todos los tiempos. Tras aparecer en The Dark Blue, el relato se incluyó en la colección In a Glass Darkly junto a los otros cuentos pertenecientes al ciclo del doctor Hesselius.

En Chronicles of Golden Friars (1871), Joseph Sheridan Le Fanu incluyó tres historias breves ambientadas en la población imaginaria de Golden Friars: "A Strange Adventure in the Life of Miss Laura Mildmay" (dentro de la que se desarrolla el relato "Madam Crowl's Ghost"), "The Bird of Passage" y la novelita The Haunted Baronet, que entre nosotros se titula La profecía de Cloostedd.

El Tony Manero de mi calle se llamaba Enrique, trabajaba en los astilleros y caminaba por la acera dorada por el sol con un aire entre chulesco y desvalido. Cuando llegaban los fines de semana, dejaba atrás el mono azul y la bicicleta para subirse a la pista del club y contonearse de uno a otro lado mirando a las chicas que estaban en edad de ser conquistadas.

El fenómeno se llamó Pulp Fiction, e impactó en los cines en 1994. "Quedamos boquiabiertos –dice el realizador Kevin Smith–, convencidos de que habíamos visto algo genial. Pulp Fiction era genial sin ningún esfuerzo, una película que había que ver y recomendar a la gente; al verla, te sentías parte de algo".

La Fundación Excelentia se ha marcado un tanto trayendo de nuevo a Madrid al tenor norteamericano Lawrence Brownlee, al mismo Teatro Real donde se le escuchó en 2004, turnándose con Juan Diego Flórez como el conde Almaviva de El barbero de Sevilla rossiniano.

Cada tanto, el cine insiste en lo que los franceses llaman un filme à vedettes, es decir una película donde todos los papeles están desempeñados por primeras figuras. Recuerdo, al azar, lo hecho en Francia misma (Sacha Guitry: Las perlas de la Corona), Estados Unidos (Julien Duvivier: Seis destinos) y Argentina (Luis Saslavsky: Cenizas al viento  y Daniel Tinayre: La cigarra no es un bicho). Me volvieron a la memoria al ver Asesinato en el Orient Express de Kenneth Branagh. Con su habitual narcisismo y su habitual talento, él inventa, dirige, actúa, dialoga y monologa a cámara abierta y en off. Lo sabe hacer, vaya que sí.

La historia tuvo lugar en Kuala Lumpur en 1911. Luego se convirtió en un relato, publicado en 1924, junto a otros que formaban el libro The Casuarina Tree. Más tarde, en una obra de teatro escrita en 1927. Por fin, en una película, de 1929. Y el fin de todo ello, de esta suerte de atracción mantenida en el tiempo, es esta película La carta, de 1940.

En la última revisión de La verdadera historia de las sociedades secretas, eliminé 70 páginas que el libro no resultara demasiado caro. Entre esas páginas había algunos apartados que quizá eran interesantes. Uno de ellos era el del curioso caso del caballero d'Éon, que venía a continuación de La única mujer masona (página 303) :

Hay una escena repetida: una adolescente arrastra su maleta por alguna estación de ferrocarril y se para ante el expositor de libros de cualquiera de sus quioscos. La mirada se detiene en un libro. Se alegra y lo compra. Lo lleva en la mano todo el tiempo hasta que se sienta en el tren, que está a punto de salir, y empieza a leerlo. Lo lee durante todo el viaje y, quizá, si este es un poco largo, cuando llegue ya lo ha leído. Esto no significa nada. Porque lo releerá una y otra vez con el paso del tiempo.

Será en View, en el monográfico que esta revista dedicó a Max Ernst (marzo/abril de 1942) donde Leonora reúna, por última vez, la iconografía que ambos amantes habían tomado como suya propia.

El Indio tenía cincuenta y dos años. El Manco, ocho menos. Entraba El Manco por las puertas de Montilla, Montilla de Córdoba, con el encargo de recaudar la saca del pan, trigo, cebada, garbanzos y habas para abastecer las Galeras del Imperio.