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El deseo de combinar franquicias de éxito es tan viejo como la cultura pop.  A veces, los resultados son seductores y divertidos, y en otras ocasiones son tan opacos como las intenciones de quienes los promovieron. En este caso, nos encontramos ante un ejemplo de lo primero. Como podrán comprobar, el encuentro del xenomorfo de Alien con el Caballero Oscuro no puede ser más interesante, sobre todo en su primer tramo.

En la década de los noventa del siglo pasado, Hollywood se refugió en el cine de espectáculo como defensa ante la competencia de nuevas fuentes de entretenimiento de masas, como los videojuegos o la creciente Internet.

Desde el Palacio de la Prensa madrileño hubo oportunidad de asistir en directo a una reposición del Rigoletto verdiano desde la Royal Opera House londinense. Se trata del montaje de David McVicar que comenzó a andar en 2001, sustituyendo al anterior de Núria Espert, y que ha sido constantemente repuesto en ese Covent Garden donde está en camino de sobrepasar las dos décadas.

Siempre se siente un cierto temor a la hora de hablar sobre una buena película de Spielberg, porque hay pocas cosas mejores que una buena película de Spielberg, director de tantas obras imprescindibles de la historia del cine.

Diría Ortega y Gasset que la historia es lo que nos pasa a todos, lo que pasa y se vuelve pasado. En ella la vida se convierte en relato y la podemos pensar, si es que se deja. Entonces ¿por qué decimos que ciertos acontecimientos y ciertos personajes son históricos como si los demás no lo fuéramos? La respuesta simple, la que ahora propongo, es: porque no cabemos todos en la memoria histórica y hemos de seleccionar los materiales que se han de salvar del gran constructor del recuerdo, que es el olvido.

Antes de que ningún occidental supiese lo que significa otaku, los chavales españoles de la década de los 70 se volvieron locos con la serie animada Mazinger Z. Es más, en España todavía mucha gente se refiere a los mecha (robots gigantes tripulados) como Mazingers. Se cumplen 40 años desde que el personaje se asomara por primera vez a los televisores patrios, y para celebrarlo llega a los cines la película Mazinger Z: Infinity, a su vez producida para conmemorar los 45 años de existencia de la franquicia en Japón.

Para quienes siguen disfrutando con los placeres de la vieja escuela (es decir, largas conversaciones en persona, un libro, una película...), este magnífico ensayo de Adam Alter será una confirmación de esa sospecha que algunos compartimos en voz baja: los ordenadores, capaces de facilitar incomporablemente la transmisión de conocimientos o la filantropía, son también el foco de una adicción muy típica de nuestro tiempo.

En estos tiempos en los que la mayor parte de nosotros vive dentro de las ciudades o a las afueras de éstas, la vida salvaje adquiere un matiz exótico, a veces casi legendario. Y sin embargo, la gran maquinaria de la naturaleza sigue funcionando, con ciclos y cambios sutiles que parecen el fruto de un milagro biológico.

Como en otros libros anteriores, Javier Cacho refleja aquí a los pioneros de la exploración polar como héroes de epopeya, pero sin esconder sus flaquezas y emociones. En este caso, el protagonista es un personaje muy significativo de la gran aventura helada: Fridtjof Nansen (1861-1930), humanista y a la vez amante del riesgo, un auténtico atleta y un científico con amplios conocimientos de zoología y oceanografía, y asimismo con una habilidad más que notable para el dibujo.

No teman aquellos lectores a quienes impacientan los autores checos poco divulgados. No nos encontramos ante un escritor de vanguardia, ni ante un raro cabalista. En realidad, Egon Erwin Kisch fue una gloria del periodismo, y sus crónicas, amenas y profundas, no han perdido ni un ápice (o casi) de su vigencia.

