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¿En qué sentido se mueve esta secuela? a) En el sentido de la nostalgia. b) En el sentido que marcaron las novelas de la creadora de Mary Poppins, P. L. Travers. c) En el sentido de las modas que hoy fijan el destino de Broadway.

La historia es ese lugar tumultuoso y fascinante al que hay que viajar con sentido común ‒o al menos, con prudencia‒. Es lo que requiere siempre la exploración de un territorio complejo. En este sentido, las ideas preconcebidas tienen un efecto tranquilizador para quien las frecuenta, pero conducen a graves equívocos siempre que desentrañamos el pasado.

Las distopías futuristas no tienen por qué seguir el modelo visual de Blade Runner o Mad Max. José Luis Cuerda utiliza un edificio de hormigón feísimo, un bosquecillo y unos fondos (evidentemente) falsos de Monument Valley para ofrecernos una sátira no muy sutil, pero sí divertida, absurda y poética del mundo actual. Bueno, del mundo en cualquier momento, en realidad.

En Europa, los temas explorados por el "romance científico" retomaron la atención de buen número de escritores y lectores en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. Pero el desarrollo del género siguió un camino muy diferente en los Estados Unidos. Allí no fueron autores o editoriales "serios" los que cultivaron la incipiente ciencia-ficción, sino lo que se conoce genéricamente como revistas pulp: publicaciones editadas en papel de mala calidad y dirigidas a un relativamente pequeño grupo de entregados seguidores.

¡Que no cunda el pánico! Aunque usted no tenga ni idea de que en los tebeos había más de un Spider-Man, podrá entender perfectamente esta divertidísima película sin necesidad de hacer un máster previo.

Se ha dicho y con fundamento que el fútbol es una de las religiones sustitutivas más eficaces que han paliado la crisis de las religiones tradicionales. Parece probarlo su difusión universal, esa suerte de música de los cuerpos y guerra simbólica que no necesita lenguaje verbal ni, por ello, traducciones. Tiene, como todo lo sacro, sus ritos, sus leyes al margen de la ley de la Ciudad –léase: barras bravas– y hasta ese día de juego que coincide con el día santo de los cristianos.

Por alguna razón, John Carter, el famoso y ya centenario personaje de Edgar Rice Burroughs, nunca ha tenido demasiada suerte en el cómic –tampoco en el cine, ya puestos–. Diferentes editoriales lanzaron comic–books con sus aventuras sin conseguir la menor repercusión: Dell Publishing (tres números entre 1952 y 1953 adaptando las tres primeras novelas), World Distributors Ltd (dos números en 1953), Gold Key (3 números en 1964–en realidad reediciones de los números de Dell) o House of Greystoke (1 número en 1970).

La noche del 23 de marzo de 1998, 57 millones de personas contemplaron en sus televisores al productor/guionista/director James Cameron mientras sostenía dos Oscar en sus manos y declaraba "¡Soy el rey del mundo!" Acababa de ganar los premios a la Mejor Película y Mejor Director por Titanic, que aquella misma noche arrasó llevándose nada menos que once estatuillas. Fue una película que contó con un astronómico presupuesto de 200 millones de dólares y que, increíblemente, recaudó 1.800 millones en todo el mundo, convirtiéndose en el film más taquillero de la historia. La pregunta en la mente de todo el mundo era ¿qué haría Cameron a continuación?

Más que por sus méritos musicales, hay canciones que destacan por su significación social o por el modo en que conmemoran un hecho histórico. Pensemos en cuatro de ellas: "Give Ireland Back to the Irish", de Paul McCartney, "Sunday Bloody Sunday", de John Lennon, "Sabbath Bloody Sabbath", de Black Sabbath, y la más popular de ellas, "Sunday Bloody Sunday", lanzada por U2 en 1983.

En uno de sus libros, Peter Bogdanovich escribía que, a la hora de la verdad, cada generación de espectadores quiere que se le cuenten de nuevo las mismas historias. De ahí que cada vez que transcurre una nueva década, los veteranos se quejen al descubrir en la cartelera una nueva versión de viejas tramas que les hicieron soñar tiempo atrás.

La influencia de José Ortega y Gasset (1883-1955) es difícil de sobreestimar en la filosofía contemporánea española. Se trata posiblemente de nuestro pensador más distinguido en los últimos siglos, y sin duda el que mayor prestigio ha alcanzado fuera de nuestras fronteras.

Salvador de Madariaga y Rojo (1886-1978) es uno de los pensadores más interesantes de la España contemporánea. La evolución de sus ideas y de su vida constituye un recorrido apasionante por la historia del siglo XX español, con todas sus luces y sombras, sus triunfos y sus miserias.

Aunque jamás se haya estado en el Hollywood de los años dorados, todos los lectores imaginan lo que eso implica. En este sentido, no creo que exista un escenario humano tan fácil de identificar, ni más adecuado para detallar lo que quiere narrarnos Jessica Brockmole en su inteligente y emotiva novela.

Escrita por Orson Scott Card y Aaron Johnston, esta novela se publicó en 2014, completando una trilogía diseñada para funcionar como precuela de El juego de Ender.

Podría haber sido un autor de novelas políticas, podría haber creado novelas policiacas, incluso podría haber escrito narraciones de corte psicológico. Podría haber hecho una de esas cosas, pero el británico China Miéville decidió hacer todas a la vez, y para conseguirlo, se acercó al mundo extraño y fascinante de la ciencia-ficción.

Sunzi menciona a pocos personajes históricos en El arte de la guerra, por lo que resulta muy significativo que nombre a Huangdi, el Emperador Amarillo. Además, lo menciona no solo como soberano digno de elogio, sino también como el inventor de estrategias militares. Le atribuye la invención de los cuatro posicionamientos, es decir la manera en la que un general debe disponer sus fuerzas en cuatro tipos diferentes de terreno. Hay que tener en cuenta que el terreno es uno de los cinco factores fundamentales de la guerra, al que Sunzi llama地 (dì) o la Tierra, es decir, el examen de la situación geográfica y topográfica, asunto al que dedica varios capítulos y al que da una importancia tremenda.

La edición española de Los Alpes en invierno nos remite a una época en la que el montañismo era algo diferente a lo que es hoy. Ese mundo de los alpinistas de antaño, hasta bien entrado el siglo XX, estaba poblado por historias románticas, por experiencias iniciáticas y por fábulas que hoy parecen más próximas a la poesía que al deporte de riesgo.

El Premio Nobel de Fisiología y Medicina concedido a Severo Ochoa (1905-1993) sirvió para varias cosas. En su momento, fue un respaldo a su espléndida trayectoria científica, pero también se ha usado como banderín de enganche para las vocaciones que surgieron tras él.

Entre las tantas costumbres que nos identifican, los animales humanos tenemos el simbolismo y la guerra. Emitimos símbolos que se transmiten de boca en boca, se escriben, se tallan, se edifican y se esculpen. Tienden a perdurar. La guerra, a la vez, propende a destruir y aniquilar. Esta extraña y despareja pareja ha llevado a Toni Montesinos a escribir No habrá muerte. Letras del Gulag y el nazismo de Boris Pasternak a Imre Kertèsz (Fórcola, Madrid, 2018, 241 páginas).

El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron (The Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby, 1965). Este fue el delirante título de la primera obra de Tom Wolfe publicada en España por Tusquets en 1972. Se trataba de un conjunto de artículos periodísticos que, junto a los de otros autores norteamericanos, inauguraron lo que se dio en llamar nuevo periodismo.