Para los lectores que se toman su afición como si fuera un oficio, acostumbrados a que los días sean demasiado cortos y los descubrimientos demasiado pasajeros, Clarice Lsipector (1920-1977) es una figura legendaria. Y no sólo por la densidad de su literatura, sino también por su imagen personal. Al fin y a al cabo, aquella gran dama de Río de Janeiro parecía eternamente poseída por un glamour ‒un hechizo‒ que ni siquiera se apagó con su muerte, ocurrida en 1977.

Otra vez nos sale al paso Marte en nuestro recorrido por la ciencia-ficción clásica, pero esta vez el planeta rojo merece su adjetivo no sólo por el color de sus arenas. Porque en esta película muda de origen ruso, la lucha marxista alcanza el espacio exterior. Basada en la novela de 1922 escrita por Alexei Tolstoi –pariente lejano del más famoso León Tolstoi–, la historia nos presenta al ingeniero soviético Los (Nikolai Tsereteli), quien sueña con viajar a otros mundos, y a Aelita (Yuliya Solntseva) una hermosa reina marciana – la película se distribuyó también con el título Aelita: Reina de Marte– quien observa nuestro planeta con un potente telescopio, obsesionada por Los tras verlo besar a su mujer.

En 1904, H.G. Wells era ya un escritor muy conocido, pero su obra era más apreciada por el lector ordinario que por sus intelectuales colegas. Y las críticas que recibía no tenían solamente que ver con su estilo un tanto desnudo y frío, desprovisto de cualquier pretensión estética, sino por el anti–humanismo que aquéllos percibían en su defensa del Mecanicismo.

La mayor contribución de Walt Disney a la industria e historia del cine fue el genio que aportó al arte de la animación. Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial, su estudio también fue conocido por sus películas con actores de carne y hueso y sus programas para la televisión. Muchas de aquellas películas fueron producciones relativamente modestas, pero otras, como Mary Poppins o la cinta que nos ocupa, disfrutaron de un amplio presupuesto y una grandiosidad propia del mejor Hollywood clásico. Lo que todas tenían en común es que habían sido cuidadosamente pensadas para un público familiar.

Desde que a principios del siglo XIX los Hermanos Grimm escribieran, a partir de la tradición oral, el cuento de hadas La Cenicienta, este se ha convertido en el espejo en el que se han mirado incontables obras artísticas. La historia de la muchacha que pasa de ser fregona a princesa es tan atractiva que sigue funcionando.

Inquietante. Este es el mejor adjetivo que puede usarse para calificar esta película. El contraste entre el aparentemente voluble y divertido locutor de radio y la acosadora que convierte su vida en un infierno abre posibilidades dramáticas que están muy bien aprovechadas.

El crítico de El País, Miguel Ángel Palomo, la definió así: “Sólo una comedia, a ratos divertida, a ratos irritante”. Es la única crítica negativa que le he encontrado. Aunque quizá no sea algo malo ser “sólo una comedia”. Con o sin tilde diacrítica, que la RAE ha modificado la cosa hace poco tiempo.

A finales del siglo XIX, el inconsciente colectivo de Inglaterra seguía acosado por las pesadillas de invasión de ejércitos extranjeros que había iniciado la novela La Batalla de Dorking en 1873. H.G. Wells se apoyó en el esquema general típico de este subgénero, pero su aproximación fue enormemente novedosa, puesto que el enemigo invasor no sólo venía de muy lejos sino que además resultaba prácticamente invencible.

El mito, ligado a la eternidad, siempre promete nuevas revelaciones y renace de generación en generación. Continuamente reaparece porque, como escribió el historiador de las religiones Mircea Eliade, las estructuras míticas aún nos afectan por dos vías igualmente poderosas: los medios de masas y la cultura popular.

¿Recuerdan la locución Natura nihil facit frustra? En efecto, la naturaleza no hace nada en vano. Lo dijo Aristóteles en su Política, subrayando que el hombre, por naturaleza, es una especie de animal social, y que "se diferencia de los demás animales al tener, por ello, el sentido del bien y del mal, el de lo justo y de lo injusto y todo lo demás que le es propio". Leucipo de Mileto dijo algo similar: "Todo lo que sucede lo hace por una razón y necesidad".